Estado del alma

Estado del alma

María del Carmen Fernández se sentaba en su cocina mirando por la ventana. Afuera, la primavera comenzaba a despuntar, el hielo se derretía, pero a ella le parecía un otoño profundo. Tres años habían pasado desde la muerte de su marido, y no sentía que la tristeza se aligerara. Pensaba que ya se había acostumbrado, resignado incluso, pero por dentro seguía la misma sensación de vacío. Como si le hubieran arrancado una pieza esencial, esa que permite que todo funcione, aunque sea a duras penas.

Los hijos están lejos. El hijo en Madrid, la hija en Barcelona. Los nietos ya hechos unos adultos, cada cual con su vida. La llaman en los cumpleaños, a veces mandan alguna foto por WhatsApp. María del Carmen se ríe mirando esas fotos y, tras apagarse la pantalla, vuelve a sentarse frente a la ventana y mira la calle.

Las vecinas la invitan a dar un paseo, pero ¿de qué servía salir a charlar solo de achaques en un banco? No le atraía. Antes salía con su marido al Retiro, alguna película los domingos, una visita a casa de amigos. Ahora, sin él, ¿para qué y con quién ir?

En la nevera lo justo. Para ella sola no hace falta más. En la tele, culebrones de amor que sólo acentúan la melancolía.

Mari Carmen, así no puedes seguir le susurraba cada semana su amiga Petra cuando aparecía por la puerta. Sal, mujer, haz algo. Apúntate al centro de mayores, a los bailes. ¡Eso anima mucho!

¿Qué bailes, Petra? contestaba María del Carmen espantando la idea. No tengo pareja de baile. Ni motivos.

Petra negaba con la cabeza y se despedía, y Carmen volvía a su rincón favorito de la casa.

***

A finales de mayo, llegó su nieta Vega. Estudiante en la Complutense, alegre, ruidosa, siempre con los auriculares puestos. Entró en la casa tranquila como un vendaval:

¡Yaya! ¡Lo prometido es deuda! ¡Me quedo todo el verano! No aguanto más el bullicio de Madrid, vengo por tus croquetas y por la paz de aquí.

María del Carmen revivió de golpe. Croquetas, cocidos, tortillas no paró en todo el día. Vega devoraba con alegría, contaba historias de la universidad, de sus amigas, de un tal Pablo que le gustaba pero no pilla las indirectas.

¿Y tú, yaya, cómo estás? le preguntó una tarde, entre café y mermelada de naranja amarga.

¿Yo? Ya ves, aquí escuchándote. Mañana igual me animo a limpiar la ventana.

¿Echas de menos?

Mucho, Vega. Muchísimo.

La nieta la miró con detenimiento, y de pronto le brillaron los ojos:

¡Escucha, yaya! ¿Y si te bajas una aplicación para conocer gente? ¿No dicen que nunca es tarde?

María del Carmen casi se atraganta con el café.

¡Pero niña! ¿Y para qué quiero yo conocer a nadie? Tengo ya sesenta y ocho, tú lo sabes.

¿Y qué? Hay montones de personas de tu edad intentando encontrar compañía. Aunque sólo sea para pasear.

¡Vaya ocurrencia! protestó la abuela. He estado casada media vida y ahora… ¿buscar hombres en el móvil? ¡Qué vergüenza!

Tranquila, nadie se entera rió Vega. ¡Incógnito total, anda! Es sólo para probar, por curiosidad.

Carmen protestó, gesticuló, pero esa noche, aprovechando que la nieta había salido con las amigas, acabó curioseando en el móvil. Apenas por curiosidad. Quería ver de qué iba ese invento.

La descargó, se registró, puso una foto antigua, recortada de unas vacaciones en Cádiz donde estaba con su marido, pero lo recortó. Escribió: María Carmen, 68 años. Busco compañía para pasear y conversar.

Y se olvidó del tema. Hasta el día siguiente.

***

Por la mañana, el móvil sonó. Había un mensaje en la aplicación:

Hola, María Carmen. Soy Dolores, tengo 64 años. Yo también busco a alguien con quien pasear. Me encanta recorrer parques, respirar aire fresco. Echo en falta la compañía. ¿Quedamos algún día?

