«Gracias, hada, por darme un papá»: cómo mi sobrina encontró una familia después de años separados

—Mamá, ¿cuándo me regalará el hada un papá? —preguntó un día mi hija, mirándome con esos ojos enormes llenos de más esperanza de la que yo podía soportar. Jugábamos mucho a magia, dibujábamos, inventábamos cuentos. Aquel día sacó de una caja un papel donde había dibujado a una niña hablando con un hombre diminuto. Luego encontró otro dibujo: la misma niña haciendo ejercicios y riendo.

—Así haré gimnasia y luego me mojaré con agüita, ¡mamá! —dijo feliz y, tras jugar un rato, se durmió tranquila.

Desde entonces, me quedé pensando en lo impredecible que puede ser la vida. Pero vayamos por partes.

Hace años, entré en la facultad de Educación con mi mejor amiga, Laura. Éramos inseparables: clases, noches de estudio, sueños de futuro. Al terminar, las dos empezamos a trabajar en colegios. Laura, además, ilustraba libros infantiles; tenía manos de oro y una imaginación desbordante. Tanto, que una editorial extranjera se fijó en su trabajo y le ofreció un contrato en Estados Unidos. Y así se marchó… por tres largos años. Mantuvimos el contacto: mensajes, llamadas, añoranzas.

Cuando Laura volvió a su ciudad natal, ya no estaba sola. Traía consigo a una niña pequeña: su hija. Del padre no hablaba ni una palabra. Sus padres ya no vivían, así que se las arreglaba como podía con la niña, y yo intentaba estar ahí para ayudarla. Anita era un auténtico sol. En su tiempo libre, Laura dibujaba, casi siempre a su hija en distintas etapas: de colegiala, adolescente, adulta…

—¿Cómo sabes cómo será? —le preguntaba yo.

—Ya lo veremos —respondía ella, sonriendo.

Pero la alegría duró poco. Cuando Anita cumplió dos años, el corazón de Laura dijo basta. Los años en Estados Unidos le pasaron factura, y un día, sencillamente, se fue.

Inmediatamente, empecé los trámites para adoptarla. Lo único que me aterraba era que se la llevaran unos desconocidos. Temía llegar tarde, que acabara en otra familia. Pero, por suerte, lo conseguí. Desde entonces, para Anita, yo fui su mamá. Sabía que su verdadera madre estaba en el cielo. Revisábamos juntas los dibujos de Laura, sobre todo antes de dormir; esos bocetos la calmaban, como si su mamá aún estuviera ahí.

Anita creció lista, cariñosa y soñadora. Tenía trece años cuando, un día, celebrando mi cumpleaños con amigas en una cafetería, de vuelta a casa, me encontré en la puerta a un hombre alto, con un acento marcadísimo. Hablaba un español torpe, pero sus palabras me helaron la sangre.

Era… el padre de Anita. El de verdad, el biológico. Estadounidense. Según él, Laura lo había celado por su hermana y, sin perdonarlo, había vuelto a España sin decir nada del embarazo. Él intentó encontrarla, pero demasiado tarde. Cuando supo que tenía una hija, empezó los papeles para la adopción… pero yo fui más rápida. No sabía que Anita había crecido aquí, entre algodones, bajo mi protección.

Al oír la conversación, Anita se quedó de piedra. Callada, clavando la mirada en ese hombre, buscando en su rostro algún rastro de sí misma. Más tarde, ya con un té en la mano, empezó a sonreír poco a poco. El hombre se marchó a un hotel, y mi niña agarró su muñeca-hada favorita y susurró:

—Gracias, hadita, por traerme un papá.

Pasaron meses hasta que todo se solucionó. Anita se fue a vivir a Estados Unidos con su padre. Resultó que tenía una familia numerosa: tres hijos de otro matrimonio, pero Anita, como la mayor, pronto hizo buenas migas con todos. Empezó el instituto, aprendió inglés, se apuntó a talleres, a baile… Hablamos por mensajes, videollamadas, compartimos novedades.

La echo de menos. Hasta duele. Pero soy feliz.

¡Feliz de que mi Laura no solo me dejara una hija maravillosa, sino también la fuerza de un amor que, años después, trajo a su vida a su padre verdadero!

Ahí está la historia. Increíble, casi de cuento. Pero, como todos los cuentos, habla de fe, de amor… y de milagros.

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