Gente distinta A Igor le tocó de esposa una mujer peculiar. Guapísima, sí: rubia natural de ojos negros, con figura de infarto, curvas y piernas largas. Y en la cama, un volcán. Al principio todo era pasión, ni tiempo para pensar. Luego, el embarazo. Bueno, se casaron, como se debía hacer. Nació su hijo, igual de rubio y de ojos negros. Todo parecía normal. Pañales, primeros pasos, primeras palabras. Y Yana se comportaba bien, mimando al niño como cualquier madre joven. Fue al hacerse adolescente el hijo cuando todo cambió. De repente, Yana se aficionó a la fotografía. Sacaba fotos a todo, se apuntó a cursos. Siempre con esa cámara a cuestas. —¿Pero qué te falta? —preguntaba él—. Eres abogada, dedícate a tu trabajo. —Abogada —corregía Yana. —Pues eso, más atención a la familia y menos ir quién sabe dónde. Él mismo no entendía por qué le molestaba. En casa hacía todo. Comida lista, limpieza hecha, los estudios del hijo supervisados. Llegaba el marido, se tumbaba en el sofá delante de la tele, como tenía que ser. Pero le crispaba esa sensación de que su esposa desaparecía a algún sitio donde él no tenía cabida. Estaba, pero como si no estuviera. Jamás veía la tele con él, ni hablaban de nada interesante. Le daba de cenar, y volvía a irse. —¿Eres mujer de marido o no? —se enfadaba Igor, al pillarla de nuevo frente al ordenador. Yana callaba. Se encerraba en sí misma. Además, le gustaba viajar por países exóticos. Cogía vacaciones y se largaba con su mochila y su cámara. Igor no lo entendía. —Vámonos al chalet de unos amigos. Se han hecho una sauna, el orujo que tienen es magnífico. Y ya va siendo hora de pillar nuestro propio terreno. Yana se negaba, pero le proponía viajar juntos. Una vez lo intentó, pero nada le gustó. Todo era ajeno, el idioma ininteligible, la comida demasiado picante. Y a la belleza siempre fue indiferente. Así que Yana empezó a viajar sola. Y hasta dejó el trabajo. —¿Y la pensión? —protestaba Igor—. ¿Y qué te has creído? ¿Una gran fotógrafa, o qué? ¿Sabes cuánto se necesita para triunfar ahí? Yana no decía nada. Hasta que una vez le confesó tímida: —Me han ofrecido mi primera exposición. Propia, individual. —Eso es lo que hacen todos —murmuró él—. Menudo logro. Pero fue a la inauguración. No entendió nada. Rostros raros, ni siquiera atractivos. Manos arrugadas, gaviotas encima del agua. Todo raro, igual que Yana. Se rió de ella entonces. Pero ella compró un coche para Igor. “Mira, somos familia, úsalo”. Ni siquiera tenía carné, se lo regaló. Lo ganó con sus fotos, corriendo de encargo en encargo. Entonces le entró miedo. Incomodidad. ¿Qué clase de criatura desconocida era esa mujer en casa en vez de una esposa? ¿De dónde sacaba el dinero? ¿De hombres? No puede ser que fotografía diera para coche. ¿Iba de fiesta? Aunque no, seguro que acabará yéndose. Hasta intentó “enseñarle”—una bofetada suave le dio. Ella agarró un cuchillo de cocina y le rajó la barriga; dos puntos le cosieron. Por suerte no apuñaló, histérica de ella. Luego pidió perdón. Pero él nunca más levantó la mano. Le encantaban los gatos. Siempre recogía, curaba y buscaba hogar para los callejeros. En casa siempre había dos. Cariñosos, buenos, pero ¡no son personas! ¿Cómo se puede querer tanto a un animal, más que al marido