Felicidad Renacida —¡Señor, deje de seguirme a todas partes! Ya le he dicho que estoy de luto por mi marido. ¡No me persiga más! ¡Empiezo a tenerle miedo!— terminé por gritarle. —Lo recuerdo, lo recuerdo… Pero tengo la sensación de que el luto que lleva es por usted misma. Perdóneme —insistía mi pretendiente… …Me encontraba en un balneario, buscando paz y el canto de los pájaros, no la atención insistente de hombres pesados. Hacía poco que había perdido a mi marido de manera repentina. Necesitaba recomponerme y asimilar la dolorosa pérdida. Con Oleg, mi marido, habíamos empezado las obras en casa, estábamos ahorrando, privándonos de caprichos y… de repente, él se puso mal, la ambulancia no llegó a tiempo. Fue su segundo infarto. Al enterrarle, me quedé sin pareja y sin reformas, pero con dos hijos adolescentes. Me sentía derrotada. ¿Cómo superar la pérdida? En el trabajo me adjudicaron un viaje al balneario. Me resistí: no quería ni salir de casa. Las compañeras insistieron: —No eres la primera ni la última viuda. Tienes que vivir, por tus hijos. Anda, Marina, despeja la cabeza. Así que, a regañadientes, fui. Habían pasado cuarenta días desde la muerte de mi marido. El dolor no remitía. En el balneario, compartí habitación con una chica risueña, Vicky. Destilaba alegría y luz, lo cual me irritaba un poco. No quería compartir mi pena con una chica tan joven, ni me parecía algo que ella necesitase. Un animador ya la rondaba. En estos sitios, ya se sabe: tanto solteros como divorciados o viudos abundan. A mí no me engañan… Advertí a Vicky sobre el tipo: seguro que estaba casado dos o tres veces. Ella se reía: —Ay, Marina, no se preocupe por mí. No soy una inocente… Y ese “pajarillo” cada tarde salía a sus citas. Yo pasé la primera semana sin moverme de la habitación. Leía libros sin saber de qué iban, miraba la tele sin ver la pantalla. Una mañana me desperté de mejor humor. Decidí pasear por el bosque y respirar aire fresco: entonces me crucé con un desconocido. Ya le había visto en el comedor: bajito, con mirada descarada, francamente nada de mi gusto. Era un hombre pulcro, impecablemente vestido, afeitado al milímetro. Cada noche me saludaba exageradamente; yo le devolvía el saludo solo por cortesía. Al final, una noche se sentó a mi mesa. —¿Se aburre usted, señora? —preguntó con voz aterciopelada. —Para nada —me puse en guardia. —No mienta, señorita. En su cara se lee tristeza. Quizá pueda ayudarla —insistía aquel hombre. —Acertó. Mi tristeza es por mi marido fallecido. ¿Alguna otra pregunta? —me levanté, dando por finalizada la conversación. —Lo siento, no lo sabía. Le doy mi pésame. Aun así, permítame presentarme. Soy Valentín —se apresuró a decir. Se notaba que Montoro (así lo llamé en mi cabeza) tenía miedo de verme marchar. —Marina —dije a regañadientes y salí pitando. Desde entonces, Valentín se sentaba a cenar conmigo y me traía ramitos de campanillas, que crecían por todos lados. No negaré que era agradable. Pero yo no buscaba ninguna relación… No era el momento. Pero Valentín no cejaba. Hasta empezó a sumarse a mis paseos. Yo incluso evitaba llevar tacones para que la diferencia de altura no fuera tan latente. A él le daba igual: parecía invulnerable a los complejos. Finalmente caí en la cuenta: conquistaba a las mujeres con la voz. Una voz masculina y tentadora, como nunca había oído. Y sí, me estaba atrapando. Empezamos a ir juntos a los bailes de la noche para jubilados, a comprar fruta al pueblo… Varias veces intentó que subiese a su habitación. Yo resistía, cual soldado de plomo. Hasta que Valentín me lo soltó: —Marina, mañana te marchas. ¿Vendrás a mi habitación esta noche… a tomar un té? —Me lo pensaré —respondí, sin comprometerme. Llegó la última noche. Decidí no hacerle un feo y fui a su cuarto, sabiendo en el fondo cómo terminaría… La mesa estaba impecable, llena de exquisiteces. “Habrá tomado prestados los utensilios del comedor”, pensé, divertida. Valentín