Este es el hijo de Íñigo…

Es hija de Alejandro…

La historia tuvo lugar hace apenas unos días, en un renovado piso de la cuarta planta de un edificio de nueve en pleno centro de Valladolid. Allí vivía una mujer jubilada pero aún trabajando, una mujer sola llamada Carmen.

Su vida no auguraba nada fuera de lo común; todo marchaba estable: la pensión, el trabajo, las amigas del club de lectura, las visitas a los nietos en Salamanca y la ayuda a su anciana madre, que vivía sola en el otro extremo de la ciudad.

Ese día era como cualquier otro. Por la mañana, Carmen llamó a su madre para ver cómo se encontraba.

Sí, el día era un día normal: festivo, además. Carmen trabajaba en turnos alternos como recepcionista en una clínica privada. Resolvía llamadas telefónicas, concertaba citas, y anotaba el devenir diario de los clientes. Pero aquel día, como casi siempre, el ritual era preparar algo y llevarlo a casa de la madre, una costumbre tan arraigada como cansina. Siendo sincera, tanto viaje la tenía aburrida; suspiraba resignada cada vez que subía los cinco pisos sin ascensor hasta llegar a la casa materna.

Preparar la comida no era el problema, menos aún cuando quedaba sopa castellana y unas empanadillas del día anterior. Lo complicado era el quinto piso. Y, cómo no, escuchar las eternas quejas de salud de su madre: relatos interminables sobre las etapas y los picos de cualquier dolor, adornados con diagnósticos reinterpretados y recetas mágicas de vecinas y expertos de televisión.

Los consejos de Carmen, a pesar de su experiencia de casi cuarenta años como enfermera de quirófano en un hospital prestigioso, eran rechazados; su madre prefería confiar en los cotilleos y en la sabiduría de la tele.

¡Tú qué sabrás! ¿Que vas a saber tú de bisturís?

Tenía que pasar también por el supermercado, de camino a casa de su madre. Dejó la bolsa de basura en el recibidor, se acercó al espejo para retocarse un poco; pese a pasar de los sesenta, mantenía cierta juventud en el rostro, sólo unas ligeras patas de gallo. Su cara era dulce, el pelo corto y plateado resaltaba con los pendientes, aunque las mejillas ya no se mostraban tan firmes.

Debo comprar pan de centeno y un poco de mantequilla para mamá, pensó, delineando los labios con destreza, cuando el timbre sonó inesperadamente.

El portal tenía portero automático. ¿Quién sería? Tal vez su vecina Maruja, a la que invitaba ocasionalmente a merendar.

Carmen, con la barra de labios aún en la mano, se dirigió a abrir la puerta.

Delante de ella, se alzaba una joven de cabello rubio recogido en una coleta, camiseta de rayas, chaqueta larga oscura y vaqueros. Llevaba una mochila colgando y, en brazos, un pequeño bulto envuelto en una mantita marrón.

La joven la miró con el rostro tenso, tomó aire, dio un paso y le tendió el pequeño paquete diciendo con voz firme:

Esto es para usted.

Por puro instinto, Carmen cogió al bebé, olvidando la barra de labios entre sus dedos. Sintió el peso y miró hacia abajo… ¡Dios mío, era un bebé!

Levantó la vista, pero la joven ya bajaba las escaleras apresuradamente. Carmen la siguió hasta la barandilla sin saber bien qué hacer.

Es hija de Alejandro… yo tengo que estudiar…, la joven corría por los peldaños con premura.

La puerta del portal se cerró de golpe.

Y… nada más.

Carmen se quedó unos instantes esperando, aferrada a la esperanza de que la joven volviera en cualquier momento. Al cabo de un rato entró de nuevo, miró la basura… y pensó: No debo olvidar tirarla cuando vaya a ver a mamá.

Había otra bolsa en el recibidor, que no recordaba haber visto antes. ¡Ay, Dios! ¡Es un bebé de verdad! ¿Y qué había dicho? ¿Que era hija de Alejandro?

¿Alejandro? Carmen sólo tenía un hijo, Sergio, casado y viviendo con su familia en Barcelona. Su marido, Julián, había fallecido hacía cinco años.

Nada tenía sentido… En ese momento el bebé se removió en sus brazos. Carmen, nerviosa, lo depositó suavemente en el sofá y abrió la manta: un pijamita beige, un bebé minúsculo con un chupete de rana, no tendría ni un mes de vida.

Tranquilo, pequeñito murmuró, acariciándole. Los labios del bebé se movieron sobre el chupete y volvió a dormirse.

Carmen buscó respuestas en la bolsa. Había dos biberones, un bote de leche en polvo, pañales y algo de ropa.

Seguía esperando… La madre debía regresar, pedir perdón, llevarse al bebé, y el día recobraría su ritmo habitual: la basura, el supermercado, su madre.

