Firmas en el rellano: una historia de vecinos, ruido nocturno y decisiones difíciles en una comunidad española

Firmas en el portal

Javier se detuvo junto a los buzones porque, en el tablón donde normalmente colgaban anuncios de revisión de contadores y gatos perdidos, había aparecido una hoja nueva. Estaba mal sujeta con chinchetas, como si hubieran tenido prisa. Arriba, en letras grandes: “Recogida de firmas. Tomar medidas”. Más abajo, el apellido de la vecina del quinto y una lista breve de quejas: ruidos por la noche, golpes, gritos, “incumplimiento de la ley del silencio”, “peligro para la seguridad”. Ya había varias firmas debajo, unas pulcras, otras precipitadas.

Leyó el papel dos veces, aunque todo estaba claro desde el primer momento. Instintivamente buscó el bolígrafo en el bolsillo de la cazadora, pero se contuvo. No era que estuviera en desacuerdo, simplemente no le gustaba que le empujasen a actuar. Llevaba viviendo doce años en esa finca y había aprendido a mantenerse al margen de las guerras de vecinos como quien sortea una corriente de aire helado. Bastantes problemas tenía: el taller, los turnos, su madre en otro barrio después de un ictus, su hijo adolescente que tan pronto no le hablaba en días como explotaba por cualquier nimiedad.

En el rellano reinaba el silencio; solo arriba un ascensor cerraba sus puertas con un golpe sordo. Javier subió al cuarto, sacó las llaves, pero, antes de entrar, miró hacia la escalera que subía. Allí, en el quinto, vivía doña Marisa González. Algo más de cincuenta años, seca y recia de semblante, siempre con un corte de pelo corto y una mirada dura. Saludaba poco y respondía con tono de quien se siente molesta. Javier la veía casi siempre cargada de bolsas del Mercadona o fregando el suelo del descansillo. Algunas noches sí se oían ruidos de su piso: arrastres, algún grito breve, como si movieran muebles.

Entraba al grupo de WhatsApp solo cuando era necesario. Principalmente, se discutía por el contenedor o las plazas de aparcamiento. Pero, últimamente, el grupo tenía monotema.

Anoche otra vez golpes a las dos. Mi niña se ha asustado.

Yo entro a trabajar a las seis, luego voy como un zombi. ¿Hasta cuándo?

No son golpes, yo he escuchado claramente que mueve muebles.

Que venga la policía municipal. Hay leyes para esto.

Javier leía, pero no contestaba. No era un santo. Cuando a las tres sonaba un estallido, también se despertaba y se tumbaba escuchando cómo la rabia le subía por dentro. En esos momentos, deseaba que otro tomara la iniciativa y que por la mañana todo estuviera resuelto.

Al final, por la tarde, escribió en el grupo un mensaje breve: ¿Quién recoge las firmas? ¿Dónde está el papel?

Le respondió la presidenta, doña Concha Jiménez, de la puerta tres. En el tablón de la entrada. Mañana a las siete reunión en mi casa. Hay que decidir antes de que esto vaya a más.

Javier dejó el móvil. Sintió esa molestia que recordaba de las reuniones del colegio: cuando todo está decidido antes de invitarte a participar.

Al día siguiente, se cruzó con Marisa González en la escalera. Ella subía con dos bolsas cargadas, resollando pero sin pedir ayuda. Javier le quitó una, sin preguntar.

Déjala dijo ella bruscamente.

Te la subo contestó él, y siguió a su lado.

No intercambiaron palabra hasta el quinto. Ella le arrebató la bolsa.

Gracias lo dijo como quien marca una casilla, no como si agradeciera en realidad.

Javier iba a dar media vuelta cuando escuchó dentro del piso de Marisa un sonido extraño, como un resuello, un lamento sordo. Marisa se quedó helada, la llave tembló en la cerradura.

¿Está todo bien? preguntó Javier, sin entender por qué lo hacía.

Sí, claro cortó ella y cerró deprisa.

Bajó a su piso, pero el sonido quedó retumbando en su cabeza. No era un golpe, ni música, era algo humano.

