Este verano fui a una clínica de ayuno terapéutico para depurar mi organismo. Un día, mientras tomaba el sol, cerca de mí en una tumbona, descansaba una chica preciosa con un aspecto de modelo.

Verano en Segovia. Apunté a una clínica de ayuno terapéutico; necesitaba limpiar mi cuerpo y despejar la mente. Un día, al salir a tomar el sol en la terraza, reparé en una chica preciosa, de esas que parecen recién salidas de una sesión de Vogue, tumbada en la hamaca de al lado. Nos miramos, surgió una sonrisa y enseguida entablamos conversación. Hablábamos sobre las razones que nos habían llevado hasta allí, entre sorbos de agua con limón.

Me sobran cuatrocientos gramos, confesó ella con voz ligera y dulce acento de Valladolid. Me reí convencido de que bromeaba, pero vi que no.

Llevo un año sintiéndome gorda. Mi novio ha soltado que me deja si no bajo de peso Mira esto y pellizcó suavemente la piel del vientre, me da vergüenza hasta sentarme

No pude quitarme aquel encuentro de la cabeza durante días. A partir de entonces, la recordé como Lara 400 gramos. Supongo que, para su novio, personas como yo directamente deberían lanzarlas al Tajo, porque en la mítica Esparta sólo tienen cabida los cuerpos perfectos; los rellenos, mejor fuera del mapa.

Hace poco, coincidí en una cena multitudinaria en un restaurante en La Latina. La ocasión era especial y todo el mundo se había emperifollado. Recuerdo una mujer elegantísima, piernas cruzadas, medias finas brillando bajo las luces, zapato de tacón colgando juguetón; bebía agua con elegancia de copa de vino, y la miraban todos los hombres de la sala. De pronto, su marido apareció, saludó estrechando la mano de todos los caballeros y sin mediar dulzura le soltó entre dientes: Tápate, que lo enseñas todo. Ella, sobresaltada, se incorporó rápida; pidió una manta al camarero estando sentada junto a la chimenea, y pasó el resto de la velada retraída y encogida como un gorrión.

Movido por aquello, intenté buscar inspiración en las vidas de los grandes autores españoles: Machado, Galdós, Pardo Bazán para ver si encontraba la receta del genio en sus hábitos. Dejé ese empeño en cuanto me topé con anécdotas que hacían difícil encajar la miseria humana con la grandeza creativa. Nunca olvidaré al leer la biografía de Benito Pérez Galdós, tan admirado por Fortunata y Jacinta, y cómo trataba a las mujeres en su vida privada. Cuando, tras su quinto hijo, su mujer Aurora estuvo enferma y los médicos desaconsejaron que volviera a quedarse embarazada, él se limitó a soltar: Pues si no puede, ¿para qué la quiero?. Y así, Aurora tuvo doce hijos más

Instagram. Invadido de muñecas españolas, todas con el mismo programa: gimnasio, rayos UVA, masajes reductores y mucho spa. No hay día que no suban stories marcando cintura y glúteo, con poses milimétricamente diseñadas. Son bellísimas y la industria de la belleza les acompaña en cada paso, pero en el fondo, su jornada es tan dura y cara como cualquier otra profesión.

Respeto todos los oficios, de corazón, pero aquí en España parece que lo hemos vuelto a mezclar todo; las chicas buscan ser bellas para que las quieran, para que los chicos las elijan, porque alguien dictó: guapa es esto; delgada, ceja fina, labios de moda, trasero redondo Y todas a ajustarse al molde. El resultado: a los chicos les cuesta distinguir entre tanta muñeca igual.

Un sábado acompañé a mi mujer al mercado de plantas de Chamartín, ella arrastraba los pies aburrida y yo trasteaba entre las figuras del puesto de jardín: faroles, flores, regaderas, conejos y zorros. Dos hombres discutían animadamente entre varios gnomos enormes con sombreros rojos: uno los sopesaba, les daba la vuelta, los ojeaba; el otro, muerto de risa, le soltó: Venga, tío, decide ya Ayer con las chicas de compañía ponías la misma cara. Me dio tal ataque de risa que aún se me escapa la carcajada al recordarlo.

