**Un Amargo Cumpleaños: La Tragedia de Elena**
Elena estaba sentada a la mesa de la cocina, contando por enésima vez el dinero que le quedaba. La cartera estaba casi vacía, y faltaba una semana para el próximo sueldo.
—No es mucho —suspiró—. Pero, ¿qué se le va a hacer? Así es mi salario…
Tenía que pagar la factura de la luz, comprar comida, pero ¿con qué? Recorría el supermercado en el centro de Villanueva del Río, suspirando cada vez que veía los precios, que parecían subir ante sus ojos. Al final, solo pudo permitirse leche, una barra de pan y un paquete de macarrones. No le alcanzó para la mantequilla, pero al menos tuvo margarina. Café, té, dulces para el desayuno, su queso favorito… Todo se quedó en las estanterías.
No le quedó más remedio que ir a casa de su ex-suegra en busca de verduras. Y allí, como siempre, la esperaba lo inevitable:
—¡Ya te lo dije! —repetiría por enésima vez María del Carmen.
Su suegra era una mujer severa, pero sabia. Cumplía setenta y seis años, y siempre tenía razón. Si Elena la hubiera escuchado años atrás, quizás ahora no estaría llorando frente a su monedero. Tal vez viviría como cualquier persona normal. O incluso mejor. Pero lo hecho, hecho estaba.
Hacía dos años, su marido, Pablo, la había abandonado. Y no cualquier día, sino en su cumpleaños. Elena había pasado todo el día cocinando, preparando un banquete. Pablo se sentó, comió con gusto y, de pronto, soltó:
—Se acabó, Elena. Me voy.
Ella se quedó paralizada, sin creer lo que oía. Él continuó, sin ocultar su irritación:
—¿Cuántos años cumples hoy? Cuarenta y uno, ¿no? Y yo tengo cuarenta y cinco. ¡A nuestra edad ya deberíamos tener nietos! Pero no los tenemos. Porque no hay hijos. ¡Tú nunca te molestaste en darme una familia!
—¿De qué estás hablando? —Elena sintió un nudo en la garganta—. ¿Estás bien? ¿Cansado, quizá? ¡Si ni siquiera te ocupas del gato, pasa hambre todo el día! Yo voy de puntillas por la casa para no molestarte, y tú gritas porque hago ruido. ¿Quieres hijos? ¡Quizá no quise tenerlos contigo a propósito!
¿De dónde había sacado ese valor? Y, sobre todo, ¿para qué? Pablo, como si lo esperara, se levantó de un salto, apartó la silla y dejó caer su última palabra:
—Me iré a vivir a otro sitio. Tienes tiempo para buscar dónde quedarte. ¡El piso es mío!
La puerta se cerró de golpe, dejando un silencio sepulcral. Elena se quedó sentada, sin saber qué hacer, mientras un vacío inmenso crecía en su pecho.
Más tarde, le contaron que Pablo se había “casado en secreto” con una joven dependienta de una zapatería, donde él había ido a comprarse unos zapatos. Lo contaban con todo lujo de detalles, destacando cómo su ex corría a verla con ramos de flores. Flores que, por cierto, eran de su propia huerta: lilas que Elena había cuidado durante años, rosadas, amarillas, atigradas, rojas como el fuego. Él las arrancó de raíz, sin piedad.
Elena sentía pena por la chica. ¿Cree que tuvo suerte? Ya verá. Pablo no quiso gastar en un ramo, tampoco lo hará en un vestido o zapatos. Aunque, al ver a su nueva mujer —alta, robusta, segura de sí misma—, quedaba claro que no merecía lástima. Pablo había elegido a alguien que le diera “una docena de críos”. Bueno, allá él.
¿Sabría su suegra de la aventura de su hijo? Delante de Elena, le regañaba, pero también le soltaba sus verdades:
—¿Qué te dije hace veinte años? ¡Siempre con esa ropa deplorable! ¿Cuántas cosas bonitas te he regalado? ¿Dónde están? ¡Ahora págate tu ropa!