Un par de días después, sobre la puerta de Marisa apareció una nota, pegada con celo. La vio Javier sacando la basura: DEJA DE HACER RUIDO POR LAS NOCHES. NO TENEMOS QUE SOPORTARLO. Letras gruesas, tensas, hechas con marcador.

Se quedó observando la nota. El celo brillaba como una herida reciente. Recordó: de niño, también ponían notas en su puerta, cuando su padre gritaba borracho. Entonces Javier no odiaba ni a su padre, sino a los vecinos que disimulaban hasta que tocaba criticar en voz baja.

Subió al quinto, afinó el oído. Silencio. No llamó. Quitó la nota, la dobló y se la guardó en el bolsillo. Luego la tiró en la papelera de la plaza, para que nadie la viera en el portal.

Mientras tanto, en el grupo, la conversación era aún más feroz.

Le da igual, lo hace adrede.

A gente así habría que echarla. Que se vaya a vivir al campo.

La policía dice que hace falta denuncia colectiva.

Javier vio cómo pronto ruido y molestia se convertían en esa gente. Como si ya no hablaran de una noche ni de una persona, sino de un enemigo.

El sábado volvió tarde del taller. El ascensor olía a ambientador barato, alguien había fumado. Al llegar al cuarto, oyó un golpe arriba, otro más. No eran obras, sonaban a caída. Luego, una voz de mujer ahogada pero clara:

Aguanta ahora

Javier subió al quinto. Había luz bajo la puerta de Marisa. Tocó.

¿Quién es? la voz era tensa.

Javier, del cuarto. ¿Necesita?

La puerta se entreabrió con cadena. Marisa estaba en bata, tenía una marca roja en la mejilla, como si acabara de enjugarse la cara.

No. Márchese, por favor dijo seca.

Desde el fondo llegó un gemido ronco.

Javier no pudo evitarlo:

¿Quiere ayuda?

Ella le lanzó una mirada dura, como si le ofreciera limosna.

No hace falta. Lo tengo controlado.

¿Hay alguien?

Mi hermano. Está postrado. Lo soltó rápido, como cortando la próxima pregunta. Puede irse.

Cerró la puerta.

Javier se quedó en el descansillo debatiéndose: irse porque se lo pedían, o quedarse porque ya había escuchado demasiado.

Al final, bajó, pero pasó la noche pensando en el hermano. Imaginó caídas, camas, urgencias nocturnas, arrastrar pañales, mover muebles. Y los vecinos debajo, enfadados.

Fue a la reunión con Concha no por curiosidad, sino porque sentía que, si no iba, luego se sentiría cobarde. A las siete, ya había vecinos en la puerta. Algunos en pantuflas, otros con la cazadora puesta, como si solo fueran a asomarse. Hablaban bajo, pero la inquietud era palpable.

Concha les sentó en su minúscula cocina. En la mesa, la lista de firmas y una hoja impresa con la ley del silencio y el teléfono de la municipal.

La situación es esta empezó: no podemos más. Aquí hay niños, hay gente mayor. Yo misma tengo que tomarme la tensión cada mañana porque no duermo. No vamos contra nadie, pero hay normas.

Javier notó cómo decía no vamos contra la persona, y alguien respiró aliviado.

Yo me desperté a las dos dijo la joven del sexto, cara cansada. Mi niño por fin dormía y fue como si se cayera un armario. No he pegado ojo.

Mi padre es mayor, acaba de salir del hospital añadió un hombre. Los ruidos le angustian, piensa que hay un incendio.

Hay que llamar a la policía cada vez dijo otro. Que tomen nota.

Javier escuchaba y veía que no mentían. De verdad estaban agotados. Su queja era legítima.

¿Alguien ha hablado con ella? preguntó Javier.

Yo lo intenté respondió Concha. Muy borde. Pues múdense si no les gusta, y portazo.

Siempre parece que le debemos algo dijo la del sexto.

Javier quiso contar lo del hermano, pero no sabía si podía. Y el silencio también era un posicionamiento.

A lo mejor le pasa algo empezó Javier.

A todos nos pasa algo le cortó Concha. Pero los demás no hacemos ruido.

En ese momento sonó el timbre. Concha fue a abrir. Marisa entró en la cocina. Llevaba un abrigo oscuro, el pelo aplastado, carpeta y móvil en la mano. El rostro tenso, pero sin miedo.