me ofreció sentarme con galantería. A saber de dónde sacó una botella de cava. —¿Empezamos, Marina? No sé cómo mañana podré separarme de ti. Escríbeme tu dirección. Iré sin falta —dijo, algo triste. —Lo olvidarás al segundo día. Ya os conozco a los hombres. ¿Por qué brindamos, Valentín? —ahora sí, estaba dispuesta a todo. —¿No lo ves? Por el amor, Marina, ¡por el amor! —alzó la copa. A la mañana siguiente, despertamos abrazados. Ay, Dios, ¡por qué me hice tanto de rogar! En fin, me había enamorado como una chiquilla, y ahora tocaba hacer la maleta e irme. Me despedí de mi compañera Vicky, que lloraba en la cama. —¿Qué te pasa, Vicky? —le pregunté. —Estoy embarazada, Marina. Y no sé de quién… —lloriqueaba. —¿El animador? —intenté averiguar. —No sé. Conocí a otro… del balneario de al lado. Casado —se explayó el ‘pajarillo’. —Ay, Vicky, llama a tus padres para que vengan. Y, de momento, vamos al despacho del director del balneario a ver si aclaramos algo —sentencié. Así, la chica salió corriendo, entre sollozos. Aprenderá, pensé. Preparé mi equipaje. No quería irme. En poco más de tres semanas todo se había vuelto familiar, sobre todo Valentín… Llegó el autobús. Valentín vino a despedirme con otro ramito de campanillas. Lloré y le abracé con cariño. Ya estaba: el romance relámpago había terminado. Si él me hubiera pedido quedarme, lo habría dejado todo… Vivíamos en diferentes ciudades. Solo cabía cartearse. Un día recibí una carta… de la esposa de Valentín. Decía que lo sabía todo y que, aunque lo intentase, ella tenía treinta años y yo cuarenta, así que nunca conseguiría nada con él. No respondí. ¿Para qué? Seis meses después, Valentín apareció de improviso en mi puerta. Mis hijos se sorprendieron, pero fueron correctos. —¿Valentín? ¿De paso o…? —pregunté, deseando oír: “Me quedo contigo”. —O… ¿me dejas quedarme, Marina? —dudó en el umbral. Mis hijos, cortados, se marcharon a su cuarto. —Pasa. ¿A qué se debe? ¿Una carta de tu esposa, quizás? —ironizaba yo. —Perdóname, Marina. Te escribí y ella la encontró… Asumo mi culpa. Ya estamos divorciados —me informó. —No sabía que estabas casado… Si lo llego a saber, nada hubiese pasado. ¿Y ahora qué? —no adivinaba sus intenciones. —Cásate conmigo, Marina —propuso, de repente. —No sé… Tengo hijos, ya lo ves. ¿Cómo se lo tomarán? No puedo precipitarme —dudé, aunque su propuesta me alegró. —Los hijos son una bendición. Yo también tengo una hija de diez años —me sorprendió Valentín. —¿Una hija? ¿La dejaste? —me escandalicé. —No, Marina, ¿cómo iba a hacer eso? Me la traeré. Su madre bebe. Seremos una familia unida —me dejó atónita. —Un momento, Valentín. No conozco a tu hija y ya me adjudicas de madre. Estás yendo demasiado deprisa. Déjame pensarlo. Hablaré con mis chicos y veremos. Anda, ven, que te pondré de comer, ‘novio’ —sonreí. La familia “unida” no fue idílica: hubo peleas, discusiones y altibajos. Todos diferentes de carácter y no siempre dispuestos a ceder. …El tiempo vuela. Mi hijo mayor, Andrés, y Alena (la hija de Valentín) se casaron y terminaron enfrentándose a nosotros. Salieron a vivir por su cuenta, acusándonos de haber desmontado las familias anteriores. Según ellos, Valentín nunca debía haber abandonado a su mujer, ni yo, viuda, volver a casarme. Se marcharon orgullosos. Valentín y yo solo podíamos encogernos de hombros y seguir queriéndonos. Pasó un año. Los hijos pródigos no volvían. Alena llamaba a Valentín solo por su cumpleaños. Tres años después, nos invitaron a casa de Andrés y Alena. Sopresivamente —y con cierta sospecha— aceptamos. Resultó que acababa de nacer su hijo. Nuestro nieto común. ¡Qué felicidad! En la comida nos pidieron perdón. Dijeron que la vida da muchas vueltas y hay que saber perdonar. A los padres hay que honrarles: nos dieron la vida. Por eso llamaron al niño Miroslav, para que reine la paz en la familia. Así fue como tuvimos con Valentín nuestra felicidad recién nacida…

