Esposa y suegro Cristina solo fingía querer conocer a los padres de David. ¿Para qué le interesaban, en realidad? No pensaba vivir con ellos, y del padre de David, que según decían tenía dinero, solo cabía esperar problemas y desconfianza. Pero había que seguir representando el papel hasta el final ya que se había decidido a casarse. Cristina se arregló, pero de manera sencilla, para que la vieran como una muchacha simpática. Conocer a los padres del novio siempre es un evento lleno de trampas invisibles, y, si además son inteligentes, una auténtica prueba de fuego. David pensaba que lo que Cristina necesitaba era ánimos: —No te preocupes, Cris, tranquila. Mi padre es serio, pero flexible. No te dirán nada horrible. Seguro que te acaban cogiendo cariño. Papá es un poco raro, pero mamá es el alma de la fiesta —le decía justo antes de entrar en la casa familiar. Cristina solo sonrió, apartándose un mechón de pelo. Padre serio, madre carismática. Menuda mezcla. Se rió para sus adentros. La casa no le sorprendió. Ya había estado en otras más lujosas. Les recibieron enseguida. Cristina no estaba nerviosa. ¿Para qué preocuparse? Gente como otra cualquiera. Ana María, según contaba David, ama de casa de toda la vida, apenas había trabajado, de vez en cuando se iba de viaje con amigas, nada fuera de lo común. El padre, Valentín Alonso, aunque no era muy simpático, era al menos reservado. Su nombre le sonaba familiar… Y les recibieron… Y Cristina se quedó de piedra, sin entrar del todo en la casa. Aquello era el fin… A la futura suegra no la conocía, pero al suegro lo reconoció en una décima de segundo… Ya se habían cruzado antes. Tres años atrás. No es que fuera frecuente, pero sí provechoso para ambos. En bares, en hoteles, en restaurantes. Naturalmente, ni la esposa de Valentín ni su hijo tenían idea de ese “conocimiento”. Se armó la marimorena. Valentín también la reconoció. En su mirada apareció un brillo que podía ser sorpresa, estupor o, tal vez, algo más siniestro, una amenaza que ya tramaba, pero guardó silencio. David, sin notar nada, presentó a Cristina felizmente a sus padres. —Mamá, papá, os presento a Cristina. Mi novia. Me habría gustado traerla antes, pero es tan vergonzosa… Ay, madre… Valentín Alonso le tendió la mano. Su apretón fue firme, incluso algo brusco. —Encantado, Cristina, —dijo, dejando traslucir en su tono una nota indefinible… Algo que Cristina no supo identificar al momento. ¿Rabia, quizás? ¿O una amenaza?… Cristina pensaba cómo iba a salir de esa, esperando que Valentín desvelase en cualquier instante quién era realmente ella. —Igualmente, Valentín Alonso, —le siguió el juego Cristina, deseando que no la delataran al instante. Sintió el subidón de adrenalina. ¿Qué iba a pasar…? Pero… nada. Valentín, forzando lo que casi fue una sonrisa, le acercó una silla a la mesa. Quizá aguardaba la mejor ocasión para humillarla después… Pero la espera se alargaba. Entonces a Cristina se le encendió la bombilla: él no la iba a delatar. Si lo hiciera, acabaría confesando también lo suyo ante su mujer. Cuando se relajó un poco, todo fluyó con naturalidad. Ana María contaba anécdotas de la infancia de David y Valentín Alonso, al parecer, escuchaba a Cristina con interés, haciéndole preguntas sobre su trabajo. Ja, si él sabía mucho más sobre ella… Pero su fina ironía ya no la incomodaba. Incluso bromeó un par de veces, y Cristina, sorprendida, acabó riendo de verdad. Eso sí, sus chistes iban cargados de dobles sentidos que solo ellos dos entendían. Por ejemplo, cuando mirándola, comentó: —¿Sabe, Cristina?, me recuerda mucho a una antigua… colega. También muy lista. Tenía un don especial para tratar con la gente. Con todo tipo de gente. Cristina no se achantó: —Hay talentos de todos los colores, Valentín Alonso. David, como buen novio enamorado, ya soñaba despierto. No se enteraba de los mensajes ocultos. Él de verdad la quería. Y eso quizás era lo más importante. Y lo más doloroso. Para él. Más tarde, cuando hablaron de viajes, Valentín Alonso, mirando a Cristina, lanzó: —A mí me gustan los lugares tranquilos, retirados. Sin