Gente Distinta A Igor le tocó una mujer peculiar. Guapísima, sí: rubia natural de ojos negros, con …

DISTINTAS PERSONAS

La esposa de Isidro era extraña. Hermosa, sí, mucho: rubia natural con ojos tan negros como la noche, de curvas generosas, alto pecho, piernas largas. Y en la cama era puro fuego, una hoguera encendida en sueños. Al principio todo era pasión, tanto que ni siquiera pensaba demasiado. Luego, vino el embarazo. Y nada, se casaron como tocaba.

Nació un hijo, igual de rubio y de ojos negros como el abismo. Todo sucedía como en cualquier familia: pañales, bodys, primeros pasos tambaleantes, primeras palabras que sonaban como melodías extrañas entre las sombras. Y Jimena se comportaba como una madre joven y común, arrullando al niño, arropándole en brazos.

Después empezó la rareza, cuando el niño se convirtió en adolescente. De repente, Jimena se obsesionó con la fotografía. No paraba de sacar fotos a cosas corrientes y extrañas, y se apuntó a unos cursos. Siempre andaba con esa cámara colgada, como si de un amuleto oculto se tratara.

¿Pero qué te falta a ti? preguntaba Isidro, sin comprender. Trabajas de abogada, pues dedícate a eso.

De abogada corregía ella sin mirarle.

Eso, de abogada. Deberías prestar más atención a la familia, y no andar vaga por ahí, perdida entre sombras.

Ni él mismo sabía qué le irritaba tanto. No era que ella descuidara la casa. La comida siempre estaba hecha, la limpieza era esmerada, el estudio del hijo recayendo sobre sus hombros. El padre volvía del trabajo, se tumbaba en el sofá ante el televisor, como dictaban los sueños del costumbrismo. Pero le corroía el alma la sensación de que su mujer desaparecía, se desvanecía hacia un lugar donde él no existía. Como si estuviera y no estuviera. Jamás se sentaba a ver la tele con él, nunca comentaba nada interesante que saliera de aquel faro luminoso. Le daba de cenar y se deslizaba de su lado, como un susurro, como la niebla.

¿Acaso eres mi esposa o no eres nada? acababa gruñendo Isidro cada vez que la encontraba frente al ordenador.

Jimena callaba. Se encerraba en su propio halo de silencios.

Además, le gustaba viajar a países insólitos y extraños. Cogía las vacaciones, llenaba la mochila y se iba lejos, cámara en mano. Isidro jamás entendió aquello.

Vámonos un fin de semana con los amigos a la sierra, tienen casita y todo, han montado una barbacoa de las buenas, orujo casero, como Dios manda. Ya es hora de que compremos un chalé en algún pueblo.

Jimena, como respuesta, le invitaba a sus viajes. Probó una vez. Nada apetecible: todo extraño, gente hablando idiomas incomprensibles, la comida demasiado picante o extravagante. Siempre fue indiferente a los paisajes y bellezas naturales.

Así que ella comenzó a irse sin él. Incluso renunció a su trabajo.

¿Y la pensión? se desesperaba Isidro. ¿Y tú quién te crees que eres? ¿Una artista, una gran fotógrafa? ¿Sabes lo que cuesta dinero abrirse paso en eso?

Jimena no contestaba. Solo una vez, en un susurro casi imperceptible, compartió:

Me han dado una primera exposición, mía, solo mía.

Bah, todos tienen exposiciones murmuró Isidro. ¡Menuda novedad!

Aun así, fue a la inauguración. Y no entendió nada. Caras comunes, ni siquiera bellas, manos arrugadas, gaviotas soñadas sobre el agua. Todo extraño, como su propia esposa.

Se rio de ella entonces, sin consuelo. Pero Jimena, en un giro inesperado, le regaló a Isidro un coche nuevecito. Ahí tienes, para la familia, úsalo. Ni siquiera aprendió a conducir para ella, se lo entregó a él. Lo pagó con su fotografía, corriendo entre encargos y clientes.

Entonces a Isidro le invadió el miedo, una incomodidad inaudita. ¿Qué clase de criatura vivía con él, tan distante y enigmática? ¿De dónde provenía ese dinero? ¿Sería que algún hombre…? ¿Cómo se ganaba tanto con simples fotos para comprarle a uno un coche? ¿Sería infiel? Y si no, seguro que lo sería antes o después.

Incluso una vez intentó educarla: le soltó una cachetada, apenas un roce. Ella agarró un cuchillo de cocina, lo lanzó de lado y le dejó dos marcas, como costuras torcidas, en la tripa. Menos mal que no atinaría a herir de lleno, histérica. Luego pidió perdón entre lágrimas. Desde entonces, él nunca le volvió a alzar la mano.

Jimena amaba a los gatos, de forma inusitada. Los recogía, los cuidaba, los curaba, los encontraba hogar. Siempre había dos en casa, cariñosos, suaves, pero… ¿cómo se podía amar más a esos animales que a su propio marido?

Una vez, uno de sus gatos murió, y Jimena, incapaz de salvarlo, lo tuvo en brazos cuando exhaló en la clínica. Ah, cómo se descompuso ella: lloraba, bebía brandy, se reprochaba todo, días y días flotando en la pena. Isidro, agotado, le espetó enfadado:

¡Ya solo te falta llorar por las cucarachas!

Ella le dirigió una mirada grave, helada. Él calló, escupió hacia el suelo y se marchó. Que hiciera lo que quisiera.

