¡Fuera de mi casa! dijo mi madre
Fuera dijo mi madre con una calma que erizaba la piel.
Araceli esbozó una sonrisilla y se repantigó sobre el respaldo de la silla, convencida de que la orden iba dirigida a la amiga de su madre.
¡Fuera de mi casa! repitió Concha, girándose decidida hacia su hija.
Clara, ¿has visto la noticia? la amiga irrumpió en la cocina sin ni siquiera quitarse el abrigo. ¡Araceli ha dado a luz! Tres kilos cuatrocientos, cincuenta y dos centímetros.
Es igualita a su padre, con la misma nariz chata. Ya he recorrido todas las tiendas; he comprado ropita hasta para un año. Pero, ¿qué cara es esa la tuya?
Felicidades, Concha. Me alegro por vosotras dijo Clara poniéndose de pie para prepararle un té a su amiga. Siéntate, anda, deja ya el abrigo.
Ay, hija, no tengo tiempo ni para respirar Concha apenas se apoyó en el borde de la silla . Tantas cosas que hacer. Mi Araceli es un prodigio, todo se lo ha hecho ella solita, sin molestar a nadie.
Su marido es un cielo; se compraron el piso y ya casi acaban la reforma. Estoy tan orgullosa de mi hija ¡Mira qué bien la he criado!
Clara depositó la taza frente a su amiga en silencio. Sí, claro, bien criada Si Concha supiera
***
Hacía exactamente dos años, la hija de Concha se había presentado en casa de Clara sin avisar, con los ojos hinchados de tanto llorar y las manos temblorosas.
Tía Clara, por favor, no se lo cuentes a mamá, te lo ruego. Si lo sabe, le da un infarto sollozaba Araceli, estrujando un pañuelo empapado.
Tranquila, hija. Cuéntame; dime qué ha pasado Clara se asustó de verdad entonces.
Yo fue en el trabajo Araceli sollozó aún más fuerte. Desapareció dinero del bolso de una compañera; dos mil euros.
Las cámaras me grabaron entrando en el despacho cuando estaba vacío. ¡Yo no lo he tocado, tía Clara, te lo juro por lo más sagrado!
Pero dicen que tengo hasta el mediodía siguiente para devolver el dinero o pondrán la denuncia.
Según ellos hay un testigo que dice que vio cómo guardaba la cartera.
Me han tendido una trampa, tía Clara, pero ¿quién me creerá?
¿Dos mil euros? Clara frunció el ceño. ¿Y por qué no has ido a ver a tu padre?
Ya fui rompió a llorar de nuevo Araceli . Me dijo que era mi culpa, que no me daría ni un céntimo, por inútil.
Me gritó que fuese a la policía, a ver si así aprendía. Ni siquiera me dejó entrar en casa, me cerró la puerta en las narices.
Tía Clara, no tengo a nadie más. Solo he podido juntar ochocientos, es lo que tenía ahorrado. Me faltan mil doscientos.
¿Y tu madre? ¿Por qué no lo has contado?
¡No! Mi madre me mata Siempre dice que la avergüenzo, y esto ¿te imaginas si se entera?
Trabaja en el colegio, la conoce todo el mundo.
Por favor, ¿puedes prestarme lo que me falta? Te devolveré el dinero en dos o tres meses, ya tengo otro trabajo.
¡Por favor, tía Clara!
Clara sintió un aguijón en el pecho de compasión. Veinte años, la vida empezando, y semejante mancha
El padre negándose, la madre le arrancaría la cabeza en cuanto se enterara
¿Y quién no se equivoca en la vida? pensó Clara entonces.
Araceli no conseguía parar de llorar.
Mira, tengo ese dinero dijo Clara, suspirando. Lo tenía reservado para el dentista, pero los dientes pueden esperar.
Prométeme que es la última vez. Y no le diré nada a tu madre, como tú pides.
¡Gracias! ¡Mil gracias, tía Clara, me salvas la vida! Araceli se abrazó a su cuello.
La primera semana Araceli apareció con cien euros. Venía tan ilusionada, diciendo que todo estaba arreglado, que en la policía no había denuncia, que en el nuevo trabajo le iba bien.
Después dejó de responder a los mensajes. Un mes, dos, tres. Clara la veía en las fiestas de Concha, pero la chica se comportaba como si Clara fuera una extraña un seco hola y nada más.
Clara no quiso apretar. Pensaba:
Es joven, le dará vergüenza, por eso huye.
Decidió olvidar la deuda; mil doscientos euros no eran un precio tan alto para perder la amistad de toda la vida con Concha.
***
¿Estás conmigo, Clara? Concha agitó la mano delante de su cara. ¿En qué piensas?
En mis cosas, mujer Clara sacudió la cabeza.
Oye bajó la voz Concha , ayer me encontré a Teodora, ¿te acuerdas? La que vivía en el piso de arriba. Se me acercó en el mercado; estaba rarísima.
Empezó a preguntarme por Araceli, que si cómo le iban las cosas, que si había devuelto las deudas. Yo no entendía nada.
Le dije que mi hija es muy independiente, que gana su propio dinero. Teodora me miró de lado, sonrió rara y se fue.
¿No te suena a que Araceli le hubiese pedido dinero?
Clara sintió que el estómago se le encogía.
No, Concha, puede que le pidiera algo pequeño, no lo sé.
Bueno, me voy ya. Tengo que pasar por la farmacia Concha se levantó, le dio un beso a Clara y salió a toda prisa.
Aquella noche Clara no pudo aguantar más. Buscó el número de Teodora y la llamó.
