Perita
Había una vez un padre que tenía tres hijas. Dos de ellas, Leonor y Consuelo, eran tan bellas que la gente se paraba a admirarlas. La tercera, en cambio, era pequeña, delgada y tenía una leve joroba. Solo sus grandes ojos brillaban en el rostro. Le costaba trabajar en el campo y tampoco lograba seguir el ritmo de sus hermanas mayores, todo le resultaba pesado.
Leonor y Consuelo siempre estaban rodeadas de pretendientes, los mozos llamaban a la puerta sin descanso, pero nadie quería ni mirar a la pequeña, Perita. Así que las hermanas decían:
¡Hasta que Perita no encuentre esposo, nosotras tampoco nos casaremos!
Pasaba el tiempo y nadie pedía la mano de Perita. Las hermanas la arreglaban, le ponían colorete, pero todo era en vano. Las amigas ya se burlaban:
¡A este paso, os quedaréis todas sin pretendientes buscando marido para la Perita!
Todo esto le dolía a Perita, no por ella, sino por sus queridas hermanas. Un día decidió:
¡No puedo seguir entorpeciendo la vida de los demás! Es mejor que me marche, así mis hermanas podrán casarse. Iré a Madrid, quizá encuentre trabajo como criada.
Esperó a que todos se durmieran, preparó un pequeño hatillo y se marchó de casa.
Perita caminó durante toda la noche. No tenía miedo, porque la luna llenaba el camino de luz. Al llegar a un bosque, empezó a temer que algún lobo cruzara su sendero, pero se armó de valor. Siguió su marcha hasta que el cansancio la venció. Como aún quedaba mucho para llegar a Madrid, decidió recostar la cabeza sobre el hatillo al resguardo de un avellano y se quedó dormida.
No sabe cuánto tiempo pasó dormida, pero el sonido de un hacha le despertó. Se sentó y, justo al lado, ¡plaf! cayó un árbol seco. Quiso huir asustada, pero vio acercarse a un anciano, bajito pero fuerte, con barba blanca y el hacha en la mano.
Perita se asustó aún más, pero el viejo le habló con voz amable:
No temas, hija, no te haré daño.
¿Quién es usted, abuelo? Casi me da un susto
Soy el guardabosques contestó el hombre. Vivo aquí cerca y venía a talar unos troncos. Pero dime, ¿qué haces tú sola en el bosque?
Perita le contó su historia con tristeza. El viejo pensó un rato, se acarició la barba y le propuso:
Veo que eres una muchacha buena y compasiva. Quédate en mi cabaña, hazme compañía y serás como una nieta para mí. Si cambias de idea, yo mismo te llevaré a la ciudad.
Perita aceptó agradecida. Empezaron a vivir juntos y se hicieron compañía. El viejo era sabio y alegre, le contaba muchas historias interesantes. Poco a poco enseñó a Perita a reconocer hierbas, raíces y bayas: cuándo recogerlas, cómo secarlas o preparar ungüentos medicinales. No le ocultó nada.
Al pasar el tiempo, el anciano enfermó. Perita lloró mucho, pero él le dijo:
No llores, hija, que todo tiene su momento. Cuando muera, entiérrame y regresa a casa. Ya sabes todo lo que aprendí en la vida. Yo ayudé al bosque; ahora tú ayuda a la gente.
El anciano falleció y Perita lo enterró con cariño. Después recogió sus cosas y emprendió el regreso.
Al llegar a su aldea, vio que sus hermanas ya se habían casado con dos hermanos y vivían todos juntos en una casa grande. Se alegraron muchísimo al verla:
¡Perita, qué alegría verte de vuelta sana y salva!
Le repartieron una habitación y Perita vivió con ellas, ayudándolas en todo. Sabía cómo abonar la tierra, curar enfermedades y erradicar malas hierbas: todo lo que le enseñó el viejo guardabosques. Las cosechas eran abundantes, el ganado sano y nadie caía enfermo. Todos en la casa vivían felices.
Pronto la gente de la comarca oyó hablar de Perita. Acudían a pedirle consejos, y a todos ayudaba desinteresadamente. Nunca cobraba: quien podía le traía unos huevos, una bufanda, o algún detallito; los pobres no pagaban nada.
En la misma aldea vivía una anciana, la vieja Rosario, muy conocida por sus artes de bruja. Sabía muchos trucos, pero la gente le tenía miedo, pues se decía que era maliciosa. Al ver que todos preferían acudir a Perita, dejó de visitarla la gente y eso la enfureció. Pensó cómo fastidiar a Perita hasta que se presentó una tarde en su casa:
¡Buenos días, Perita mía! saludó con voz doliente. Vengo a pedirte ayuda, hija, tengo un dolor terrible en el brazo, casi no puedo moverlo.