Incluso terminó de maquillarse, asomándose cada poco a la ventana. Pero nada. Y la indignación iba creciendo.

En ese momento, el bebé comenzó a llorar. Carmen dudaba: ¿tenía derecho a cambiarle la ropa o a alimentarlo? No era suyo. Pero al final no quedó más remedio.

Conforme le quitaba el pijama y cambiaba el pañal, la responsabilidad cayó sobre ella como una losa: le habían dejado un bebé.

Alejandro… Alejandro… Sergio, su propio hijo, siempre había sido mujeriego hasta casarse. Pero eso fue hace años, todo indicaba que ahora era feliz. Eran tiempos mejores: la hipoteca pagada, nuevo coche, los niños creciendo…

Ya está, preciosa… Shh, no llores. Ahora te cambio.

¿De verdad su propia madre pudo abandonar así a la niña?

Carmen no terminaba de asimilarlo, pero las manos sabían lo que hacer; enseguida arregló a la pequeña, la acunó y se dirigió a la cocina para preparar el biberón.

Justo entonces sonó el teléfono. Contorsionándose, contestó con una mano:

¿Por qué tardas tanto en responder? era su madre.

Nada, mamá. ¿Qué necesitas?

¿Ya has ido al supermercado?

Todavía no.

Quiero peras. Pero de las de la penúltima vez, no las últimas, aquellas no me gustaron…

Vale, mamá.

¿Te acuerdas cuáles son?

Sí, mamá, son las que son rojizas por un lado y bien dulces.

La niña se revolvía y gemía bajito.

Sí, mamá… ya me acuerdo.

¿Y qué es ese ruido?

La tele.

Apágala y vete cuanto antes, ¡que luego se acaba el pan bueno!

Carmen colgó, acunó a la bebé y se puso a preparar el biberón.

No sabía qué hacer. ¿Y si de verdad era hija de Sergio? Observó la carita dormida buscando parecido con su nieta Carla.

Eso supondría un escándalo familiar, su nuera Paula no lo soportaría. Ni pensarlo.

La niña comía con ansías, cerrando los ojos de placer. Carmen sonrió emocionada; hacía tanto que no sentía a un recién nacido en brazos.

Cuando la pequeña se quedó dormida, Carmen la acostó con cuidado y llamó a Sergio. No había línea.

Se impacientó…

Decidió esperar. No quería perjudicar a su hijo. Quién sabe, quizás la joven recapacitara y regresara.

No debía contárselo por nada del mundo a su madre. No soportaría las advertencias y temores. Mejor consultar con su mejor amiga.

Pilar, no te lo vas a creer… Me han dejado un bebé en la puerta…

Pilar, lejana a la alarma, comenzó a desgranar teorías dignas de novela. Prometió pasar al salir de la consulta.

Tranquila, Carmen, lo solucionamos sin dramas. Lo primero, no hacer tonterías.

¿Llamo a la policía?

Espera. Averigüemos quién es ese Alejandro.

¿Alejandro? dudó Carmen En el portal habrá más de cincuenta pisos.

Quizá la chica se equivocó de piso. Pero también puede ser Sergio…

La jornada pasó cuidando a la bebé. Carmen buscó en internet horarios de lactancia, leyó artículos, le hizo masajes, la cambió, la bañó y hasta le cantó una nana.

¿Cómo va la pierna? ¿Mañana vendrás? insistía la madre al teléfono.

Carmen prometió pasarse al día siguiente, segura de que ese asunto se resolvería ya.

Pilar llegó con energía detectivesca, revisó las cosas de la niña y se fue a preguntar a los vecinos. No dijo nada del bebé, sólo preguntaba por cartas dirigidas a Alejandro…

¡Lo encontré! anunció Pilar poco después con entusiasmo.

Resulta que en el sexto piso, en el mismo rellano, vivía un Alejandro; encajaba por edad para ser el posible padre.

Seguro que la joven se equivocó de planta susurró Pilar. Vamos.

¿Y si dice que no es suyo?

Carmen, por favor. Al menos averígualo.

Acunaron a la niña y subieron sin ascensor, tocando a la puerta indicada.

¿Quién es? respondió una voz anciana.

Buscamos a Alejandro dijo Pilar.

Una mujer mayor y encorvada les franqueó la entrada y fue a avisar.

¡Alejandro! ¡Otra vez vienen a por ti…!

Salió un joven de barba despeinada y mirada de sueño.

¿Por la tableta? preguntó.

No. Venga, escuche, Alejandro. A Carmen le han dejado un bebé en la puerta, diciendo que era de Alejandro. Pensamos que quizás hubo un error de piso.

El chico las miraba atónito.

¿Un bebé? No es mío.

