Grusheñka

Diario de Jacinta

Hoy vuelvo a pensar en mi infancia, en aquel pueblecito de la sierra de Salamanca, donde mi padre, don Alfonso, tenía tres hijas. Mis hermanas, Alba y Leonor, siempre llamaban la atención de todo el mundo, bellísimas y radiantes, como si en cualquier momento se fueran a convertir en las mismísimas infantas de cuento. Yo, en cambio, era Jacinta, la menor, flaquita y algo encorvada, nada agraciada, salvo por mis enormes ojos oscuros que siempre brillaban como candelas.

El trabajo en el campo se me hacía cuesta arriba; en casa, tampoco era capaz de seguirle el ritmo a ninguna de mis hermanas. Alba y Leonor, a cada paso que daban por la plaza del pueblo, provocaban suspiros y carreras de galanes. Los pretendientes iban y venían, y hasta los más viejos vendían corderos en la feria solo para cortejarlas. Pero a mí nadie me dirigía la palabra, y mucho menos una mirada.

Mis hermanas, pese a todo, no querían casarse hasta encontrarme marido a mí primero. “¡Hasta que a Jacinta la pidan en matrimonio, ninguna de nosotras cruza la puerta de la iglesia vestida de blanco!”, repetían con sorna, y las amigas del pueblo no tardaron en cogerles la chanza: “Como sigáis esperando por Jacinta, vosotras también os haréis monjas de clausura”, decían riéndose entre susurros.

Yo escuchaba todo aquello y me dolía, pero no tanto por mí, sino por ellas. Finalmente, una noche, ahogada en mi tristeza, decidí irme de casa para no acabar estropeando sus vidas. “Mejor busco trabajo en la ciudad”, me dije, pensando en Salamanca tan lejana y prometedora, llena de posibilidades.

Esperé a que todos durmieran, até mi pañuelo con un trozo de pan, dos reales y una manzana, y salí hacia la carretera, bajo la luna de Castilla. Anduve toda la noche, el brillo de la luna guiándome, hasta que, al llegar al encinar, el miedo me alcanzó. ¿Y si algún lobo merodeaba aún? Aun así, apreté el paso.

El amanecer me sorprendió agotada. Fui a descansar bajo un avellano. Soñé poco y mal, hasta que me despertó el golpeteo de un hacha. Me incorporé a tiempo de ver cómo se desplomaba un tronco seco y un hombre mayor, bajo y fuerte, de barba cana y ojos chispeantes, se acercaba.

El susto me encogió más de la cuenta, pero el anciano, amable, me tranquilizó: “No temas, muchacha. No hago daño a quien no lo merece. ¿Qué haces aquí sola?”. Le conté mi historia y, tras meditar un instante mientras se acariciaba la barba, me propuso quedarme con él en su casita de guardabosques. “Serás como mi nieta. Si un día quieres marchar al pueblo, yo misma te acompañaré”.

Acepté sin dudarlo. Así, nos hicimos compañía mutua: él trabajaba el monte, yo cuidaba del hogar, preparaba pucheros y barría la casa. No faltaba nunca a la hora de contar historias, viejos relatos de Castilla o secretos sobre hierbas, raíces y bayas, que recogíamos juntos durante largos paseos. Me enseñó a distinguir las plantas buenas de las malas y a preparar remedios para cualquier dolencia. Aprendí más en unos meses que en todos mis años anteriores.

Pasó el tiempo y el anciano enfermó. Lloré mucho; él, con cariño, me dijo: “No tengas pena, Jacinta. Todo llega en la vida. Cuando yo falte, entiérrame bajo el roble, y vuelve a la casa de tu padre. Ayuda a tus hermanas y a tu gente”.

Así lo hice. Cuando falleció, lo cubrí con tierra, recé un Padrenuestro y, resignada, emprendí el regreso al pueblo. A mi llegada, Alba y Leonor ya estaban casadas, por fin, con dos hermanos molineros, y todos vivían en una casa grande, alegre y llena de gritos infantiles y aroma a pan recién hecho.