María del Carmen leyó el mensaje dos veces. Dolores. Era una mujer, no un hombre, como esperaba.

¡Vega! llamó, acércate. Que una señora me escribe.

¿A ver? Vega salió disparada, hojeó el móvil. ¡Mira, yaya, es de tu edad! ¡Te invita a pasear!

¿Y qué hago ahora? preguntó, nerviosa.

Pues quedar, ¿qué otra cosa?

A los tres días, se encontraron en el parque. María del Carmen estaba hecha un manojo de nervios se probó tres jerséis, dos faldas, y al final se puso lo de siempre.

Dolores resultó ser una mujer menuda, vivaracha y con voz fuerte. No tardó en tomar las riendas de la conversación:

Carmen, ¡qué ilusión! Estar sola en casa es una condena. Seguro que tenemos mucho en común. ¿Fuiste casada? Yo también soy viuda. Tengo un hijo en Alemania, nos vemos una vez al año. ¡Amistad entre viudas, qué mejor!

Charlaron durante horas. Pasearon por el parque, después se sentaron en un banco, y luego otra vez a caminar. A ambas les gustaba bordar, ver películas antiguas, echaban de menos a sus maridos y no sabían qué hacer cada día.

¿Nos vemos otro día? propuso Dolores al despedirse.

Por supuesto, aceptó María del Carmen. ¿El sábado?

Por primera vez en mucho tiempo, sonrió de verdad.

***

En cuestión de un mes, se veían casi a diario. Paseos, tertulias en la cocina con dulces y charlas. Dolores era una mina de ideas.

Oye, ¿y si buscamos a alguien más? propuso. Seguro que en la app hay muchas como nosotras, solas y aburridas. Podríamos montar un grupillo.

¿Un grupo? se extrañó Carmen.

¡Claro! Un club de intereses comunes. Caminatas, merienda, cine, lo que surja. Yo quiero probar eso de la marcha nórdica, dicen que va genial para la salud. Pero sola, qué pereza. ¡En grupo mucho mejor!

La idea la intimidaba, pero Dolores insistió. En una semana sumaron a dos más Rosa y Pilar. Poco después ya eran siete.

Así nació el club Pasos Alegres. El nombre lo inventó Rosa, que había sido profesora y adoraba organizar.

Marcha nórdica lunes, miércoles y viernes ordenaba Rosa. Martes, merienda literaria. Jueves, cine o museo. Los fines de semana, descanso… o lo que surja.

Al principio, María del Carmen participaba a secas. Pero de pronto se dio cuenta de que coordinaba el chat de WhatsApp, apuntaba a las nuevas y hasta la eligieron portavoz (otra ocurrencia de Rosa).

Mari Carmen, ¡tienes madera de líder! admiraba Dolores. Nos juntas, nos animas. Sin ti esto no habría surgido.

Ella se restaba importancia, aunque algo cálido le crecía dentro.

***

Una periodista joven vino del periódico local. Preguntó mil cosas, hizo fotos, tomó notas. Al poco, salió la noticia: Longevidad activa: jubiladas que transforman su entorno.

María del Carmen se vio en la página impresa, en el centro del grupo, palo de marcha en mano, y una sonrisa radiante. Y sonreía como de veinte años.

Poco después la llamaron de la tele local.

Señora Fernández, queremos grabar un reportaje sobre el club. ¿Le parece bien?

Le horrorizaba la idea, pero Dolores y Rosa la convencieron:

¡Carmen, es por una buena causa! Nos verá más gente y quizá alguna persona sola se anime.

Así que aceptó.

La grabación duró tres horas. La reportera, simpática y nada incómoda, preguntaba cómo empezó todo y qué les aportaba el club.

Verá dijo Carmen a cámara, cuando se va quien más quieres, el mundo se apaga. No te sientes necesaria. Y los hijos lejos… Pero, mire, aún importo. Me importo a mí misma. Nosotras nos hemos encontrado. Y ahora, cada día, tenemos a qué aferrarnos: el paseo, la reunión, el simple hecho de empezar otro día.

