Ni hablar, Lucía se viene a vivir con nosotros y punto sentenció Eloy, dejando la cuchara sobre el mantel con una pesadez antinatural, como si todo el comedor fuera una balsa suspendida en la bruma. No tocó la cena, clavó sus ojos en el vacío, preparándose para el combate. La habitación ya está, incluso hemos terminado de pintarla hace nada. Así que en par de semanas, mi hija se instala aquí.
¿No te dejas nada en el tintero? preguntó Inés, contando hasta diez en un susurro interior mientras sus palabras flotaban como globos en la penumbra. Por ejemplo, ¿te acuerdas de que la habitación era para nuestro futuro hijo? Ese, sí, el que tendríamos *juntos*. Y por si lo olvidaste, Lucía tiene madre, ¿no debería estar viviendo con ella?
Sé que hablamos de tener un hijo gruñó Eloy, encogiéndose un poco en la silla, como si quisiera plegarse sobre sí. Pero eso puede esperar. Un par de años más, Inés. Además, tú aún estás con la carrera, no es momento de niños. Y Lucía no quiere hermanos ni hermanas. En cuanto a su madre torció una media sonrisa amarga estoy tramitando la retirada de custodia. ¡No puedo dejar a mi hija en manos de esa mujer, sería peligroso!
¿De verdad? las cejas de Inés treparon por su frente, sorprendidas. ¿Pero no tiene ya doce años? Menuda niña para seguir diciendo mi pequeña. Y dime, ¿qué peligro? ¿Que no le deja salir después de las diez? ¿O que la obliga a hacer deberes si no quiere quedarse sin móvil? Conozco madres que habrían echado mano del cinturón hace tiempo, tu exmujer debería tener un altar.
No tienes ni idea masculló Eloy entre dientes. Lucía me enseñó los moratones, los mensajes de insultos y amenazas. ¡Yo no voy a permitir que mi hija termine destrozada!
Eso es justo lo que estás haciendo ahora, maniatado a sus caprichos.
Inés se levantó despacio, la sopa intacta, su estómago hecho un nudo de nubes grises. El ceño de su marido era una puerta cerrada a cal y canto. Recordó las advertencias: No te precipites con el matrimonio. Vive un tiempo, prueba si lo tuyo es de verdad. Pero ella fue lista, autoprofetisa, segura de adelantarse a sus amigas en la carrera de la felicidad… Qué bien sonaba el consejo de los que miran desde fuera.
¿Por qué nadie quería que se casase a toda prisa? Sencillo: Eloy era su segundo matrimonio, le sacaba quince años y tenía una hija casi adolescente a quien trataba como un tesoro antiguo. Tres motivos aparentemente pequeños, pero juntos, un cóctel casi catastrófico.
Las dos primeras razones nunca le molestaron. Es más, a Inés le gustaba el aplomo de su marido, ese saber práctico de quien ya ha estado casado. Además, la divorciada, Beatriz, nunca puso pegas en los acuerdos. Sin embargo, el verdadero problema era Lucía. Cría caprichosa hasta el delirio, siempre a cargo de la abuela porque sus padres trabajaban sin descanso, acumulando euros para el futuro. La separación apenas le afectó, convencida de que su padre jamás la dejaría sola, ni siquiera si volvía a casarse. Lo de la nueva boda de su madre no lo digería tan bien…
El padrastro trajo disciplina, su madre al cambiar de trabajo, más presencia y exigencia. Horario estricto, profesores particulares, repaso diario agotador porque Lucía se había quedado rezagada. Y ella, acostumbrada al sofá y la pantalla, arremetía con embustes a su padre, como si regara el aire con semillas de discordia.
Lucía quería la libertad del piso de su padre, imaginando largas horas sin vigilancia gracias a su agenda laboral. A Inés ni la consideraba; de hecho, ser solo nueve años mayor que la niña no ayudaba nada en lo de imponer respeto.
Para conseguir su “vida libre”, Lucía sería capaz de cualquier cosa.
