—¡Esto no es un hostal! —El hermano de mi marido se ha instalado en casa y no hay manera de echarlo
Hace dos años, por fin, mi marido y yo nos mudamos a un piso solo para nosotros. Pequeño, pero nuestro. Bueno, en realidad era de su familia, y durante años lo había ocupado su hermano mayor, Tomás. ¿Que si me hacía ilusión? Mentiría si dijera que sí. Pero, claro, la familia es importante, hay que respetar. Así que me esforcé por aceptarlo, no meterme en sus dinámicas, ser “comprensiva”.
Eso sí, Tomás tenía un *pero* bastante gordo: me sacaba de quicio desde el minuto uno. Treinta y cinco años y ni un día de trabajo serio, viviendo de su madre como si el mundo le debiera algo. Daba lecciones, se hacía el filósofo, el iluminado… y en realidad era más vago que la chaqueta de un guardia.
Cuando nos mudamos, Tomás no estaba. Se había ido a Santander, donde supuestamente “estudiaba” y quería quedarse a vivir. Mi suegra nos dio carta blanca para reformar el piso: pintura, muebles, lo que quisiéramos. Incluso ella decía que Tomás no volvería. Y, la verdad, aquello no era un hogar, era una cueva: paredes marrón tabaco, techo manchado, sofá con los muelles al aire… Parecía el escenario de una película postapocalíptica.
Pasamos días tirando bolsas de basura, semanas durmiendo en un colchón en el suelo y comiendo sobre cajas. Pero al final, el piso renació: paredes claras, muebles nuevos, calidez. Por fin, un hogar de verdad.
Dos años tranquilos. Sin visitas inesperadas, sin dramas. Casi había olvidado quién era Tomás… hasta que mi suegra llamó con voz temblorosa: “Tomás vuelve. Allí no le ha salido nada”.
Mi marido no se inmutó. “Cosas que pasan”, dijo. Pero a la semana, otra llamada: “No viene conmigo, va a vuestro piso. Le ofrecí quedarse en el pueblo, pero *nooo*, él quiere ciudad”. Se notaba la culpa en su voz. Sabía que era un incordio, pero no tenía alternativa.
Y llegó Tomás. Con su mochila, sus cigarrillos y sus manías. Como no tenemos hijos, le cedimos la cocina para poner una cama plegable. Pensé que serían unos días. Error. Se instaló *a lo grande*.
Y empezó el espectáculo: platos sucios en el fregadero, huellas de zapatos hasta en la alfombra del dormitorio, ceniceros a rebosar, el humo tan denso que parecía una taberna de los ochenta… Y luego, las perlas: “¿Tanta carne compras? Hay que ahorrar”, “Así no se limpian los estantes”, “Este detergente es carísimo, qué despilfarro”.
Él, que no ha levantado un dedo en su vida, dándome lecciones. Y yo, aguantando. Encima, a mi marido lo mandan de viaje de trabajo tres meses… y me quedo *sola* con este… inquilino.
Intenté hablarlo con mi marido: que me ahogaba, que no quería compartir techo con un hombre que ni un “gracias” suelta. Pero él solo suspiraba: “Es mi hermano. Está en mala racha. Aguanta un poco”.
Pero ya no puedo. Es *mi* casa, *mi* aire, *mi* espacio. Yo friego, cocino, mantengo el orden. Y él actúa como si fuera su derecho. No quiero parecer una histérica, pero no soy su asistenta ni regento un albergue. Esto no es un piso compartido.
¿Qué hago? ¿Trago con la mugre, los pitillos y los sermones? ¿O planto cara y arriesgo la paz familiar? Me da miedo que, por mantener la calma, acabe perdiéndome a mí misma.