¿Estás seguro? Eres el único Alejandro.

Mire, no tengo hijos, ni novia… Vamos, que será un error.

¿Y no has tenido ninguna relación el pasado verano? preguntó Carmen.

¿Relación sentimental? No, no… Lo máximo, relación por internet. Deben confundirme con otro.

Lo sentimos Carmen tiró de Pilar para marcharse.

Un momento. Quizá pueda ayudar; soy informático, también blogueo. Podríamos publicar algo para encontrar a la madre… o al padre…

No, gracias se apresuró Carmen, aún dudando de su propio hijo. Por ley, tenía que llamar al 112, no publicar nada.

Bueno, si cambian de idea, avisen… Suerte.

Esta juventud… refunfuñó Pilar.

Carmen tampoco recibió respuesta de Sergio, así que llamó a Paula.

Uy, mamá, se me pasó completamente. Hoy no doy abasto: que si fútbol de Raúl, que si la piscina de Carla… Y Sergio anda liado preparando un viaje. ¡Qué día!

Si supieras tú qué día de verdad, pensó Carmen.

Bueno, mañana llamo a la policía, decidió antes de dormir.

Pero al cerrar los ojos, la imagen de la joven la perseguía: desesperada, angustiada, pero con un rayo de esperanza. ¿Qué sería de la pequeñita si avisaba a la policía?

La noche fue larga para Carmen, que se despertaba a cada gemido del bebé; paseó sin cesar de la cocina al dormitorio, preparando leche. Amanecieron las dos rendidas.

El teléfono la despertó de nuevo.

¿Vienes hoy? preguntó la madre.

Sí, mamá.

Tráeme peras. Y…

Al final, a los niños hay que sacarlos a pasear. Se las ingenió para hacerse un fular-porteo con una bufanda, vistió a la niña con la ropita casi nueva que traía y salieron a la tienda del barrio.

Le resultó hasta agradable, volver a las compras no sola. Pero el quinto piso… ¡Ainss!

¿Pero qué es eso? la madre abrió grandes los ojos.

No qué, mamá, sino quién. Toma, los víveres le pasó las bolsas, pasó al salón y depositó cuidadosamente a la niña, cayendo ella misma en el sofá.

¿Y eso de dónde sale? la mujer mayor la miraba extrañada.

Me la dejó Nadina Castro, la peluquera del bajo. Dice que cuide a su nieta un rato, mientras se arregla el pelo.

¿Y la pierna?

Ya estoy bien, mujer.

Y las dos se quedaron embelesadas mirando a la niña; ni una queja de salud ese día.

Mira cómo agarra el dedo… ¡Ay! ¿Y cómo se llama?

No pregunté; sólo la tengo un rato.

Pero hija, ¿cómo coges un bebé sin saber el nombre? le reprochó la madre moviendo la cabeza.

De camino a casa, Carmen pensaba nombres para la niña, sonriendo sin motivo. ¿A qué vendría este impulso?

Entonces, un mensaje: el móvil de Sergio al fin estaba disponible.

Se sentó en el sofá, la bebé en brazos, y llamó enseguida.

¿Qué pasa, mamá? ¿Estás bien? Sergio parecía alarmado tras escuchar su relato.

Pero la niña la dejaron llamándola hija de Alejandro… Se me pasó por la cabeza… no sé.

Mamá, soy Sergio. Tú misma me pusiste el nombre. Llama ya a la policía.

Sí, sí, sólo voy a darle de comer y luego… No te preocupes, ayúdame luego si acaso…

¡Mamá! Hazlo ya. ¿Estás bien…?

Tranquilo, hijo. Tenía muchas ideas en la cabeza, y la niña es tan bonita… Ha sido extraño todo.

Tendría que haberte puesto con el hijo de Pepe para que te animaras. Algo no me cuadra, mamá…

Bobadas. Hoy mismo lo soluciono. Pilar me echa una mano.

Pero Carmen no hizo caso; la niña lloraba, necesitaba cambiarle el pañal. Tantas cosas pendientes… Cuando todo estuviera listo, avisaría.

Pero… ¿y la niña? ¿Dónde terminaría? ¿En servicios sociales? En tantos años de profesión, Carmen podía imaginarse los destinos posibles: ningún sitio sería mejor que su regazo, pensaba.

Pero al día siguiente tenía turno de veinticuatro horas… y esto ya era asunto penal.

Suspiró, retomando su rutina con la pequeña, cansada pero con el corazón lleno tras tantas jornadas intensas.

Se durmieron juntas, la bebé en su brazo, Carmen sintiendo el tibio consuelo de la nueva vida.

Fue despertada por un portazo. Miró por la mirilla y se quedó helada. Abrió la puerta.

¿Dónde está? ¿Dónde la ha llevado? ¿Por qué no me lo dijo antes?

