«Fue a comprar comida y encontró el amor»

En un viejo colmado de las afueras de Toledo, el aroma a guisos caseros atraía a los vecinos. Platos sabrosos, raciones generosas y vendedoras entrañables. Esperanza Martínez llevaba quince años trabajando allí, primero en la pescadería y luego como encargada. Lo sabía todo: quién prefería las berenjenas rellenas, a quién avisarle cuando llegara el cocido, y a quién servirle con cariño, «un poquito más».

Ese día, salió de la trastienda con una bandeja de callos recién hechos. Al colocarlos en la vitrina, su mirada se topó con una silueta familiar: un hombre alto, con un abrigo gastado y ojos melancólicos, que parecía buscar a alguien entre los mostradores.

Esperanza se acercó rápidamente:

—Si busca a Lucía, está enferma. Volverá la semana que viene. ¿Lo de siempre? ¿Croquetas y costillas?

El hombre parpadeó, sorprendido:

—¿Recuerda lo que suelo pedir?

—Claro. Usted es cliente fijo —respondió ella, ruborizándose.

Él bajó la vista, pero luego murmuró:

—Siempre quise venir a su turno, Esperanza, pero acababa con Lucía. Qué rabia.

—¿Cómo sabe mi nombre?

—Lo tiene en la chapa.

Detrás, la voz irritada de Rosario cortó el momento:

—¡Oiga! ¡No entretenga la cola! ¡Hay diez personas esperando!

El hombre se sobresaltó:

—Perdone. Las croquetas, por favor…

Y luego, más bajo, mirándola a los ojos:

—Quizá algún día una mujer amable me haga croquetas de verdad en casa. Disculpe, Esperanza… no lleva anillo. Si no está casada… ¿puedo acompañarla cuando salga? Vivo al otro lado de la calle. Solo.

Ella asintió casi sin voz y le entregó la bolsa. El corazón le latía como si tuviera veinte años.

—Hasta esta tarde —sonrió él—. Ah, me llamo Antonio.

El resto del día, Esperanza flotaba. Hasta Rosario se dio cuenta:

—¿Estás bien, Esperancita? ¡Tienes las mejillas rojas como si tuvieras una cita!

—Nada, Rosi, es que hoy estoy alegre.

Al terminar su turno, se pintó los labios, se arrebujó en el pañuelo y salió. Antonio la esperaba.

—¿Damos un paseo? ¿O vamos al cine?

Afuera, la lluvia fría empapaba las calles. Caminaron por el parque, hablando en voz baja como viejos conocidos. En un momento, él propuso:

—Esperanza, ¿quieres pasar a casa? Tomaremos algo caliente. Vivo cerquita.

—No sé… apenas nos conocemos…

—¿Cómo que no? Hace un año que voy a verte. Me gusta cómo tratas a la gente, cómo sonríes. Es como si te conociera de siempre. ¿Y tú? ¿No me reconoces?

Ella rio:

—Vale, Antonio. Vamos, que estoy helada.

Su piso era humilde pero acogedor. Le quitó el abrigo, secó sus zapatos, preparó té con limón y sacó unas magdalenas.

Cuando el aguacero se convirtió en tormenta, él dijo:

—Quédate. Yo duermo en la cocina. ¿Adónde vas a ir ahora?

Ella miró alrededor: calor, paz… y el corazón le susurraba que no huyera.

—Bueno… me quedo.

Se acostó en el sofá, él en la cocina. Pero amanecieron juntos —dormir separados no había sido posible.

Cuando Lucía volvió, los vio salir del trabajo agarrados de la mano.

—¡Anda, no te diste cuenta! ¡Me fui una semana y ya te has llevado a mi cliente! —bromeó.

En realidad, Lucía estaba contenta. Porque una Esperanza feliz era como el sol: calentaba a todos a su paso. Y la felicidad verdadera se nota desde lejos. Hasta las croquetas y las costillas se vendían más rápido esa semana.

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