incluso? Un día se le murió un gato en brazos, no logró salvarlo en la clínica. ¡Cómo sufrió Yana! Lloró, bebió coñac, se culpó. Así varios días. Igor ya cansado, le gritó: —¡Ale, ahora reza también por las cucarachas! Se topó con una mirada dura, se calló, dio un portazo y se fue. Que haga lo que quiera. Los amigos le daban la razón, las amigas de la esposa también: que Yana se había subido a la parra, que perdió el norte. Así encontró consuelo con la vecina, amiga de infancia de Yana. Irka era más simple y comprensible. Trabajaba de dependienta, el arte le daba igual, siempre dispuesta para el sexo o para charlar. Eso sí, bebía mucho, pero bueno, tampoco era para casarse con ella… Esperó a que Yana se diera cuenta, armara escándalo, celos, platos rotos. Así él podría decirle: “¿Y tú? ¿Dónde te pierdes?”. Luego se perdonarían las infidelidades y la familia seguiría. Y a Irka la dejaría. Pero Yana callaba, sólo lanzaba miradas feas. Y en la cama todo mal. Se apartaba, él apenas la acariciaba. Ella se fue a un cuarto aparte. El hijo creció y terminó la universidad. Igual desde el aspecto: rubio, de ojos negros, raro. —¿Para cuándo los nietos? —preguntaba Igor. Denís sólo reía, que primero quiere hacer algo en la vida y encontrar el amor verdadero. Cuando llegue eso, ya caerán los nietos. Extranjero, incomprensible. La sangre de la madre. Con Yana tenía armonía total; se entendían sin palabras. A Igor le parecía que sobraba, le daban miedo esos ojos negros, inexpresivos. Así que buscaba alivio en Irka. Y luego Yana se enteró. Por algún vecino se enteró. Total, Igor ni se escondía. Llegó un día a casa y ella estaba sentada a la mesa, fumando. Y en voz baja, le dijo: —¡Lárgate de aquí! ¡Fuera de la casa! Y los ojos negros, aterradores, rodeados de ojeras. Él se fue con Irka. Esperó a que ella le reclamara volver. A la semana le escribió por whatsapp: que “tenemos que hablar”. Se alegró, se duchó, se puso colonia cara. Pero Yana, nada más verle: —Mañana vamos a poner el divorcio. Todo fue como en un sueño. Divorcio, papeles, firmas, incluso cedió su parte del piso, que era de su familia… —¿Y ahora qué vas a hacer, vivir de divorciada? —le preguntó con rabia al salir del registro. Quiso decirle también “¿quién te va a querer?”, pero se mordió la lengua. Yana sonrió. Por primera vez en años le sonrió a él, de verdad y con amplitud: —Me voy a Madrid. Me han ofrecido un proyecto importante allí. —Por lo menos no vendas el piso —le pidió sin razón—. ¿Dónde volverás? —No volveré —contestó tranquila su (ya ex) mujer—. Entiende, hace tiempo que amo a otra persona. También es fotógrafo, de Madrid. Me siento genial con él, pero ser infiel me daba reparo, y tampoco teníamos motivos para divorciarnos. Simplemente somos gente distinta, Igor. ¿Por eso se divorcian las parejas? ¿O no? —No se divorcian —afirmó Igor. —Pues nosotros sí —rió Yana—. Al principio me dio rabia enterarme de lo de Irka. Luego pensé, mejor así. Yo seré feliz, y tú también. Cásate con ella y que seáis muy felices. Y se fue. —No me casaré —le dijo Igor a su espalda. Pero Yana ya no oyó nada. Desde entonces, ninguna noticia de ella. Sólo una vez al año, un mensaje corto de whatsapp: “¡Feliz cumpleaños! Salud y felicidad. Gracias por nuestro hijo”.

