Doña Carmen Rodríguez,
¡suegra mía!
Lamento no poder llamarte mamá, como quería cuando nos conocimos y cuando tu hijo, Luis Alberto, me propuso matrimonio. Claro, yo también anhelaba casarme; mis amigas de toda la vida ya llevaban años de casada y yo las miraba con envidia, viendo cómo compartían su vida y su cariño con sus maridos, respetándose y amándose como dos faroles en la noche.
Soñaba con una familia en la que el hombre estuviera siempre a mi lado, en la que encontrara apoyo, en la que los niños crecieran bajo nuestro cuidado mutuo. Deseaba cuidar de mi marido, que sintiera mi amor, y que pudiéramos hablar de todo sin reservas.
Cuando por primera vez percibí tu forma de criar a Luis, pensé que habías formado a ese hombre que debía entrar en mi vida. Antes de la boda soltaste una frase que delineó el futuro que me esperaba: Mi hijo está acostumbrado a ocuparse solo de una mujer. Esa breve sentencia encierra todo lo que le inculcaste desde niño.
Luis nunca se niega a correr a la farmacia por tus pastillas, ni a llevarlas al otro extremo de la ciudad, aunque la farmacia está a dos pasos de tu casa y comprar los medicinas no representa ningún reto. Si tus puertas crujen, mi esposo Miguel se lanza a engrasarlas, así que no te preocupa ese gran problema. El hecho de que todas las puertas de nuestro piso chirríen en tonos diferentes, o que la puerta del armario se hunda, no le altera.
Cuando Miguel me llevaba a casa, en vez de invitarte a pasear por el Retiro, armaste un escándalo, acusándome de indolencia, holgazanería y de vivir con demasiado lujo. ¿Y por qué no? Resulta más cómodo ir en coche que en tren, y arrastrar unas maletas pesadas por uno mismo no es la mejor idea. Pero tú deseabas respirar aire fresco.
Mi marido es un hijo ejemplar. Cuando no podías conciliar el sueño y, en la madrugada, compartiste conmigo tu malestar, sin pensar en que ambos teníamos que trabajar al día siguiente, él tomó un taxi porque había bebido un poco y no quería arriesgar su licencia. En vez de agradecerte, dijiste que no había nada de malo en abstenerse de beber si tu madre necesitaba ayuda nocturna. Claro, puedes abstenerte de todo, no solo del alcohol, porque él es tu hijo y yo solo soy su esposa.
Te felicito por no cederme terreno en la relación con tu hijo, aunque es absurdo compartir a un hombre. Tú no quieres compartirlo con nadie.
Gracias a Dios que no tenemos hijos. No se darían cuenta de inmediato, pero tampoco podrían pedir al papá su tiempo, pues la abuela tiene prioridad. Tu hijo atento no me apoyó siquiera cuando lo necesitaba de verdad; fue mi amiga quien lo hizo, comprendiendo que la depresión no me haría bien. Yo anhelaba al menos unas palabras de apoyo, compasión y comprensión de Luis, pero él volvió a lanzarse a ayudarte a ti.
Sí, lo admito, perdí; no pude ser para él lo que tú eres, aunque lo intenté con ahínco. Lamentable que todos mis esfuerzos pasaran desapercibidos para Luis. Él está verdaderamente enamorado de una sola mujer: de ti. Las palabras de amor que me dedicó fueron solo una formalidad, un protocolo entre novios.
Quiero ser útil al hombre, no necesito un marido brillante e impecable, que ordene todo como lo hace tu hijo, que a veces vuelva a casa tras unas cañas con los compañeros, algo que a él nunca le ocurre; lo esencial es que me necesite, que se preocupe por mis fracasos y se alegre con mis logros.
Me reconforta haber comprendido que mi marido nunca será ese tipo de hombre. Ni siquiera tuvimos hijos, porque no precisas emociones intensas; tu hijo guardó tu corazón sólo para ti y para nadie más. Esa economía sentimental me llevó a intentar un embarazo. Ahora tengo en mi vida a otro ser y a un niño que nacerá dentro de tres meses.
Prometo criar a ese chico como un verdadero hombre, pero no bajo tu visión del término. Gracias, suegra, por la experiencia que obtuve al casarme con Luis. Te lo devuelvo, tan sano, cuidadoso y atento como lo conocí. Que seáis felices.
Isabel Fernández, tu antigua nuera.