agobios. Donde poder leer y pensar. ¿Y a ti, Cristina? ¿Qué tipo de sitios prefieres? Quería pillarla. —A mí me gusta la gente, el bullicio, el jaleo —respondió, no entrando al trapo—. A veces, oídos de más pueden ser peligrosos… Tal vez, durante un instante, pero Ana María pareció percatarse de algo. Cristina notó que la futura suegra fruncía el ceño, pero lo desechó al momento. Valentín Alonso sabía que Cristina no era de las que buscan tranquilidad. Y sabía por qué. Al acabar la jornada, antes de irse a dormir, Valentín abrazó a David. —Cuídala, hijo. Ella… es especial. Sonó a cumplido y a mofa. Aunque solo Cristina captó el doble sentido. Ella notó cómo caía la temperatura de la habitación. “Especial”. Menuda palabra había elegido… *** Por la noche, en silencio absoluto, Cristina no podía dormir. Daba vueltas en la cabeza a la inesperada coincidencia y a cómo manejar los nuevos acontecimientos. El panorama pintaba regular. Sospechaba que Valentín Alonso tampoco dormía. Él, por el susto de la coincidencia; ella, por la inminencia de la conversación. Y por todo, si era sincera. Se levantó en silencio, se puso una sudadera por encima de la camiseta y los shorts, la ropa cómoda de casa, y salió de la habitación sin hacer ruido. Al bajar las escaleras, empezó a pisar un poco más fuerte, lo justo para que cualquiera que estuviera despierto lo notara, y se dirigió a la terraza, donde suponía que Valentín Alonso no tardaría en aparecer. No hubo que esperar mucho. —¿No puedes dormir? —preguntó él, acercándose. —No me viene el sueño —contestó Cristina. Sopló una ligera brisa. El familiar aroma de su colonia le envolvió. Él la examinó con atención. —¿Qué buscas de mi hijo, Cristina? —nada quedaba ya del antiguo tono—. Sé de lo que eres capaz. Sé cuántos como yo has tenido en tu vida. Y sé que siempre has ido solo a por dinero. Nunca lo ocultaste demasiado. Siempre dejabas claras tus condiciones, aunque maquilladas. ¿Qué quieres realmente de David? Ya que él no quería recordar el pasado, Cristina tampoco iba a ser amable. Le sonrió con desdén: —Le quiero, Valentín Alonso —entonó—. ¿Por qué no iba a quererle? Él no se lo tragó. —¿Tú? ¿Quieres a alguien? Es de risa. Sé perfectamente quién eres, Cristina. Y voy a contárselo todo a David. Tu pasado, lo que en verdad eres. ¿Tú crees que luego va a querer casarse contigo? Cristina se le acercó, quedando a la distancia de un brazo. Le miró detenidamente. Como si no le conociese ya de sobra… —Cuéntale, Valentín Alonso —dijo, alargando las palabras—. Pero entonces tu mujer también conocerá nuestro pequeño secreto. —Eso… —No es un chantaje. Es reciprocidad. Si vas contando por ahí cómo nos conocimos, tampoco podrás ocultar lo que hacíamos. Créeme, si hace falta, completaré la historia yo misma. —No es lo mismo… —¿No? ¿Eso mismo le dirías a tu esposa? Valentín Alonso se quedó paralizado. Había perdido el pulso. Comprendió que estaba acorralado. Los dos iban en el mismo barco. —¿Y tú qué le vas a decir? —No solo a ella. A todos. También a David. Le contaré qué clase de esposo eres y en qué “trabajillos” te entretenías fuera de casa. No me quedaré callada. Si quieres salvar a tu hijo de mí, adelante, sálvale. Dura elección. Si evitaba que su hijo se casase, se sentenciaría a él mismo a un divorcio. —No te atreverías. —¿No? —a Cristina le hizo gracia; ¿acaso él sí, y ella no?—. No lo haría si tú tampoco cuentas lo mío, como lo llamas, mi “ambición”, cuando tienes tanta basura propia que te puede costar el matrimonio. Y Ana María… ella sí aprecia la fidelidad. Alguna vez, borracho, él llegó a confesarle a Cristina lo traidor que era y cómo, mientras su mujer era ejemplar, él era un canalla. Ana María no lo perdonaría jamás. Así que el riesgo era real. Él sabía que Cristina no estaba de farol. —Vale —suspiró—. No diré nada. Y tú… tampoco. Nadie dirá nada. Olvidemos lo que pasó. Por eso Cristina no se preocupaba. Él tenía más que perder. —Como digas, Valentín Alonso. La mañana siguiente marcharon de la casa familiar. Bajo la mirada asesina del futuro suegro, Cristina se despidió de la