La mujer de Ignacio le ha tocado peculiar. Muy guapa, sí: rubia natural de melena larga, con los ojos negros como la noche, figura curvilínea, de piernas infinitas. Y en la cama, puro fuego. Al principio, todo fue pasión y ni tiempo le quedaba a uno de plantearse nada más. Luego vino el embarazo. Bueno, pues se casaron, como mandan los cánones.

Nació el hijo, rubio y de ojos negros igual que ella. Y todo parecía normal, como en cualquier familia de Madrid: pañales, biberones, primeros pasos, primeros balbuceos. Y Ana, la madre, dedicadísima, siempre encima del pequeño, arropándolo y besándolo como cualquier madre joven.

Pero todo empezó a cambiar cuando su hijo entró en la adolescencia. Ana se obsesionó de repente con la fotografía. Todo el día cámara en mano, apuntada a talleres, cursos, empecinada con su nuevo hobby.

Pero ¿qué te falta a ti? protestaba Ignacio. Trabajas de abogada, céntrate en eso.

Abogada, Ignacio. No de abogada repetía Ana cortante.

Pues eso, abogada. Presta más atención a la familia y deja de desaparecer no sé dónde.

Él mismo no entendía qué era exactamente lo que le molestaba tanto. Ana no desatendía la casa: la comida perfecta, todo limpio y el niño siempre con sus deberes hechos porque ella se ocupaba. Ignacio volvía cansado del trabajo, se tumbaba en el sofá a ver la tele, todo como en las casas de toda la vida. Pero le irritaba, le hacía hervir la sangre, esa sensación de que su mujer desaparecía y se dedicaba a un mundo donde él no podía siquiera asomar la cabeza. Ana estaba, pero era como si no estuviera. No charlaba nunca con él de nada interesante, ni veía la televisión a su lado. Le servía la cena, y se iba a meterse en su mundo.

¿Pero tú eres mujer de esposo o no? se enfadaba Ignacio, al verla otra vez delante del ordenador.

Ana no contestaba. Se cerraba en sí misma.

Además, le dio por viajar sola a países lejanos. Cogía las vacaciones y se iba sola con su cámara y su mochila. Ignacio no lo comprendía.

Vente un finde a la sierra con mis amigos. Han puesto una barbacoa, tenemos orujo casero, y va siendo hora de animarse con una parcelita para los findes.

Ana se negaba, pero le animaba a acompañarla en sus viajes. Una vez, él probó a ir. Pero nada: todo era extraño, la gente hablaba raro, la comida picante, las vistas le dejaban frío. Qué tenía de especial aquello

Así que Ana acabó viajando ya sin él. Al poco, dejó el trabajo.

¿Y la jubilación, Ana? protestó Ignacio. ¿Qué te crees tú, que te vas a hacer famosa por sacar fotos? ¿Tienes idea de la pasta que hay que tener para triunfar ahí?

Ana no respondía. Solo una vez confesó, tímida:

Voy a tener mi primera exposición. Mía. Solo mía.

Bah, todo el mundo tiene exposiciones gruñó Ignacio. Vaya logro

Sin embargo, Ignacio fue a la inauguración. No entendió nada. Unas caras extrañas, manos arrugadas, gaviotas sobre un estuario Todo muy raro, como ella.

Se rió de ella entonces. Pero Ana, sin decir nada, le regaló un coche. Nuevo. Somos familia, úsalo tú. Ni ella sacó el carné, lo compró con el dinero que iba ganando por encargos de fotografía.

Eso ya fue otro nivel. Le empezó a entrar miedo, una inquietud extraña. ¿Qué clase de ser era su mujer, de la que no entendía ya nada? ¿De dónde sacaba ese dinero? ¿Sería de otros hombres? ¿Cómo vas a ganar para un coche así con cuatro fotos? ¿Salía con alguien? Incluso si no, seguro que pronto lo haría.

Intentó enseñarle una lección: un día, de la rabia, le dio un tortazo. Ana agarró un cuchillo de cocina y le dio una cuchillada en la barriga, por pura reacción. Dos puntos de sutura. Para suerte de ambos, no supo apuñalar. Luego ella le pidió perdón, y él nunca volvió a levantar la mano.

Amaba a los gatos, Ana. Siempre recogía alguno de la calle, los llevaba a casa, los curaba, les buscaba familia. Ellos siempre tenían dos gatos en casa. Tiernos, simpáticos, pero ¡eran gatos! ¿Cómo alguien puede querer a unos bichos así más que al propio marido?

Un día, se le murió uno en brazos, no pudo salvarle en la clínica veterinaria. Ana se desmoronó. Lloró, bebió coñac, se culpaba, se encerraba en casa días. Ignacio no pudo aguantar más y le saltó:

¡Recuerda también a las cucarachas, ya de paso!

Ana le clavó una mirada tremenda, él se calló y salió de casa dando un portazo.

Los amigos le daban la razón a Ignacio, las amigas de Ana también. Todos decían que estaba cambiada, que se le iba la cabeza, que agradecida tendría que estar. Y fue entonces cuando Ignacio se refugió en los brazos de la vecina: Irene, casualmente amiga de la infancia de Ana. Irene era mucho más sencilla: trabajaba de cajera, no le iba el arte ni las excentricidades y estaba siempre dispuesta, tanto para la cama como para charlar. Bebía bastante, sí, pero bueno, Ignacio no pensaba casarse con ella

Esperaba a que Ana se diera cuenta, montara una escena de celos, tirara platos, así él podría decir: ¿Y tú? ¿Dónde desapareces? Después, se perdonarían mutuamente y todo volvería a la normalidad. Podría dejar a Irene sin problemas.