Supongo que se está hablando de mí dijo.

En la cocina el aire se volvió denso.

Hablamos de la situación rectificó Concha. Su comportamiento afecta al edificio.

Afecto, sí repitió Marisa, resignada. Escuchen entonces.

Sacó varios papeles: informes, recetas, documentos médicos.

Este es mi hermano. Gran dependiente. Tras un ictus. No camina, no se sienta. De noche tiene crisis, se ahoga, se cae de la cama si no llego a tiempo. Lo muevo cada dos horas o le salen úlceras. No muevo muebles: levanto a un hombre que pesa más que yo.

Hablaba firme, pero la voz le temblaba de cansancio. Javier vio los moratones en sus manos de tanto esfuerzo.

He llamado a emergencias tres veces en un mes. Aquí están los justificantes. Aquí el parte médico. No tendría por qué justificarme, pero ustedes recolectan firmas como si montara una fiesta cada noche.

Alguien carraspeó. La del sexto bajó la mirada.

No lo sabíamos dijo en voz baja.

No, porque nadie lo preguntó cortó Marisa. Han puesto notas, me han insultado en el grupo. ¿Qué medidas quieren? ¿Que saque a mi hermano a la escalera para que duerman tranquilos?

Nadie ha dicho eso se defendió Concha. Pero hay leyes, después de las once no se puede hacer ruido.

¿La ley? Marisa torció una media sonrisa. Muy bien. Llamaré a la policía y a la ambulancia a la vez, para que documenten cómo muevo a mi hermano. ¿Firmarán cada vez, cien testigos?

¿Tenemos entonces que aguantar todo? preguntó el hombre del chándal, su voz quebrada. Javier captó su límite. Mi padre está enfermo, no puedo pasarme la noche escuchando caídas.

¿Y yo sí? lo miró Marisa. ¿Cree que me hace gracia? ¿Cree que no quiero dormir?

Silencio tenso. Javier buscó unas palabras para atenuar el ambiente, pero no las halló.

Concha suspiró, bajando el tono:

Marisa, entienda que es duro para todos. Si hubiera avisado

¿Avisar de qué? ¿De que puedo perder a mi hermano por la noche? Guardó la carpeta. No sé pedir ayuda. Y tampoco a quién.

Javier comprendió que era verdad. Vivían pegados pero no unidos. Puertas y más puertas.

Sin discutir dijo Javier por fin, ronco. O buscamos un acuerdo, o esto se romperá.

Ahora todos lo miraban. No le gustaba, pero ya no iba a camuflarse.

No he firmado añadió. Y no voy a hacerlo. Porque eso no arregla el problema, sólo crea un enemigo. Pero tampoco podemos fingir que no hay ruido. Aquí hay gente con la salud delicada.

Concha frunció el ceño.

¿Entonces qué propones? le preguntó.

Javier recordó la noche en que escuchó el lamento desde el portal.

Primero: comunicación. Marisa, si una noche hay un ataque y va a haber ruido, escriba en el grupo algo breve: Urgencia o Ambulancia. No una explicación, sólo para que sepamos que no es una fiesta ni obras.

No tengo por qué respondió dura, pero al ver a Javier, cedió. Lo intentaré, si puedo.

Segundo, miró al resto, si oyen un golpe fuerte, antes de llamar a la policía, probemos a telefonear o tocar su puerta. No para quejarse, sino para preguntar si necesita ayuda.

Y si nos trata mal otra vez? saltó la del sexto.

Pues sabrán que hicieron lo correcto dijo Javier. Eso importa. Para ustedes.

Concha no objetó.

Y, además se dirigió a Marisa, se podría pensar en alfombrillas, protecciones para las patas del mobiliario, en alejar la cama de la pared. Yo le puedo ayudar, si quiere.

Marisa dudó, pero contestó más suave:

La cama no puedo moverla, está adaptada con un torno casero. Pero las alfombras, sí Y le costaba. Si alguien pudiera quedarse una hora por las tardes para que baje a la farmacia sería

No terminó. Entre los presentes, la del sexto se ofreció:

Yo podría venir el miércoles. Mi madre vive cerca y puede cuidar del niño. Puedo estar una hora.

