Familiares quisieron que les cediera mi dormitorio en Nochevieja, pero se marcharon con las manos vacías

¿Dónde pongo esta fuente de gallina en pepitoria? En el frigorífico no hay sitio, está todo lleno de esas cosas tuyas… cómo se llaman carpaccio y aguacates, madre mía, se me retuerce la lengua murmura con fastidio una mujer, forcejeando para encajar una enorme bandeja esmaltada en la balda inferior y apartando con ímpetu unos recipientes perfectamente apilados.

Belén, que está junto a los fogones removiendo con paciencia la salsa del asado, respira hondo y cuenta hasta diez en silencio. Solo han pasado veinte minutos desde que sus familiares cruzaron el umbral, y ya siente que la casa se ha transformado en una especie de feria ruidosa que amenaza con trastocar el orden y la calma que tanto cuida.

Tía Carmen, por favor, pon la fuente en la terraza. Ahora hace frío, está acristalada, la gallina se conserva perfectamente ahí propone Belén con dulzura, procurando mantenerse calmada. En el frigorífico tengo preparados para las ensaladas y no pueden congelarse.

¿En la terraza? bufa la tía, una mujer de complexión fuerte, con un permanente recién hecho y envuelta en una bata de flores abultada que se puso nada más llegar. ¡Pero si ahí entra polvo de la calle! Además, la comida no se debe dejar en el suelo. Bah, ya quito tus botes con hierbas, total, nadie los va a comer. Los hombres quieren carne, no pasto.

Belén lanza una mirada desesperada a su marido. Javier, alto y callado, está sentado a la mesa cortando pan e intentando volverse invisible. Conoce las manías de la tía Carmen y el carácter crítico de su hija, la prima mayor de Belén, Magdalena, que en ese momento examina la ducha y se queja a gritos de la calidad de la baldosa.

Javi, ayuda a la tía a llevar la pepitoria a la terraza ordena Belén, firme. He limpiado y despejado un mueble. No hay ni pizca de polvo.

Javier se levanta obediente, recoge la fuente y desaparece rumbo al pasillo. La tía Carmen, ya sin su carga, vuelve su atención hacia Belén.

¿Estás pálida, niña? Seguro que con eso de las dietas. Piel y huesos. Magdalena, en cambio, está hecha una rosa, da gusto. Tú cada vez más mustia y esa reforma que hicisteis, parece un hospital: blanco y gris, un aburrimiento. Deberíais poner papel pintado de oro, que hay que ver cómo viste y cuánto luce.

A nosotros nos gusta el minimalismo, tía Carmen responde Belén, probando la salsa. Cada uno tiene su gusto.

Justo en ese momento entra Magdalena en la cocina. Es tres años mayor que Belén y siempre la trata con paternalismo, como si la diferencia fueran quince. Le siguen sus hijos, Mateo y Diego, cinco y seis años, con las manos llenas de chocolate.

¿Solo tienes ducha en el baño, Belén? se lamenta Magdalena, sentándose y cruzando las piernas. Creí que sería una bañera decente. ¿Y cómo baño yo a los niños? Les encanta chapotear.

La reforma es para nuestro uso. Preferimos ducha. Los niños pueden ducharse, ya no son bebés replica Belén, conteniéndose.

Esta visita se había planeado hace tiempo, pero Belén esperaba que sus familiares de Valladolid cambiaran de idea. La tía Carmen y Magdalena insistieron en celebrar las fiestas en Madrid, alegando que “hay que reunirse la familia” y “al menos pasear por la bonita capital.” Belén, criada en la costumbre de la hospitalidad, no pudo negarles entrada, aunque recordaba vivamente su última visita, tras la que tardó una semana en recuperar la calma y limpiar su antiguo piso.

Pero entonces vivían en un modesto piso de dos habitaciones, con el suelo desgastado. Ahora, tras mudarse con Javier a un flamante piso de tres habitaciones, recién reformado por un diseñador, sentía que por fin tenía su propio refugio. Todo escogido con mimo, cada detalle fruto de discusiones interminables con los obreros.