¡Ay, Juan, por favor, deja de seguirme! ¡Te lo he dicho ya varias veces, llevo luto por mi marido! ¡No insistas más! Me estás empezando a asustar, ¿vale? Te lo digo porque ya no sé cómo decírtelo más claro.

Ya lo sé, ya Pero es que siento que ese luto también es por ti, ¿sabes? Perdona no paraba mi, digamos, admirador.

Pues mira, estaba en un balneario cerca de Segovia, intentando descansar y, sobre todo, escapar del ruido y las miradas de pena. Lo único que quería era escuchar los pájaros y tener un poco de paz; no soportaba la idea de tener a los hombres pesados de siempre detrás de mí. Mi marido, Ernesto, había fallecido hacía nada, de manera repentina. Me vi completamente perdida, desbordada, con todo lo que eso conlleva.

Nos habíamos metido juntos en las obras del piso, estábamos ahorrando hasta la última moneda, nunca hacíamos planes «a lo loco» y, de repente, a Ernesto le dio un infarto y nada pudo hacer el médico. Era el segundo que sufría y, esta vez, no lo superó. Así que me vi sola, con dos hijos adolescentes, sin pareja y, además, con el zafarrancho de la obra a medias. De esas situaciones que hacen que te caigas de bruces.

La empresa decidió darme una plaza para ir unas semanas al balneario. Me resistí, porque no quería ni salir de casa, pero mis compañeras me animaron entre cafés y abrazos:

Venga, Mercedes, no eres la primera viuda ni serás la última. Tienes a tus hijos, así que tienes que tirar palante. Desconecta Te hará bien, te lo prometemos.

Así que, a desgana, me fui. Ya habían pasado cuarenta días desde el funeral y aún me dolía cada rincón. Cuando llegué al balneario, me pusieron en habitación compartida con una chica, Lucía. Tenía luz propia y una vitalidad que hasta me irritaba en esos días. Supongo que no quería hablar con nadie ni que nadie me sacara el tema de Ernesto; ¡ella era tan joven, qué le iba a contar yo!

Lucía estaba como un cascabel, y había un animador del balneario que se le acercaba con intención. Sabes cómo son estos sitios muchos separados, viudos o simplemente con ganas de juerga. Y a mí no me engañaban: seguro que el animador ese tenía más vueltas dadas que un tambor.

¡Ay, no me asustes, Merche! se reía ella. Que ya tengo experiencia de sobra

Y la «experimentada» se iba todas las noches de cita. Yo, en cambio, no salí de la habitación en toda la semana. Miraba libros, pero no retenía nada, ponía la tele sin verla

Una mañana me levanté con mejor ánimo, abrí la ventana y vi cómo los rayos del sol entraban cruzando el campo de pinos. Decidí salir, darme una vuelta y respirar. Y ahí apareció él: Julián. Ya le había visto en el comedor y, sinceramente, no me había gustado nada. Moi bajito, mirada directa, canoso y demasiado elegante, para mi gusto. Pero sabía andar el hombre, con aire de galán. Cada vez que me cruzaba con él, me hacía una reverencia ridícula, y yo le contestaba con un leve saludo y ya está.