Yo también añadió el del chándal, siempre de día, de noche no.

Javier notó cómo la tensión menguaba, aunque no desaparecía.

Concha recogió la hoja de firmas.

¿Y qué hacemos con esto? preguntó.

Javier la miró. Había apellidos conocidos, incluido el de su vecino siempre sonriente.

Opino que hay que quitarla del tablón. Si alguien quiere denunciar, que lo haga con fechas exactas y personalmente. No así, que tomen medidas.

¿Entonces no quieres orden? Concha le lanzó la pregunta.

Sí quiero orden contestó, pero el orden no debe ser un garrote.

Marisa levantó la vista.

Quitadlo, por favor. No quiero ver cada día cómo me firman la condena.

Concha guardó la hoja. No supo Javier si lo hizo por respeto o porque percibió que la mayoría ya no estaba tan convencida.

Después la gente se marchó en silencio. En la escalera alguien intentó bromear, pero sin éxito. Javier salió al portal y Marisa estuvo a su lado. Bajaron juntos.

No debías haberte metido dijo ella.

Tal vez respondió Javier. No quería que terminara en policía y escándalos.

Acabará igual, cuando mi hermano empeore.

Javier pensó en pedirle el nombre de su hermano, pero no se atrevió.

Si una noche se le cae y necesita ayuda dijo Llame, estoy cerca.

Ella asintió sin mirar.

Al día siguiente, la hoja ya no estaba en el tablón. En el grupo, un nuevo mensaje de Concha: Acordado: en casos graves, Marisa avisa. Por favor, eviten peleas nocturnas. Si alguien puede ayudar por las tardes, escríbame.

Javier se sorprendió por lo de horario. Muy formal para ellos. Pero, en poco, empezaron a apuntarse algunos: uno podía los lunes, otro los viernes. Otros callaban.

Esa misma noche, volvió el ruido. Javier se despertó sobresaltado, miró la hora: 2:17. En el grupo, poco después, escribió Marisa: Crisis. Ambulancia en camino. Sin emoticonos, sin pedir nada.

Javier escuchaba cómo arriba se apresuraban pasos. Imaginó a Marisa sujetando a su hermano. El enfado seguía, sí, pero había algo más: un peso callado.

Al día siguiente, en el ascensor, se cruzó con Concha. Estaba demacrada.

Bueno, otra vez ruido comentó.

Ambulancia replicó Javier.

Ya, lo vi. No sabía que era eso. Pero sigo sin dormir. Tengo el corazón destrozado.

Javier asintió. No podía hacer desaparecer sus problemas.

Quizá tapones para los oídos sugirió, sabiendo cuánto de inútil tenía ese remedio.

Hasta eso Concha sonrió, resignada. Mira a dónde hemos llegado.

Esa misma semana, Javier subió al quinto una tarde, como prometió. Llevaba un paquete con topes de goma para el mobiliario y una alfombra gruesa. Marisa abrió al instante, como si le esperara.

El piso olía a medicamentos. La habitación: una cama especial junto a la pared. Un hombre delgado, quieto, mirada ausente. Un artilugio de tubos y correas apuntalado en la estructura. Entendió por qué la cama no podía moverse.

Aquí está mostró Javier la alfombra. Si la ponemos aquí, igual retumba menos.

La banqueta golpea cuando coloco el cubo dijo Marisa. Lo intento, pero las manos

Miró sus palmas, llenas de pequeñas grietas.

Colocaron la alfombra juntos, despacio. Ella controlaba cada movimiento para no soltar una correa.

Gracias esta vez sonó distinto.

Javier asintió y se preparó para irse, pero sonó el teléfono. Marisa escuchó, se ensombreció.

No, ahora no puedo dijo al auricular. Sí, ya no, lo siento.

Al colgar, miró a Javier.

La asistenta social. Solo pueden venir dos horas a la semana, y con lista de espera. Yo lo necesito todos los días.

Javier no supo qué decir. Sabía que su horario era un parche, no una solución.

Esa noche, alguien en el grupo preguntó: ¿Por qué tenemos que ayudar? Es asunto suyo. Que lo gestione con Servicios Sociales. Hubo de todo en las respuestas: comprensión, enfado, discusiones.

