Esto ni se discute.
Jimena vendrá a vivir con nosotros, ni lo pienses dijo Ramón dejando la cuchara a un lado. Ni he tocado la cena, porque necesitaba prepararme para esta conversación. La habitación ya está, justo terminamos de reformarla. Así que en un par de semanas, mi hija se muda aquí.
¿No te olvidas de algo? Victoria contó mentalmente hasta diez antes de responder. ¿Por ejemplo, que esa habitación era para nuestro futuro HIJO EN COMÚN? ¿O de que Jimena tiene madre, y debería vivir con ella?
No se me olvida que hablamos de tener un hijo contestó Ramón con el ceño fruncido, pensando que su esposa aceptaría sin rechistar. Pero se puede posponer dos o tres años. Además, todavía te falta terminar la carrera, no es el momento. Y además Jimena no quiere hermanos. Y en cuanto a su madre… puso una media sonrisa amarga, le voy a quitar la patria potestad. A la niña es un peligro dejarla en casa con esa mujer.
¿De verdad niña? Victoria arqueó una ceja, sorprendida. ¿No tiene doce años? ¡Ya es una preadolescente! ¿Dónde está el peligro? ¿En que su madre no le deja salir a la calle después de las diez? ¿O en que le quita el móvil o el internet por no hacer los deberes? ¡Pues tu exmujer me parece una santa si aún no se ha planteado usar la zapatilla!
No tienes ni idea soltó Ramón entre dientes. Jimena me ha enseñado moratones, me deja leer mensajes con insultos y amenazas. ¡No voy a permitir que le destrocen la vida a mi hija!
Justo eso es lo que estás haciendo ahora, cediendo a sus caprichos.
Victoria se levantó con cuidado de la mesa, dejando la sopa casi intacta. Se le había quitado el apetito y la expresión molesta de su marido le dolía la cabeza. Ya se lo advirtieron: no te cases tan deprisa, espera unos años, pon tu amor a prueba Pero ella, por supuesto, sabía lo que hacía. Y claro, quería ser la primera de sus amigas en casarse…
¿Por qué sus conocidos se oponían tanto a esa boda rápida? Era sencillo: era el segundo matrimonio de Ramón, le llevaba quince años, y tenía una hija bastante crecidita, a la que adoraba. Tres razones que, por separado, apenas parecen nada, pero juntas son casi una bomba de relojería.
En realidad, las dos primeras razones no le suponían ningún problema. Al revés, le reconfortaba que él fuera mayor y tuviera experiencia. Y Victoria sabía de buena tinta que el divorcio fue de mutuo acuerdo, sin malos rollos de por medio.
El verdadero problema era Jimena. Una cría mimada y rebelde, criada casi toda la vida por la abuela porque los padres estaban todo el día trabajando para darle un buen futuro. El divorcio no le afectó demasiado, porque sabía que su padre nunca la dejaría tirada aunque se casara de nuevo. Pero el nuevo matrimonio de su madre Eso sí que no se lo esperaba.
No solo su padrastro se puso estricto, sino que su madre, tras cambiar de trabajo y pasar mucho más tiempo en casa, apoyaba al nuevo esposo en todo.
Horarios estrictos, deberes, profesores particulares porque Jimena iba rezagada Todo aquello ponía de los nervios a una niña acostumbrada a estar horas y horas frente al televisor o el ordenador. Tanto, que empezó a inventar historia tras historia, volviendo loco a su padre.
Jimena quería vivir con él, sabiendo perfectamente que, por su trabajo, pasaría la mayoría del tiempo sola. A Victoria, ni la tenía en cuenta, ni pensaba obedecer a una madrastra que apenas le sacaba nueve años.
Y por esa vida más libre, estaba dispuesta a todo.
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Jimena llega hoy. Tenle la habitación preparada y, por favor, no la agobies, que ya ha pasado bastante Ramón expuso el asunto como si no hubiera alternativa, mientras se abrochaba la corbata de su traje nuevo. Si hubiera sabido antes que Alicia maltrataría así a su hija por un hombre Pero da igual, lo hecho, hecho está.
O sea, ¿que no has cambiado de idea? ¿En serio quieres llevártela aquí? Victoria aún esperaba que algo fallara. ¿Y quién la va a cuidar? Llegas a casa, con suerte, a las ocho.
Tú puedes vigilarla encogió los hombros Ramón. No es una niña pequeña, se vale por sí sola.