Me recibieron con abrazos y lágrimas. Me dieron una habitación luminosa y pronto empecé a ayudar en casa y el campo, empleando todos los remedios y saberes que el viejo guardabosques me había confiado. Las cosechas nunca escasearon, el ganado parecía más sano y las enfermedades, cuando asomaban, huían tan pronto como llegaban.

Enseguida, todo el pueblo empezó a buscarme para pedir consejo, y jamás negué mi ayuda. Jamás cobré ni un solo euro; si algo me daban, un pañuelo bordado, un par de huevos, una barra de pan, lo aceptaba con gratitud. A los más pobres y enfermos, ni eso les requería.

En nuestro pueblo vivía también la vieja Doña Eulalia, conocida por ser bruja y curandera, pero de ésas que infunden más miedo que respeto. Cuando la gente empezó a venir a consultarme a mí y no a ella, se enfadó muchísimo. Se las arregló un día para presentarse en nuestra casa, quejándose de un dolor de brazo.

La miré, le tomé las manos, pero no noté nada fuera de lo común. Ella insistía en su dolor, pero finalmente, viendo que no la atendía como esperaba, me dio un pequeño espejito: “Toma, Jacinta. Que te veas siempre tan bonita como ahora”, dijo con una sonrisa de dientes amarillentos.

A los pocos días, me sorprendí viéndome más erguida, mi joroba había desaparecido y al mirarme en el espejito, mi reflejo me parecía más bonito. Doña Eulalia había debido conjurar algo sobre el espejo, aunque no surtió el efecto que esperaba.

Viendo que sus trucos no funcionaban, regresó acusando nuevos males, esta vez en la espalda. Le preparé una infusión de raíces y, para mi sorpresa, ella me regaló un peine de hueso: “El cabello hermoso es privilegio de las que ayudan”, dijo.

Desde entonces, mi aspecto siguió mejorando; mi piel se hizo sonrosada, el cabello más voluminoso, las mejillas siempre sonrientes, mientras Doña Eulalia se iba apagando. Acabó postrada, retorcida como el olivo viejo, y un día me llamaron a su cama de enferma.

Alba y Leonor intentaron impedir que fuera: “No vayas, hermana, esa casa está maldita. Esa bruja nunca ha deseado bien a nadie”. Yo las tranquilicé: “Al mal tiempo, buena cara”.

Esa mañana me lavé con agua fría, me puse mi vestido nuevo y preparé en la cesta miel silvestre, manzanas del huerto y ramitos de lavanda y romero. Al llegar a casa de la vieja, la verja de hierro se cerró de golpe y nadie contestó a mis llamadas. Dentro, se oían ruidos extraños, cánticos y voces que rezaban: “¡No la dejes entrar! Su bondad deshace todo mal, su alegría cura todas las penas, la enfermedad la rehúye, lo malo nunca le alcanza”.

Dejé la cesta de presentes sobre el umbral, llamé una vez más, sin respuesta. De la chimenea empezó a salir un humo negro como la brea, las cornejas huyeron graznando, y la casa poco a poco se volvió negra, como achicharrada por dentro.

Los vecinos salieron, asustados, creyendo que la casa ardía. Pero al disiparse el humo, solo quedaban cenizas, ni llama ni rescoldo, y sobre aquel suelo, nada más que los restos de la envidia de Doña Eulalia.

Desde entonces, en ese solar crecieron zarzas de frambuesas gordas y dulces como la miel. Tanto proliferaron, que al pueblo comenzaron a llamarlo La Frambuesa, y nadie volvió a temer aquellas ruinas.

Ese mismo año, conocí a Martín, un joven pastor, bueno y sensato. Nos casamos con la bendición de todos y, por fin, sentí que había encontrado mi sitio. Alba y Leonor nunca dejaron de alegrarse por mí.

Y hoy, escribiendo estas líneas, siento que la bondad siempre vuelve multiplicada a quien la reparte, como la miel silvestre y la fruta madura, como un regalo de San Juan en la sierra de Castilla.

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