Pero Ana se callaba. Solo le miraba mal y, en la cama, todo iba fatal. Ella se encogía si Ignacio le tocaba. Al final, se marchó a dormir al cuarto de invitados.

El hijo terminó la carrera en la Universidad Complutense. Salió igual que la madre: rubio, de ojos negros, extraño.

¿Y los nietos, para cuándo? le preguntaba Ignacio.

Dani solo se reía y respondía que antes quería hacer algo importante en la vida y encontrar un amor de verdad. Entonces, llegaría el momento. Era ajeno, incomprensible. Sangre de su madre. Entre Dani y Ana siempre hubo armonía, se entendían con solo mirarse. Ignacio se sentía un extraño en su propia casa, casi le daban miedo aquellos ojos negros cuya expresión nunca lograba descifrar. Así que volvía una y otra vez con Irene.

Hasta que Ana se enteró, se lo dijo alguna vecina. Ignacio ni lo disimulaba. Llegó a casa y encontró a su mujer, fumando en la mesa, los ojos negros con ojeras marcadas. Le habló en un susurro, más duro que un grito:

¡Lárgate de aquí! ¡Fuera de casa!

El se fue a vivir con Irene. Esperaba a que Ana le llamase de vuelta. A la semana, recibió un WhatsApp de ella: que necesitaba hablar con él. Ignacio se puso hasta colonia. Pero Ana, apenas pisó la casa, le soltó:

Mañana vamos al juzgado de familia a firmar el divorcio.

Y luego todo fue como un sueño raro: divorcio, papeles, firmas, él renunciando a su parte del piso, que total era herencia de los padres de Ana

¿Qué vas a hacer ahora, vivir de divorciada? le preguntó Ignacio, enfadado, al salir del registro civil. Iba a añadir ¿quién te va a querer así? pero se contuvo.

Ana sonrió. Por primera vez en años, una sonrisa sincera, solo para él.

Me voy a Barcelona. Me han ofrecido un proyecto importante allí.

Al menos no vendas el piso le pidió, sin pensar. ¿Dónde vas a volver si no?

No voy a volver dijo tranquila Ana, ya su exmujer. Llevo mucho tiempo queriendo a otra persona. También fotógrafo, es de allí. Con él la vida me ilusiona. Pero creía que, siendo casada, era feo engañarte. Y total, tampoco había gran motivo para divorciarnos Solo que somos diferentes. ¿Eso es razón para separarse? ¿O no?

No, no lo es respondió Ignacio.

Pues ya ves, nos hemos divorciado se rió Ana. Primero me enfadé al enterarme de lo de Irene, pero después pensé Es lo mejor. Yo por fin voy a ser feliz, tú también lo serás. Cásate con ella y que os vaya bien.

Y se fue.

No me casaré dijo Ignacio a su espalda.

Pero Ana ya no le escuchó.

Desde entonces, no ha vuelto a saber mucho de ella. Solo, una vez al año, le llega a Ignacio un WhatsApp breve: ¡Feliz cumpleaños! Que tengas salud y alegría. Gracias por nuestro hijo.Y cada vez que aparece ese mensaje, Ignacio lo mira durante unos minutos largos, sin saber si responder o dejarlo en visto, como siempre. A veces escribe un “Gracias, igualmente”, pero nunca lo envía. Se queda pensando en qué fue todo ese tiempo juntos, en la memoria amable y distante de unos años que ahora le parecen de otra vida.

Irene, mientras tanto, sigue ahí, ocupando un lugar en su cama pero no en su corazón. Dani llama de vez en cuando, poco, pregunta por su salud y rápidamente habla de exposiciones que va a inaugurar con su madre y su tío catalán, con quien, según dice, las aventuras nunca paran. Ignacio cuelga el teléfono y pasea por el viejo piso alquilado, llenando el silencio con los goles de la radio o el murmullo de la televisión, pero nunca logra expulsar del todo esa sombra de Ana, guapa e indescifrable, la mujer que nunca fue de nadie, ni siquiera de él.