Tengo la convocatoria de exámenes encima, tú mismo me dijiste que debía centrarme en los estudios respondió ella con una sonrisa ácida. Que se porte bien y no me moleste. Espero que sepa fregar platos y barrer, porque esas serán sus tareas de honor en las próximas semanas.
No es una criada…
Tampoco yo le cortó Victoria. Pero si va a vivir aquí, tendrá que colaborar en casa. Más te vale sentarte a hablar con ella sobre las normas.
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Papá, ¿le vas a dejar que me trate así? Ni salir con mis amigas puedo, tu mujer me pone a limpiar toda la casa y ella, tan tranquila en el sofá, mirando la tele.
Victoria, que pasaba cerca, apenas pudo evitar reírse. ¡Como si consiguiera obligarla a hacer nada! Antes verían renos en Sevilla.
Hablaré con Victoria, lo prometo. Pero tú también tienes que poner de tu parte. Jimena, sé que te cuesta, pero yo no puedo estar pendiente todo el día. Intenta entenderte con Victoria, enséñale que eres una chica estupenda.
Vale, lo intentaré farfulló Jimena, sabiendo que hoy no sacaría nada. Por cierto, ¿es verdad que le compraste un coche?
Sí, y ¿qué pasa?
Nada, nada… ¡Pero a mí me dices que no tienes dinero para mandarme de vacaciones al extranjero! ¡Y era mi sueño!
No puedes ir sola, tienes doce años, y yo trabajo. El verano próximo, nos iremos todos juntos.
¡Pero yo no quiero ir en familia! ¿Ves? No me quieres nada, ¿verdad? la niña rompió a llorar. ¿Para qué me trajiste aquí? Le estorbo a tu mujer, y tú nunca estás…
Victoria dejó de escuchar. Entendió que al final, Jimena iba a salirse con la suya. Y eso no solo con el viaje. La niña estaba dispuesta a echar de la familia a quien le quitara una pizca de protagonismo. Y lo iba a lograr.
Victoria estaba cansada de los reproches de su marido. Se lo había planteado en serio: una bronca más y se acabó el matrimonio. Y para rematar, pensó en amargarle un poco a la pequeña la victoria, recordándole que, tras el divorcio, Ramón tendría que pasarle dinero. Como pensión.
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Y sí, Victoria tenía razón. La cena empezó con una ristra de quejas. Ella las escuchó, y sentenció, tranquila:
Voy a pedir el divorcio. Quiero vivir en paz, no ser el blanco de quejas todos los días. Y, sí, ya te advertí que ceder ante los caprichos de tu hija era un error al ver la sonrisa triunfante de Jimena, Victoria se apresuró a ponerle los pies en la tierra. Y tú, no te alegres tanto, nunca se sabe cómo acaba la vida. Por ejemplo, puedo darle a tu padre un ultimátum: si quiere ver a nuestro hijo se acarició la barriga fingiendo estar embarazada, tendrá que devolverte con tu madre. Y cosas por el estilo.
Mientras Jimena buscaba palabras para expresarse y Ramón trataba de digerir la situación, Victoria recogió su maleta y se marchó del piso. No estaba embarazada, pero quería ponerle nerviosa a la niña y darle una lección al hombre, que poco tenía de psicólogo infantilEn el pasillo, al cerrar la puerta tras de sí, Victoria sintió el silencio. No era tristeza: era alivio. Cargaba su futuro a la espalda, ligero y, por primera vez, suyo. Había aprendido que a veces amar también significaba soltar.
Al otro lado de la puerta, la sala quedó enmudecida. Ramón miró a su hija, desconcertado. Ya no había culpables externos: solo quedaban dos personas que tendrían que mirarse sin excusas, sin más defensas. Jimena, súbitamente, se sintió pequeña en aquel piso enorme, la victoria colgando como peso muerto del cuello. Quiso llamar a su madre. Quiso, incluso, llamar a Victoria. Pero no lo hizo.
En la calle, Victoria respiró hondo. El aire frío de la noche la llenó de posibilidades. Sonrió, imaginando cómo contaría la historia años después: la chica que huyó a tiempo de una casa en guerra, que no dejó que el destino dictara por ella. Sintió, quizá por primera vez, que podía inventarse de nuevo.
Y así, mientras Ramón y Jimena se enfrentaban al fin a lo que quedaba de ellos, Victoria dio el primer paso hacia una vida en la que las batallas ajenas ya no marcarían su rumbo. No miró atrás.
A veces, para ganar en la vida, hace falta tener el valor de perder primero.