Siéntese, abuela, déjeme echar un vistazo respondió Perita amable. Miró y palpó el brazo.¿Está segura, abuela, de que le duele este? ¿Por qué no me deja ver el otro?
¡Ay, hija, este es, este! suspiraba la vieja. ¡Es un dolor horroroso, no puedo ni comer!
Perita negó con la cabeza.
Abuela, en este brazo no hay dolor.
¡Cómo que no! gritó la anciana. ¡Mira cómo se me arquean los dedos!
Perita, extrañada, insistió:
Abuela, la verdad, no le duele nada.
Bueno, hija, será hablar contigo lo que me ha sanado Muchas gracias, Perita. Toma, te dejo este espejito de mi parte; eres joven, te gustará mirarte.
Gracias, abuela. Que todo sea para bien respondió Perita. Más puede la palabra amable que la enfado.
Pero en aquel espejo Rosario había echado mal de ojo y murmurado sortilegios.
Pasó el tiempo y, de repente, la joroba de Perita empezó a desaparecer. La gente se asombraba: su figura se enderezaba y hasta casi desaparecía su leve cojera. Perita se miraba en el espejo y sonreía. Pero Rosario, al ver que sus magia no surtía efecto, regresó simulando otra dolencia: Me duele la espalda, las piernas apenas me sostienen, decía.
Pero esta vez sí estaba enferma de verdad; se había buscado su propio daño. Perita le dio hierbas curativas y le explicó cómo preparar infusiones. Rosario, antes de marcharse, le regaló un peine de hueso:
La hermosura necesita cuidados, muchacha, y tú cada día eres más bonita.
Perita lo agradeció de nuevo:
Muchas gracias, abuela, ¡qué buena es usted! Ojalá sus palabras sólo traigan bienestar.
Pasaron los días y Perita se volvió aún más guapa y alegre. Su rostro se llenó de color, el pelo se le puso espeso y fuerte y ganó salud. En cambio, la vieja Rosario se fue consumiendo: las manos se le volvieron frágiles como ramas secas, la espalda se curvó, las piernas se negaban a caminar. Acabó postrada y solo sabía gemir.
Llamó a Perita a su lecho. Leonor y Consuelo intentaron impedir que fuera.
No vayas, hermana, la vieja es bruja, en su casa pasan cosas extrañas.
No os preocupéis contestó Perita. Mañana será otro día y veremos.
Al alba, Perita se lavó la cara con agua fresca, se puso vestido limpio y preparó una cesta con miel silvestre, manzanas del huerto y las mejores hierbas aromáticas.
Cuando sus hermanas la vieron se asombraron:
¡Hermana, qué guapa estás! Es como si los milagros obraran en ti.
Perita fue a casa de Rosario. Quiso abrir la verja, pero ésta se cerró delante de ella y por más que lo intentaba, no conseguía abrirla.
¡Abuela!, grita.¡Ábrame! No consigo pasar.
Dentro se oían muchos ruidos, pasos, ollas chocando en el fuego, voces susurrando:
¡No la dejes entrar! ¡A ella no le afectan las maldiciones, las enfermedades huyen, transforma el mal en bien!
Perita insistió:
Pero abuela, ¿está usted bien? He venido a visitarla y no puedo pasar.
Dentro algo se lamentaba como un burro, ladraba como un perro y mugía tal que una vaca. El jaleo era tan grande que parecía que la casa se venía abajo.
La gente se fue agolpando a la puerta, asombrada y asustada. Nunca habían visto que la casa de Rosario temblara así. Perita tocó una tercera vez.
Abuela, de verdad, he traído regalos: miel silvestre, manzanas, hierbas aromaticas.
Saltó la verja y dejó la cesta en el camino. Entonces, de la chimenea brotó un humo negro como la pez, salieron cuervos de las ventanas, y la casa entera se ennegreció, quedando solo un puñado de cenizas.
Los vecinos se asustaron, corrieron a por agua, creyeron que todo ardía.
Pero en cuanto el sol apareció entre las nubes, la humareda se disipó. Solo quedaron unas brasas donde estaba la vieja casa de Rosario.
¡Ha sido la maldad de Rosario la que la ha consumido! dijeron. Quiso hacerle daño a Perita, pero el bien fue más fuerte y todo le volvió a ella.
Desde aquel día, Perita fue aún más hermosa y nadie la reconocía. Pronto encontró pretendiente, un joven del pueblo, y vivieron felices y en armonía. Leonor y Consuelo se alegraron de corazón.
Y desde entonces, donde cayó la cesta de Perita, creció una mata de frambuesas tan grandes y fragantes que toda la aldea iba a recogerlas, perdiendo el miedo al lugar. Dicen que eran tantas cada año, que llamaron al pueblo Frambuesal.
Fuente: Adaptación del cuento popular.




