Gema fue amante. No tuvo suerte con el matrimonio. Se quedó soltera hasta los treinta, y entonces de…

Inés era amante. La fortuna no le sonrió en el matrimonio: se quedó soltera hasta bien entrados los treinta, y fue entonces cuando se propuso de verdad buscar un hombre. Al principio no supo que Jesús estaba casado, pero tan pronto él vio que Inés había caído rendida y enamorada, dejó de ocultarlo. Sin embargo, ni un solo reproche salió de los labios de Inés. Más bien, se culpaba a sí misma por haber caído en esa relación, por su debilidad frente a él. Se sentía menos, inferior, por no haber encontrado un novio a tiempo, mientras el calendario la iba abandonando.

Y sin embargo, la muchacha no era ninguna desgraciada: no era una belleza, pero sí resultaba agradable, un poco rellena, lo que seguramente le echaba más años encima. Su relación con Jesús no iba a ningún sitio. No quería seguir siendo la otra, pero tampoco encontraba la fuerza para dejarle, porque le aterraba la idea de quedarse sola.

Una tarde, apareció su primo segundo, Manolo, de paso por Madrid por trabajo. Pasó a verla unas horas, hacía siglos que no se veían. Comieron en la cocina, charlando como cuando eran niños, sobre la vida, sobre el presente que pesaba. Inés, entre risas y lamentos, acabó contándole todo sobre su vida sentimental, sin edulcorar, y hasta lloró un poco.

En esos momentos, la vecina de Inés asomó la cabeza y la reclamó para echar un vistazo a unas compras. Inés salió unos veinte minutos. Fue entonces cuando alguien llamó al timbre. Manolo fue a abrir, pensando que Inés ya regresaba, pues ni la puerta habían cerrado… En el umbral estaba Jesús. No le costó nada a Manolo saber al instante que ese era el amante de su prima. Jesús titubeó al ver a un hombre enorme, en chándal y camiseta, masticando un bocadillo de chorizo.

¿Está Inés? logró preguntar Jesús, indeciso.

En la ducha respondió rápido Manolo, comprendiendo el juego.

Disculpe, ¿usted es…?

Su marido, civilmente, de momento… ¿Y usted de qué la busca? Manolo se acercó, agarrándole fuerte de la pechera. ¿No será usted el casado del que me ha hablado mi prima, eh? Escúcheme bien: si le veo otra vez por aquí, lo lanzo escaleras abajo, ¿queda claro?

Jesús, soltándose, salió pitando.

Al poco, regresó Inés. Manolo le contó lo sucedido.

¿Pero qué has hecho, Manolo? ¿Quién te lo pidió? rompió a llorar Inés. No va a volver nunca.

Se sentó en el sofá, tapándose la cara con las manos.

Mejor que no vuelva nunca. Ya está bien de lamentos. Yo sí que tengo para ti un hombre bueno, uno de los mejores del pueblo. Es viudo, desde que perdió a su mujer las vecinas van detrás de él, pero aún no quiere saber de nadie. Escúchame, después del trabajo vuelvo y nos vamos los dos al pueblo. Os presento.

Pero, ¿cómo dices eso, Manolo? No puedo. Ni lo conozco, ¿qué voy a hacer yo allí? ¡Qué vergüenza!

Vergüenza es acostarse con un hombre casado, no conocer a un libre. Nadie te obliga a meterte en su cama. Vamos, que además es el cumpleaños de mi Lucía…

A los pocos días, Inés y Manolo llegaron al pueblo. Lucía, la mujer de Manolo, puso la mesa bajo los naranjos, junto al antiguo corral. Vinieron los vecinos, los amigos, y también Alfonso, el viudo. Aunque los vecinos ya sabían de Inés, ella no conocía a Alfonso más que de nombre. Bastó mirarle: tan discreto, tan callado. Todavía le pesa la muerte de su mujer… Pobre hombre… Gente así apenas queda… pensó Inés.

Después de una tarde de risas, Inés volvió a Madrid. Pensó en Alfonso todo el camino de vuelta.

Una semana después, un sábado, alguien llamó al timbre. Sin esperarlo, abrió y ahí estaba Alfonso, sujetando una bolsa de El Corte Inglés.

Disculpa, Inés, estaba de compras en Madrid… Y bueno, ahora que somos conocidos, me dije: voy a pasar a verla… De la bolsa sacó un pequeño ramo de claveles rojos.

Inés cogió las flores y sus ojos se iluminaron. Se sentaron en la cocina entre tazas de té y charlaron del frío, del precio de la fruta en el mercado. Cuando terminaron, Alfonso dio las gracias, cogió la chaqueta, se calzó unos zapatos viejos. Ya en el recibidor, se volvió de repente:

Si ahora me marcho y no te lo digo, no me lo perdonaré… Inés, llevo toda la semana pensando en ti, de verdad. Desde que te vi no he pensado en nadie más. He estado contando los días para venir… La dirección me la dio Manolo…

Inés, colorada, bajó la vista.

Apenas nos conocemos… susurró.

Eso da igual. Lo importante es: ¿te caigo mal? ¿Podemos tutearnos? Sé que no soy un regalo… Encima tengo una hija pequeña, ocho años. Ahora está con mi madre…

Las manos de Alfonso temblaban apenas.

Una niña… Eso es bonito suspiró Inés, soñadora. Siempre quise tener una hija…

Envalentonado, Alfonso tomó sus manos y la besó. Sus lágrimas centelleaban en los ojos mientras él la miraba:

¿Te doy asco? musitó.

No, al contrario. No me lo esperaba… Es dulce, todo. Y tranquilo. No le quito nada a nadie…

Desde aquel día, se veían cada fin de semana. Dos meses después, Inés y Alfonso firmaron en el registro civil y se instalaron en el pueblo. Inés trabajó en la guardería del municipio y al año justo tuvo una hija. Allí crecieron dos niñas: queridas, queridísimas, bajo el mismo techo. El amor y la alegría fluían sin diferencia entre ellas. Alfonso e Inés, cada año más jóvenes, exudaban felicidad y sus sentimientos maduraban como el vino reserva.

En las fiestas, Manolo solía guiñarle el ojo a Inés y decía:

Ay, Inés, menuda pareja te busqué, ¿eh? Te pones cada día más guapa. Haz caso al primo, que nunca te aconsejaría nada malo.

Rate article
MagistrUm
Gema fue amante. No tuvo suerte con el matrimonio. Se quedó soltera hasta los treinta, y entonces de…