DISTINTAS PERSONAS
A Darío le había tocado una esposa Lucía , extraña como la niebla con luz de luna en febrero. Hermosa, por supuesto: rubia natural, de ojos negros como el café, curvas de gitana, pechos vivos y piernas interminables. Y en la cama una hoguera. Al principio sólo había pasión, apenas quedaba sitio para el pensamiento. Luego vino el embarazo. Así que hubo boda, como mandaba la tradición castellana.
Nació un hijo, igual de rubio y de ojos negros: Daniel. Y todo fue igual que en todas partes. Pañales, biberones, primeros pasos, primeras palabras. Lucía era normal, arrullando a su crío bajo la luz templada del salón, una madre joven como tantas.
Cambió todo cuando Daniel se hizo adolescente. Lucía, de repente, se fascinó por la fotografía. Siempre andaba con la cámara, se apuntó a talleres por todo Madrid, desaparecía entre exposiciones y cursos extraños.
¿Pero qué te falta? protestaba Darío. Tienes tu trabajo de abogada, trabájalo como es debido.
Abogada le corregía Lucía.
Eso, abogada. Dedica más tiempo a la familia, ¿qué haces perdiéndote por ahí?
Y ni siquiera sabía bien qué le irritaba tanto. Lucía no descuidaba la casa. La comida siempre lista, la limpieza impecable, las tareas de Daniel supervisadas. Cuando él llegaba del despacho, encontraba todo en su sitio, la rutina cumplida. Pero le echaba chispas ver cómo su mujer desaparecía a mundos donde él no existía. Estaba y no estaba. Jamás compartía sofá ni tele, ni analizaba nada curioso con él. Le servía la cena y de nuevo se desvanecía.
¿Eres mi mujer o no? le espetaba a veces, sumido en celos difusos, viéndola pegada al ordenador.
Lucía callaba, perdiéndose en su propio silencio.
Le dio también por viajar, siempre a lugares exóticos. Cogía vacaciones y se largaba con mochila y cámara. Darío no lo entendía.
Vámonos mejor al pueblo, con los amigos. Han puesto una barbacoa nueva, hacen orujo casero. Y ya va tocando comprar nuestro terreno cerca de Ávila, criar algo nuestro…
Lucía rehusaba, pero le invitaba a sus escapadas. Una vez lo intentó. Nada bueno sacó. Todo olía a extraño, hablaban lenguas ininteligibles, la comida picante como fuego. Las bellezas lejanas le parecían indiferentes.
Así Lucía empezó a viajar sola. Incluso dejó el trabajo.
¿Y la jubilación? se enfadaba Darío. ¿De qué vas a vivir? ¿Vas de fotógrafa famosa ahora? ¿Sabes la de euros que hace falta para destacar en ese circo?
Lucía no respondía. Sólo un día, bajito, le confesó:
Voy a tener mi primera exposición. Personal, mía.
Hoy en día todos exponen bufó Darío. Vaya logro.
Sin embargo, fue a la inauguración. No entendió nada. Retratos de rostros desconocidos, ni siquiera bellos. Manos arrugadas, gaviotas sobre agua, todo tan raro como la propia Lucía.
Se le escapó una sonrisa de burla. Pero Lucía, como si nada, le compró un coche. Así sin más, somos familia, úsalo. Ni siquiera sacó el carné, se lo regaló a él. Lo ganó con su fotografía, luchando por encargos.
Ahí le entró miedo. Una inquietud densa. ¿Qué criatura habita ahora este hogar en vez de su esposa? ¿De dónde sale ese dinero? ¿Se lo dan otros hombres? No se puede ganar tanto con esas tonterías. ¿Le engaña? Si no lo ha hecho ya, seguro que no tardará
Intentó darle una lección: un toque, una bofetada leve. Lucía cogió un cuchillo de cocina. Un tajo al azar, dos puntos en la barriga de Darío. Por fortuna, no hubo fatalidad, pura histeria. Luego Lucía pidió perdón. Y desde entonces él no levantó más la mano.
Amaba mucho a los gatos. Los rescataba de la calle, los curaba, los daba en adopción. Siempre había dos ronroneando en casa. Muy tiernos, sí, pero al final no son personas. ¿Cómo querer tanto a bichos, más que al propio marido?
Un día murió uno de sus gatos, no pudo salvarlo y expiró en sus brazos en una clínica veterinaria de Chamberí. Lucía se hundió: lloraba, bebía orujo, se maldecía. Días y días igual. Darío, harto, soltó de malas maneras:
¡Podrías hacerle un funeral hasta a las cucarachas!
Se topó con una mirada dura y calló, escupió un suspiro y salió. Que hiciera lo que quisiera.
Los amigos le daban la razón, las amigas de Lucía se aliaban con Darío. Todos decían: Lucía se ha perdido, ha cruzado la línea. Así es como Darío encontró consuelo en la vecina Carmen , casualmente amiga de infancia de Lucía. Carmen era simple, accesible. Trabajaba en un colmado, no le tiraba el arte, siempre lista para la cama y para charlar. Es cierto, bebía demasiado, pero Darío no tenía intención de casarse.
Esperó que Lucía se escandalizase, montara una bronca, celos, que volaran platos. Entonces él soltaría: ¿Y tú, dónde te metes? Y luego, reconciliación y familia restaurada. Carmen, un rato y adiós.
