Felicidad agridulce: La historia de Denis, el soltero empedernido madrileño, su búsqueda interminabl…

FELICIDAD AGRIDULCE

¿Y qué tiene de malo esa chica? Es buena, educada, ordenada, estudia. Te quiere me reprochó mi madre, Elena Gómez, mientras me observaba con esos ojos de quien espera explicaciones.

Mamá, ya me las arreglo yo… le corté, marcando el final de esa charla inútil.

Ella salió de mi habitación suspirando hondo.

«Que se va a apañar él solo ¡Cuántas mujeres ha pasado ya por su vida! Si va para los cuarenta y así no va a querer ninguna. Nada le convence, nunca nada es suficiente», pensaba mi madre para sí misma.

Hijo, ven a comer me llamó entonces desde la cocina.

Fui enseguida. Me lancé de cabeza al cocido madrileño que había preparado.

Gracias, mamá. Como siempre, está de escándalo.

Ojalá eso se lo dijeras a tu esposa y no siempre a mí me soltó ella, aún dándole vueltas al asunto.

Ay, mamá… bebí mi vaso de gazpacho y me levanté para irme del comedor.

Espera, hijo. Mira, que ahora me he acordado. Una vez fui a que me leyera las cartas una vidente y, nada más entrar, me dijo:

«A tu hijo le espera una felicidad amarga».

Anda, mamá, no hagas caso la tranquilicé sonriendo.

A lo largo de mi vida, fui teniendo varias mujeres, algunas amadas y otras no tanto.

Inés era lista, culta, hasta precozmente sensata. Me aconsejaba como si yo, siendo nueve años mayor, necesitase siempre una guía.

Al principio me gustaba, pero luego la empecé a ver como a una hermana mayor. Nada más. Todo era plano, gris. Lo dejamos.

Paula tenía un hijo de ocho años. No conseguí conectar con él, pese a que sentía cariño por ella. Era guapa, pero tenía un carácter difícil. Nunca era fácil. Tras cada discusión, bien por su culpa o por la mía, le hacía algún regalo para reconciliarnos. Pero eran peleas absurdas.

A esa relación le faltaba algo Tal vez tranquilidad, estabilidad.

Verónica era un ideal. De esas mujeres que parecen únicas.

Estuve a punto de casarme con ella. Me parecía justa, limpia, madura. Hasta me fui a vivir a su piso, dispuesto a tener hijos, al menos dos.

Pero un día volví de un viaje de trabajo y me la encontré en la cama con un antiguo compañero del colegio. La típica historia de siempre

Volví a casa de mi madre. Decidí que ya estaba bien de romanticismos.

Voy a quedarme solo. No es mala opción. La familia más fuerte es la de uno solo le solía decir a mi madre con ironía.

Ella encogía los hombros, resignada.

¿De verdad, hijo, no tendrás tú también tu destino…?

Y el destino apareció, de improviso.

Viajaba yo por trabajo, ocupé mi litera de abajo en el tren. Una mujer entró en el compartimento:

Perdone joven, ¿podríamos cambiar? ¿Me dejaría su litera de abajo, por favor?

Claro, no hay problema le respondí.

La miré de arriba abajo. Nada destacable. Pero el corazón se me aceleró. ¿Habrá llegado mi destino?

Me subí a la litera de arriba y me quedé dormido.

Qué bien que se haya despertado. Siéntese a la mesa, tengo algo para picar me ofreció la desconocida.

Bajé y nos pusimos a charlar.

Me llamo Lucía se presentó ella.

Miguel, encantado, Lucía.

Hablamos toda la noche. Me sentía cómodo con ella, sin necesidad de fingir ni impresionar. Era como si la conociera de toda la vida.

Intercambiamos números de teléfono, por si acaso

Pasaron un par de semanas hasta que sentí la necesidad de oír la voz de Lucía.

Y a partir de ahí, nos enganchamos

Quedábamos, besos, promesas

Ya no entendía cómo había vivido tanto tiempo sin ella. ¡Cuarenta años!

Antes había sabido cortar completamente con cualquier mujer. Pero esto ni límites, ni barreras.

Solo quería sumergirme de lleno en la vida de Lucía.

Me envolvió en amor auténtico, cuidados, comprensión.

A los tres meses, le pedí a Lucía que se casara conmigo.

Miguel, soy siete años mayor que tú. Tengo tres hijos. Vivimos en un piso compartido me confesó Lucía con sinceridad, sin rodeos.

Y eres viuda. Lucía, lo sé todo. Hasta he visto a tus hijos. Viviréis conmigo. Está decidido.

Te amo hasta el último rincón de tu cuerpo. Eres mi casualidad y mi destino definitivo la besé suavemente en los labios.

Bueno, Miguel, vamos a intentarlo contestó ella, con rubor.

No, Lucía, no vamos a intentarlo. Vamos a estar juntos para siempre le cogí la mano. ¿Lo oyes? Para siempre.

Cuando mi madre supo lo que planeaba, solo murmuró:

¡Vaya ha elegido la menos llamativa de todas!

Nueve meses después, tuvimos una niña muy especial. Un ángel.

Yo sentía una felicidad profunda y a la vez preocupación por Lucía. Que no se viniera abajo.

Tener una hija con síndrome de Down no es nada fácil.

Ahora, nuestra hija tiene ocho años y la familia entera la adora.

Yo venero a Lucía.

Felicidad amarga, pero felicidad…

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