Galina regresa del supermercado a casa y empieza a guardar la compra, cuando de repente escucha un r…

Carmen regresa ahora mismo del supermercado y empieza a sacar la compra de las bolsas. De repente, oye un ruido extraño que viene del cuarto de su hijo y de su nuera y decide ir a ver qué pasa.

Teresa, ¿dónde vas con la maleta? se sorprende Carmen al ver a su nuera guardando cosas en los equipajes.

Me marcho de aquí, Carmen dice Teresa con lágrimas en los ojos.

¿Que te marchas? ¿A dónde? ¿Pero qué ha pasado? se asombra Carmen.

Toma, mira tú misma Teresa le pasa una carta en silencio.

Carmen la abre y se queda helada al leer lo que pone.

Juan había traído a Teresa, su prometida, desde Madrid a su pueblo natal, a la casa que fue de sus padres. Su madre, Carmen, no podía estar más contenta: su hijo, con algo más de treinta años, por fin se casaba. Había vivido suficiente por ahí, pensó, y ahora regresaba, dispuesto a formar familia y a acompañarla en la vejez.

La casa, un caserón de piedra, estaba cuidada al detalle; Carmen, la matriarca, lo tenía todo en orden. El padre ya no estaba; les dejó una finca próspera, una casa sólida y una gran huerta. Hizo lo imposible por sacar adelante a la familia. Pero sólo tuvieron a Juan; Carmen no pudo tener otro después, ni siquiera quedarse embarazada más. La vida en el campo era dura, el trabajo nunca se acababa, cuidar la huerta y los animales era un esfuerzo diario, sin descanso. Al final hasta él, el padre, acabó enfermo. Tres años lo cuidó Carmen, pero fue inútil. Y así aprendió ella a manejar el tractor, a plantar y recolectar, a defender la huerta como podía.

Teresa era joven, calculó Carmen, quizás diez años menor que Juan. Delicada, menuda. Carmen se vio reflejada en ella, recordando sus propios comienzos: llegó también con apenas nada, una maleta pequeña y poco equipaje. Pero su hijo había elegido; que vivieran como quisieran. Además, Teresa era huérfana, y a lo mejor incluso era lo mejor.

Todas las chicas del pueblo la envidiaban. Le había tocado el novio guapo y acomodado. Todas, en su momento, intentaron acercarse al ya casado Juan, pero él ni caso. Del trabajo, corriendo a casa, a ver a su mujer y a sus hijos. Teresa les dio dos hijos varones y una hija.

Cuando la menor tenía cinco y el mayor diez, Juan decidió irse a Madrid con un amigo a buscar trabajo.

¿No tienes suficiente con lo que tenemos? le replicaba su madre. Aquí no nos falta nada: comida, vuestras dos nóminas, mi pensión. ¿Y la finca quién la cuida? Yo ya no puedo con todo.

Ya estoy harto, mamá. Buscaré trabajo, y me llevo la familia a la ciudad. Los críos tienen que estudiar, y ya va siendo hora de vender la casa. Te vienes con nosotros.

Juan, aquí el colegio está a dos pasos intentaba convencerlo Teresa.

Tú, que eres de ciudad, ya verás lo bien que allí estamos.

Si crecí en un orfanato en Madrid, pero ni lo recuerdo. Era muy pequeña. Pero aquí está tu madre y nos necesita, ya tiene una edad. ¿Y cómo vamos a vivir nosotros allí con tres niños? Teresa intentaba no llorar, pero no lo podía evitar.

¡Se acabó la discusión! Y ponte algo decente, Teresa, que tienes una pinta terrible, pareces agotada.

Teresa y Carmen siempre se llevaron bien. Carmen la compadecía, porque veía reflejada su juventud. Cuando nacieron los nietos, Carmen empezó a protegerla aún más. A veces parecía que Teresa era su propia hija. Teresa también la quería mucho y enseguida empezó a llamarla mamá.

Teresa rompió a llorar.

Si quieres irte, vete, hijo dijo Carmen. Ya sabremos arreglarnos.

Juan se marchó. Mandaba cartas, porque móviles aún no había. Al cabo de seis meses volvió, con regalos y dejando algo de dinero, y luego otra vez, otros seis meses fuera.