Un día, Julián se sentó a mi mesa:

¿Te aburres, Mercedes? preguntó con una voz que parecía de locutor de radio.

No le dije, cortante.

No me engañes Tienes la pena grabada en la cara. Igual puedo ayudarte no paraba.

Pena tengo, sí, por mi marido que falleció. ¿Alguna pregunta más? tomé la servilleta, me levanté y di a entender que ya estaba bien.

Perdona, no lo sabía. Mis condolencias pero, ¿nos presentamos? Julián.

Le vi nervioso, como si pensara que se le escaparía el tren de su vida.

Mercedes contesté con desgana, y me fui.

Desde entonces, cada cena acababa con él trayéndome un ramito de campanillas. Por allí crecen como la maleza, pero tengo que admitir que el detalle era bonito. No buscaba nada, simplemente dejaba que pasara.

Pero Julián era muy persistente: ya se unía a mis paseos de tarde, y yo empecé a dejar los tacones y a ponerme zapato plano, para que su estatura no resaltara tanto (él ni se inmutaba, oye). Claramente, su gracia estaba en la voz, y eso era de cuidado. Entre tanto, empezamos a ir a los bailes nocturnos del balneario, e incluso alguna vez bajamos juntos al pueblo a por fruta. Julián, en plan sutil, intentó varias veces invitarme a su habitación. Yo, firme como un roble, no cedí.

Hasta que llegó el último día:

Mira, Merche, mañana me voy, ¿por qué no te pasas luego por mi habitación y tomamos un té o algo?

Ya veré respondí yo.

Esa noche, pensé que no pasaba nada por hacerle compañía, sabiendo cómo acabaría todo. Encontré la mesita preparada con gusto y un par de copas de cava de la región. Julián sirvió con tanto cariño que se me ablandó la coraza.

Brindemos, Mercedes ¿Tú sabes lo duro que es separarme de ti mañana? Déjame tu dirección, iré a verte, te lo juro me dijo, con esos ojillos tristes.

Ya os conozco en dos días os olvidáis y ni un WhatsApp. ¿Y el brindis a qué? pregunté yo, ya siendo totalmente suya.

Por el amor, Merche. ¡Por el amor! alzó la copa.

Amanecimos abrazados. ¡Madre mía, todo lo que había estado resistiéndome! ¿Por qué no cedí antes? Si pudiera, lo haría diferente.

Antes de marcharme, Lucía estaba sentada en la cama, llorando como una niña.

¿Te pasa algo, Lucía?

Estoy embarazada, Mercedes. Y ni idea de quién es el padre sollozaba ella.

¿El animador, seguro? quise aclarar la cosa.

No lo sé Conocí también a otro chico del otro balneario, y resulta que es casado me confesó ella.

Ay, Lucía llama a tus padres, que vengan y te ayuden. Y hasta entonces, venga, que vamos a hablar con el director, a ver si puede decirte algo le animé.

Me costó marcharme. En 24 días todo se volvió familiar, sobre todo Julián Cuando llegó la hora de irme, vino a despedirme al autobús con otro ramo de campanillas. No pude evitar emocionarme. En ese instante pensé: «Dímelo y me quedo» Pero él se quedó callado.

Nos separamos y, como es lógico, solo podía esperar alguna carta. Y, mira por dónde, la que recibí era de la esposa de Julián. Decía que lo sabía todo y que conmigo no tenía futuro, que ella solo tenía treinta y yo cuarenta. Ni contesté. ¿Para qué?

Media año después, aparece Julián en mi casa, así, sin avisar. A mis hijos, Alejandro y Sergio, se les quedó una cara de póker, pero se comportaron con educación.