El reportaje salió en las noticias. El teléfono sonó toda la tarde: vecinas, amigas, antiguas compañeras. En una semana, veinte socias nuevas se unieron.

***

Se acercaban los setenta años de María del Carmen. No le apetecía celebrarlo ¿qué sentido tiene? Es sólo otro año más. Pero el club tenía otros planes.

Te preparamos una fiesta, anunció Dolores. En el café, música, bailes. ¡Eres nuestra estrella, ve preparando modelito!

Se hacía la remolona, aunque en secreto estaba encantada. Hasta se compró un vestido nuevo, azul de florecitas, como los de su juventud. Y zapatos de tacón bajito.

Y entonces, le llamó su hijo desde Madrid:

Mamá, venimos todos para tu cumpleaños. Viene Elena y los niños.

¿Pero cómo vais a venir? ¿Y el trabajo, el colegio…?

Pedimos días. Queremos verte y celebrar contigo. Nos vemos poco.

Esa noche, María del Carmen no pegó ojo. Limpió, cocinó, se puso nerviosa. Cuando su familia entró en casa por la mañana, le dolió darse cuenta de cuánto tiempo había pasado. Los nietos mayores, dieciocho y quince años. Han crecido.

¡Yaya! corrió su nieta. ¡Estás diferente! ¡Hasta pareces más joven!

María del Carmen soltó una carcajada:

¿Ves? ¡El club de longevidad activa! Aquí no hay lugar para la vejez.

La fiesta fue en el café. Acudieron todas las del club, vestidas de colores, flores y regalos en mano. Vinieron vecinos y antiguas colegas. Dolores llevó la organización, Rosa recitó poemas y Pilar cantó con su guitarra.

Su hijo la miraba, incrédulo. Tres años antes, había dejado allí a una mujer mustia, encorvada, sin brillo. Ahora…

¿Eres tú, mamá? le preguntó cuando, solos, compartían mesa.

Soy yo, hijo. Antes sólo era una sombra. Ahora tengo amigas, un propósito, razones para levantarme. ¿Comprendes?

Sí, mamá. Perdóname por venir tan poco.

No seas tontole acarició el brazo. Tienes tu vida; yo, la mía. Y, ¿sabes? Ahora por fin tengo una vida propia.

En ese momento, Vega llamó por videollamada:

¡Yaya, felicidades! Cuánto me alegro. ¿Te acuerdas cuando te propuse lo de la app y dijiste que era una locura?

¡Una locura! rió María del Carmen De las que cambian la vida.

***

Epílogo

Un año después, el club Pasos Alegres ya era famoso en toda la ciudad. Las llamaban de la tele, escribían sobre ellas, organizaron nuevos grupos: punto, pintura, hasta un pequeño grupo de teatro.

María del Carmen dejó de ser solo una socia. Coordina todos los clubs, tiene agenda, equipo y planes para todo el año.

Ahora el hijo la visita más; los nietos la escriben, le piden consejos, comparten fotos. Vega, aquella nieta, al graduarse consiguió prácticas en el periódico local quiere escribir sobre jubilados activos como su abuela.

Yaya, eres mi inspiración le confiesa.

María del Carmen sonríe y mira por la ventana. Ya no ve el otoño, sino la mejor de las primaveras.

La vida continúa. Y es hermosa.

María del Carmen aún conserva aquella aplicación en el móvil. A veces curiosea, lee perfiles, pero no busca. ¿Para qué? Ya ha encontrado lo más importante: a sí misma. Lo demás viene solo.

Chicas dice a las nuevas, tímidas en el club, no temáis. La vida es larga, mucho más de lo que imaginamos. Siempre se puede volver a empezar, aunque parezca todo terminado.

Y es fácil creerla. Porque frente a ellas tienen a una mujer feliz, vital, resplandeciente. Que a los setenta años es una celebridad local. Que demostró que la edad es sólo un número. Y la vida, puro estado del alma.

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