esposa, que ya la llamaba “hija”. A Valentín casi se le escapa un tic en el ojo. Él sufría por no poder advertir a su hijo del peligro de aquella futura nuera, pero el miedo a quedarse solo era aún mayor. Si Ana María se enteraba, no se iría del matrimonio con las manos vacías. Y su hijo tampoco lo perdonaría tan fácil. Tiempo después, David y Cristina se quedaron en la casa de los padres durante dos semanas. Vacaciones familiares, que dicen. Valentín Alonso evitaba coincidir con Cristina con la excusa de mucho trabajo. Pero un día, estando solo en casa, la curiosidad pudo con él. Decidió registrar el bolso de Cristina buscando alguna prueba con la que doblegarla. Rebuscando, dio con un objeto blanco y azul. Un test de embarazo. Dos claras rayas. —Creí que la catástrofe era que mi hijo se casara con… No, esto sí que es una ruina —dejó el test en el bolso, pero no llegó a cerrarlo. Cristina lo sorprendió. —Mal está hurgar en lo ajeno —le soltó sarcástica, pero no parecía estar enfadada. Valentín Alonso ni intentó disimular. —¿Estás embarazada de David? Cristina se le acercó despacio, recogió su bolso y le miró: —Parece que le ha estropeado la sorpresa, Valentín Alonso. Él quedó fuera de sí. Ahora Cristina no dejaría fácilmente a su hijo. Y si lo contaba, caía todo. Mejor callar. Por difícil que fuese. *** Pasaron nueve meses… y medio año más. David y Cristina criaban a Alicia. Valentín Alonso evitaba ir a verlos. No quería ni verla. Ni pensar en el tema. No sentía a la niña como nieta. Cristina le inquietaba. Su desinterés por David, su pasado. Y, otra vez. Ana María planeaba visitar a David y Cristina. —Valentín, ¿vienes? —No, me duele la cabeza. —¿Otra vez? Eso ya es mucho. —No, solo cansancio. Ves tú. Siempre fingía migraña, gripe, lo que fuese. Incluso se tomó unas pastillas para disimularlo. No soportaba la presencia de Cristina. Pero tampoco podía contar nada. La noche fue lenta y pesada. Descansó. Leyó. Y entonces vio que Ana María se retrasaba mucho. A las once, nada de volver a casa. El teléfono apagado. Llamó a David. —¿Todo bien? ¿Ana María ya se fue? No ha llegado a casa. —Papá, eres la última persona con la que quiero hablar ahora. Y cortó… Valentín estaba ya saliendo hacia casa de su hijo cuando vio que llegaba un coche. El de Cristina. Se temía lo peor, pero al verla… casi se desmaya. —¿Qué haces aquí? ¿Qué ocurre? Cristina parecía inmune. Se sirvió vino, bebió, se acomodó. —Un desastre. —¿Qué desastre? —El nuestro. David ha visto en la web de una cafetería unas fotos nuestras, de cuatro años atrás. De aquella fiesta en el “Oasis”, ¿recuerdas? Quería reservar algo allí para nuestro aniversario, entró en la web… Y allí estábamos. Las fotos, bien visibles. El fotógrafo, qué cabrito… ¡colgó todo! Ahora David está fuera de sí. Ana María va a pedir el divorcio. Y yo, por cierto, como tú querías, seguramente también me divorcie de tu hijo. Valentín Alonso enmudeció. Le vino todo a la cabeza. Aquella web, la fiesta, las fotos… Había suplicado que nadie les grabara. Pero quién sabía que acabaría así. Se dejó caer junto a ella, en el suelo. —¿Y a mí para qué has venido? —Necesitaba huir un rato —sonrió Cristina—. Ahora mi casa es un caos. Alicia está con la niñera. ¿Quieres vino? Le ofreció su propio vino. Bebieron juntos en la terraza. Solo el canto de los grillos los unía. —Todo esto es por tu culpa —dijo Valentín Alonso. Cristina asintió, sin despegar la vista de la copa. —Ajá. —Eres insoportable. —Eso dicen. —Ni siquiera te da pena David. —Sí, pero me doy más pena yo. —Solo te quieres a ti misma. —Por supuesto. Él le cogió la barbilla y la giró hacia sí. —Sabes que nunca te he querido —susurró. —Lo sé. *** A la mañana siguiente, cuando Ana María volvió arrepentida, dispuesta a reconciliarse aunque le costara la salud, encontró a Cristina y Valentín Alonso juntos, todavía dormidos. —¿Quién es? —preguntó Cristina, despertando. —Yo —respondió Ana María, contemplando cómo se desmoronaba su vida. Cristina, al verla, solo sonrió con serenidad. Valentín Alonso despertó después, pero ya no salió a buscar a su esposa.