Sobre todo, Belén está orgullosa de su dormitorio: el auténtico santuario de paz. Paredes azul noche, cortinas gruesas que bloquean el sol, una cama enorme con colchón ortopédico carísimo y una suave moqueta donde los pies se hunden. Ella y Javier acordaron desde el principio: el dormitorio es zona prohibida para invitados. La puerta, siempre cerrada. Para los familiares, la sala de estar con un sofá grande y, si se tercia, el despacho de Javier con un diván cómodo.

Mamá, tengo sed se queja Mateo, tirando de la manga de su madre.

Ve a pedirle zumo a la tía Belén dice Magdalena, quitándose el problema de encima. Belén, dales algo, que están extenuados del viaje.

Belén saca zumo de manzana del frigorífico y sirve dos vasos.

Con cuidado, por favor, el suelo es de parqué natural advierte.

No seas tan tiquismiquis con el parqué se burla la tía Carmen. Las cosas están para las personas, no las personas para las cosas. Son niños, qué más da. Si manchan, se limpia. Últimamente estás muy nerviosa, niña, demasiado madrileña.

Javier regresa de la terraza y, notando el ambiente tenso, sugiere:

¿Vamos sentándonos ya? Son las cinco, casi tiempo de despedir el año viejo.

La cena empieza de forma caótica. Los niños corretean, Magdalena charla a todo volumen por teléfono con una amiga relatando el viaje, y la tía Carmen crítica cada plato.

¿Ensalada de gambas? remueve un crustáceo con el tenedor. No le veo la gracia. Donde esté una buena ensaladilla rusa esto son tonterías, verde y goma. Belén, podías haber cocido patatas normales, con un poco de perejil. Esto es puré con aceite raro, huele a estropeado.

Es un manjar, mamá dice Magdalena, distraída con el móvil. Aunque prefiero lo sencillo. Belén, pásame las setas. ¿En escabeche casero o compradas?

De la tienda, son ecológicas contesta Belén.

Ajá, claro. Hacerlas uno mismo cuesta mucho remata la tía Carmen. Yo traigo una lata mía, ahora abro y verás lo que es sabor de verdad.

Belén mastica en silencio, fija la vista en el plato. Javier, bajo la mesa, la toma de la mano y la aprieta: Aguanta, solo tres días, parecen decir sus ojos.

Cerca de las ocho, tras la primera botella de cava y con los niños mascando tabletas frente al iPad, llega el tema del alojamiento.

Qué dolor de espalda tengo, hija, entre el autobús y el tren me haría falta estirarme se queja la tía Carmen. Y una cama buena.

Sí, mamá, tienes que descansar secunda Magdalena. ¿Dónde has preparado las camas, Belén?

Belén se pone alerta. Este momento lo tenía muy pensado.

La sala está lista. El sofá es grande, cabéis perfectamente dos adultos y sobra espacio. Para Magdalena y los niños está preparado el diván del estudio, también muy cómodo. Y si falta sitio, tenemos un colchón inflable alto y mullido.

Se hace el silencio. La tía Carmen deja de masticar y Magdalena levanta una ceja.

¿El sofá? ¿Eso es lo que hay? dice la tía, incrédula. Belén, ¿me estás tomando el pelo? ¡Tengo artrosis y hernia! No puedo dormir en un sofá, al amanecer no camino. Necesito una cama decente, blanda y nivelada.

El sofá es ortopédico, lo compramos pensando en los invitados. Es firme, sin huecos explica Belén.

Pero es un sofá, no una cama. Eso es para jóvenes. Yo soy una mujer mayor y enferma. Pensé que nos dejaríais el dormitorio. Dicen que el colchón es una maravilla.

Belén se queda helada. Esperaba caprichos, pero no la exigencia directa de invadir su espacio privado.

¿El dormitorio? pregunta Javier, frunciendo el ceño. Carmen, el dormitorio es nuestra habitación. Ahí dormimos nosotros.