Teodora, soy Clara. Oye, ¿qué le preguntabas a Concha hoy sobre deudas?
Al otro lado, Teodora exhaló con resignación.
Ay, Clara pensaba que ya lo sabías. Eres la que mejor las conoce.
Hace dos años vino Araceli, llorando como una Magdalena. Me contó lo mismo: que la acusaban de robo en el trabajo y que, si no devolvía mil doscientos euros, la denunciaban.
Suplicó que no le dijera nada a su madre. Yo, tonta, se los di. Prometió que me lo devolvería enseguida, pero desapareció.
Clara apretó el teléfono con fuerza.
¿Mil doscientos, justo? preguntó.
Sí, sí, que era lo que le faltaba. Al final me devolvió cien euros y nada más.
Luego me enteré por Trini, la del tercero, que Araceli se le presentó con la misma historia.
Y Trini le prestó mil seiscientos.
Y la señora Eulalia, su exprofesora, también cayó; esa le dio dos mil.
Espera Clara se dejó caer sobre el sofá . ¿O sea que pidió la misma cantidad a todas? ¿Y con la misma historia?
Pues sí la voz de Teodora era cortante. La chica nos sacó tributo a todas las amigas de Concha. De cada una, entre mil y dos mil euros.
La historia era inventada, claro. Aprovechó nuestra compasión; todas la queremos tanto a Concha que preferimos callar antes que contarle el disgusto.
Y encima, al mes, subió fotos de sus vacaciones en Mallorca.
Yo también le di mil doscientos euros susurró Clara.
Ya ves murmuró Teodora . Seguro que somos cinco o seis. Eso ya es un negociete.
Eso no es un error de juventud, es estafa. Y Concha tan orgullosa de su hija. ¡Y su hija una caradura!
Clara colgó. Sentía un mareo en la cabeza. El dinero ya le daba igual, lo daba por perdido; lo que la repugnaba era la frialdad con la que una muchacha de veinte años engañó así a tantas mujeres, aprovechándose de su confianza.
***
Al día siguiente, Clara fue a ver a Concha. No quería montar una escena, ni mucho menos. Quería mirar a Araceli a los ojos.
La joven había regresado a casa de su madre mientras acababan la reforma del piso que pagaban a plazos.
¡Ay, tía Clara! Araceli sonrió tensa al verla en la puerta . Pase, ¿le preparo un té?
Concha andaba atareada en la cocina.
Siéntate, Clara dijo Concha. ¿Por qué no avisaste?
Clara se sentó frente a Araceli.
Araceli empezó con calma . Ayer hablé con Teodora. También con Trini y la señora Eulalia. Hemos montado, por así decirlo, un club de damnificadas, nos echamos unas risas.
A Araceli se le heló la expresión y miró de reojo a su madre, que de espaldas no se giraba.
¿De qué habláis? se volvió Concha.
Araceli bien lo sabe respondió Clara, sin quitarle la vista. ¿Recuerdas, Araceli, aquel asunto feo de hace dos años?
Cuando me pediste mil doscientos euros. Los mismos que también le pediste a Teodora. A Trini, mil seiscientos. A la señora Eulalia, dos mil.
Todas creíamos que éramos las únicas salvadoras frente a una tragedia.
La tetera tembló en las manos de Concha, el agua hirviendo chisporroteó sobre la cocina.
¿De qué dos mil euros habla, Araceli? ¿Pediste dinero a mis amigas? ¿A la señora Eulalia también?
Mamá eso fue bueno, casi he devuelto todo
No has devuelto nada, Araceli zanjó Clara . Me trajiste cien euros la primera semana y luego desapareciste.
Nos sacaste unos seis mil euros a base de historias inventadas. Todos callamos para no disgustar a tu madre.
Pero ya, lo siento, no puedo seguir ocultando la verdad. ¡Nos has tomado el pelo a todas!
Concha se apoyó en la mesa, los hombros sacudiéndosele.
Fuera dijo de pronto, sin elevar la voz.
Araceli sonrió con ironía, convencida de que la orden iba para Clara.
¡Fuera de mi casa! gritó Concha de pronto, volvviéndose a su hija . Recoge tus cosas y vete con tu marido. Y aquí no te quiero ver más.
A Araceli se le desencajó la cara.
¡Mamá, tengo un bebé! ¡No puedo alterarme!
Ya no tienes madre, Araceli. La tenía esa chica honrada que yo creía haber criado. Pero tú eres una ladrona.
La señora Eulalia Por Dios, me llamaba a diario ¿Cómo le miraré ahora a la cara?
Araceli cogió el bolso y tiró una toalla al suelo de rabia.
¡Quedaos con vuestro dinero! gritó, insultando, y se fue al cuarto, agarró la cuna y salió volando del piso.
Concha se dejó caer en la silla y se tapó la cara, llorando. Clara sintió vergüenza.
Perdóname, Concha
No, Clara Soy yo la que debería pedirte perdón. Creí que mi hija había salido adelante por sus propios méritos y resulta que ¡Vaya vergüenza!
Clara le acarició el hombro y Concha rompió a llorar con amargura.
***
Una semana más tarde el marido de Araceli, pálido y ojeroso, fue yendo a ver a cada una de las acreedoras, pidiendo disculpas sin poder mirarlas a los ojos. Prometió que devolvería el dinero.
Y así fue: poco a poco empezaron las transferencias. Los dos mil euros a la señora Eulalia los terminó devolviendo la misma Concha.
Clara no se sintió responsable de lo ocurrido. Al fin y al cabo, quien engaña debe pagar por ello. ¿Verdad?