¿De paso por Madrid o qué? me salía preguntar. (Por dentro, soñaba que dijera: «Mercedes, he venido a quedarme.»)

O… lo que surja ¿No me echas? dijo dudando.

Mis hijos se metieron a sus habitaciones.

Pasa ¿Qué te trae aquí? ¿Vienes en nombre de tu mujer, o qué? le pinché.

Perdóname, Merche. Te escribí, pero la carta la interceptó mi ex. Nos hemos divorciado, y quería verte se justificó.

Julián, no tenía ni idea de que estabas casado. De haberlo sabido, nada de esto

Mercedes, cásate conmigo me soltó de sopetón.

No sé Mira mis hijos, no es tan fácil. No puedo decidirme así porque sí le dije, aunque me hacía ilusión.

Tienes razón, los niños son importantísimos. Yo también tengo una hija, Irene, de diez años confesó Julián.

¿Tienes hija? ¿Y la has dejado con su madre?

Pero Merche, ¿cómo voy a dejarla? ¡Me la traigo! Su madre bebe y yo quiero que viva conmigo. Seremos una familia feliz decía convencido.

Para el carro, Julián. ¡No conozco a tu hija y ya quieres que sea su madre! Dame tiempo Hablo con mis hijos y ya veremos. Pasa y come algo, anda le sonreí.

Eso de «familia feliz» pues ya me lo veías venir: nuestra convivencia fue de todo un poco; muchas broncas, cabezonerías y diferencias. Cada uno traía sus heridas y, en esta vida, hay que saber ceder.

Y así, entre peleas y reconciliaciones, el tiempo voló.

Mi hijo mayor, Alejandro, y la hija de Julián, Irene, se enamoraron y, mira por dónde, se casaron. Eso sí, después se pusieron dignos y nos reprocharon el haber formado pareja: que si no debimos romper las familias, que si Julián debía quedarse con su mujer y que, como yo era viuda, mejor sola. Se fueron a vivir por su cuenta, muy dignos.

Julián y yo nos mirábamos y seguíamos queriéndonos, con la cabeza bien alta.

Un año después, ni rastro de los niños. Irene solo llamaba a Julián para felicitarle por su cumpleaños.

Y al cabo de tres años, nos invitaron a casa. Nos sorprendió, pero fuimos. Y ¿sabes lo que pasó? Nos presentamos y ¡nos tenían preparado un nieto! Nuestro nieto común. Nos abrazaron, pidieron perdón y dijeron que por fin entendían que la vida tiene muchos caminos, que hay que saber perdonar.

Por eso el peque se llama Salvador, para que haya siempre Paz y nuevo comienzo en la familia.

Así que ya ves, después de todo, este ha sido nuestro recién nacido milagro.