Y qué más da responde Magdalena, fría. Sois jóvenes, dormís un par de noches en el sofá y no pasa nada. Mi madre necesita el colchón. De hecho, mejor las dos con los niños ahí; así están recogidos y no se despiertan.

A ver el calor sube por la cara de Belén. ¿Queréis que Javier y yo salgamos de nuestro cuarto y os demos la cama, mientras nosotros dormimos en la sala de paso?

Belén, no te pongas melodramática salta la tía. Decimos de prestar, no quitar. Son fiestas. A los invitados se les da lo mejor. Mi madre y mi abuela siempre lo hacían. Pero tú te has hecho demasiado urbanita y has olvidado las costumbres.

Tía Carmen, las costumbres son agasajar y cuidar, pero la cama es algo personal, como el cepillo de dientes. Dormimos nosotros en ella. No la vamos a ceder. Lo siento.

Magdalena deja el vaso en la mesa. Retumba el cristal.

¿Así que niegas la cama a tu tía y a tus primos? Hemos viajado trescientos kilómetros, traemos regalos, y nos mandas al sofá como si fuésemos perros.

¿Como perros? se sorprende Javier. El sofá costó mil euros, es comodísimo. A veces me tumbo ahí para ver fútbol.

¡No me hables de precios! chilla la tía Carmen. ¡Es cuestión de respeto! Tu madre, que en paz descanse, se habría muerto de vergüenza. Egoísta, igual que tu padre.

La mención de su madre es un golpe bajo. Belén recuerda cómo esa mujer sacrificó siempre su bienestar por la familia, incluso cuando la tía Carmen tomaba los mejores platos, daba órdenes y se iba dejando todo por limpiar y sin dinero.

No hable de mi madre responde Belén, firme y amenazante. Mi madre era un ángel, y usted se aprovechó de ella toda la vida. Pero yo no soy mi madre. Sé poner límites. El dormitorio está cerrado. El tema está zanjado. Si el sofá no le gusta, cerca hay hoteles, puedo ayudar a buscar habitación.

¿Hotel? Magdalena se atraganta. ¿Nos mandas fuera? ¿A pagar? Mamá, ¿lo oyes?

Te oigo, hija, te oigo. ¡Ay, qué mal me encuentro! Me sube la tensión, agua por favor.

Magdalena corre a por agua y pastillas. Los niños, percibiendo el drama, guardan silencio y observan.

Muy bien Magdalena toma las riendas. Si dormimos en el dormitorio, nos quedamos. Si no, nos vamos ahora mismo. Ni pisamos más este piso, y toda la familia va a saber cómo eres, la nueva señorita de Madrid. Tú decides.

Belén mira a Javier. Él permanece serio pero le muestra todo su apoyo. Está harto de exigencias, de invasión y de que pretendan convertir su hogar en un albergue.

Vaya ultimátum. Yo os estoy acogiendo, la mesa está llena, las camas preparadas. Pero exigís mi cama y amenazas. Si dormir en mi colchón es más importante que estar en familia, vale más que cada uno siga su camino.

¿Así estamos? la tía Carmen se pone en pie, olvidando su artrosis. Magdalena, recoge, niños, vámonos. Antes duermo en Atocha que en este sitio. Mejor con mi amiga Isa, que vive lejos pero al menos tiene corazón.

Empieza el revuelo. Magdalena, con rencor, mete todo en maletas. La tía Carmen suelta improperios por el pasillo, quejándose a quien quiera escuchar sobre lo poco que le quieren.

Devolvedme los regalos exige la tía, en el recibidor. Traje unos paños de lino, y no los habéis merecido. Se los doy a Isa.

Belén, sin decir nada, recoge la bolsa (de paños ásperos que no iba ni a sacar del envoltorio) y la lleva al recibidor.

Aquí están. Y la lata de setas, también.

Nos la llevamos responde Magdalena, arrebatando la bolsa. Y los bombones de los niños, dame eso.