Diario de Lucía, junio

Hoy he tenido que enfrentarme, muy a mi pesar, a la familia de Daniel. Para ser sincera, nunca me ha hecho ilusión conocer a sus padres. ¿Para qué? No planeo vivir con ellos, y francamente, el padre de Daniel, que parece tener cierto renombre y dinero, no puede ofrecerme nada más que complicaciones y miradas inquisitivas.

Pero bueno, una vez que decides dar el paso de casarte, tienes que actuar hasta el final.

Me vestí sencilla, sin pretensiones, para que me vieran como una muchacha dulce, de las de toda la vida, aunque por dentro estaba más inquieta que tranquila.

La primera vez con los futuros suegros siempre es una prueba llena de trampas invisibles, pero si, encima, son inteligentes y avispados, la presión se amplifica.

Daniel intentaba tranquilizarme:

Lucía, de verdad, no te pongas nerviosa. Mi padre es serio, quizás seco, pero luego entra en razón. Seguro que les caes bien. Él es rarito, sí, pero mi madre es puro corazón.

Solo sonreí y me acomodé el flequillo sobre el hombro. Vaya combinación: padre seco, madre alma de la fiesta. Me lo imaginé como una escena tragicómica.

La casa no me impresionó demasiado. Ya he visto de todo, incluso mansiones aún más opulentas.

Nos recibieron enseguida.

Y, aunque disimulé, no estaba especialmente nerviosa. ¿Para qué? Son personas comunes, nada más. De Pilar, la madre, Daniel ya me había contado: ama de casa, viajera ocasional con sus amigas, amable pero nada del otro mundo. Su padre, Ernesto Ruiz, por lo que decía, poco dado a bromas, casi siempre callado pero ese nombre me resultó extrañamente familiar

Entramos

Y se me heló la sangre. Ahí estaba yo, queriendo impresionar a la madre, pero al padre ya lo conocía demasiado bien. Tres años atrás. No muchas veces, pero las suficientes, en bares, hoteles, restaurantes… Ni su mujer ni Daniel sabían nada, por supuesto.

Menudo lío.

Él me reconoció también en el acto. En su mirada, un destello que era mezcla de sorpresa, miedo y tal vez una intención oscura… pero se mantuvo en silencio.

