**Diario de un hombre**
—¡La familia pasa hambre mientras tú compras pisos! —gritaba mi madre.
—A Elena y a Sofía les tocará un dos habitaciones, y a Arturo, un tres. Al fin y al cabo, él prometió cuidarnos en la vejez —dijo Julio mientras miraba por la ventana, donde la nieve caía suavemente.
Irene asintió en silencio, hojeando un álbum de fotos viejo. En aquellas imágenes amarillentas, sus hijos sonreían: la pequeña Elena con sus coletas, Arturo con los vaqueros rotos y Sofía, cubierta de arena en el parque.
Julio se acercó, se sentó a su lado y posó su mano sobre la de ella: —Es justo. Lo correcto.
No sabían que sería su última conversación. Una semana después, Julio falleció mientras dormía. Simplemente, no despertó.
Elena se enteró de la muerte de su padre de camino al trabajo. Su madre la llamó entre lágrimas: —Elenita… tu padre ya no está.
El mundo pareció detenerse. ¿Cómo? Si acababan de celebrar su cumpleaños…
En el funeral, Elena se mantuvo firme. Ayudó a su madre, consoló a Sofía e intentó hablar con Arturo, quien parecía perdido, con la mirada vacía. Tras el entierro, se hizo cargo de todo: la compra, las facturas, las visitas a su madre.
—Arturo, ¿hasta cuándo vas a estar así? ¡Tienes 25 años! —reprendía Elena. —Déjame en paz. No me digas cómo vivir —murmuraba él, dándole la espalda.
La madre callaba. Para ella, Arturo seguía siendo “su niño”.
Seis meses después, Irene llamó a Elena. —Arturo tiene deudas… He decidido vender los pisos… los dos.
—¿Qué pisos? ¡Papá los ahorró para nosotras! —Pero están a mi nombre. Tú y Sofía os casaréis, vuestros maridos os ayudarán. Arturo se casa pronto.
—Mamá… ¿en serio? —Ya está decidido —cortó Irene.
Elena salió a la calle, bajo la lluvia, sin rumbo. Su amiga Marina la acogió mientras buscaba un préstamo para su propia casa, escuchando maullidos de gatos y el ruido del ascensor a altas horas.
Su madre seguía llamando: —Arturo está en paro. No tienen qué comer. Ayúdales. —¡No puedo! ¡Tengo una hipoteca!
—¡Compras pisos mientras tu familia pasa hambre! —gritaba.
Un día llegó Sofía, llorando. —Mamá quiere que deje la universidad. No puedo hacerlo. —No te preocupes, ven conmigo —dijo Elena.
Alquilaron un estudio. Sofía terminó sus estudios, se casó con un buen hombre y fueron felices. Irene no asistió a la boda.
Luego, más llamadas: —Arturo va a ser padre. Mi pensión será para ellos. ¿Puedo irme a vivir contigo? —No, mamá. No voy a seguir en esto.
—¿Así que echas a tu madre? —gritó.
Elena cambió de número. Solo se lo dio a Sofía.
Pasaron meses. Elena pagó su hipoteca, adoptó un gato rojizo y su vida mejoró. Sofía la visitaba y un día le anunció: —¡Estoy embarazada!
Nació un niño al que llamaron Julio, en honor a su abuelo.
Un día llegó una carta con la letra de Irene: *”Perdóname… me equivoqué. Víctor tiene trabajo. Tengo una nieta. Y tenías razón: hay que amar a todos los hijos por igual.”*
Elena enjugó sus lágrimas y se sentó a escribir. —Le responderé —le dijo a Sofía—. Que sepa que no guardo rencor.
**Lección aprendida:** A veces, incluso los errores más grandes pueden enseñarnos el valor del perdón y la justicia. La familia no siempre es sangre, sino quien está allí cuando más lo necesitas.