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MagistrUm
Felicidad Renacida —¡Señor, deje de seguirme a todas partes! Ya le he dicho que estoy de luto por mi marido. ¡No me persiga más! ¡Empiezo a tenerle miedo!— terminé por gritarle. —Lo recuerdo, lo recuerdo… Pero tengo la sensación de que el luto que lleva es por usted misma. Perdóneme —insistía mi pretendiente… …Me encontraba en un balneario, buscando paz y el canto de los pájaros, no la atención insistente de hombres pesados. Hacía poco que había perdido a mi marido de manera repentina. Necesitaba recomponerme y asimilar la dolorosa pérdida. Con Oleg, mi marido, habíamos empezado las obras en casa, estábamos ahorrando, privándonos de caprichos y… de repente, él se puso mal, la ambulancia no llegó a tiempo. Fue su segundo infarto. Al enterrarle, me quedé sin pareja y sin reformas, pero con dos hijos adolescentes. Me sentía derrotada. ¿Cómo superar la pérdida? En el trabajo me adjudicaron un viaje al balneario. Me resistí: no quería ni salir de casa. Las compañeras insistieron: —No eres la primera ni la última viuda. Tienes que vivir, por tus hijos. Anda, Marina, despeja la cabeza. Así que, a regañadientes, fui. Habían pasado cuarenta días desde la muerte de mi marido. El dolor no remitía. En el balneario, compartí habitación con una chica risueña, Vicky. Destilaba alegría y luz, lo cual me irritaba un poco. No quería compartir mi pena con una chica tan joven, ni me parecía algo que ella necesitase. Un animador ya la rondaba. En estos sitios, ya se sabe: tanto solteros como divorciados o viudos abundan. A mí no me engañan… Advertí a Vicky sobre el tipo: seguro que estaba casado dos o tres veces. Ella se reía: —Ay, Marina, no se preocupe por mí. No soy una inocente… Y ese “pajarillo” cada tarde salía a sus citas. Yo pasé la primera semana sin moverme de la habitación. Leía libros sin saber de qué iban, miraba la tele sin ver la pantalla. Una mañana me desperté de mejor humor. Decidí pasear por el bosque y respirar aire fresco: entonces me crucé con un desconocido. Ya le había visto en el comedor: bajito, con mirada descarada, francamente nada de mi gusto. Era un hombre pulcro, impecablemente vestido, afeitado al milímetro. Cada noche me saludaba exageradamente; yo le devolvía el saludo solo por cortesía. Al final, una noche se sentó a mi mesa. —¿Se aburre usted, señora? —preguntó con voz aterciopelada. —Para nada —me puse en guardia. —No mienta, señorita. En su cara se lee tristeza. Quizá pueda ayudarla —insistía aquel hombre. —Acertó. Mi tristeza es por mi marido fallecido. ¿Alguna otra pregunta? —me levanté, dando por finalizada la conversación. —Lo siento, no lo sabía. Le doy mi pésame. Aun así, permítame presentarme. Soy Valentín —se apresuró a decir. Se notaba que Montoro (así lo llamé en mi cabeza) tenía miedo de verme marchar. —Marina —dije a regañadientes y salí pitando. Desde entonces, Valentín se sentaba a cenar conmigo y me traía ramitos de campanillas, que crecían por todos lados. No negaré que era agradable. Pero yo no buscaba ninguna relación… No era el momento. Pero Valentín no cejaba. Hasta empezó a sumarse a mis paseos. Yo incluso evitaba llevar tacones para que la diferencia de altura no fuera tan latente. A él le daba igual: parecía invulnerable a los complejos. Finalmente caí en la cuenta: conquistaba a las mujeres con la voz. Una voz masculina y tentadora, como nunca había oído. Y sí, me estaba atrapando. Empezamos a ir juntos a los bailes de la noche para jubilados, a comprar fruta al pueblo… Varias veces intentó que subiese a su habitación. Yo resistía, cual soldado de plomo. Hasta que Valentín me lo soltó: —Marina, mañana te marchas. ¿Vendrás a mi habitación esta noche… a tomar un té? —Me lo pensaré —respondí, sin comprometerme. Llegó la última noche. Decidí no hacerle un feo y fui a su cuarto, sabiendo en el fondo cómo terminaría… La mesa estaba impecable, llena de exquisiteces. “Habrá tomado prestados los utensilios