– Jorge, déjame entrar. ¡Déjame! ¡Soy tu madre! Tienes que darme dinero o no me aceptarán de vuelta – el golpeteo monótono en la puerta no cesaba, igual que los gritos – ¡Es tu obligación!
Jorge se apoyó contra la puerta y cerró los ojos. No, no la abriría. Había vivido toda su infancia con esa marca: “el raro”, “el diferente”.
Se dirigió a su habitación, se tendió en la cama, se puso los auriculares y subió el volumen al máximo.
De su primera infancia, Jorge apenas recordaba nada. Al cumplir cinco años, le habían regalado un coche teledirigido, había una tarta y amigos del parvulario. Su padre aún estaba con ellos entonces.
Pero luego llegaron esas personas de la extraña organización. Y con ellos, se acabaron las celebraciones para el niño.
Su madre cayó rápidamente bajo la influencia de la hermandad. Su padre, ante aquella locura, abandonó la familia, firmó el divorcio y accedió a pagar una pensión para su hijo.
Pero ese dinero no se usaba para vestir o alimentar al niño. Desde pequeño, la hermandad le parecía un pulpo al acecho de su presa.
Parecía pacífica y peculiar por fuera. Pero de repente, zas, y ya no podías escapar de sus tentáculos.
El sexto cumpleaños de Jorge no se celebró. Ni los siguientes diez, porque en la organización no eran bien vistos.
En cambio, había “días especiales” donde se comía algo rico. El resto del tiempo, el niño y su madre iban de casa en casa predicando su doctrina, junto a otros conversos.
Pronto vendió el piso, con ayuda de los abogados de la hermandad. Jorge se quedó prácticamente en la calle, con un empadronamiento en un barrio marginal a las afueras de Madrid.
El dinero, claro, fue a la comunidad.
Todos sus años de colegio los pasó viviendo en una habitación compartida con otras mujeres y niños. Vestían ropa de “ayuda humanitaria” del extranjero. Y predicaban sin parar.
En el colegio, se reían de Jorge. Él se peleaba y, por ello, recibía doble castigo: primero en la calle, luego en la comunidad, por la ropa rota y por no predicar con suficiente fervor.
En resumen, lo consideraban un caso perdido, un lastre. Y eso fue lo que aprovechó. A los dieciséis, Jorge huyó a Barcelona, a mil kilómetros de su pueblo natal.
Estudió formación profesional, empezó a trabajar pronto, luego la universidad. Ahora era un programador exitoso y acababa de comprarse un piso.
Pero el miedo que lo persiguió tantos años se materializó. Su madre y sus fanáticos religiosos lo habían encontrado. Lo veían como un blanco fácil, una vaca a la que ordeñar.
***
Todo empezó una semana antes, cuando su madre, a quien apenas reconoció, lo esperó a la salida del trabajo:
–Hola, hijito, llevo tres horas aquí.
–¿Y para qué?
–¡Pero si soy tu madre! Te echaba de menos, vine a verte. ¿No te alegras?
–No, no te llamé ni te esperé. No te dejaré entrar en mi casa. Si tienes hambre, te invito a comer.
–Gracias, hijito, comamos juntos –su madre no disimuló su alegría.
Jorge le compró comida y se sentaron en un banco del parque.
–¿Y tu organización? –preguntó él– ¿Has salido de ella?
–No del todo, hijo. Pero no les sirvo lo suficiente. Y no tengo adónde ir.
–¿De dónde sacaste mi dirección?
–Me la dieron, me dijeron que viniera a verte. Y aquí estoy.
Jorge suspiró:
–¿Dónde te quedas? ¿Dónde vivirás?
–En ningún sitio, la verdad. Pero no importa, puedo dormir en el portal.
Jorge volvió a suspirar:
–No en el portal. Ven, te prepararé un sitio en mi casa.
Los días siguientes, Jorge aún creyó que su madre podía ser normal. No predicaba, le hacía sopa y trataba de complacerlo.
Le preguntaba por su vida, sus estudios, su trabajo. Jorge, cuya vida social se limitaba a colegas y clientes, se abrió y habló con entusiasmo, compartiendo penas y alegrías.
Pero una semana después, aparecieron ellos. Y el dinero desapareció…
Al volver del trabajo, Jorge no encontró a su madre. Pero el cajón donde guardaba sus ahorros y el bono de un proyecto importante estaba abierto.
Iba a llevarlo al banco, pero nunca encontraba tiempo. Abrió el cajón. El dinero se había esfumado, igual que su madre.
Poco después, ella regresó, acompañada de seguidores de la organización. Abrió la puerta con su llave y, sonriendo, anunció:
–Hijo, puedes estar orgulloso de mí. Tu dinero sucio sirvió para una buena causa. ¡Ahora puedes volver con nosotros, salvarás tu alma como yo!
–¿Cómo? Eran casi todos mis ahorros, mamá. Devuélvelos o denuncio el robo.
–¿Una madre puede robarle a su hijo? –replicó ella, despreocupada– ¿Quién te creerá? ¿Quieres que se rían de ti?
Su sonrisa se tornó en una mueca fría.
Jorge saltó y gritó:
–¡Fuera de aquí! Y que no vuelva a verlos jamás.
Como un niño tonto, creí que me echabas de menos, que querías una familia normal.
Y volví a pagar por ello. Menos mal que solo con dinero.
–No eres nada para nosotros. Traidor, no mereces compasión. ¡Deberías pagarnos y suplicar perdón hasta que mueras! –aulló su madre. En sus ojos no había amor, solo odio.
Jorge los echó a todos y cerró los dos pestillos, sabiendo que su madre solo tenía una llave. Escuchó sus gritos y golpes en el rellano un buen rato.
***
Por la mañana, Jorge salió a correr. En un banco junto al portal, su madre esperaba con dos hombres desconocidos.
Al verlo, se lanzó a llorar:
–¡Ahí está! ¡Mi sangre, que ahora reniega de su madre! ¡Qué suerte la mía, morir bajo un puente! ¿Dormiste bien, hijo, mientras yo limpiaba el suelo del portal con mi ropa?
Jorge pasó de largo, pero ella y sus acompañantes lo siguieron. Se detuvo y preguntó:
–¿Qué queréis? ¿A qué habéis venido?
–Hijito, ya sabes que hacemos donaciones. Y tú creciste con nosotros, sabes el bien que hacemos.
Paga voluntariamente –su voz, antes dulce, se volvió chillona– o arruinaremos tu vida y reputación. No tendrás paz ni en casa ni en el trabajo.
–¿Por qué debería pagaros, madre? ¡Por culpa vuestra no tuve hogar, ni comida decente, ni ropa!
–Es porque nunca creíste de verdad –afirmó ella– arrepiéntete antes de que sea tarde. Solo los puros se salvarán.
–Idos, o llamo a la policía –gruñó Jorge– vuestra organización es ilegal, ¿no?
Los tres se marcharon. Pero Jorge notó que estaba empapado de sudor. Aunque habían pasado ocho años, el pánico lo invadía al verlos.
Al día siguiente, su jefe lo llamó:
–Mira, no es mi tema, pero ¿sabes que nos están bombardeando con llamadas por ti? ¿Es cierto que echaste a tu madre y ahora vive en la calle?
–Es cierto que crecí en una secta por su culpa, y que vendió nuestro piso para dárselo todo a su líder.
–Jorge, no quiero presionarte, pero un cliente importante ha llamado. No quiere que trabajes en sus proyectos.
Te sugiero que te tomes unas vacaciones o busques otro trabajo.
Jorge