A veces, al dormir, sueña que vuelve a verla: Ana vestida de colores imposibles, su cámara colgada al cuello, riendo al sol en alguna playa extranjera. Al despertar, siente por primera vez en mucho tiempo una paz nueva, un reconocimiento callado. Quizá, piensa, la vida no va de entenderlo todo, sino de aceptar que algunas personas nacen para volar y otras para quedarse en tierra mirando cómo se alejan. Y en ese mirar, en ese dejar ir, también hay amor. Tal vez menos ruidoso y más sincero que todos los reproches, gritos o despedidas.

Con el primer mensaje de Feliz cumpleaños tras aquella reflexión, Ignacio sonríe levemente, teclea un Gracias, Ana. Cuídate mucho, de verdad y, esta vez, pulsa enviar. Observa el doble tick azul y siente, por fin, que la historia entre ellos, aunque jamás perfecta, ha encontrado el final que necesitaba. Y con eso, con la luz tenue entrando por la ventana del salón, se permite, por primera vez en años, respirar hondo y empezar de nuevo.

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MagistrUm
Gente distinta A Igor le tocó de esposa una mujer peculiar. Guapísima, sí: rubia natural de ojos negros, con figura de infarto, curvas y piernas largas. Y en la cama, un volcán. Al principio todo era pasión, ni tiempo para pensar. Luego, el embarazo. Bueno, se casaron, como se debía hacer. Nació su hijo, igual de rubio y de ojos negros. Todo parecía normal. Pañales, primeros pasos, primeras palabras. Y Yana se comportaba bien, mimando al niño como cualquier madre joven. Fue al hacerse adolescente el hijo cuando todo cambió. De repente, Yana se aficionó a la fotografía. Sacaba fotos a todo, se apuntó a cursos. Siempre con esa cámara a cuestas. —¿Pero qué te falta? —preguntaba él—. Eres abogada, dedícate a tu trabajo. —Abogada —corregía Yana. —Pues eso, más atención a la familia y menos ir quién sabe dónde. Él mismo no entendía por qué le molestaba. En casa hacía todo. Comida lista, limpieza hecha, los estudios del hijo supervisados. Llegaba el marido, se tumbaba en el sofá delante de la tele, como tenía que ser. Pero le crispaba esa sensación de que su esposa desaparecía a algún sitio donde él no tenía cabida. Estaba, pero como si no estuviera. Jamás veía la tele con él, ni hablaban de nada interesante. Le daba de cenar, y volvía a irse. —¿Eres mujer de marido o no? —se enfadaba Igor, al pillarla de nuevo frente al ordenador. Yana callaba. Se encerraba en sí misma. Además, le gustaba viajar por países exóticos. Cogía vacaciones y se largaba con su mochila y su cámara. Igor no lo entendía. —Vámonos al chalet de unos amigos. Se han hecho una sauna, el orujo que tienen es magnífico. Y ya va siendo hora de pillar nuestro propio terreno. Yana se negaba, pero le proponía viajar juntos. Una vez lo intentó, pero nada le gustó. Todo era ajeno, el idioma ininteligible, la comida demasiado picante. Y a la belleza siempre fue indiferente. Así que Yana empezó a viajar sola. Y hasta dejó el trabajo. —¿Y la pensión? —protestaba Igor—. ¿Y qué te has creído? ¿Una gran fotógrafa, o qué? ¿Sabes cuánto se necesita para triunfar ahí? Yana no decía nada. Hasta que una vez le confesó tímida: —Me han ofrecido mi primera exposición. Propia, individual. —Eso es lo que hacen todos —murmuró él—. Menudo logro. Pero fue a la inauguración. No entendió nada. Rostros raros, ni siquiera atractivos. Manos arrugadas, gaviotas encima del agua. Todo raro, igual que Yana. Se rió de ella entonces. Pero ella compró un coche para Igor. “Mira, somos familia, úsalo”. Ni siquiera tenía carné, se lo regaló. Lo ganó con sus fotos, corriendo de encargo en encargo. Entonces le entró miedo. Incomodidad. ¿Qué clase de criatura desconocida era esa mujer en casa en vez de una esposa? ¿De dónde sacaba el dinero? ¿De hombres? No puede ser que