Perejila
Había una vez un padre que tenía tres hijas. Dos de ellas eran bellísimas, más guapas que un sol, y la gente en el pueblo de Almagro se quedaba boquiabierta al verlas; la tercera, en cambio, era pequeña, delgaducha y con una jorobita en la espalda, pero con dos ojos enormes y brillantes que lo decían todo. Se llamaba Perejila. Trabajar en el campo no era lo suyo, y en casa tampoco lograba seguirle el ritmo a sus hermanas mayores vamos, que la pobre no daba abasto.
Las dos mayores Marisabel y Tomasa no daban abasto con tanto pretendiente; los mozos de la comarca de la Mancha hacían cola en el zaguán y no paraban de rondarlas. Pero a la pequeña, Perejila, ni la miraba nadie, ni los pastores aburridos. Así que las hermanas iban diciendo:
¡Hasta que no coloquemos a la Perejila no pensamos casarnos nosotras!
Y así pasaba el tiempo. Nadie cortejaba a la jorobadita, por mucho que las hermanas la acicalaban y le echaban colorete, nada servía. Incluso las amigas empezaron a hacer chistes:
Como sigáis buscando novio para la Perejila, os vais a quedar vosotras para vestir santos
Perejila oía estas cosas y se la hacía un nudo en el corazón. No por ella, ojo, sino por sus queridas hermanas. Un buen día pensó para sus adentros:
No puedo seguir chupando la alegría de la casa. Mejor me voy y dejo que mis hermanas se busquen buen casorio. Me iré a Madrid, a ver si por lo menos encuentro trabajo de asistenta.
Esperó a que todos se durmieran, metió sus cosas en un hatillo y salió a hurtadillas de casa.
Anduvo toda la noche Perejila, bajo la luz de la luna y por un camino blanco que parecía de pan rallado. No tenía miedo, solo un poco cuando llegó al bosque, por si algún lobo o jabalí despistado le daba un susto. Pero se armó de valor y siguió adelante por el sendero.
Ya casi amanecía. Nuestra muchacha estaba molida, y la ciudad aún quedaba lejos. Se tumbó al abrigo de un avellano, usando el hatillo por almohada y tapándose con el pañuelo de su abuela. Pronto se quedó frita. No se sabe cuánto durmió, pero se despertó con el ruido de hachazos muy cerca. No había terminado de incorporarse cuando, ¡zas! un árbol seco cayó con estrépito.
Se asustó un montón y estuvo a punto de echar a correr, pero al volverse, vio a un abuelete. No era muy alto, pero se le veía fuerte, con barba blanca y un hacha en las manos.
Perejila estaba más asustada que con el último control de mates, pero el viejillo le dijo:
No temas, hija, que no muerdo.
¿Y usted quién es, abuelo? Casi me deja sin sombrero con ese tronco.
Soy el guarda forestal contestó. Vivo aquí cerca. Estoy quitando maderas secas. ¿Y tú qué haces sola en el monte?
Y Perejila se lo contó todo, sus penas y sus males. El hombrecillo pensó un rato, se acarició la barba y le dijo:
Pues eres una muchacha buena y de buen corazón. Quédate conmigo en la caseta del bosque, hazme compañía como si fueras mi nieta. Y si te cansas, yo mismo te llevo hasta la ciudad.
La muchacha no se lo pensó dos veces y se quedó viviendo con el abuelo en la guardería. El viejo se pasaba el día patrullando entre encinas, y Perejila se ocupaba de la casa, que tampoco había mucho lío de faena.
El hombre era risueño, tenía historias para aburrir y las contaba mejor que un cuentacuentos de la Gran Vía. Poco a poco empezó a enseñarle sobre hierbas y raíces, cuándo recoger cada cosa, cómo secarlas y para qué servían. Le enseñó también a preparar remedios que curaban desde un dolor de muelas hasta el mal de ojo. Perejila aprendió un montón y estaba feliz.
Pasó el tiempo, y el abuelete fue envejeciendo hasta que le llegó la hora. Perejila lloró lo suyo, y el guarda, antes de irse, le dijo:
No estés triste, hija mía; cada uno tiene su momento. Cuando me muera, entiérrame bajo aquella encina y vuelve a tu casa. Te he enseñado todo lo que supe. Yo ayudé al bosque, ahora tú ayuda a la gente.
Falleció el hombre, Perejila hizo lo que le había pedido y luego volvió a su pueblo.
Por aquel entonces ya Marisabel y Tomasa se habían casado con dos hermanos, unos labradores de los que había medio pueblo envidia. Vivían todos juntos en una casa grande. Cuando vieron aparecer a Perejila, casi se desmayan de la alegría.
Le dieron su propio cuartito y Perejila se convirtió en la imprescindible de la familia, ayudando a las hermanas con todo: desde qué echarle a los olivos, hasta cómo curar un resfriado o limpiar el porche de malas hierbas. Todo lo que había aprendido en el bosque lo puso en práctica, y la casa siempre tenía buenas cosechas, los animales saludables y todo el mundo tan contento, que ni gripe ni úlcera pisaba la casa.
La cosa no tardó en correr de boca en boca, y enseguida todos en Almagro venían a visitar a Perejila pidiendo consejo. Ayudaba a todo el que podía sin cobrar nada. Si alguien podía, le regalaba unos huevos, un paño o una barra de pan, pero si el que venía estaba sin blanca o enfermo, se iba igual de contento y sin quejarse.