Era la joven, con la cara descompuesta, mirada fugitiva, la camiseta resbalando sobre la piel, el pelo revuelto. Respiraba agitadamente, presa del pánico.

¿El qué no dije…?

Que no era usted. Yo lo supe al irme… dijo apurada.

Seguramente porque sí era yo respondió Carmen, aún confusa. Y usted se marchó corriendo.

Pero… ¿sabe dónde está ella, verdad? ¡Dígamelo!

La mirada suplicante de la joven lo decía todo: Por favor, sepa dónde está mi hija.

Carmen la hizo pasar y cerró la puerta.

Está aquí.

¿Aquí, pero dónde exactamente? balbuceó.

En la cama, dormida.

Carmen la condujo al dormitorio, y la joven reconoció a la bebé. Se desplomó ante la cuna, rompiendo en lágrimas incontenibles. Cayó de rodillas, sollozando. Carmen corrió a levantarla, darle agua, y después la sentó en la cocina, ofreciéndole chocolate y té.

Come algo. Cógelo, anda, que te va a dar un vahído.

Cuando la joven se serenó, Carmen le aclaró que nadie sabía nada, que no había llamado a ninguna autoridad.

Creía que me quitarían la niña, que me la arrebatarían para siempre… Gracias… Me equivoqué… logró balbucear entre sollozos.

Su nombre era Inés, la bebé se llamaba Gema. Una historia tan común como dolorosa: estudiante del último curso de Enfermería, paisana de Zamora, criada por un padre áspero y una madrastra indiferente. Un amor de verano la llevó a enamorarse de Alejandro, un estudiante de la Universidad de Valladolid. Él prometió matrimonio, prometió apoyo, incluso que su madre le ayudaría a criar a la bebé.

Pero después de Reyes, Alejandro desapareció. Sin móvil, sin dirección, sin explicación. Estudió, luchó por seguir adelante. Dio a luz en Valladolid, luego vivió un par de semanas en casa de una amiga, ansiosa por salvar el cuatrimestre. Un día, colapsó: sin techo, sin dinero, sola.

Movida por la desesperación y los reproches familiares, por las imágenes de Alejandro en redes con otra chica, recordó la promesa: mi madre te ayudará. Y confundió los portales, entró al edificio equivocado y dejó a Gema en manos de Carmen.

Pasó la noche ahogada en lágrimas y revisando apuntes. Por la mañana, descubrió que Alejandro nunca había oído hablar de ningún bebé dejado por su madre. La verdad, entonces, se le hundió en el estómago: su hija no estaba con su abuela, sino con una desconocida. Salió a toda prisa, en sandalias, buscando desesperadamente a Gema.

Vi fotos de la madre de Alejandro, y perfil… es que se parece usted… el pelo cortito, la cara amable… ¡Ay Dios! ¿Qué he hecho?

Dicen que la mayor tontería es crear una obra de arte y renegar de ella. No entendía cómo una madre podía abandonar tal tesoro. Me alegro de que hayas vuelto. ¿Irás ahora a casa de Alejandro?

No… no puedo, Inés negaba a punto de estallar de nuevo. He pasado una noche horrorosa… Iré al colegio mayor con Gema, ya veré…

Pero, cariño, ¿dónde vas a ir así? Quédate conmigo esta semana. Vivo sola, tengo espacio… No te faltará de nada.

No puedo pagarle nada, de verdad. Ya molesto suficiente en la residencia…

Quédate al menos hasta el examen, así tendrás tranquilidad. ¿Cuándo lo tienes?

Pasado mañana.

Inés se sentó en el sillón, derrotada. Carmen preparó la habitación de invitados, puso a calentar un poco de leche, y cuando volvió, Inés ya dormía.

Carmen susurró a Pilar al teléfono:

No, no es de Sergio, ni del vecino. La tengo yo. ¡Menos mal que no llamé a la policía!

La leche nunca le faltó a Inés. El examen lo aprobó. A casa de la madre de Carmen empezó a ir también ella. El quinto piso se le hacía más llevadero.

Y, milagrosamente, la madre de Carmen ya sólo escuchaba los consejos médicos si venían de Inés.

Después del examen, Inés encontró prácticas en urgencias del hospital. Carmen movió hilos, la apadrinó. Inés seguía preguntando y aprendiendo con fervor.

Un día, Alejandro el vecino informático descubrió que su abuela necesitaba tratamiento y pidió a Inés ayuda para los pinchazos.

A finales de otoño, Inés subió con sus cosas y Gema un par de pisos arriba, para cuidar a la abuela de Alejandro. Y, paso a paso, fue curando también su decepción por el amor y comenzando, a golpe de tesón, a escribir desde cero su propio guion en la vida.

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Este es el hijo de Íñigo…