Chicas, preciosa Lara 400 gramos, Sofía Tápate, Aurora 13 hijos ¿Cómo podéis no quereros, no valoraros? ¿Aceptasteis el trato de segunda mano como si fuera amor de verdad? ¿Quién os dijo que un cuerpo perfecto es condición indispensable para ser feliz en pareja?

Conozco mil ejemplos reales de amor auténtico donde el físico nunca fue determinante. Una amiga mía conquistó a su marido en el hospital Clínico de Madrid, en bata, pálida como el papel y con la bolsa de orina asomando entre risas debajo del camisón.

Y mirad a Frida Kahlo bueno, la nuestra Lola Flores; cejas indomables, rostro peculiar y todos los hombres más notables de su época a sus pies.

Hace años, tras una extracción de muela del juicio que salió fatal, volví a casa magullado, la boca rajada, fiebre de cuarenta y la cara hinchada cual pan gallego. Mi mujer, lejos de asustarse, me dio yogur con tanta ternura que no pude evitar reírme de mis propios bigotes de leche en el espejo, llorando de miedo y vergüenza. De pronto, dijo: Eres el hombre más guapo del mundo. El más guapo. Incluso así. ¿Te casas conmigo?. Aún no había anillo, ni cena especial, ni coro de aplausos. Pero ese, su primer cásate conmigo, lo recuerdo con todo el temblor de la vida verdadera, porque belleza no es lo que se ve y amor no es perfección.

Nuestros defectos nos hacen humanos y únicos. Esos detalles son los que realmente conquistan. La perfección ni siquiera existe, o mejor dicho, cada uno tiene la suya.

Hace poco decidí ponerme ortodoncia; mis dientes estaban torcidos y quería cambiarlos. Mi mujer sonrió y me dijo: Adoro tu sonrisa. Si tú lo quieres adelante, pero yo los dejaría tal cual.

Tras el primer hijo llegué a pesar casi 120 kilos y, mientras, mi mujer me llenaba de elogios y caricias hasta quitarme cualquier urgencia por adelgazar. Adelgacé cuando yo lo quise. Vimos fotos de aquellos días y le pregunté: ¿Por qué nunca me pediste perder peso? Estaba enorme. Sonrió: Eras mi bollito dulce; adelgaza si tú quieres, a mí me encanta igual.

Hace cinco veranos, un horrible brote de psoriasis me impidió ir a la playa. La piel llena de manchas, me negaba a enseñar el cuerpo. Mi mujer, al ver mi preocupación, sólo me preguntó sinceramente: ¿Pero qué pasa? La miré y supe que no veía manchas, veía a su pareja de siempre.

No pretendo venderos a mi pareja; hablo de una relación sana, de admiración, nunca de exigencia. Si el hombre os pide encajar en sus cánones constantemente, no busca amaros, sino mandar. Si no ve nada bueno en vosotras, sólo los fallos, no busca un amor. Busca poder.

Podéis seguirle por miedo a perderle. Pero, ¿a qué vais a perder? ¿A un tirano que os ve como un gnomo de jardín disfrazado?

Todo hombre desea ser admirado, sí, pero no a base de miedo, sino de verdadero respeto y fascinación. La sumisión verdadera no se impone, se elige cuando él inspira confianza, fuerza, seguridad y dulzura. Entonces sí dan ganas de seguir a su lado hasta el fin del mundoy sólo así el derecho de llevaros de la mano se gana, no se exige.

Hoy escribo esto para recordarme que nuestra mayor conquista es querernos con nuestros matices. Ese es el verdadero secreto que aprendí.

Rate article
MagistrUm
Este verano fui a una clínica de ayuno terapéutico para depurar mi organismo. Un día, mientras tomaba el sol, cerca de mí en una tumbona, descansaba una chica preciosa con un aspecto de modelo.