Daniel, ajeno a todo, sonreía presentándome:

Mamá, papá, esta es Lucía. Mi prometida. Ojalá os la hubiera presentado antes, pero es muy tímida.

Fantástico

Ernesto me ofreció la mano.

Firme, dura.

Un placer, Lucía dijo. Había en su tono algo que no supe descifrar. ¿Advertencia, amenaza, resignación? O todo junto.

Sentí el subidón de adrenalina, esperando que Ernesto soltara la bomba y revelara quién era yo.

Encantada, don Ernesto repliqué, sonriendo con falsa inocencia, resignada a lo que viniera.

Pero… nada.

Incluso deslizó su silla para que yo me sentara en la mesa.

Seguramente planeaba su venganza para después

Pero no, nada ocurrió.

Entonces comprendí que no podría delatarme sin delatarse también él.

El resto de la tarde resultó casi cordial. Pilar contaba anécdotas graciosas de la infancia de Daniel y Ernesto, con falsa naturalidad, me preguntaba sobre mi carrera (donde, por cierto, él sabía perfectamente muchos detalles). Sus ironías suaves ya no me hacían mella. Hasta bromeó algún par de veces, y yo, sorprendiéndome, reí de verdad. Pero entre sus bromas, iban camuflados mensajes solo comprensibles para nosotros dos.

En un momento dado, mirándome fijamente, soltó:

¿Sabe, Lucía? Me recuerda a una compañera de trabajo muy ingeniosa. Tenía una habilidad especial para tratar con todo tipo de personas.

No me inmuté:

Los talentos no siempre son los que uno piensa, don Ernesto.

Daniel, iluso, no veía nada raro y me miraba con esa cara de chico enamorado. Él sí que me quería. Y eso era tan dulce… y tan amargo para quien lo sabe todo.

Cuando hablamos de viajes, Ernesto volvió al ataque, velado:

A mí me gusta lo tranquilo, algún sitio recóndito donde leer y pensar sin nadie alrededor. ¿A ti, Lucía, qué tipo de lugares te gustan?

Me atrapó.

Yo prefiero la gente, el bullicio, la risa contesté sin mostrar debilidad, aunque, claro, a veces hay demasiadas orejas indiscretas.

Pilar, mi futura suegra, pareció notar algo raro, solo un instante, pero lo disimuló enseguida.

Él sabía que no soporto la soledad, y él también sabía por qué.

Al acabar la noche, antes de irnos a dormir, Ernesto abrazó a Daniel:

Cuídala, hijo. Es… especial.

Sonó a piropo y a amenaza al mismo tiempo, pero nadie salvo yo lo interpretó.

Sentí el ambiente más frío que nunca. Especial. Qué curioso adjetivo.

***

Por la noche no pude dormir.

Dándole vueltas a la cabeza, pensando en el encontronazo, en lo que se avecinaba. Imaginaba que Ernesto tampoco dormía, no por lo que siente por mí, sino por lo que arriesga. Yo, ni te cuento.

Me levanté despacio, cogí una sudadera vieja sobre mi camiseta y pantalones cortos, y salí al porche, haciendo ruido suave, buscando que si alguien estaba despierto, viniera. Quería encuentro.

No tardó en aparecer.

¿No puedes dormir? dijo detrás de mí.

Nada, que no me entra el sueño respondí.

Sentí su colonia familiar en el aire fresco de la noche.

Me observaba intensamente.

¿Qué quieres de mi hijo, Lucía? soltó, sin rodeos. Sé de lo que eres capaz. Sé cuántos ha habido como yo en tu vida. Y sé que lo tuyo siempre han sido los euros. No me lo ocultaste. Siempre ponías precio, aunque lo disimularas. ¿Por qué Daniel?

No me iba a hacer la simpática.

Le quiero, don Ernesto respondí, cantarina.

No se lo creyó.

¿Amar? ¿Tú? Por favor. Yo sé perfectamente de qué pie cojeas, Lucía. Y voy a contárselo a Daniel. Voy a contarle todo. ¿Tú crees que, sabiendo quién eres, te va a querer de esposa?

