Guillermo regresó del trabajo y trajo consigo a su nuera embarazada. Sus padres no estuvieron nada contentos con la situación

Diario de Lucía, 14 de marzo

Hoy me he sentido especialmente cansada, quizá porque llevo desde primera hora del alba sin parar, o quizá por otra razón que me duele mucho más que el cuerpo. Estaba pensando en cómo empezó todo esto, en aquel tiempo en que conocí a Álvaro mientras trabajábamos juntos en Madrid. Al poco tiempo nos casamos allí y, cuando me quedé embarazada, él decidió traerme a casa de sus padres en un pueblo de Castilla. Sin embargo, no se puede decir que su familia se alegrara mucho de la noticia.

Nada más instalarme aquí, mi vida se llenó de responsabilidades: cocino para todos, lavo la ropa, barro los suelos, limpio la casa, ordeño la vaca, arreglo el establo y, de vez en cuando, incluso me toca cortar leña. La verdad es que hago tareas que normalmente harían los hombres, pero lo peor viene cuando los padres de Álvaro tienen invitados. Suelen ser al menos siete, y es mi deber preparar la mesa y servirles como si trabajara en un restaurante.

Hoy ha sido uno de esos días. He preparado un montón de platos tradicionales: tortilla, cocido, guisos, flan Después de una hora, no quedaba nada. He llegado arrastrando los pies, me he sentado al filo de la mesa y me he servido una pequeña porción de filete. La madre de Álvaro me ha mirado y ha dicho en voz alta, riendo:

Lucía, hoy comes demasiado. Si eres tan menudita, ¿dónde te cabe tanta comida?

Se ha echado a reír a carcajadas, y todos los invitados han comenzado a bromear a mi costa. No he podido más y me he levantado en silencio, yendo a la cocina. Allí, escondida, he llorado amargamente porque ni siquiera había probado bocado en todo el día. Lo que más me duele es que Álvaro, mi marido, solo ha callado y mirado al suelo mientras su propia familia se burlaba de mí. Incluso desde la cocina he oído cómo su madre presumía delante de todos:

Ayer, por cierto, me encontré a mi anterior nuera en el mercado. ¡Qué maja sigue siendo! Me sigue llamando “mamá”. Eso sí que era una chica de verdad, no como esta.

Cuando por fin se marcharon los invitados, recogí todos los platos y fui derecha a la cocina a fregar. Mi suegro apareció entonces. Me observó largo rato mientras yo seguía frotando los cacharros en la pila. Después de unos minutos, alzó la voz:

Lucía, ¿sabes que te detesto?

Me dolió tanto oír aquellas palabras que no supe qué responder. Guardé silencio, pero él insistió. Solo acerté a decir bajito:

Lo sé.

Y es extraño, ¿sabes? Porque aquí lo haces todo, ayudas a todos, nunca has contestado mal a nadie… Pero aún así no te soporto. Es raro, ¿verdad?

Supongo que sí

La verdad es que sé que tras esta conversación nada cambiará. La familia seguirá igual, riéndose de mí y haciéndome sentir invisible. Y yo aún me pregunto por qué aguanto todo esto

¿Tú te quedarías con un hombre que permite que su familia te insulte y no hace nada por defenderte?

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Guillermo regresó del trabajo y trajo consigo a su nuera embarazada. Sus padres no estuvieron nada contentos con la situación