Javier lo leyó y prefirió no intervenir. Le cansaba no Marisa, sino ver cómo todo esfuerzo se transforma en un debate moral.

Un día vio en el portal un nuevo cartel. No medidas, sino una sencilla tabla: días, horas, nombres. Abajo, el teléfono de Marisa y una nota: Si de noche hay urgencia, aviso al grupo. Si alguien puede ayudar a mover o recibir a la ambulancia, que avise. Colgado recto.

Le incomodaba ese papel, como antes la hoja de firmas. Pero era otra incomodidad: el portal aceptaba que tras una puerta hay desgracia, y la desgracia también se agenda.

En una de esas noches, Javier subió. El estruendo fue fuerte y oyó a Marisa murmurar con rabia, no contra la gente, sino contra el cuerpo inerte. Llamó. Esta vez ella abrió sin cadena.

Ayúdame pidió, sin más.

Javier entró, se quitó los zapatos y los dejó recogidos. En la habitación, el hermano yacía en el suelo, jadeando. Juntos lo alzaron con mucho esfuerzo, despacio, contando. Le temblaban las manos a Javier. Marisa solo reajustó la almohada y miró si respiraba.

En el rellano, al marcharse, oyó una puerta entreabriéndose en el piso de abajo. Alguien asomó, miró y cerró de nuevo. Nadie salió a ayudar. El portal contenía la respiración.

Por la mañana, Javier coincidió con Víctor, el vecino que firmara. Víctor evitó su mirada.

Oye susurró, yo lo firmé porque no podía más, pero no lo sabía. Si lo hubiera sabido

No importa ya respondió Javier. Lo importante es ahora.

Víctor asintió, inquieto. Se resistía a admitir un error, ni para sí mismo.

El acuerdo funcionaba. No a la perfección, pero funcionaba. Las noches, a veces, había mensajes breves: Ambulancia, Crisis. Menos rabia por la noche, más palabras calmadas al alba. Sí, algunos ayudaban algún día, otros no volvían. Concha actualizaba la tabla, aunque a veces quedaban huecos.

Javier notó que en el portal ya casi no se hablaba al pasar. Bastantes saludos, pero medidos: como si cada palabra pudiese reactivar el conflicto. No colgaban amenazas, pero tampoco volvía la ligereza de antes. Incluso para cambiar una bombilla, sonaba: Que no sea otro lío.

Una de esas tardes, Javier volvió a encontrarse con Marisa en el ascensor, bolso de medicinas y un termo pequeño.

¿Cómo está tu hermano? preguntó.

Sigue respondió. Hoy tranquilo.

Subieron juntos. En el cuarto, Javier iba a entrar, pero se detuvo.

Si necesitas algo, llama.

Ella asintió y, de pronto, se atrevió:

El otro día, en la reunión no era mi intención cargar contra todos

No supo cómo acabar.

Lo entiendo dijo Javier.

La puerta del ascensor se cerró y Javier se quedó en el rellano. Entró en casa, dejó la chaqueta, se quitó los zapatos. Silencio. Su hijo con los cascos en la habitación, su madre al teléfono preguntando cuándo iría a verla.

Javier miró el móvil y luego al pasillo, tras cuya puerta subían las escaleras. Pensó en las hojas de papel que pueden cambiar a las personas: la de las firmas en contra, y la de los nombres que ofrecen una hora de ayuda. Y cómo, a veces, la distancia entre las dos no es más grande que la que separa a vecinos que comparten pared.

Esa noche, alguien escribió en el grupo: Gracias por la ayuda de hoy. Por favor, no debatamos cosas personales. Si hay dudas, en privado. El mensaje pronto se perdió entre quejas sobre la basura y el ascensor.

Javier apagó el móvil y fue a poner agua para el té. Sabía que tal vez le despertarían los golpes otra vez. Y que, cuando eso ocurriese, no pensaría solo en su propio sueño. No era mejor persona por ello. Solo era un vecino, al fin y al cabo.

A veces, la buena convivencia exige preguntarse por el dolor ajeno; sólo así, la vida en comunidad deja de ser una suma de puertas cerradas y se convierte en una humanidad compartida.

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MagistrUm
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