fotografía diera para coche. ¿Iba de fiesta? Aunque no, seguro que acabará yéndose. Hasta intentó “enseñarle”—una bofetada suave le dio. Ella agarró un cuchillo de cocina y le rajó la barriga; dos puntos le cosieron. Por suerte no apuñaló, histérica de ella. Luego pidió perdón. Pero él nunca más levantó la mano. Le encantaban los gatos. Siempre recogía, curaba y buscaba hogar para los callejeros. En casa siempre había dos. Cariñosos, buenos, pero ¡no son personas! ¿Cómo se puede querer tanto a un animal, más que al marido incluso? Un día se le murió un gato en brazos, no logró salvarlo en la clínica. ¡Cómo sufrió Yana! Lloró, bebió coñac, se culpó. Así varios días. Igor ya cansado, le gritó: —¡Ale, ahora reza también por las cucarachas! Se topó con una mirada dura, se calló, dio un portazo y se fue. Que haga lo que quiera. Los amigos le daban la razón, las amigas de la esposa también: que Yana se había subido a la parra, que perdió el norte. Así encontró consuelo con la vecina, amiga de infancia de Yana. Irka era más simple y comprensible. Trabajaba de dependienta, el arte le daba igual, siempre dispuesta para el sexo o para charlar. Eso sí, bebía mucho, pero bueno, tampoco era para casarse con ella… Esperó a que Yana se diera cuenta, armara escándalo, celos, platos rotos. Así él podría decirle: “¿Y tú? ¿Dónde te pierdes?”. Luego se perdonarían las infidelidades y la familia seguiría. Y a Irka la dejaría. Pero Yana callaba, sólo lanzaba miradas feas. Y en la cama todo mal. Se apartaba, él apenas la acariciaba. Ella se fue a un cuarto aparte. El hijo creció y terminó la universidad. Igual desde el aspecto: rubio, de ojos negros, raro. —¿Para cuándo los nietos? —preguntaba Igor. Denís sólo reía, que primero quiere hacer algo en la vida y encontrar el amor verdadero. Cuando llegue eso, ya caerán los nietos. Extranjero, incomprensible. La sangre de la madre. Con Yana tenía armonía total; se entendían sin palabras. A Igor le parecía que sobraba, le daban miedo esos ojos negros, inexpresivos. Así que buscaba alivio en Irka. Y luego Yana se enteró. Por algún vecino se enteró. Total, Igor ni se escondía. Llegó un día a casa y ella estaba sentada a la mesa, fumando. Y en voz baja, le dijo: —¡Lárgate de aquí! ¡Fuera de la casa! Y los ojos negros, aterradores, rodeados de ojeras. Él se fue con Irka. Esperó a que ella le reclamara volver. A la semana le escribió por whatsapp: que “tenemos que hablar”. Se alegró, se duchó, se puso colonia cara. Pero Yana, nada más verle: —Mañana vamos a poner el divorcio. Todo fue como en un sueño. Divorcio, papeles, firmas, incluso cedió su parte del piso, que era de su familia… —¿Y ahora qué vas a hacer, vivir de divorciada? —le preguntó con rabia al salir del registro. Quiso decirle también “¿quién te va a querer?”, pero se mordió la lengua. Yana sonrió. Por primera vez en años le sonrió a él, de verdad y con amplitud: —Me voy a Madrid. Me han ofrecido un proyecto importante allí. —Por lo menos no vendas el piso —le pidió sin razón—. ¿Dónde volverás? —No volveré —contestó tranquila su (ya ex) mujer—. Entiende, hace tiempo que amo a otra persona. También es fotógrafo, de Madrid. Me siento genial con él, pero ser infiel me daba reparo, y tampoco teníamos motivos para divorciarnos. Simplemente somos gente distinta, Igor. ¿Por eso se divorcian las parejas? ¿O no? —No se divorcian —afirmó Igor. —Pues nosotros sí —rió Yana—. Al principio me dio rabia enterarme de lo de Irka. Luego pensé, mejor así. Yo seré feliz, y tú también. Cásate con ella y que seáis muy felices. Y se fue. —No me casaré —le dijo Igor a su espalda. Pero Yana ya no oyó nada. Desde entonces, ninguna noticia de ella. Sólo una vez al año, un mensaje corto de whatsapp: “¡Feliz cumpleaños! Salud y felicidad. Gracias por nuestro hijo”.