Estaba sentada en la pequeña cafetería del barrio esperando a mi amiga Carmen, cuando el camarero dejó delante de mí un bolso de mano que jamás había visto y soltó, tan tranquilo como un cura en misa, que mi marido se lo había olvidado allí ayer.
Me quedé helada con la taza de café en la mano. El camarero seguía actuando como si no pasara nada en absoluto, pero en mi cabeza ya rodaban más preguntas que churros en la feria. Mi marido Álvaro, supuestamente, llevaba tres días de viaje de trabajo.
¿Está seguro de que es de mi marido? pregunté bajito.
Sí afirmó el camarero con la naturalidad de quien enumera los ingredientes de una tortilla. Ayer por la tarde estuvo aquí, con una señora. Sentados justo en esta mesa.
El bolso era pequeño, elegante, de esos plateados como para una verbena nocturna en San Sebastián. Lo toqué con la punta de los dedos, como si fuera a soltar chispas.
Dijo que lo dejara aquí, que si su mujer volvía, se lo entregase añadió el camarero.
Me latía el corazón tan fuerte que por un momento creí estar sorda. Ni siquiera le había dicho a Álvaro que iba a pasar por este café.
Abrí el bolso. Dentro había una barra de labios, un espejito y una pulsera de oro fina. Nada de eso era mío.
En ese preciso instante entró Carmen y de inmediato notó que algo raro pasaba.
¿Qué te ocurre? susurró.
Le mostré el bolso.
Se quedó blanca.
Eso pinta fatal dijo casi sin voz.
Le relaté lo que había dicho el camarero. Carmen echó un vistazo a la puerta, como si de ahí fuera a salir un toro de lidia.
Igual tiene una explicación intentó animarme, pero su tono sonaba más falso que las rebajas de enero.
Justo entonces sonó mi móvil.
Álvaro.
¿Cómo vas, cariño? dijo con voz de lo más tranquila.La reunión se ha alargado. Vuelvo mañana.
Miré el bolso.
¿Seguro que estás fuera de la ciudad? pregunté, como quien tantea una piscina helada.
Claro soltó una risita. ¿Por qué?
Antes de responder, la puerta de la cafetería se abrió de golpe.
Y entró Álvaro.
No iba solo.
Caminaba a su lado una mujer de unos cincuenta años, elegante, con ese aire de jefa que ha domado más de un despacho de Madrid.
No me habían visto.
Carmen me agarró la mano bajo la mesa.
¿Es él? me susurró.
Asentí con la cabeza.
Álvaro se sentó en la mesa de al lado. La mujer le puso la mano sobre la suya.
Noté el estómago darme la vuelta como la tortilla de patatas.
No me lo creo murmuré.
Carmen me miraba como si esperase a ver si salía corriendo o me ponía a cantar flamenco.
¿Vas a ir? preguntó.
Yo ya me estaba levantando.
Me acerqué a su mesa.
Hola, Álvaro saludé, con una calma que ni en una tertulia radiofónica.
Él levantó la cabeza y le cambió la cara como a quien le toca el Euromillón… pero al revés.
¿Lucía?!
La mujer me miró con esa lentitud de quién descifra un cuadro abstracto.
¿Os conocéis? preguntó.
Dejé el bolso sobre la mesa.
¿Esto es tuyo? le pregunté.
La mujer posó los ojos en el bolso y asintió.
Sí.
Álvaro se había puesto más pálido que una pared encalada.
Lucía, puedo explicarlo…
Pero la mujer lo cortó de raíz.
¿Así que tú eres la esposa? dijo, bajando la voz.
Él no abrió la boca.
La mujer me miró.
Soy la dueña de la empresa donde trabaja tu marido dijo con esa calma de quien ya lo ha visto todo.Hoy lo he despedido.
Álvaro la miró suplicante.
Por favor, no hagas esto…
Se hacía pasar por soltero siguió, con voz de hielo.Y gastó dinero de la empresa para intentar impresionarme.
En la cafetería se hizo un silencio de Semana Santa.
Todo el mundo escuchaba, aunque fingieran mirar el Marca.
Ella se levantó.
Gracias por devolverme el bolso me agradeció.
Luego miró a Álvaro.
Y tú… creo que tu mujer merece la verdad.
Y se fue, con ese porte de señora que ni el AVE puede alcanzar.
Álvaro se quedó inmóvil, sin trabajo, sin excusas y, por una vez, sin ninguna mentira en la recámara.
Carmen se acercó a mí.
¿Le vas a perdonar? susurró.
Lo miré.
Y por primera vez en años, no sentí absolutamente nada.
Solo una extraña tranquilidad.
Pero yo me pregunto…
¿Hice mal marchándome y dejándole allí plantado?






