Estoy agotada. Y no, no se trata de un cansancio emocional abstracto. Es un agotamiento físico, mental y económico por mantener a dos adultos que han decidido quedarse en un eterno modo adolescente.

Estoy agotada. Y no, no es un cansancio emocional abstracto. Es un agotamiento físico, mental y económico de sostener a dos adultos que han decidido instalarse eternamente en la adolescencia. Tienen más de veinte años, están sanos, con los móviles más recientes, ropa de marca, comida preparada y una casa que parece un hotel de cinco estrellas. Se levantan después del mediodía y bajan a la cocina a ver qué hay para comer; si no les gusta, ponen mala cara. No preguntan cuánto cuesta. No dan las gracias. No ayudan. Sólo exigen.

Hace años que no estudian nada. Empezaron carreras que abandonaron porque no eran lo suyo. Cursos dejados a medias. Proyectos que ni pasaron del papel. Cada intento termina igual: excusas, cansancio fingido y la confianza de que alguien yo acabará haciéndose cargo de las consecuencias. No trabajan porque no encuentran nada apropiado, pero tampoco aceptan un trabajo corriente. Les parece indigno empezar desde abajo, pero no les da vergüenza vivir a cuerpo de rey.

Aquí no pagan facturas, no participan en la compra, ni compran ni el jabón. La luz, el agua, el internet, las plataformas, el móvil todo corre de mi cuenta. Cuando algo se estropea me llaman pero sólo para avisar que se ha roto. Nunca para arreglarlo. Si hay ropa limpia, la ha lavado otro. Si hay comida, otro la ha cocinado. Si hay orden, otro ha recogido el desastre, como si fueran huéspedes eventuales.

Y aun así, critican. Critican mi carácter, mi rutina, mis decisiones, mi forma de hablar. Me critican si estoy cansada, si tengo mal día, si pongo límites. Se burlan cuando hablo de responsabilidad. Les incomoda cuando menciono la independencia. Me llaman exagerada si les pido que por lo menos ordenen su cuarto o tiren la basura. Me miran con desprecio cuando digo no hay más dinero. Como si mi obligación fuera mantenerles en la comodidad y la tranquilidad.

Lo más doloroso es asumir que no se trata de falta de oportunidades, sino de falta de voluntad. No están perdidos; están demasiado cómodos. Se han acostumbrado a una vida donde todo se da por sentado y nada se valora. Donde la madre es un recurso, no una persona. Donde el dinero de la familia es un derecho adquirido, no fruto del esfuerzo. Y yo, durante años, fui cómplice sin darme cuenta, confundiendo el amor con la paciencia.

Pero ya no. Hoy he entendido que educar no es sostener de por vida, y amar no significa dejar que te agoten. No traje hijos al mundo para criar adultos inútiles con derechos infinitos. Demasiado confort también corrompe. Y el silencio maleduca. Si quieren seguir viviendo en la pereza, tendrá que ser lejos de mi esfuerzo, mi hogar y mi paz. Porque la maternidad no es una esclavitud eterna. También yo tengo derecho a descansar de hijos que no quieren crecer.

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MagistrUm
Estoy agotada. Y no, no se trata de un cansancio emocional abstracto. Es un agotamiento físico, mental y económico por mantener a dos adultos que han decidido quedarse en un eterno modo adolescente.