Javier observa el espectáculo apoyado en el marco de la puerta, avergonzado por la inmadurez de los adultos.

La recogida dura quince minutos. Durante ese tiempo, la tía Carmen no deja de vociferar, recordando agravios y pronosticando soledad y helado abandono.

¿Habéis pedido taxi? pregunta Javier cuando empiezan a calzarse.

No necesito nada tuyo responde Magdalena, marcando en el móvil. Mamá, baja, el taxi está a cinco minutos. Esperaremos fuera, aquí no se respira con tanto mal rollo.

Salen todos haciendo ruido, la tía Carmen da un portazo en la puerta nueva, tanto que cae yeso del marco.

La casa se queda en silencio absoluto. Solo se oye el zumbido del frigorífico y el reloj de la sala. En la mesa quedan restos de ensalada de gambas, servilletas desperdigadas y gotas de zumo en el mantel.

Belén se sienta despacio y se cubre el rostro con las manos. Los hombros le tiemblan.

Javier se acerca, le rodea los hombros y le besa el pelo.

Ya pasó, Belén. Se han ido.

Belén levanta la cabeza. No llora, se ríe. Una risa nerviosa, de alivio.

¿Has oído? Mejor en Atocha que aquí. ¡Qué bendición!

Desde luego Javier sonríe. Por cierto, se han dejado la pepitoria. La fuente sigue en la terraza.

Belén se parte de risa.

¡La pepitoria! El tesoro olvidado. Isa vive con su marido y dos gatos en una habitación minúscula, ¡ya verá qué fiesta le espera con el desembarco!

Ya no es nuestro asunto dice Javier, sirviéndose una copa de cava. Al principio me sentía mal, pero cuando habló de tu madre estuve a punto de echarlos yo. Has sido valiente.

Solo defiendo lo que quiero. Nuestra cama, nuestro hogar, nuestra paz Creo que este será el mejor fin de año. Tú y yo, comida para batallón, y ni una queja por la ensalada rara.

Limpian la mesa. Belén recoge platos, Javier los lleva al lavavajillas. El ambiente se despeja; la casa se siente más suya.

Belén se asoma a la ventana. Nieve gorda cubre las calles, el taxi se pierde entre luces y copos. Piensa en sus familiares, que arrastran amargura y resentimiento. Da pena, vivir así debe de ser horrible: más duro que dormir en el sofá.

Javi llama ella. ¿Ponemos música y encendemos velas? Es nuestra fiesta.

Por supuesto contesta él. El asado está a punto el pato que nadie quiso probar.

Una hora después, están sentados en la mesa redonda; velas encendidas, suave jazz, y el pato dorado y jugoso en el centro.

Por nosotros brinda Javier. Por este hogar. Y porque siempre que haya sitio, sea para quienes nos respetan.

Por los límites añade Belén, chocando las copas. Que ahora sabemos mantener.

Esa noche, bien entrada la madrugada, tumbados en el colchón disputado de su dormitorio preferido, Belén siente una paz dulce. El silencio envuelve, las sábanas huelen a limpio y a lavanda, no a perfume ajeno. Imagina a la tía Carmen y Magdalena en casa de Isa o en la estación, quejándose de la señorita de Madrid. Pero no siente remordimiento.

Belén ha aprendido: no hay que agradar siempre a costa de uno mismo. Si el precio de la tranquilidad es la queja de la familia egoísta, merece la pena pagarlo.

Por la mañana, el teléfono no para: otros parientes mandan mensajes creyendo versiones exageradas sobre la pobre tía Carmen abandonada en el frío. Belén ni los lee ni contesta. Pone el modo avión, se estira en la cama y sonríe al nuevo día.

La pepitoria la compartieron después con los perros del barrio. Ellos, agradecidos, nunca se quejaron del ajo ni de la textura. Supieron agradecer el gesto, cosa que algunos humanos nunca aprenden.

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MagistrUm
Familiares quisieron que les cediera mi dormitorio en Nochevieja, pero se marcharon con las manos vacías