**Diario de Fausta**
Hoy vino Julia con Antonito. Pasaban por aquí después de ir a la tienda y decidieron entrar. Trajeron algo para mí. Julia me abrazó como lo hace siempre, con ese cariño que no necesita sangre para ser verdadero.
Hace trece años, Dios me regaló a Julia. Llegó una noche de otoño, con el frío húmedo que se cuela hasta los huesos. Tocó a mi puerta, y al abrir, la vi: una mujer joven, sucia, con moretones, temblando. “Pasa, cariño, pasa”, le dije, mientras miraba hacia atrás, asustada. “No temas, vivo sola. ¿Qué te ha pasado?”.
Se llamaba Julia. Lloró en silencio mientras le limpiaba las heridas, le servía té caliente y la envolvía en una manta. No quiso comer, pero poco a poco se fue calmando. “Gracias, tía Fausta… Caminé todo el día, no sabía adónde ir”.
Venía de un pueblo cercano, huyendo de un marido cruel que la golpeaba cuando supo que esperaba un hijo. “No quiero niños”, le había dicho él. Pero Julia, huérfana desde pequeña, no tenía a nadie. Cuando la violencia se hizo insoportable, corrió sin mirar atrás.
“Quédate conmigo”, le dije. “Aquí nadie te hará daño”. Y así fue. Antonito nació meses después, y desde entonces, ella es mi hija y él, mi nieto.
La gente del pueblo murmuraba: “Fausta, qué suerte has tenido. Tu hija de sangre te abandonó, pero Dios te mandó a Julia”. Y es verdad. Julia trabaja repartiendo correo, Antonito crece feliz, y yo ya no estoy sola.
Hasta Maximiliano, un vecino bueno y soltero, se fijó en ella. Al principio dudaba: “¿Y si no acepta a Antonito?”. Pero Maximiliano ama a los niños. “Cásate con él”, le aconsejé. “Es un hombre de bien, y viviréis cerca”.
Ahora tienen una niña también. Mi casa sigue siendo mi refugio, pero su risa llena los pasillos. Maximiliano me llama “suegra” y me trata con respeto.
A veces pienso en mi pasado, en cómo mi hija Verónica y mi exmarido me traicionaron. Duele recordarlo, pero Julia borró esa pena. Ella no es de mi sangre, pero es mi familia. Como dice el refrán: *”Más vale solo que mal acompañado, pero mejor aún con quien te quiere de verdad”*.
Hoy, mientras Julia me abrazaba, volví a sentir que la vida me ha dado una segunda oportunidad. Somos como esas flores que crecen entre las piedras: rotas, pero fuertes. Extranjeras al principio, pero propias al final.