**Diario de un hombre de sesenta años en Madrid**
Nunca imaginé que, después de veinte años de silencio absoluto, el pasado volvería a mi vida con tanta desfachatez. Y lo más doloroso es que quien lo ha traído de vuelta es mi propio hijo.
A los veinticinco años, estaba locamente enamorado. Javier, alto, carismático y lleno de vida, parecía sacado de un sueño. Nos casamos rápido, y al año nació nuestro hijo, Adrián. Los primeros años fueron un cuento: vivíamos en un pequeño piso en Valencia, compartiendo sueños y proyectos. Yo trabajaba como profesor, él como ingeniero. Nada podía romper nuestra felicidad.
Pero con el tiempo, Javier cambió. Llegaba tarde, mentía, se distanciaba. Quise ignorar los rumores, el perfume ajeno en su ropa. Hasta que no pude negarlo: me era infiel. Una y otra vez. Todos lo sabían: amigos, vecinos, incluso mis suegros. Yo aguanté, por Adrián. Esperé que recapacitara. Hasta que una noche, al ver su lado de la cama vacío, entendí que ya no había vuelta atrás.
Hice las maletas, tomé a Adrián de la mano y nos fuimos a casa de mi madre. Javier ni siquiera intentó detenernos. Un mes después, se mudó al extranjero, supuestamente por trabajo. Pronto encontró a otra mujer y nos borró de su vida. Ni una carta, ni una llamada. Indiferencia total. Y yo me quedé solo. Mi madre murió, luego mi padre. Adrián y yo lo superamos todo juntos: el colegio, enfermedades, alegrías, la selectividad. Trabajé día y noche para que no le faltara nada. No tuve otra relación; no hubo tiempo. Él era mi todo.
Cuando Adrián entró en la Universidad de Salamanca, lo apoyé como pude: con paquetes, dinero y ánimo. Pero no pude comprarle un piso; no llegaba. Él nunca se quejó. Decía que saldría adelante solo. Yo estaba orgulloso.
Hace un mes, vino con noticias: quería casarse. La alegría duró poco. Estaba nervioso, evitaba mi mirada. Finalmente, soltó:
“Papá Necesito tu ayuda. Es por Javier.”
Me quedé helado. Me explicó que había retomado el contacto con su padre, que había vuelto a España y le ofrecía las llaves de un piso de dos habitaciones, heredado de su abuela. Pero con una condición: yo debía volver a casarme con él y dejarle vivir en mi casa.
Me faltó el aire. Lo miré, incapaz de creer que lo dijera en serio. Continuó:
“Estás solo No tiees a nadie. ¿Por qué no intentarlo de nuevo? Por mí. Por mi futura familia. Javier ha cambiado”
En silencio, me levanté y fui a la cocina. Herví agua, preparé té con las manos temblorosas. Todo se volvió borroso. Veinte años cargando solo. Veinte años sin que él preguntara por nosotros. Y ahora regresa con un “trato”.
Volví al salón y dije con calma:
“No. No lo haré.”
Adrián estalló. Gritó, me acusó. Dijo que siempre pensé solo en mí, que por mi culpa creció sin padre, que ahora arruinaba su vida otra vez. Guardé silencio. Cada palabra me partía el alma. Él no sabía cuántas noches me quedé en vela de cansancio, cómo vendí mi alianza para comprarle un abrigo, cómo renuncié a todo para que él comiera carne y yo no.
No me siento solo. Mi vida ha sido dura, pero digna. Tengo trabajo, libros, un jardín, mis amigos. No necesito a quien me traicionó, y que ahora vuelve por conveniencia, no por amor.
Adrián se fue sin despedirse. No ha llamado desde entonces. Sé que está dolido. Lo entiendo. Quiere lo mejor para sí, como yo hice en su día. Pero no venderé mi dignidad por unos metros cuadrados. El precio es demasiado alto.
Quizá algún día lo entienda. Puede que tarde. Pero yo esperaré. Porque lo amo. Con amor verdadero: sin condiciones, sin pisos ni “a cambio”. Lo crié por amor, y no dejaré que el amor se convierta en moneda de cambio.
Y Javier que se quede en el pasado. Allí es donde pertenece.
A veces, la dignidad es lo único que no tiene precio.







