Hoy he quedado con una amiga de la infancia. Se llama Inés García. Como yo, tiene sesenta años. Recuerdo que justo al terminar la universidad, hizo su maleta y dejó nuestro pueblo en Castilla. Durante un tiempo mantuvimos el contacto por cartas, pero poco a poco aquello se fue apagando.
Fue gracias a conocidos comunes que supe que Inés no paraba quieta, que viajaba siempre que podía, cambiando de ciudad y, según decían, también de pareja. Para cuando cumplió los cincuenta, ya llevaba tres maridos, y finalmente también acabó divorciándose del último. Jamás tuvo hijos, nunca llegué a comprenderlo del todo. Aquí solemos pensar que muchas mujeres al menos tienen hijos. Si no les va bien con los hombres, pues al menos los niños están, y más tarde los nietos.
El caso es que Inés volvió estos días a nuestro pequeño pueblo, necesitaba vender el piso que aún le quedaba de familia. Hasta hace poco lo tenía alquilado, pero ahora quería deshacerse de él.
Nos tomamos un café y estuvimos mucho rato charlando. Yo le conté mi vida, los hijos, los nietos. Ella la suya. Al final no pude evitar preguntarle:
Inés, ¿cómo es que tu vida fue así? ¿Por qué nunca tuviste hijos? Aunque fuera para ti misma. ¿Quién te traerá un vaso de agua cuando seas mayor?
Ella se echó a reír y casi me lo soltó a la cara:
¿Un vaso de agua? ¿Tú de verdad piensas que tus hijos te lo van a traer? Los hijos hoy en día no cuidan de los padres mayores. Mucho más sencillo vivir ahorrando y contratar una buena asistenta que estar pidiendo a los hijos o cargando sus vidas.
No tuve hijos porque no quise. No me veía eternamente cuidando de alguien, preocupándome todo el rato, pensando en dar dinero o en las necesidades de otro. Decidí vivir para mí. Siempre quise viajar, conocer mundo, ganarme bien la vida. Mis parejas se fueron porque no quise tener hijos.
Ahora vivo para mi propio placer, sin tener que cuidar nietos ni ahorrar la pensión para alimentar a hijos incapaces de valerse solos.
Por eso no me arrepiento de nada. Al contrario, siento lástima por quienes llenaron la casa de niños y ahora se ven solos, reprochando a los hijos que se han ido a Madrid, Barcelona o incluso al extranjero. Yo no tengo ese problema.
Esa es mi opinión.
Me quedé pensativo después de escuchar a Inés. Y comprendí que tiene algo de razón. ¿Para qué tener hijos si realmente no lo deseas? ¿Para qué preocuparse toda la vida, esperando recibir algo a cambio en la vejez, cuando puede ser que no venga? Al final, cada uno debe vivir de la manera que de verdad le haga feliz. Eso aprendí hoy.