Los amigos le daban el pésame, las amigas de Jimena incluso estaban del lado de Isidro. Todos decían que a Jimena se le había ido de las manos, que ya no tenía remedio. Así encontró consuelo en Carmen, la vecina y amiga de la infancia de Jimena. Carmen era mucho más simple, directa. Trabajaba de dependienta, odiaba el arte, siempre dispuesta para el sexo y la charla. Bebía demasiado, sí, pero no era para casarse…

Él esperaba que Jimena notara algo, que montara un escándalo, una pelea de celos, que le rompiera algún plato. Así, él podría echarle en cara: ¿Y tú? ¿Dónde andas todo el día? Luego se perdonarían y la familia se recompondría. Podría dejar a Carmen cuando quisiera.

Pero Jimena solo callaba, miraba con ojos que asustaban. Y en la cama la brecha era definitiva: se encogía, apenas la tocaba, se mudó a otra habitación.

El hijo, Daniel, creció, terminó la universidad, igualito a la madre: ojos negros, rubio, extraño y soñador.

¿Y los nietos para cuándo? preguntaba Isidro.

Daniel solo reía, decía que quería hacer cosas en la vida, encontrar el amor verdadero antes de dar nietos. Otro distinto, incomprensible, todo sangre de su madre. Con Jimena siempre hubo armonía, se entendían sin hablar, Isidro se sentía un intruso, los ojos negros lo inquietaban. Una y otra vez buscaba consuelo en Carmen.

Hasta que Jimena lo supo. Algún vecino le contó. Isidro ni siquiera lo disimulaba. Llegó un día a casa, la mujer sentada a la mesa, fumando en la penumbra. Todo era tan callado, tan sutil, que solo escuchó, en un hilillo de voz:

¡Lárgate ya! ¡Fuera de mi casa!

Los ojos, tan negros, rodeados de sombra. Salió entonces con Carmen, esperando que su esposa lo llamara de vuelta. Una semana después recibió un mensaje de Jimena en WhatsApp: hay que hablar. Se ilusionó, se duchó, se puso colonia, como en los viejos bailes de primavera.

Pero Jimena, desde la puerta, le soltó:

Mañana vamos a firmar el divorcio.

Lo demás ya era como un sueño brumoso: el divorcio, los papeles, las firmas, renunció a su parte del piso, que era de la herencia de los padres de ella.

¿Y ahora qué harás, vivir de divorciada? le lanzó con rencor fuera del juzgado. Quiso añadir ¿quién te va a querer?, pero se contuvo.

Jimena sonrió. Por primera vez en muchos años le regaló a él una sonrisa amplia, sincera.

Me voy a Madrid. Me han ofrecido un proyecto importante.

Por lo menos no vendas el piso pidió él, sin saber por qué. ¿Dónde volverás si no?

No volveré respondió ella tranquila, ya exesposa. Ya hace tiempo que amo a otra persona. También es fotógrafo, de Madrid. Con él me siento viva. Pero creía que, estando casada, no era cuestión de engañarte, y para qué iba a divorciarme si no había motivo Pero simplemente somos diferentes. Por eso no se suelen divorciar, ¿no? ¿O sí se divorcian?

No se divorcian asintió Isidro.

Pues nosotros sí rió Jimena. Al principio me cabreé al enterarme de lo de Carmen. Pero luego pensé que así todo sería mejor. Seré feliz, y tú también. Cásate con ella, que todo os salga bien.

Se marchó.

No me casaré murmuró Isidro a su espalda.

Pero Jimena ya no oía.

Desde entonces, nunca tuvo noticias de ella. Solo una vez al año, un escueto mensaje por WhatsApp: ¡Feliz cumpleaños! Salud y felicidad. Gracias por nuestro hijo.A veces, en la caja del supermercado, o al cruzar la plaza llena de madres y nietos, Isidro creía ver una melena rubia entre la multitud, un destello de ojos negros observándolo desde algún rincón imposible. Sentía en el pecho, como un eco, el aroma del brandy, los maullidos breves de los gatos, el clic lejano de una cámara que capturaba lo invisible. Pero era solo el viento, o alguna muchacha que nada tenía que ver con su recuerdo.

Vivió los años que le regalaron en una rutina lenta, breve, sin sobresaltos. Carmen pronto se marchó también, risueña, hacia otros brazos. El piso, vacío de voces, tenía un olor a orujo y a fotografía antigua, como si Jimena no se hubiera ido del todo. Daniel, cada tanto, volvía solo una tarde, dejando postales de tierras lejanas, saludando con ternura, igual de extraño y ajeno.

La vida, pensó Isidro, es ese instante en que uno cree reconocer a las personas y resulta que no. Una extrañeza constante. A veces soñaba con Jimena, a veces con otra mujer indistinta, una esposa risueña que nunca tuvo. Se preguntaba si alguna vez, en alguna ciudad, alguien le tomaría una foto al pasar, robándole el alma por un segundo sin que él lo supiera. Y entonces, por primera vez en mucho tiempo, sonreía solo, recordando que hay miradas que jamás se comprenden pero que igual iluminan la noche.

Porque acaso todos estábamos hechos para ser diferentes, para perdernos, reencontrarnos en otros lenguajes, otra música, otras casas. Y aunque alguna vez creyó tener derecho al cotidiano consuelo de tener una esposa igual que todos, supo demasiado tarde que la belleza mayor está en aquello que nunca llegamos a poseer del todo; en la nostalgia de lo que fue, y en la serena gratitud de haberlo vivido.

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