Fue el día de la boda de Lidia, la cartero.

Era el día de la boda de Lucía, la cartero del pueblo.
¡Ay, qué boda! No era una boda, sino un auténtico drama de los de antes. Todo el pueblo se reunió en el ayuntamiento, no para celebrar, sino para juzgar. Allí estaba Lucía, delgadita como una rama de olivo, con un sencillo vestido blanco que ella misma había cosido. Su cara pálida, los ojos desorbitados y temerosos, pero con una determinación de hierro. A su lado, el novio, Alonso. A Alonso le decían a la gente en la calle “el del penal”. Había regresado un año antes de aquel día de tierras no tan lejanas.
¿En qué se había metido? Nadie lo sabía con certeza, pero los rumores corrían más rápido que el chisme en la taberna. Alto, serio, poco hablador, con una cicatriz que cruzaba toda la mejilla. Los hombres le estrechaban la mano entre dientes, las mujeres escondían a sus hijos de él, y los perros, al verle, bajaban la cola. Se instaló en el borde del pueblo, en una casa de campo que había heredado de su abuelo, y vivía de trabajos duros que nadie más quería.

Y fue precisamente por ese hombre que nuestra tranquila Lucía, huérfana criada por su tía, decidió casarse.
Cuando la presidenta del ayuntamiento les dio el lazo y anunció: «Pueden felicitar a los novios», nadie se movió. Un silencio de cementerio se apoderó del salón, tanto que se escuchó el graznido de una cuervo en el alcornoque.

En ese silencio se adelantó el primo de Lucía, Pablo. Desde la muerte de sus padres, él había cuidado de su hermana menor como si fuera su propia hija. Se plantó frente a ella, la miró con una mirada de hielo y, a voz en cuello, espetó:

Ya no eres mi hermana. Desde hoy no tengo hermana. No volverás a poner un pie en mi casa.

Escupió al suelo junto a los pies de Alonso y se abrió paso entre la gente como un rompehielos. Tras él se deslizó su tía, apretando los labios.

Lucía quedó inmóvil, mientras una lágrima solitaria se deslizaba por su mejilla. No la secó. Alonso la miró como un lobo, los dientes apretados, los puños cerrados. Yo pensé que iba a lanzar un puñetazo. Pero en lugar de eso, se volvió hacia Lucía, la tomó de la mano con delicadeza, como temiendo romperla, y susurró:

Vámonos a casa, Lucía.

Y se fueron, los dos, contra todo el pueblo. Él, alto y sombrío; ella, frágil, con su vestido blanco. A sus espaldas volaban susurros venenosos y miradas de desprecio. Me dio una sensación tan grande que pensé que se me iba a quedar sin aliento al verlos.

Todo empezó, como siempre, con una cosa pequeña. Lucía repartía correspondencia. Una chica callada, casi invisible. Un día de otoño, en una chaparrera, una turba de perros callejeros la atacó en la carretera. Gritó, dejó caer su pesada bolsa, los sobres volaron por el barro. Entonces, como salido de la nada, apareció Alonso. No gritó, no blandió un palo. Simplemente se acercó al líder de la manada, un enorme mastín peludo, le susurró algo bajo la voz. Y, ¿qué creen?, el perro se encogió, la cola se metió y toda la jauría se retiró.

Alonso recogió los sobres empapados, los sacudió lo mejor que pudo y se los entregó a Lucía. Ella, con los ojos llenos de lágrimas, le susurró: «Gracias». Él sólo soltó una sonrisa escueta, dio la vuelta y siguió su camino.

Desde entonces, Lucía lo miraba distinto. No con miedo, como todos, sino con curiosidad. Empezó a notar cosas que los demás pasaban por alto: cómo ayudó a la anciana María, que había perdido a su hijo en la ciudad, a reparar una cerca agrietada, sin que nadie lo pidiera. O cómo rescató de un arroyo a un ternero que había caído por torpeza, o cómo llevó a casa, bajo el brazo, a un gatito helado que temblaba. Lo hacía a escondidas, como avergonzado de su bondad. Y Lucía lo veía. Su corazón, solitario y callado, se inclinó hacia esa alma también herida y sola.

Empezaron a encontrarse en un manantial lejano al anochecer. Él hablaba menos, ella le contaba sus pequeñas noticias. Él escuchaba y su fiera expresión se templaba. Un día le llevó una flor una orquídea silvestre del pantano, que pocos se atreven a pisar y entonces ella comprendió que había encontrado su lugar.

Cuando anunció a la familia que se casaría con Alonso, hubo gritos, lágrimas de la tía y el hermano juró que lo lastimaría. Pero ella se mantuvo firme como una soldadita de hojalata. «Es un buen hombre decía. Simplemente aún no lo conocen».

Y vivieron. Con dificultades, con poco, sin empleo fijo. Ninguno quería trabajar con él; sólo ganaban trabajos esporádicos. Lucía cobraba unas cuantas monedas en la oficina de correos. Pero en su casa de campo, siempre estaba limpia y sorprendentemente acogedora. Él le construyó estanterías, reparó el portal, plantó un pequeño jardinillo bajo la ventana. Por las noches, cuando volvía cansado y sucio, se sentaba en el banco y ella le servía una sopa humeante. En ese silencio había más amor que en las palabras más apasionadas.