El amigo con el que se fue volvió al pueblo, pero empezó a llegarle a Carmen rumores a través de la esposa de aquel amigo de que Juan vivía con una señora adinerada de la capital, a la que ayudaban con unas reformas. Que ni siquiera trabajaba. Carmen no le contó nada a Teresa, por si no era cierto. Pero por el pueblo ya se rumoreaba. Un día Teresa llegó descompuesta y comenzó a hacer las maletas.

¿A dónde vas?

Teresa le entregó en silencio una nota.

Teresa: lo siento, pero tengo otra mujer. Cuando mi madre muera, la casa será para mí. Así que no pierdas tiempo y márchate. Aún puedes sacar a los niños adelante. Aquí tienes algo de dinero para empezar, después te las apañas. Juan.

Que se quede donde quiera protestó Carmen. Vosotras de aquí no os vais. No pienso dejar que llevéis a los niños de alquiler en alquiler. Yo sin vosotros no puedo. Y tampoco permitiré que él os desaloje. No lo consentiré.

Hasta que un día, Juan regresó con su nueva mujer y un coche nuevo. No esperaba encontrarse a los niños allí, en casa de su madre. Ni sabía que Carmen no habló con él de su marcha. La hija, ya de doce años, corrió a abrazar al padre, llorando. El mayor se acercó; Juan quiso abrazarlo, pero el chico cogió de la mano a su hermana y se la llevó, en silencio. El mediano fue detrás.

Ese traidor no es mi padre. Vámonos. Hay que trabajar.

Juan miró en silencio cómo su hijo se subía al tractor y se iba a arar el campo de patatas detrás de la casa. El otro cuidaba a los conejos con la hermana pequeña. La finca estaba aún mejor que antes; ahora hasta crían conejos, algo que nunca tuvieron. Los niños habían crecido y él, fuera, ni lo notó.

¿Y dónde está su madre? ¿Se fue, te los dejó a ti? preguntó Juan a Carmen.

No juzgues según tú mismo. Se llama Teresa, ¿recuerdas? Enseguida llega de trabajar. ¿A qué debemos vuestra visita tan honorable?

Venimos a hablar contigo.

Pues di lo que tengas que decir y lárgate antes de que llegue Teresa.

Hemos venido a por ti.

Y yo que pensaba que a por tus hijos.

Su madre está aquí. Mejor si vienes tú con nosotros. Vende la casa, que con la finca y la huerta sacas buen dinero. Te compramos un piso cerca, tendrás suficiente.

¿Y los niños? ¿No dices nada?

Que Teresa los lleve a la ciudad. Allí hay más oportunidades para ellos.

Oportunidades hay, pero ganas no tienen. Si quisieran, ya nos habríamos ido.

Ya lo sabes, piénsatelo. Hasta comprador hemos encontrado, pero no te duermas.

Yo no tengo nada que pensar. Esta casa ya no me pertenece.

¿Qué dices, madre?

En ese momento entra Teresa en la cocina.

Cuánto honor.

Teresa, tras los años que Juan no la vio, estaba aún más guapa, más elegante. Vestida con gusto, los pendientes heredados de Carmen, el pelo con corte moderno. Ya no quedaba nada de la Teresa que él recordaba. Una belleza, a años luz de su nueva mujer. Juan no podía dejar de mirarla, hasta que su actual esposa se lo hizo notar con un gesto.

¿No pones la mesa, mamá? Que dicen que ha venido un invitado importante dice Teresa.

El invitado ya se marcha. Ha dicho lo que tenía que decir. Y tú, hijo, gracias por visitar a tu madre. Adiós, guapa. Ojalá no nos veamos más.

Toma, madre, el teléfono. Si lo piensas mejor, llámame deja Juan el papel y se va.

Juan sólo vuelve una vez más, para despedirse de su madre. Teresa le llama, al final es su hijo. Los chavales ya son mayores. El mayor ya hasta tiene hijos propios. Hablan poco y de manera fría con su padre, como si fuera un extraño. La hija ni siquiera se acerca.

Teresa, los niños ya son adultos. Y la casa es mía, así que reclamo mi derecho a vivir aquí. Me divorcié, y he decidido volver. Si quieres seguir, bien, si no, no te retengo.

Teresa, sin decir nada, saca los papeles del mueble. Carmen le había puesto la casa a su nombre, justo el año en que Juan le escribió aquella carta. Juan se marcha en silencio. Teresa ni lo retiene, ya no les une nada. Ahora tiene a sus hijos y hasta nietos.

Rate article
MagistrUm
Galina regresa del supermercado a casa y empieza a guardar la compra, cuando de repente escucha un r…