Elena recordaba esos “regalos”: pantalones enormes, de franela, con estampados horteras. Si Pablo la hubiera visto así, se habría ido mucho antes.
Luego vino el reparto de bienes. Pablo insistía en que todo era suyo, pero el juez lo dividió a medias. A Elena le tocó la casa de campo, a Pablo el piso. Entonces intervino María del Carmen, que llevaba años viviendo en la huerta, alquilando su propio piso por un buen dinero:
—¿Y a mí nadie me pregunta nada? Si Elena se muda aquí, empezará a traer hombres, ¿y yo qué?
—Vete a tu casa, madre —replicó Pablo.
—¡Listillo! ¿Y tu novia? ¿Cómo va a ir al trabajo desde aquí? ¿Mientras tú disfrutas del piso con la dependienta?
Al final, acordaron: María del Carmen se quedó en la casa de campo, cedió su piso a Pablo, y Elena conservó el que habían compartido. Pero apenas respiró aliviada cuando llegó otro golpe: el juez también repartió las deudas. Ahora Elena pagaba la mitad del préstamo de Pablo. La “vida bonita” tenía su precio.
Por eso iba camino de la parada de autobús. Los autobuses en Villanueva del Río pasaban poco, una vez por semana. Todos tenían coche, excepto las viejas del pueblo, que se conocían de toda la vida. Charlaban, se quejaban de las pensiones, los precios, los chismes. Elena callaba, mirando por la ventana. Era humillante ir a mendigar verduras a su propia huerta.
Había cuidado cada plantío, removido la tierra, alegrándose al ver brotar las hojas verdes. La casa estaba rodeada de flores, los árboles pintados de blanco. Dentro, todo era luminoso: cortinas de vivos colores, la cama cubierta con una manta alegre, la mesa con mantel blanco. Nada de trastos viejos, ni sofás rotos, ni montones de ropa. Solo espacio, aire, belleza.
No era casualidad que María del Carmen se hubiera mudado allí hacía cinco años. Astuta como era, no iba a vivir peor. El divorcio era una cosa, pero las patatas había que plantarlas. Elena trabajaba hasta agotarse. La cosecha no cabía en el piso, mejor guardarla en el sótano. Así que viajaba cada semana, sumando unos pocos euros a su mísero sueldo.
María del Carmen no paraba de sermonearla, pero al menos le preparaba té, le daba de comer y la dejaba dormir, sin callarse ni un segundo:
—¡Ya te lo dije, Elena! ¡No puedes seguir así! Mira, Pablo y esa… perdónalo, Señor… ya tienen un niño, pronto lo dejarán conmigo y tendrán otro. Y tú, ¿qué? De aquí para allá, sin entender nada. ¿Cambiaste de trabajo? ¿Sigues en el colegio? ¿De qué pensabas vivir en la jubilación?
Elena se enfadaba, pero sabía que tenía razón. Ser maestra no era buen empleo para una divorciada sin hijos. ¿A dónde ir? A una oficina, con más de cuarenta, no la contratarían. ¿Un comercio? No aguantaría el ritmo. A veces, solo quería llorar.
El autobús llegó a la última parada con una sola pasajera: Elena. Observó el lago que rodeaba el pueblo, los tejados rojos de las casas de los ricos, el campo con cabras pastando. Aquí había espacio, se respiraba paz. Con esos pensamientos, caminó hacia la casa. ¿Suya? ¿O ya no?
Desde lejos vio movimiento en el jardín. Había obreros trabajando.
—¿Se habrá animado María del Carmen a poner un pozo? —se preguntó—. ¿De dónde sacó el dinero? ¿Se lo dio Pablo?
Abrió la verja y saludLa suegra, con una sonrisa pícara, le dijo: “No te preocupes por el pozo, hija, ya verás cómo ese Ivan te saca más que agua de las profundidades”.





