Después de comprar una casa junto al mar, los familiares de repente recordaron nuestra existencia.
Nunca habría pensado que alguien podría acusarnos a mi marido y a mí de altivez. Siempre hemos llevado una vida modesta, sin querer destacar. Ambos estamos cerca de cumplir 50 años y este es nuestro segundo matrimonio. Yo no tengo hijos, mientras que mi esposo tiene una hija adulta. Llevamos juntos casi diez años y en ese tiempo hemos logrado crear un hogar acogedor y armonioso.
Fernando vivía en su propia casa en las afueras, mientras que yo tenía un piso en la ciudad. Tras casarnos, me mudé con él y fue la decisión acertada. La vida en el campo rápidamente me conquistó: la tranquilidad, el ritmo pausado, la cercanía con la naturaleza. No éramos aficionados a las reuniones ruidosas, raramente nos visitaban o salíamos a ver a alguien. La única visita frecuente era la hija de mi esposo, Carmen, con quien manteníamos una relación cálida.
Un día, poco después de la boda, fuimos de viaje al mar. Este viaje dejó impresiones imborrables en nuestros corazones. La brisa marina, el sonido de las olas, las playas interminables… todo parecía un paraíso en la Tierra. Entonces nos planteamos: ¿y si al jubilarnos nos mudamos más cerca del mar? Este sueño parecía lejano y casi inalcanzable, pero el destino tenía otros planes.
Inesperadamente, falleció el tío de Fernando, dejándole en herencia un piso de tres habitaciones en la ciudad. Esto nos dio la oportunidad de acercarnos a nuestro sueño. Decidimos vender la propiedad heredada, dejar nuestros trabajos y mudarnos a un pueblo costero. Fernando confió a su hija Carmen la venta de su casa. Ella rápidamente encontró compradores y nos transfirió parte del dinero obtenido; la cantidad restante mi esposo decidió regalársela a su hija.
Así nos encontramos en una acogedora casa junto al mar. Conseguimos trabajo sin mayores problemas y la vida se ordenó. Sin embargo, nuestra idílica existencia fue interrumpida por la inesperada atención de los familiares. Tan pronto se difundió la noticia de nuestra mudanza, comenzaron a llegar visitas: hermanos, hermanas, tías, tíos e incluso parientes lejanos de cuya existencia apenas recordábamos.
Al principio estábamos contentos de recibirlos, pero pronto notamos una tendencia preocupante. Muchos llegaban sin invitación, con las manos vacías, esperando de nosotros la hospitalidad completa. Contaban con alojamiento, comida y entretenimiento gratis. Tras su partida, nos quedaba devolver el orden, lavar montañas de sábanas y reabastecer la despensa.
Era especialmente incómodo cuando algunos familiares llegaban con niños e incluso nietos, sin habernos avisado de antemano. Nuestra casa se convirtió en un hostal gratuito. Fernando y yo nos sentíamos agotados y utilizados.
Por eso decidimos establecer límites. A parientes cercanos, como la hermana de Fernando con su hija y Carmen con su familia, siempre nos alegraba recibirlos. Venían por poco tiempo, traían viandas y nos echaban una mano en la casa. Pero para el resto debimos cerrar nuestras puertas. Dijimos claramente que no podíamos hospedar sin previo aviso ni proporcionarles todo lo necesario.
Esta decisión desató una ola de indignación. Nos tildaron de orgullosos, afirmando que nos habíamos vuelto altaneros y que nos habíamos apartado de la familia. Pero no sentíamos culpa alguna. Cuando vivíamos en el campo, ninguno de estos parientes mostraba interés por nosotros. Ahora, al saber de nuestra casa junto al mar, de repente recordaron nuestra existencia.
Fernando y yo no lamentamos la decisión tomada. Nuestra casa es nuestro refugio, y tenemos derecho a decidir a quién y cuándo recibir. La vida junto al mar nos ha enseñado a valorar las cosas simples: los paseos matutinos por la playa, los atardeceres en la costa, el sonido de las olas. Y no permitiremos que nadie rompa nuestra armonía y tranquilidad.