¡Gracias a Dios! ¡Por fin has llegado! abuela respiraba con dificultad, pero su rostro irradiaba una felicidad sincera. Acariciando mi cara con sus manos secas, las dejó caer suavemente sobre la colcha.
Descansa un poco, abuela le pedí. Mañana aún tenemos todo el día por delante, y nos desahogaremos hablando.
No, Hugo sonrió apenada la abuela. Solo le pedí una cosa a Dios: verte de nuevo. Ya no necesito nada más, ya te vi y te abracé. Ahora descansaré un poco y luego hablamos. Cerró los ojos con cansancio. Concha, dale algo de cenar al chico, que viene de viaje.
Mi abuela estaba muy débil. Ella sabía que le quedaba poco tiempo. Yo era lo único que le quedaba, como ella lo era para mí. Mis padres se habían perdido por completo, terminando sus días aferrados al alcohol; primero se deshicieron de todo lo que teníamos, luego muebles, ropa, incluso el piso. Finalmente, hasta de sí mismos. La abuela consiguió salvarme de aquel abismo a tiempo, me llevó a vivir con ella, logró que no dejara el colegio, insistió en que sacase el carné de conducir de coche y camión, y luego estuvo allí cuando me fui al servicio militar. Y hoy, me recibía de vuelta. No era el regreso que ella hubiera soñado, pero la vida no suele dar a elegir.
Mientras Concha la vecina de toda la vida y amiga de mi abuela me invitaba a cenar en la cocina, mi abuela, con los ojos cerrados, pensaba en qué palabras decirme. Quería acertar, que llegasen bien al corazón y a la cabeza. Pero la memoria ya le fallaba. Acariciaba a su gata, la querida Sisi, que no se apartaba de ella desde hacía días, intuyendo la desgracia. Finalmente me llamó:
Hugo, ven aquí. Cuando me senté a su lado, comenzó a hablar en voz baja: Me hubiera gustado cuidar de tus hijos, hijo, pero parece que no podré. Vas a quedarte solo. No es fácil. Si encuentras una buena chica, no la sueltes, elige para toda la vida, para la vida dura, porque no hay otra. No busques la fiesta ni la holgazanería, y, sobre todo, mantente alejado del maldito vino, que arruina. Uno cae, y arrastra a todos. Hay muchos caminos en la vida, Hugo, elige el correcto. Hizo una pausa, quizá recordando a mis padres. Pero enseguida siguió: He dejado el piso a tu nombre, tendrás dónde llevar a tu mujer. Para el entierro, he apartado algún dinero, Concha te dirá dónde. El resto te lo he transferido a la cuenta, para que no te falte nada al principio. A Sisi no la abandones, cuídala; es lista y cariñosa, ya lo sabes tú mismo trajiste el minino. Creo que no me olvido de nada. Anda, descansa tú, que yo también voy a hacerlo Estoy cansada.
Por la mañana, la abuela no despertó
Poco tiempo después empecé a trabajar como técnico instalador de redes de internet, por recomendación de unos amigos. El equipo, seis en total, nos encargábamos de pasar cableado de fibra óptica y dar de alta a nuevos usuarios. Al final del día me sentía agotado, pero el sueldo era más que decente y el orgullo por un trabajo bien hecho compensaba sobradamente.
En casa me esperaba Sisi, la gata gris que recogí de la calle hacía ya ocho años. Desde que murió la abuela, Sisi se había sumido en la melancolía, no comía nada. Pasaba el día tumbada en el viejo sillón favorito de la abuela, mirando la puerta sin parpadear, como esperando que su dueña volviese en cualquier momento. Pero nunca llegaba.
Yo intentaba animar a Sisi, le hablaba largos ratos, la sentaba en mis rodillas, le contaba cómo había ido el día y la mimaba con lo mejorcito que tenía. Pero no fue hasta un mes después que reaccionó.
Ese día cobré mi primer sueldo. Los amigos me reclamaron la típica invitación, esa tradición inquebrantable que hay que cumplir sí o sí en Madrid. Les llevé a un bar, pagué unas raciones y también brindé yo. Volví a casa a medianoche, ya contentillo. Al abrir la puerta, me recibió Sisi. No quise ni mirarla a los ojos aquellos ojazos verdes, inteligentes. Evitaba su mirada, pero ella insistía, hasta que, al comprender mi estado, maulló con tristeza y desapareció bajo el sofá.
Sisi, no podía decirles que no Fue gracias a ellos que encontré trabajo, y además, son amigos, ¿vale? Me sentí, de repente, como si estuviera disculpándome no ante la gata, sino delante de mi abuela.
La siguiente tarde, Sisi volvió a esperarme en la puerta y, al ver que yo esa vez estaba bien, se frotó alegre contra mis piernas, ronroneando como loca. Comió con ganas, no se separó de mí en toda la noche, y al dormir se acurrucó a mi lado, confiada.
