A veces, la vida nos pone en situaciones en las que hay que buscar soluciones rápidas. Eso fue exactamente lo que le pasó a Beatriz.
Mi hijo tiene ya cuatro años. No cabe duda de que, para mí, es perfecto. No diría que es el más tranquilo del mundo, aunque tampoco conozco niños que sean completamente obedientes. Todos son algo traviesos. Además, estoy esperando mi segundo hijo, y ahí está el problema.
En una de las revisiones con la ginecóloga, me mandaron directamente al hospital. Había motivos para preocuparse. No podía esperar ni un día más. La gran pregunta era: ¿quién se haría cargo de mi hijo mientras tanto?
Mi marido estaba de viaje de negocios y no volvería en al menos diez días. Mis padres, por su parte, no podían porque trabajaban a jornada partida. No había tíos, tías ni otros familiares disponibles. Entonces mi abuela, Lucía, se ofreció a ayudar. Me aseguró que se ocupaba de mi hijo hasta que yo saliera del hospital. Pero siendo ella una mujer de setenta años, y mi hijo tan activo, tenía mis dudas
Al final no tuve alternativa. Mis padres dijeron que cuando salieran de trabajar, ellos se quedarían con su nieto, pero que hasta entonces, durante el día, sería la abuela quien estuviera al cuidado del niño. Así, tomamos la decisión.
No obstante, seguí preocupada. Al fin y al cabo era mi hijo y no podía dejar de pensar en él. Llamaba a la abuela a cada rato preguntando si todo iba bien. Para mi sorpresa, ellos dos se entendieron fenomenal y la semana pasó volando. Mi marido regresó y asumió el relevo.
Estaba a punto de recibir el alta cuando mi hermana, Marisol, me llamó y me acusó, muy enfadada. Ella tiene una niña de dos años, y aunque le pidió a la abuela que se quedara con la pequeña, la abuela dijo que no, argumentando que aún era demasiado pequeña.
Marisol insistió mucho, casi suplicando, pero la abuela se negó.
¡Has aprovechado a la abuela! me soltó mi hermana.
Le contesté que mi situación era muy complicada, que no podía llevarme al niño al hospital y, además, también yo le había pedido ayuda a ella y no aceptó. Ella sólo pretendía dejar a su hija con la abuela para poder descansar y salir a divertirse. Pero no es lo mismo, ¿verdad? Y, sinceramente, dejar a una niña tan pequeña con una persona mayor tampoco me parece buena idea. Lo lógico es que la cuiden sus propios padres.
Es que ellos no quieren me respondió Marisol. ¡Y yo tengo que estar con ella todo el día!
Creo sinceramente que mi hermana no tiene razón. Hay una gran diferencia entre una niña de dos años y un niño de cuatro. No habría escogido dejar a mi hijo al cuidado de familiares si hubiera tenido otra opción. Pero Marisol, aún así, piensa que he engañado a la abuela.
La vida nos enseña que a veces tomamos decisiones difíciles y no siempre podemos contentar a todos. Pero también aprendemos que pedir ayuda es un acto de humildad, y aprovecharse de la bondad de otro es algo muy distinto a apoyarse en la familia en momentos de necesidad. La clave está en ser justos y saber valorar, desde el corazón, cuándo realmente se necesita ayuda y cuándo se pide sólo por comodidad.







