Expulsé a mi hijo y a su novia embarazada, y no me arrepiento. Ni un poco.

Puse a mi hijo y a su novia embarazada en la calle. Y no me arrepiento. Ni un poco.

Cuando cuento mi historia, la gente reacciona de distintas formas. Unos me critican, otros empatizan, pero yo siempre digo lo mismo: no, no me da vergüenza. Porque ya hice demasiado por mi hijo como para permitir que se subiera a mi espalda y encima trajera una “familia” entera.

Yo fui madre soltera. Mi marido, un vago y holgazán, nunca quiso ser un padre de verdad. Trabajar no era lo suyo. Fumaba en casa, se iba de juerga con los colegas, me humillaba y vivía a mi costa. Aguante mucho, pero llegó un momento en que entendí: o salía yo adelante, o él. Así que lo eché. Igual que luego hice con mi hijo.

Trabajé como una mula, sin ver la luz del día, solo para que mi hijo Adrián tuviera de todo: comida, ropa, calor, sonrisas. Compré un piso de dos habitaciones en un buen barrio. Pero me pasó lo que a muchas: descuidé lo más importante, el tiempo y la educación.

Mi madre ayudaba, pero demasiado. Crió a Adrián como un pobrecito, un niño al que “el mundo le debía algo”. No sabía hacer nada. Ni cocinar, ni limpiar, ni dar las gracias como es debido. Pero quejarse a la abuela, eso sí lo hacía genial. Yo era una mala madre porque le pedía que lavara los platos, porque no entendía su “alma sensible”.

Con dieciséis años, Adrián ya era más fuerte que yo físicamente, pero al menor reproche salía corriendo a llorarle a la abuela. Al ejército no fue, claro —mi madre lo “libró”—. Estudiar no quería. Trabajar, menos. Se pasaba el día en casa, comiendo, bebiendo con los amigos, gastándome el dinero y jugando a la consola.

Y entonces, como un rayo en cielo despejado: “Mamá, Laura está embarazada”. Laura, su novia de dieciocho años, una universitaria sin oficio ni beneficio. “Vamos a vivir contigo”, me soltó. Ni un “¿podemos?”, ni un “por favor”, ni un “te lo agradeceremos”. Simplemente lo dijo como si fuera mi obligación: “Ahora somos dos, así que nos mantienes y nos das techo”.

Me senté a hablar con él. Le pregunté: “¿Y piensas trabajar? ¿Cómo van a vivir? ¿Crees que puedes criar a un niño sin profesión ni responsabilidad?”. Se quedó callado. Miraba al suelo, se mordía el labio y no decía nada. Ahí lo entendí todo. Se acabó. Crié a un hombre que jamás maduró. Le di todo, y él asumió que así era como debía ser.

El escándalo fue monumental. Le dije las cosas claras. No estaba obligada a mantener a la familia de mi hijo inmaduro. Ni a su chica, que parecía pensar que los hijos son solo zapatitos rosas y sesiones de fotos. Ya le di todo; ahora le tocaba a él dar algo al mundo, o al menos a sí mismo.

Los eché a los dos. Sí, a la chica embarazada también. Porque si son lo bastante adultos para tener un hijo, que sean lo bastante adultos para asumir las consecuencias.

Ahora viven con mi madre. Ella sigue jugando a la salvadora, malgastando su pensión, los pocos ahorros que tiene. Yo le pago la luz y el agua, le compro las medicinas. A mi hijo, cero. Ni un euro. Y así debe ser.

Muchos me dicen: “Pero ¡es tu hijo!”. Y yo respondo: ser madre no significa dejar que te pisen. Ser madre es enseñar. Y a veces, ser dura.

No me arrepiento. Porque si no los hubiera echado, tendría ahora a dos vagos colgados de mí y un bebé de regalo. Y yo, ¿sabes?, también tengo una vida.

Mi hijo podría entenderlo algún día. Quizá no ahora. Quizá cuando sea padre. O quizá nunca. Pero mi conciencia está tranquila. Hice todo lo que pude. Y cuando alguien pisa tu amor con los pies sucios, hay que cerrar la puerta. Aunque sea tu propio hijo.

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Expulsé a mi hijo y a su novia embarazada, y no me arrepiento. Ni un poco.