Lo entiendes todo, Sisi susurré mientras la acariciaba. Pero tranquila, ya soy mayor, sé lo que hago. Los adultos solo pierden el control con una cosa: la bebida. Y de eso huyo yo, ya sabes por qué En ese trabajo, además, todo gira alrededor del alcohol. Salen excusas hasta por el Día del Botellín. Cada viernes se repite lo mismo, y aunque digo que no, ya me miran torcido. Tendré que buscar otra cosa, pero, ¿el qué? Desde niño soñaba con ser camionero de ruta, pero con mi carné actual no basta para conducir tráileres. ¿Quién me va a dar una oportunidad de empezar?
El siguiente viernes salí con el grupo al bar. Ellos se divertían, celebrando el final de semana. Yo, como de costumbre, tomaba agua con gas, observando de lejos sus bromas y sus excesos.
La camarera era muy joven y simpática. Los chicos intentaban llamarla a nuestra mesa; el jefe de cuadrilla, ya pasado de copas, la cogió del brazo y trató de acercarla a la fuerza. Ella, asustada, intentaba soltarse, sin éxito.
Déjala dije, poniéndome en pie. Se hizo el silencio, porque nadie en el grupo se atrevía a llevarle la contraria al jefe. Al soltarla sorprendido, la chica pudo irse y me miró con inquietud desde la distancia.
El conflicto no fue a más porque apareció el dueño del local, un hombre imponente, recio y con bata blanca. Al verlo, todos salieron pitando, pero no sin lanzarme alguna mirada de pocos amigos.
Tú, espera me detuvo el dueño, que se presentó como Miguel. Deja que se les pase la tontería al fresco. Me miró sonriente. ¿Qué haces con esa gente? Te vi, no bebes. ¿Por qué trabajas con ellos?
Somos la cuadrilla encogí los hombros. Trabajamos y salimos juntos.
Tonterías masculló Miguel. Eso no es vida, y menos con esos amigos. Julia, hija, prepáranos un té bueno, que el chico lo necesita y yo también.
¿Hija? pregunté mientras miraba cómo Julia se alejaba.
Sí, ayuda aquí después de clase. Tomamos juntos el té en silencio, en buena compañía. Verás, chico, tendrás que buscar otro trabajo después de hoy. O te echan o te pierden en el alcohol. ¿Tienes experiencia?
Tengo carné desde antes de la mili y, durante el servicio, un año conduciendo camiones. Siempre quise ser transportista de largo recorrido, pero ¿quién va a confiar en mí?
Al principio, pocos reconoció Miguel. Pero puedo ayudarte. Conozco a buenos camioneros. Antes, vente conmigo, empezarás por rutas cortas y, cuando consigas la categoría, pasarás a conducir tráileres.
¡Por supuesto! sonreí, cada vez más a gusto con Miguel, aquel hombre enorme, sereno y generoso, y padre de Julia, nada menos. Miguel, al notar que seguía mirando a su hija, le dijo:
Julia, termina y descansa. Hugo te acompañará a casa. Y vi cómo se le iluminaban las mejillas a la joven.
***
Cinco años después, conducía mi tráiler de noche por una carretera helada.
Faltaban treinta kilómetros para llegar a casa, donde me esperaban Julia, mi mujer; la pequeña Marta; y la veterana Sisi, la gata de siempre. En la cuneta vislumbré un hombre, mal abrigado y solo.
“Se va a quedar tieso aquí”, pensé y paré para que subiera.
¿Gregorio? le reconocí de inmediato, cuando se sentó.
Me miró con los ojos turbios del borracho:
Vaya, si eres tú suspiró. Ya no soy jefe de nada. No queda cuadrilla; los nuestros somos la mitad. Uno murió helado, otro se ahogó bebido, otro cayó envenenado Los demás, buscándonos la vida. Sacó de la chaqueta una botella de aguardiente cutre y bebió. ¡Ya saldremos adelante!
Lo dejé cerca del centro, viéndolo marchar con pena. Me vino una sonrisa triste recordando su fanfarronería de borracho.
Ya cerca de casa, miré hacia las ventanas del piso. La luz encendida en la cocina: Julia despierta, esperándome como siempre. Tal vez Concha vino a charlar, a jugar con Marta. Aunque seguro que la niña dormía ya bajo la foto de la abuela, con quien comparte sus cuentos y secretos cada noche, aunque no haya respuesta: la abuela ya solo escucha, pero su mirada sigue siendo cálida y comprensiva. Sisi, mi gata, observa la noche desde la ventana, y al verme, salta, desaparece y baja a recibirme a la puerta.
No estoy solo, abuela susurré, sonriendo a las ventanas encendidas de mi casa. Estamos todos, juntos, y tú también formas parte de esto. Este es mi camino.
Esa noche aprendí que el calor de un verdadero hogar depende más de las personas y sus recuerdos vivos que de la suerte o el dinero.




