La gente tiene cosas de lujo.
Frigoríficos inteligentes que hasta les falta hablarte de tú.
Coches que pitan hasta si respiras más fuerte de la cuenta.
Herramientas de jardín cuyo precio supera lo que pagué como fianza por mi primer piso.
¿Y yo?
Pues yo tengo un cortacésped viejo, con la pintura desconchada, el tirador de arranque más terco que una mula castellana y la resistencia de un rebeco.
Apareció en mi vida como lo hacen la mayoría de los utensilios que te salvan: por accidente y por pura necesidad.
Mi ex, Javier, lo compró hace años por cuatro duros en un mercadillo de sábado, cuando lo nuestro aún era un nosotros, cuando pensábamos que todo sería para siempre y pagábamos las facturas puntualmente. Cuando llegó el divorcio, repartimos lo que pudimos.
Él se llevó las cosas grandes, esas que lucen genial en las fotos.
Yo me quedé con lo que mantiene la vida en marcha.
Algún que otro cacharro de cocina, una aspiradora que sonaba a despedida cada vez que la encendía,
y el cortacéspedporque al césped le da absolutamente igual que mi cuenta en el banco esté tiritando.
No lo conservé por sentimentalismo.
Me lo quedé porque ni de broma podía permitirme uno nuevo.
Y entonces, el tiempo hizo su magia extraña.
La vida de mi ex se fue desmoronando como las hojas secas al vientomalas decisiones, excusas cada vez menos creíbles, ideas cada vez más raras. Me iba llegando el rumor por gente que bajaba la voz, como si el chisme fuese algo que podía romperse.
Él perdió lo grande.
Perdió lo que impresionaba.
Perdió lo que le hacía parecer importante.
Yo seguí con el cortacésped.
Y los años pasaron como soldados en fila.
Once años con la responsabilidad a cuestas.
Once años aprendiendo a hacer las cosas sola, sin ese segundo par de manos.
Once años arreglando, apañando, saliendo adelante.
Eso sí: no tengo trastero.
Ni cobertizo.
Ni garaje donde el equipo descanse calentito.
Así que mi cortacésped pasa el año entero al raso, allí mismo, aguantando las heladas del invierno castellano.
Un invierno que no entiende de bromas,
que quiebra el plástico, que corroe el metal,
que convierte el viento en cuchilla y la nieve en peso muerto.
Cada primavera temo lo peor.
Salgo a la terraza como quien se encuentra con una amiga antigua, esa que puede que ya no te reconozca.
Le quito el polvo, retiro hojas muertas metidas donde ni deberían,
echo un vistazo a la gasolina, como si buscase el pulso a un enfermo.
Y luego a lo de siempre:
Aprieto el botoncito de la gasolina, ese corazón de goma que bombea fuerzas al motor.
Hace un ruido apenas audible.
Una promesa pequeña.
Después el ritual:
Planto los piesun 39 modesto, nada de botas de mecánica, pero sirven
Agarro el manillar,
tiro del cordón.
Nada.
Vuelvo a tirar.
Nada.
La tercera vez, ya le rezo a cualquier santo antiguo:
Por favor. Hoy no. No este año.
Porque si el cortacésped no arranca, no es solo una molestia:
Es otro gasto.
Otro problema.
Otra prueba de que lo difícil siempre puede complicarse más.
Y entoncescomo si se disgustara porque he dudado de ella
arranca de golpe.
Ruidosa, tosca, bramando como si dijera:
Aquí sigo. Vámonos.
Cada primavera.
Once primaveras.
Después de lluvias, heladas, barro, olas de calor y todo lo que se le ponga por delante, ahí está, despierta y lista para el trabajo.
Y cada vez que lo consigue, siento un orgullo bobo y una ternura absurda en el pecho.
No porque sea solo un cortacésped,
sino porque es la prueba.
La prueba de que algo viejo, con cicatrices, puede seguir cumpliendo.
La prueba de que resistir no siempre es bonito.
La prueba de que sobrevivir no es cuestión de aparentar, sino de aguantar.
Nadie habla demasiado de las pequeñas victorias.
Todo el mundo celebra la gran transformación.
El coche nuevo, casa nueva, vida nueva.
Pero a veces la victoria real es más silenciosa:
Una máquina que se niega a rendirse.
Una mujer que sigue, igual que antes.
Un césped cortado porque alguienyodecide hacerlo, aunque cueste.
Ahora tengo 50.
La espalda protesta más de la cuenta.
Tengo la paciencia justita.
Del dinero ni hablemoscada euro mira a su hermano antes de salir del monedero.
Pero cuando arranca el cortacésped, me planto ahí, sonriendo como una idiota, las manos en el manillar, el pelo a su aire, escuchando cómo ruge, como si me animara.
No sabe mi historia.
Pero forma parte de ella.
Así que sí.
Quiero a mi cortacésped.
No porque sea lujosa.
Sino porque es fiel.
Y en este mundo donde todo parece desmoronarse, la fidelidad es un pequeño milagro. No sé si un día se rendirá. Si, de repente, decidirá que ya no puede más y me dejará sola ante el césped indomable, como una última lección de humildad. Tal vez, cuando eso ocurra, el mundo siga igualtan pendiente del brillo, tan poco del fondo. Pero yo guardaré en la memoria el eco de este motor viejo, la certeza de haber sobrevivido juntas. Porque las cosas que perduran, esas que resisten sin hacer ruido, nunca se llevan los aplausos. Pero, qué quieren que les diga: son las que sostienen la vida.
Y así, cada vez que la arranco, me arranco yo también: del miedo, de la nostalgia, del pasado pesado. Un pasito más sobre el césped recién cortado. Un suspiro de alivio. Un milagro feroz y discreto llamado seguir.