del comedor”, pensé, divertida. Valentín me ofreció sentarme con galantería. A saber de dónde sacó una botella de cava. —¿Empezamos, Marina? No sé cómo mañana podré separarme de ti. Escríbeme tu dirección. Iré sin falta —dijo, algo triste. —Lo olvidarás al segundo día. Ya os conozco a los hombres. ¿Por qué brindamos, Valentín? —ahora sí, estaba dispuesta a todo. —¿No lo ves? Por el amor, Marina, ¡por el amor! —alzó la copa. A la mañana siguiente, despertamos abrazados. Ay, Dios, ¡por qué me hice tanto de rogar! En fin, me había enamorado como una chiquilla, y ahora tocaba hacer la maleta e irme. Me despedí de mi compañera Vicky, que lloraba en la cama. —¿Qué te pasa, Vicky? —le pregunté. —Estoy embarazada, Marina. Y no sé de quién… —lloriqueaba. —¿El animador? —intenté averiguar. —No sé. Conocí a otro… del balneario de al lado. Casado —se explayó el ‘pajarillo’. —Ay, Vicky, llama a tus padres para que vengan. Y, de momento, vamos al despacho del director del balneario a ver si aclaramos algo —sentencié. Así, la chica salió corriendo, entre sollozos. Aprenderá, pensé. Preparé mi equipaje. No quería irme. En poco más de tres semanas todo se había vuelto familiar, sobre todo Valentín… Llegó el autobús. Valentín vino a despedirme con otro ramito de campanillas. Lloré y le abracé con cariño. Ya estaba: el romance relámpago había terminado. Si él me hubiera pedido quedarme, lo habría dejado todo… Vivíamos en diferentes ciudades. Solo cabía cartearse. Un día recibí una carta… de la esposa de Valentín. Decía que lo sabía todo y que, aunque lo intentase, ella tenía treinta años y yo cuarenta, así que nunca conseguiría nada con él. No respondí. ¿Para qué? Seis meses después, Valentín apareció de improviso en mi puerta. Mis hijos se sorprendieron, pero fueron correctos. —¿Valentín? ¿De paso o…? —pregunté, deseando oír: “Me quedo contigo”. —O… ¿me dejas quedarme, Marina? —dudó en el umbral. Mis hijos, cortados, se marcharon a su cuarto. —Pasa. ¿A qué se debe? ¿Una carta de tu esposa, quizás? —ironizaba yo. —Perdóname, Marina. Te escribí y ella la encontró… Asumo mi culpa. Ya estamos divorciados —me informó. —No sabía que estabas casado… Si lo llego a saber, nada hubiese pasado. ¿Y ahora qué? —no adivinaba sus intenciones. —Cásate conmigo, Marina —propuso, de repente. —No sé… Tengo hijos, ya lo ves. ¿Cómo se lo tomarán? No puedo precipitarme —dudé, aunque su propuesta me alegró. —Los hijos son una bendición. Yo también tengo una hija de diez años —me sorprendió Valentín. —¿Una hija? ¿La dejaste? —me escandalicé. —No, Marina, ¿cómo iba a hacer eso? Me la traeré. Su madre bebe. Seremos una familia unida —me dejó atónita. —Un momento, Valentín. No conozco a tu hija y ya me adjudicas de madre. Estás yendo demasiado deprisa. Déjame pensarlo. Hablaré con mis chicos y veremos. Anda, ven, que te pondré de comer, ‘novio’ —sonreí. La familia “unida” no fue idílica: hubo peleas, discusiones y altibajos. Todos diferentes de carácter y no siempre dispuestos a ceder. …El tiempo vuela. Mi hijo mayor, Andrés, y Alena (la hija de Valentín) se casaron y terminaron enfrentándose a nosotros. Salieron a vivir por su cuenta, acusándonos de haber desmontado las familias anteriores. Según ellos, Valentín nunca debía haber abandonado a su mujer, ni yo, viuda, volver a casarme. Se marcharon orgullosos. Valentín y yo solo podíamos encogernos de hombros y seguir queriéndonos. Pasó un año. Los hijos pródigos no volvían. Alena llamaba a Valentín solo por su cumpleaños. Tres años después, nos invitaron a casa de Andrés y Alena. Sopresivamente —y con cierta sospecha— aceptamos. Resultó que acababa de nacer su hijo. Nuestro nieto común. ¡Qué felicidad! En la comida nos pidieron perdón. Dijeron que la vida da muchas vueltas y hay que saber perdonar. A los padres hay que honrarles: nos dieron la vida. Por eso llamaron al niño Miroslav, para que reine la paz en la familia. Así fue como tuvimos con Valentín nuestra felicidad recién nacida…