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Lucía viene hoy. Prepárale la habitación y, por favor, no la agobies. Demasiado ha pasado ya Eloy anunció la noticia ante el armario, eligiendo corbata como quien selecciona sueños. Si llego a saber que Beatriz, por ese tipo, se pondría en contra de su propia hija… pero en fin, no hay vuelta atrás.
¿En serio no lo has pensado mejor? Inés aún albergaba una pizca de esperanza. ¿Vas a traerla aquí, así porque sí? ¿Quién va a supervisarla? A las ocho, con suerte, pisas casa.
Te ocuparás tú respondió encogiéndose de hombros. No tiene tres años, sabe apañárselas.
Tengo los exámenes finales encima, tú mismo dijiste que tenía que concentrarme en la universidad la chica esbozó una sonrisa vengativa. Que Lucía sea discreta y no me moleste, porque en las próximas dos semanas fregar y recoger la casa será su deber honorífico.
No la trates de criada…
Como tampoco lo soy yo le cortó Inés con frialdad. Si va a vivir aquí, tendrá que colaborar. Míralo así: es hora de aclarar las normas de convivencia.
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Papá, ¿vas a dejar que me trate así? Ni salir con mis amigas puedo, y tu mujercita me deja toda la casa y luego se queda mirando la tele tan pancha.
Inés, que escuchaba desde la penumbra del pasillo, sonrió torcida. ¡Ja! Que haga algo, si es que lo consigue. Antes vería lluvia de peces en Salamanca.
Hablaré con Inés, te lo prometo. Pero intenta llevarte bien con ella. Lucía, sé que es difícil, pero no puedo estar encima siempre. Haz el esfuerzo, enséñale lo buena que eres.
Vale… lo intentaré musitó Lucía a regañadientes, sabiendo que de ahí no sacaría nada nuevo. Oye, ¿es verdad que le has comprado un coche?
Sí, ¿por?
Por nada Lucía resopló, mirada centelleante. Y a mí me dices que no tienes ni un euro para un viaje este verano. ¡Y yo que soñaba con irme al extranjero!
Sola no puedes ir, tienes doce, no seas dramática. Este verano todos juntos.
¡No quiero ir en familia! No me quieres nada, ¿verdad? sollozó la niña, un hilo de cristal en su voz. ¿Para qué me has traído de casa de mamá, entonces? Sólo le estorbo a tu esposa y tú nunca tienes tiempo…
Inés decidió no escuchar más. Sabía de sobra que Lucía acabaría saliéndose con la suya, y no solo en lo del viaje. La cría lista quería ser la única aspirante a los euros de papá, y parecía que iba a lograrlo.
La joven estaba harta de reproches. Había tomado una decisión: una pelea más y pediría el divorcio. Eso sí, antes le amargaría la victoria a Lucía anunciando que, aun separándose, Eloy tendría que pasarle dinero: como pensión alimenticia.
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Por supuesto, lo de siempre: la tarde arrancó con un desfile de acusaciones. Inés escuchó, se levantó y dijo, tranquila, que presentaría la demanda de divorcio.
Quiero tranquilidad, no cargar con insultos todos los días. Y, por cierto, ya te lo voy avisando: consentir todos los caprichos de tu hija es tu mayor error al descubrir la sonrisa de triunfo en Lucía, Inés no dudó en arrancársela. Y tú tampoco te regodees tanto. Quién sabe cómo te irá la vida. Por ejemplo, puedo poner a tu padre contra las cuerdas con un ultimátum: si quiere ver a nuestro hijo dijo, acariciándose la tripa sin embarazo alguno, sólo para inquietar a la mocosa, tú tienes que regresar con tu madre. O algo por el estilo.
Mientras Lucía buscaba palabras y Eloy intentaba asimilar la escena, Inés cogió la maleta preparada y salió al zaguán, como quien se abandona a un Madrid envuelto por la niebla, inventando una realidad distinta en cada esquina. No estaba embarazada, sólo quería turbar a la niña y darle una lección al hombre: que no entendía nada de las turbulencias de la infancia.







