Te cuento una cosa del último verano, que fui a una clínica de ayuno terapéutico cerca de Zaragoza, para hacerme una buena limpieza por dentro. Uno de esos días decidí tumbarme al sol en la terraza, y justo al lado, en otra hamaca, se tumbó una chica espectacular, de esas que parecen recién salidas de una pasarela de Madrid.
Nos pusimos a hablar, te puedes imaginar, sobre todo de por qué habíamos ido a ayunar. Y ella, toda convencida, me dice:
Necesito perder 400 gramos.
Yo me eché a reír pensando que era una coña, pero qué va, lo decía en serio. Entonces me suelta:
Llevo un año así, gorda. Mi novio me ha dicho que si no adelgazo me deja Mira y se pellizca la barriguita, me da vergüenza hasta sentarme.
Te juro que me quedé pillada con el tema y desde entonces, para mí, quedó como Lucía 400 gramos.
Por lo visto, su novio debía pensar que chicas como yo deberían tirarse por un acantilado, porque en la Esparta ideal solo hay sitio para la gente delgada y perfectita, y las que tenemos panecillos estamos fuera de juego.
El otro día caí en una celebración con gente a la que apenas conocía, en un restaurante súper chulo en el centro de Toledo. Y allí, en un sillón, estaba sentada una señora elegantísima, con las piernas cruzadas, medias de esas que brillan, y un zapato medio colgando mientras bebía agua en copa de vino, acaparando todas las miradas masculinas.
Pues aparece su marido, se acerca saludando a todos los hombres, y cuando pasa a su lado le suelta entre dientes con mala leche:
Tápate un poco, ¡que estás exhibiendo las piernas!
La pobre se puso tiesa, roja como un tomate, pidió una manta y se tapó hasta las orejas, aunque estábamos al lado de la chimenea. El resto de la noche la pasó encogida, triste, como un pajarito asustado.
Tiempo después me dio por leer biografías de escritores, a ver si encontraba el secreto de su éxito en cómo vivían. Se me quitaron las ganas rápido, porque no hay quien encaje al genio con la persona normal, llena de debilidades.
Dejé de leer biografías justo con León Tolstói. Yo amo Ana Karenina, pero hubo cosas de su vida que simplemente no pude digerir. Tenía una obsesión rara con la muerte, y además, cuando su esposa Sofía, tras su quinta hija (María), enfermó gravemente y los médicos le prohibieron seguir teniendo hijos, él soltó:
Pues entonces, ¿para qué la quiero?
Y al final, Sofía tuvo 13 hijos
Ahora, miro Instagram y parece que todo son muñecas Barbies perfectas paseándose por Valencia o por Gijón. Van del gimnasio al solarium y de ahí al spa, buscando el cuerpo perfecto, con ayuda de toda la industria de la belleza, claro. Son profesionales de ser guapas y eso es un curro carísimo y agotador, ojo.
Yo respeto cualquier trabajo, pero parece que ahora se les ha ido la olla. Las chicas quieren ser guapas para ser queridas, buscan gustar a los chicos y seguir el estándar: delgadas, cejas estilizadas, labios rellenos y trasero de melocotón. Todas se esfuerzan en encajar ahí, y luego los chicos no saben ni con cuál quedarse, porque parecen clones.
Una vez, estando en el mercadillo de jardinería con mi marido, él comprando cosas para la casa del pueblo y yo deambulando sin mucho plan, acabé en el puesto de figuras de jardín. Vi gnomos con gorros rojos que parecían setas y dos tíos eligiendo cuál era el más guapo.
Uno estaba toqueteando los gnomos, dándoles vueltas y el otro le suelta muerto de risa:
Venga, tío, decide ya Ayer elegías chicas igual de serio que eliges gnomos
¡De traca!
De verdad, chicas: Lucía 400 gramos, Silvia Cúbrete las Piernas, Sofía 13 hijos ¿Cómo podéis no quereros? ¿Por qué aceptáis ese trato de producto defectuoso y llamarlo amor? ¿Quién nos convenció de que la felicidad depende de tener el cuerpo y la cara perfectos?
Tengo mil pruebas de que la apariencia ni garantiza amor ni tiene nada que ver con la felicidad. Conozco a una que conoció a su marido en la planta de nefrología de un hospital en Sevilla, con bata y tan pálida que daba cosa, y tubo de orina colgando debajo de la bata, y aun así el chico cayó rendido.
O la gran Frida Kahlo, ¿la habéis visto bien? ¿Sus cejas? Pues tuvo a los mejores a sus pies.
Te cuento, hace años me quitaron una muela del juicio fatal, la boca me quedó destrozada, infección, fiebre altísima, la cara hinchada como un balón. Ahí estaba yo, echa polvo en casa, solo podía tomar yogur líquido, que mi marido me daba con toda la paciencia del mundo.
Me salían unos bigotes de leche y yo, al mirarme al espejo, lloraba de lo fea que estaba. Y va él y me suelta:
Eres la tía más guapa del mundo, ¿lo sabes? Ahora también. ¿Te casas conmigo? ¿Te casas?
Y ni te imaginas la emoción. Luego sí, vino el restaurante, el anillo, arrodillado, los aplausos y todo el cuento, pero yo siempre recordaré esa primera declaración, la de verdad. Porque la belleza no va del envoltorio, y el amor mucho menos de la perfección.
Son los defectillos los que nos hacen únicos y nos hacen adorables, por eso nos quieren los que de verdad nos aprecian. La perfección ni existe ni falta que hace; cada uno la ve a su manera.
Mira, hace poco decidí ponerme ortodoncia porque tengo los dientes tal y como salieron. Mi marido fue el primero en animarme, pero diciéndome:
Me encanta tu sonrisa tal cual, solo hazlo si te apetece a ti.
Después de tener a mi primer hijo llegué a pesar 118 kilos y mi marido me seguía diciendo piropos, sin dejarme motivación para adelgazar. Bajé cuando yo quise, a mi ritmo.
El otro día viendo fotos antiguas, pregunté:
¿Por qué no me dijiste nunca que adelgazara, si estaba enorme?
Y él:
Porque estabas para comerte. Haz lo que te apetezca, que a mí me gustas igual.
O aquel verano, hace unos cinco años, que por un brote de psoriasis se me llenó el cuerpo de manchas y, aun así, fuimos a la playa. Yo, muerta de vergüenza, no quería ni quitarme la ropa, y mi marido ni lo notó. Para él, yo seguía siendo la misma.
No es que te esté vendiendo a mi marido, sino el tipo de relación. Si tu pareja solo te exige cumplir sus estándares de belleza, eso no es amor, es puro dominio.
Eres una maravilla, un manzanita precioso, y si él sólo ve gusanos, entonces no quiere una manzana, ¡quiere tener el poder!
Puedes seguirle por miedo a perderle, pero ¿has pensado bien a quién perderías? ¿A un tirano para quien eres poco más que un gnomo con gorro de seta?
Claro que todos los hombres tienen algo de macho dominante. Pero el respeto no se gana infundiendo miedo, sino admiración y cariño.
La sumisión debe ser una decisión propia, y uno sólo debería dejarse guiar por alguien en quien confía de verdad, porque es fuerte, fiable y tierno.
Y el derecho a tomarte de la mano hay que ganárselo.