Me acerqué, dejando solo un palmo entre nosotros. Le miré con fijeza, casi desafiándole.

Adelante, cuéntale, don Ernesto pronuncié lentamente. Pero entonces tu mujer conocerá nuestro pequeño secreto.

Eso…

No es un chantaje, es simple reciprocidad. Si cuentas los detalles de mi pasado, tendrás que confesar también lo que hacíamos juntos. Y créeme, completaré bien tu relato.

No es lo mismo

¿Ah, no? ¿Eso le contarás a Pilar?

Se quedó helado. Intentar intimidarme no le sirvió. Sabía que estaba atrapado, y que en esto íbamos a la par.

¿Qué les vas a contar?

A todos. A Pilar, a Daniel… Todo. Qué clase de marido eres, en qué asuntos laborales te entretenías… Ya todo me da igual. ¿Quieres salvarle de mí? Pues adelante.

Duro dilema.

Revelar mi pasado a su hijo era firmar su propio divorcio.

No te atreverías.

¿Que no? me reí. ¿Por qué tú sí y yo no? No me arriesgaré si tú tampoco. Pero si das el paso, sabrás lo que es perderlo todo. Pilar valora la fidelidad por encima de cualquier cosa.

Alguna vez, borracho, me confesó sus remordimientos por engañar a su esposa. Sabía que Pilar jamás le perdonaría. Así que aquí sí tenía algo que perder.

No estaba faroleando, él lo sabía.

Está bien admitió por fin. Nadie dirá nada. Olvidamos el pasado.

No temía perder. Él tenía más que perder que yo.

Como quieras, don Ernesto.

A la mañana siguiente, nos marchamos de casa de los padres de Daniel. Despedí a Pilar, que ya me llamaba hija, bajo la mirada de odio de Ernesto, que temía mi fuerza. Sabía que, si hablaba, perdería su matrimonio, su estabilidad, su dinero. Y Daniel quizás hasta el respeto por él. Qué ironía.

Más tarde, nos quedamos en su casa dos semanas, vacaciones en familia… Ernesto me evitaba, siempre ocupado. Pero la curiosidad pudo con él un día que se quedó solo en casa. Revolvió mi bolso, hurgó entre mis cosas. Y entonces vio la prueba: un test de embarazo positivo, dos rayas bien marcadas.

Pensé que lo peor era que mi hijo se casara… Pero esto sí que es un desastre soltó, devolviendo el test a su sitio, aunque yo le pillé.

No está bien hurgar en cosas ajenas le solté, casi divertida.

Él no negó nada.

¿Estás embarazada de Daniel?

Acerqué mi cara a la suya, cogí el bolso y le miré desafiante:

Parece que acaba de estropearse la sorpresa, don Ernesto.

Ahora sí que tenía que callarse. Sabía que cualquier palabra sería dinamita. Y tenía que aguantar, mientras veía cómo su hijo caía en mi trampa, según él.

***

Pasaron nueve meses y medio año más.

Daniel y yo cuidamos a nuestra hija Elisa.

Ernesto, mi suegro, intentó evitar visitas. Para él, Elisa no era de su sangre, yo le resultaba escalofriante. Le aterraba mi indiferencia hacia Daniel y mi oscuro pasado.

Y otra vez más…

Pilar, mi suegra, decidió venir a visitarnos.

Ernesto, ¿vienes conmigo?

No, me duele la cabeza.

Otra vez Esto ya es crónico.

Nada, que estoy cansado. Ve tú sola.

Como siempre, inventó dolores, resfriados, achaques, lo que fuera para no venir. Incluso se tomó un par de ibuprofenos para dar más veracidad a su papel. No podía soportar verme, aunque tampoco podía contar la verdad.

La noche resultó aburrida salvo por mis ideas dando vueltas en la cabeza.

Después de cenar, leer y dar vueltas, Ernesto se dio cuenta de que Pilar no volvía a casa. Pasaba la medianoche. Llamó preocupado a Daniel.

Daniel, ¿todo bien? ¿Pilar ya ha salido? No está en casa.

