10 de marzo, 2023
Hoy ha sido un día tan intenso y lleno de emociones que necesitaba escribir para poner en ordine los pensamientos. Hace ya semanas que estoy ingresada en la maternidad de Madrid, mucho antes de la fecha prevista para el parto. El embarazo se complicó un poco hacia el final, y los médicos preferían prevenir cualquier riesgo. Además, este viaje era doble: no esperaba un solo bebé, ¡sino dos niñas a la vez!
Me ofrecieron programar una cesárea, pero sentía muy dentro el deseo de dar a luz yo misma, así que los doctores accedieron a esperar mientras fuera seguro. Sabía que, en caso de necesidad, en cualquier momento podrían llevarme al quirófano.
Además, con Diego teníamos acordado el parto en pareja. No suelen permitir acompañantes en la sala de operaciones, así que por eso era importante para nosotros intentar el parto natural. Aquella noche, el parto comenzó entrada la madrugada. Avisaron en cuanto pudieron a Diego, que llegó a los 20 minutos, casi corriendo por los pasillos del hospital, y nos instalaron juntos en la sala de preparto.
Como ya no era mi primer parto, reconocía las señales y sabía cómo debía comportarme. Intenté mantenerme serena, recordando todos los consejos y técnicas de respiración que había aprendido. Y, a las cuatro de la mañana, la primera de nuestras hijas vio la luz.
El llanto fue inmediato, y la matrona nos felicitó emocionada por nuestra primera niña. Observé a Diego, esperaba ver su alegría, pero su sonrisa parecía forzada y enseguida volvió la mirada hacia mí. Diez minutos después, nació nuestra segunda hija. No pudo evitarlo: se echó a llorar, aunque no parecía solo emoción.
Por supuesto, las comadronas y enfermeras se preocuparon, pero yo aparté la mano y les dije: No os preocupéis, dentro de una hora se le pasa. Ya le conozco. Con las mayores y ahora con estas, son cinco niñas. Él tenía la ilusión de que, al menos, uno fuese niño, pero esta vez tampoco ha sido. Sé que le hará ilusión igual, porque adora a sus hijas, solo que necesita digerirlo.
Y tal cual: al día siguiente, bajo la ventana de la maternidad, ahí estaba Diego rodeado de nuestras cinco niñas, todas vestidas con sus mejores vestidos, decorando el jardín con globos y gritando a coro que me querían. Me asomé y vi que en el fondo, aunque no tuviera el niño que tanto deseaba, era el padre más feliz del mundo. Al verle gestionar toda esa fiesta colorida y a las niñas revoloteando, supe que todo estaba bien en nuestra familia, solo que a veces los sueños se acomodan por caminos inesperados. Eso sí, por un momento, no puedo evitar sentir ternura y un poco de lástima por él.







