Gala fue amante. No tuvo suerte con el matrimonio. Se quedó soltera hasta los treinta y luego decidi…

Celia era la eterna otra, la amante. No fue que le fuera mal en el amor, sino que el matrimonio siempre se le resistió, como si tuviera alergia a las bodas. Así que, mientras veía pasar los años, decidió que a los treinta ya era hora de buscar pareja. Cuando conoció a Javier ni se le pasó por la cabeza que él fuera casado, pero una vez que el tipo comprobó que Celia estaba hasta las cejas de amor por él, dejó de ocultarlo vamos, lo confesó como quien comparte el menú del día.

Lo curioso es que Celia no le montó ni un numerito, ni una queja, ni un tú quién te crees. Más bien le daba vueltas y vueltas a su propia cabeza, reprochándose por engancharse a semejante historia y lamentándose por no haber pescado un novio cuando tocaba. Porque, aunque no fuera la Miss del barrio, Celia era resultona, simpática, ligeramente rellenita (eso sí, el tipín nunca fue su fuerte, pero sí el alma).

Lo de Javier era un tren que no llevaba a ningún andén. Celia ya no soportaba seguir siendo la otra, pero tampoco tenía fuerzas para dejarle. Le aterraba la soledad, ese fantasma de la casa vacía.

Un buen día, nuestro protagonista de apoyo apareció: su primo Santi, que estaba de paso en Madrid por trabajo. Se pasó por casa, como hacen los primos, para cargar pilas en familia. Mientras comían unas croquetas y se ponían al día, Celia se abrió y le contó su culebrón personal, incluso se permitió unas lagrimillas de drama.

De pronto, llamó a la puerta la vecina Antonia, la de siempre, que la invitó a echarle un ojo a sus compras del mercadillo. Celia se escabulló unos veinte minutos. Justo entonces sonó el timbre. Santi, pensando que era su prima, fue a abrir. Pero nada más lejos: allí, plantado en la puerta, estaba Javier.

Santi, que no era tonto, lo caló al instante: la voz, la cara de cazador cazado y el tembleque de las manos. Javier, al ver allí plantado a Santi, grandullón en chándal y con un bocata de jamón en la mano, se quedó más blanco que el gazpacho.

¿Está Celia en casa? preguntó Javier.

Sí, está en la ducha improvisó Santi sin despeinarse.

Perdone, ¿y usted quién es de Celia? balbuceó Javier, apocado.

Su marido, el de facto. ¿Y tú quién eres, artista? No serás el listillo casado del que me ha hablado… y diciendo esto, Santi le agarró de la camisa. Mira, campeón, si te veo aquí una vez más te bajo por las escaleras rodando, ¿te queda claro?

Javier zafó el agarre como pudo y desapareció escaleras abajo en lo que dura un suspiro.

Al poco, Celia volvió de lo de la vecina. Santi le contó el enfrentamiento.

Pero ¿qué has hecho, criatura? Nadie te ha pedido que te metas lloró Celia. Ahora no va a volver.

Se dejó caer en el sofá, tapándose la cara con las manos.

Mira Celia, déjate de dramas. Mejor así. Tengo un fichaje ideal para ti. Un viudo de mi pueblo que no se quita a las mujeres de encima desde que enviudó, pero él, erre que erre, sigue solo. En cuanto acabe la faena en Madrid, vuelvo y nos vamos a conocerle. Prepara las maletas.

¿Cómo? ¡Que no, Santi! protestó Celia. ¿Cómo voy a ir yo? Encima ni le conozco. Qué vergüenza.

Vergüenza es estar con un casado. Conocer a un hombre libre es de lo más normal. No te llevo al matadero, al cumple de mi mujer, Lucía. Así que ve buscando qué ponerte, que nos vamos de excursión al pueblo.

Dicho y hecho: unos días después, Celia y Santi ya estaban en el pueblo, en casa del primo. Lucía sacó las mejores viandas al jardín, junto a la barbacoa. Para la ocasión, se juntaron los amigos, la familia y, cómo no, el viudo misterioso: Alejandro. Los vecinos conocían a Celia, pero ella solo había visto a Alejandro en fotos viejas y nunca en carne y hueso.

Después de una tarde de confidencias y mucha tortilla, Celia volvió a Madrid pensando lo noble y tranquilo que era el tal Alejandro. Este hombre todavía llora por su mujer. Pobre, quedan pocos así, suspiró.

Una semana más tarde, y sin avisar, llamaron al timbre. Celia abrió la puerta y se quedó de piedra: Alejandro, en persona, con una bolsa en la mano.

Disculpa, Celia Pasaba por la ciudad, tenía que comprar unas cosas en el mercado Y como ahora ya nos conocemos, pues he pensado en saludarte balbuceó, con vergüenza y la frase bien ensayada.

Celia, sorprendida, pero educada, le invitó a pasar. Le ofreció té y conversación sobre el tiempo y lo carísimo que estaba el kilito de tomates. Antes de irse, Alejandro, más rojo que un tomate de la huerta, le entregó un ramito de tulipanes.

Para ti, Celia. Un pequeño detalle dijo, tras sacar los tulipanes del bolso.

Celia, que no se lo esperaba, se le encendieron los ojos. Entre sorbos y risas, dieron cuenta del té y, ya en el recibidor, Alejandro hizo un alto y, súbitamente, confesó:

Celia, si me voy ahora y no te digo esto, no me lo perdono. No he dejado de pensar en ti en toda la semana. Ni un día. Lo primero que hice fue pedirle a Santi tu dirección. Si puedes tutearme sería estupendo Mira, yo sé que no soy un príncipe azul, y además tengo una hija de ocho años que está ahora con mi madre.

A Alejandro le temblaban las manos de los nervios.

Tener una hija es maravilloso susurró Celia. Siempre he soñado con tener una.

Alejandro, animado por sus palabras, tomó a Celia suavemente de las manos y la besó. Celia lo miró a los ojos, emocionada.

¿Te he molestado? preguntó él. Quizás me precipité

No, al revés. Nunca pensé que algo así me haría tan feliz. Y, sobre todo, tranquilo No le quito nada a nadie le respondió ella.

Desde ese día empezaron a verse cada fin de semana. Dos meses más tarde, Celia y Alejandro se habían casado por lo civil y se instalaron juntos en el pueblo. Celia encontró trabajo en la guardería, y al año siguiente tuvieron una hija. Así en la casa crecían dos niñas: ambas queridas igual, ambas hijas de verdad. El amor y la alegría no faltaron nunca. Alejandro y Celia rejuvenecían de felicidad, y su cariño se hizo más fuerte, como un buen Rioja guardado en bodega.

Y en cada fiesta, Santi le guiñaba el ojo a Celia entre risas y brindis:

A ver, Celia, ¿ves qué buen marido te encontré? Si es que te pones más guapa cada día. ¡Escucha a tu primo y déjate aconsejar!

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Gala fue amante. No tuvo suerte con el matrimonio. Se quedó soltera hasta los treinta y luego decidi…