El pueblo los miraba con recelo. En la tienda le escaseaban el peso del pan o le vendían el pan duro. Los niños les lanzaban piedras a la ventana. Y Pablo, al verlos pasar, cambiaba de acera.

Pasó casi un año, hasta que llegó el incendio.

Una noche negra y ventosa, el granero de Pablo se incendió y el viento llevó las llamas a su casa. El fuego se extendió como una cerilla. Todo el pueblo acudió con cubos y palas, gritando sin saber qué hacer. El fuego rugía, subía como una columna negra. En medio del caos, la esposa de Pablo, con su bebé en brazos, gritó con una voz que no era la suya:

¡Marta está allí! ¡La niña sigue dentro!

Pablo quiso correr, pero las llamas ya se habían abierto paso por el tejado. Los hombres lo retenían: «¡Te vas a quemar!» Y él, desesperado, gritaba sin consuelo.

En ese instante, cuando todos estaban paralizados viendo el edificio arder con la pequeña dentro, surgió Alonso. Llegó como el último. Con el rostro cubierto de hollín, dio una vuelta al edificio, miró al padre enloquecido y, sin decir palabra, se llenó la cabeza con agua de un bidón y se lanzó al fuego.

La gente quedó boquiabierta. Pasó una eternidad, crujían vigas y se derrumbaba el techo. Nadie creía que saldría con vida. La mujer de Pablo cayó de rodillas en el polvo del camino.

Entonces, entre humo y llamas, apareció una figura negra tambaleante: era Alonso. Su pelo estaba chamuscado, su ropa humeante. Sostuvo a la niña envuelta en una manta mojada, dio unos pasos más y cayó al suelo, entregando a la pequeña a las mujeres que corrían. La niña seguía viva, aunque había inhalado humo. Alonso, con el cuerpo cubierto de quemaduras, murmuraba una y otra vez: «Lucía Lucía».

Cuando recobró la conciencia en mi puesto de primeros auxilios, lo primero que vio fue a Pablo arrodillado ante él. No bromeo, de rodillas. Pablo, con los hombros temblorosos y lágrimas escasas en sus mejillas, tomó la mano de Alonso y la apoyó contra su frente. Ese gesto silencioso hablaba más que mil disculpas.

Desde aquel incendio, como una represa que se rompe, el calor humano empezó a fluir hacia Alonso y Lucía. Él tardó en curarse; las cicatrices quedaron de por vida, pero eran ahora medallas de valor, no marcas de un condenado. Los vecinos los miraban ya con respeto, no con miedo.

Los hombres del pueblo repararon su casa. Pablo, el primo, pasó a ser casi un hermano para Alonso: le echaba una mano con el portal, le traía heno para la cabra. Su esposa, Elena, siempre llevaba a Lucía una cucharada de nata o un pastelillo recién horneado. Lo miraban con una ternura culpable, como si quisieran borrar la vieja enemistad.

Un par de años después nació su hija, Marta, una pequeña copia de Lucía: rubia, de ojos azules. Unos años más tarde llegó su hijo, Juan, con la cara seria de su padre, pero sin la cicatriz.

Así, la casa, reparada por toda la comunidad, se llenó de risas infantiles. Alonso, el hombre serio, se transformó en el padre más cariñoso del mundo. Cada vez que volvía del trabajo con las manos negras y cansadas, los niños corrían a abrazarlo, se subían a sus hombros y reían a más no poder. Por las noches, mientras Lucía arrullaba al pequeño, él tallaba en madera juguetes: caballitos, pajaritos, figuritas cómicas. Sus dedos ásperos producían obras que parecían cobrar vida.

Una vez fui a medir la presión de Lucía. En el patio había un cuadro al óleo: Alonso, enorme, sentado en cuclillas, arreglaba la bici de Juan. A su lado estaba Pablo sosteniendo la rueda. Los niños, Juan y el hijo de Pablo, jugaban en la arena, construían castillos. Sólo se escuchaba el golpeteo de un martillo y el zumbido de las abejas en las flores de Lucía.

Miro esa escena y mis ojos se humedecen. Allí está Pablo, el que una vez maldijo a su hermana y la rechazó, hombro con hombro con el penal. No hay rencor, ni recuerdos amargos, sólo la cotidianidad de hombres y niños que juegan juntos. La vieja pared de miedo y juicio se derritió como nieve bajo el sol de primavera.

Lucía salió al portal, les sirvió dos vasos de refresco de limón. Me miró con su sonrisa tranquila y luminosa. En esa sonrisa, y en la forma en que miraba a su marido y a su hermano, había tanta felicidad auténtica que mi corazón se quedó helado. No se equivocó. Fue contra viento y marea, siguió su corazón y encontró todo.

Yo contemplo su calle. La casa está cubierta de geranios y petunias. Alonso, ya con canas en la cabeza, sigue fuerte, enseñando al ahora mayor Juan a partir leña. Marta, ya casi mujer, ayuda a Lucía a colgar la ropa en el tendedero, que huele a sol y a viento. Y ríen, a su manera, de esas cosas de chicas.

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Fue el día de la boda de Lidia, la cartero.