En el pueblo había también una anciana, doña Eufrasia, famosa por ser medio bruja y con poderes de medio pelo que decían metía el miedo en el cuerpo al mismísimo párroco. Cuando Perejila empezó a ayudar al personal, doña Eufrasia se quedó sin clientela y no le hizo ninguna gracia. Dio vueltas y vueltas al asunto, y pensó: A esta niña la tengo que calar.
Un día apareció por casa:
¡Buenos días, Perejila bonita!
Buenos días, abuela Eufrasia contestó Perejila.
Vengo porque estoy hecha polvo, hija mía. La mano no me deja ni pelar una patata y no pego ojo.
Siéntese usted y véame esa mano, a ver.
Perejila le examinó la mano.
¿Seguro que es esta la que te duele, abuela? ¿No te habrás confundido de mano?
¡Hija, cómo no va a ser esa! ¡Me duele que no puedo ni comer torrijas! se quejaba la vieja.
Pero Perejila negó con la cabeza.
En la mano no tienes nada, abuela.
¿Cómo que no? ¡Mira cómo tengo los dedos torcidos!
A la joven le pareció raro, pero siguió:
Mire, abuela, como quiera, pero dolor aquí no hay.
Bueno, pues si no hay, no hay admitió de pronto doña Eufrasia. Solo con charlar contigo ya me siento mejor. ¡Gracias, hija! Toma, te regalo este espejito. Tú que eres joven, mírate y alégrate un poco.
Muchas gracias, abuela; que lo bueno que me desea vuelva a usted multiplicado respondió Perejila.
La bruja había rezado sus malas bendiciones sobre aquel espejo, pero no parecieron surtir efecto alguno.
Pasó el tiempo, y Perejila, para asombro de todos, comenzó a perder la joroba y casi ya no cojeaba. Se miraba en el espejo e iba poniéndose más derechita y feliz. Doña Eufrasia, al ver que sus maleficios no hacían más efecto que el agua de los charcos, volvió a la carga con otro achaque, diciendo que las piernas ya no la sujetaban.
Perejila le dio hierbas y recetas para hacerse tisanas, y la otra, muy hábil, le regaló un peine de hueso diciéndole:
Una moza guapa debe cuidarse la trenza, y tú podrías ser reina de la feria.
Perejila aceptó el peine y le respondió con la misma cortesía de siempre.
El tiempo siguió su curso, y cada vez la muchacha estaba más hermoso y vital. La piel se le sonrojaba, el pelo le brillaba y ya nada quedaba de la niña jorobada. Mientras tanto, doña Eufrasia se quedó seca como rama en agosto: los brazos le colgaban, la espalda torcida, y ni las piernas la llevaban. Solo se oían sus quejidos y lamentos. Un día la llamó a su lado.
Marisabel y Tomasa intentaron convencer a Perejila para que no fuera, diciendo que doña Eufrasia era bruja y que en su casa nunca pasaba nada bueno.
No os preocupéis dijo Perejila. Mañana será otro día.
Al despuntar el alba, Perejila se lavó la cara con agua fresca, se puso su mejor vestido y llenó una cestita con miel, manzanas y plantas curativas de las que había recogido en el monte.
¡Pero qué guapa estás, hermana! dijeron Marisabel y Tomasa al verla. O el vestido es mágico, o nos has salido modelo.
Perejila fue a casa de doña Eufrasia. Quiso abrir la verja, pero ¡plac! Se cerró sola y no hubo forma de volver a abrirla.
¡Abuela! gritó. ¡Ábreme, que la verja no quiere!
Dentro de la casa parecía haber jaleo: pasos corriendo, gritos extraños, ruidos de cacharros y voces de todos los colores:
¡No la dejes entrar! ¡Aquí no tiene poder! ¡Sus males se curan solos, y sus palabras buenas apagan las malas!
Perejila llamó de nuevo:
Abuela, ¿estás bien? Vengo a verte y no puedo pasar
Pero la anciana no contestaba y dentro de la casa se oía berrear, ladrar, mugir y hasta el horno parecía a punto de explotar.
El vecindario ya estaba en la calle mirando el espectáculo. Nadie había visto nunca la casa de doña Eufrasia tan alborotada, y el miedo era general.
Perejila llamó una tercera vez:
¡Abuela! Venga, que te traigo miel, manzanas y plantas buenas.
Dejó la cesta junto a la verja, y entonces, de la chimenea salió un humo negro que parecía de invernadero de fuegos artificiales. Del humo salieron cuervos volando y la casa se volvió negra de tanto hollín, como si el carbón se hubiera tragado las paredes.
El sol, que hasta entonces había estado escondido, envió un tímido rayo; en cuanto tocó la tierra, el humo se esfumó y en el lugar de la casa solo quedó un montoncito de cenizas. Ni una chispa ni rastro de incendio.
Eso es, la envidia de doña Eufrasia le volvió en su contra dijeron los vecinos. Quiso embrujar a Perejila y acabó por fundirse ella sola.
Desde ese día, Perejila floreció del todo. Poco después encontró novio en el propio Almagro, y felicidad nunca les faltó. Las hermanas, ni te cuento, más contentas que unas castañuelas.
Y allí donde doña Eufrasia tenía su casa y donde Perejila dejó la cesta, creció una mata de frambuesas tan grande y sabrosa que medio pueblo venía a coger su ración. La fruta era tan abundante que el lugar acabó llamándose La Frambuesera.
Y colorín, colorado ya sabéis cómo sigue.




