Madrid, 12 de mayo
Hoy es uno de esos días en los que, aunque el sol entra por la ventana, yo sólo siento frío por dentro. No sé ni por dónde empezar. Llevo cinco años de relación con Clara. Cada uno en una ciudad, yo en Zaragoza y ella en Madrid, por razones de trabajo. Hablábamos cada día, compartíamos sueños y ya pensaba pedirle matrimonio. Teníamos planes para vivir juntos, apostarlo todo, y dejar que la distancia fuera sólo una anécdota que contar.
Siempre he confiado en ella. Jamás me había dado motivos reales para dudar. Pero la vida, muchas veces, se encarga de ponerte a prueba.
Hace dos días, recibí una llamada de un número desconocido. Dudé, pero contesté. Al otro lado, un hombre calmado y muy correcto. Se presentó como Javier y fue directo:
No quiero líos, sólo creo que mereces saber algo importante.
Javier me explicó que era ingeniero informático y que, hace poco, había empezado a salir con una chica. Todo muy reciente, sólo unos mensajes, cafés y algo de tonteo, la típica fase inicial para conocerse. Ella, en ningún momento, dijo tener novio. Todo parecía normal hasta que algunas cosas empezaron a no encajarle.
Comentó el tema con un amigo suyo, también saliendo con alguien. Le dijo el nombre de la chica. El amigo se quedó callado y le pidió una foto. Al verla, se puso serio y le soltó algo que lo dejó helado:
Sal de ahí cuanto antes. Esa chica tiene una relación formal desde hace cinco años.
Javier me explicó que esto no era rumor. Era de sobra conocido entre amigos y conocidos. Incluso le describieron detalles sobre mí: que vivía en otra ciudad, que ella trabajaba aquí y usaba la distancia para tener libertad. Para rematarlo, le contó que, además del informático que ni siquiera sabía que yo existía, había otro hombre más, también ingeniero. Este último sí tenía claro que ella tenía pareja y le daba igual.
Fue en ese momento cuando Javier cayó en la cuenta: no había ningún error, ni malentendido. Se trataba de una mujer que mantenía tres relaciones al mismo tiempo: conmigo, un segundo ingeniero sabiendo mi existencia, y él mismo, completamente ajeno a todo.
Me dijo, con absoluta honestidad, que decidió llamarme porque, si existe solidaridad femenina, también debe existir la masculina. No quería participar en ese juego. Localizó mi número en redes sociales y prefirió llamarme antes de escribir. Y añadió:
Si necesitas pruebas, dímelo y te las mando. Yo no tengo nada que ocultar.
Le dije que sí. A los pocos minutos, recibí todo: capturas de conversaciones, audios, fotos, quedadas concertadas. Y la forma en que Clara le hablaba era casi exacta a la que utilizaba conmigo. Mismas frases, mismos halagos, mismas promesas huecas.
El dolor fue tan intenso que pensé que me iba a faltar el aire. Yo que la amaba, que ya reorganizaba mi vida por ella, que estaba a punto de dejar todo atrás y proponerle compartir un futuro.
La llamé. No negó nada. Primero intentó quitarle importancia. Luego se enfadó porque alguien se había metido en su vida. Después lloró. Dijo estar confusa, que no sabía lo que quería, que nunca imaginó que me enteraría así.
Colgué.
Y entonces, mientras el silencio de mi piso me envolvía, entendí algo difícil de digerir: no sólo los hombres son infieles. También hay mujeres que mienten, que juegan a varias bandas, que calculan cada paso y saben exactamente lo que hacen.
He perdido una relación, sí. Pero agradezco a Javier que, sin conocerme siquiera, tuviera la decencia de avisarme. Si no, hoy estaría a punto de comprar un anillo de compromiso en la Gran Vía, invirtiendo mis ahorros en un futuro destinado al engaño.
Quizás he perdido a Clara, pero he recuperado mi dignidad.