Pero Lucía callaba. Le dedicaba miradas frías. El lecho conyugal dejó de existir. Ella se encerró en una habitación sola.
Daniel creció, acabó la universidad, raro como su madre: rubio, de ojos negros y aire extraviado.
¿Y los nietos? preguntaba Darío.
Daniel sólo reía: que quería hacer algo grande, encontrar el amor, entonces ya llegarían los nietos. Su hijo era ajeno, incomprensible. Sangre materna. Con Lucía se entendían sin palabras, en completa armonía. Darío se sentía forastero en su propia casa, temblando bajo esas pupilas oscuras y agujereadas de misterio. Regresaba una y otra vez a Carmen, buscando calor ajeno.
Hasta que Lucía se enteró. Una vecina se lo contó. Darío ni disimulaba. Una tarde llegó y la encontró, fumando en silencio tras la mesa, una nube azul y un susurro:
¡Vete de aquí! ¡Fuera de mi casa!
Y los ojos negros, delineados de ojeras, parecían pozos.
Se fue a casa de Carmen, esperando que su mujer le llamara para volver. A la semana recibió un mensaje por WhatsApp: Tenemos que hablar.
Se ilusionó, duchado ya y perfumado, acudió dispuesto. Pero Lucía, en la entrada:
Mañana presentamos el divorcio.
Después, todo fue como en un sueño brumoso. Papeles, firmas; renunció a su parte del piso porque venía de la familia de Lucía…
¿Y qué harás con tu vida de divorciada? preguntó, mordiendo la frase ¿A quién vas a gustar ahora?, pero se contuvo.
Lucía sonrió. Por primera vez en años le sonrió de verdad, amplia, luminosa:
Me voy a Barcelona. Me han ofrecido un proyecto serio allí.
Al menos no vendas el piso pidió él. ¿A dónde volverás?
No volveré respondió con calma. Ya era su exmujer. ¿Sabes? Hace tiempo que amo a otro. Es fotógrafo también, de Barcelona. Me estimula, me divierto, pero pensaba: estoy casada, no puedo engañarte, ni divorciarme sin motivo. Pero en el fondo somos distintos. ¿Eso es razón para divorciarse? ¿O no?
No asintió Darío.
Pues ya ves que sí rió Lucía. Al principio me enfadé por Carmen, pero luego pensé, mejor así. Yo seré feliz. Tú también. Cásate con ella, que os vaya bonito.
Y se marchó.
No me casaré le respondió a su espalda.
Pero Lucía ya no le oyó.
Desde entonces, ni una noticia suya. Sólo una vez al año, un mensaje escueto por WhatsApp: Felicidades. Salud y suerte. Gracias por Daniel.El primer cumpleaños solo fue raro, el segundo aún más. Carmen llenaba la casa de risas, de botellas, de amigos suyos con los que Darío apenas cruzaba palabra. Daniel llamaba poco, siempre lejos, siempre ocupado con proyectos secretos, con exposiciones de nombres impronunciables, pero en cada cumpleaños lo felicitaba, seco y correcto: Felicidades, papá. Cuídate.
Se acostumbró a la soledad, a la casa demasiado grande, al eco de las habitaciones cerradas. El coche que Lucía le regaló seguía ahí, fiel, aunque ahora no tenía prisa para ir a ningún sitio. Por las noches, a veces, soñaba con su antiguo hogar: gatos por doquier, olor a comida recién hecha, el rumor de la ducha donde Lucía tarareaba. Al despertar, sólo silencio y la certeza amarga de la distancia.
Intentó llamar a Lucía una Nochebuena, por puro impulso. Sonó el tono; al cuarto, cortó. Luego recibió un mensaje: Aquí todo bien. Espero que tú también.
Carmen terminó marchándose. Demasiado gritos, pocas caricias, alcohol y reproches. Se fue una tarde de junio, dejando la llave y un adiós sin lágrimas.
Pasaron los años en una sucesión de tardes iguales, cafés, paseos cortos, alguna conversación fugaz con vecinos. Solo el trabajo, los libros, el pasado. Cuando Daniel por fin lo visitó, vio un Darío encanecido y encogido en su sofá, el ventanal lleno de polvo y la televisión murmurando noticias viejas.
Papá sonrió, serio y cálido por primera vez, vengo a enseñarte algo.
Abrió en su móvil una galería de fotos. Gente anónima, rostros extraños, manos y gatos, cielos abiertos y sombras.
Mamá me enseñó a mirar diferente susurró. Y te quise mostrar que todo puede cambiar. Que a veces somos distintos, pero eso también es familia.
Darío sonrió, torpemente, con los ojos enrojecidos.
Por primera vez en años, sintió que el mundo no era sólo un lugar para él, sino un lugar en movimiento, lleno de cosas todavía por comprender.
Esa noche, mientras miraba una de esas fotos un grupo de gatos en una azotea, la luz dorada, las sombras felices, se permitió imaginar a Lucía bajo ese mismo cielo, cámara en mano, una felicidad lejana y verdadera.
Y entonces, solo, pero en paz, apagó la luz del salón. Sediento, extrañamente ligero, pudo dormir.