Papá, eres la última persona con la que quiero hablar ahora.

Y colgó.

Ernesto ya pensaba salir en su busca cuando vio aparcar un coche frente a la casa. El de Lucía, o sea, yo. Al verme entrar por la puerta, casi le sale el corazón por la boca.

¿Qué haces aquí? ¡Dímelo ya! gritó fuera de sí.

Me senté tranquila, descorché su vino y me serví un vaso.

Se ha liado parda.

¿El qué?

Todo se ha ido al garete. Daniel ha encontrado por internet unas fotos nuestras de hace cuatro años, de aquella fiesta en el El Oasis… Quiso reservar para nuestro aniversario y, buscando en la web, salimos en las fotos. El fotógrafo, maldito él, las publicó todas… Daniel está destrozado. Pilar va a pedir el divorcio… y, por cierto, gracias a ti, seguramente Daniel y yo también acabaremos divorciados.

Ernesto me miró como si reviviera cada segundo de aquel día. También él recordó que pidió que no sacaran fotos y ahora todo había explotado.

Se sentó agotado, sin fuerzas.

¿Y por qué has venido aquí?

Necesitaba huir un rato sonreí. Mi casa es un caos. Elisa está con la niñera. ¿Quieres vino?

Le ofrecí del suyo propio.

Nos sentamos al porche y el silencio, solo interrumpido por el canto lejano de los grillos, parecía unirnos de una extraña manera.

Todo es culpa tuya roncó Ernesto.

Asentí en silencio.

Sí.

Eres insoportable.

Tienes razón.

Ni siquiera te importa Daniel…

Me da pena, pero me doy más pena yo.

Solo te quieres a ti misma.

Eso nunca lo he negado.

De repente, me cogió la barbilla y me obligó a mirarle de frente.

Sabes que nunca te he querido, ¿verdad? susurró.

Me lo creo.

***

Por la mañana, Pilar llegó dispuesta a perdonarlo todo, aun a costa de su propio bienestar y nervios, y se encontró a Ernesto y a mí juntos, aún dormidos en la sala.

¿Quién anda ahí? pregunté levantándome.

Soy yo respondió Pilar, contemplando el desastre de su vida.

Solo le sonreí, tranquila. Ernesto se despertó poco después, pero ni siquiera fue tras su esposa.

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MagistrUm
Esposa y suegro Cristina solo fingía querer conocer a los padres de David. ¿Para qué le interesaban, en realidad? No pensaba vivir con ellos, y del padre de David, que según decían tenía dinero, solo cabía esperar problemas y desconfianza. Pero había que seguir representando el papel hasta el final ya que se había decidido a casarse. Cristina se arregló, pero de manera sencilla, para que la vieran como una muchacha simpática. Conocer a los padres del novio siempre es un evento lleno de trampas invisibles, y, si además son inteligentes, una auténtica prueba de fuego. David pensaba que lo que Cristina necesitaba era ánimos: —No te preocupes, Cris, tranquila. Mi padre es serio, pero flexible. No te dirán nada horrible. Seguro que te acaban cogiendo cariño. Papá es un poco raro, pero mamá es el alma de la fiesta —le decía justo antes de entrar en la casa familiar. Cristina solo sonrió, apartándose un mechón de pelo. Padre serio, madre carismática. Menuda mezcla. Se rió para sus adentros. La casa no le sorprendió. Ya había estado en otras más lujosas. Les recibieron enseguida. Cristina no estaba nerviosa. ¿Para qué preocuparse? Gente como otra cualquiera. Ana María, según contaba David, ama de casa de toda la vida, apenas había trabajado, de vez en cuando se iba de viaje con amigas, nada fuera de lo común. El padre, Valentín Alonso, aunque no era muy simpático, era al menos reservado. Su nombre le sonaba familiar… Y les recibieron… Y Cristina se quedó de piedra, sin entrar del todo en la casa. Aquello era el fin… A la futura suegra no la conocía, pero al suegro lo reconoció en una décima de segundo… Ya se habían cruzado antes. Tres años atrás. No es que fuera frecuente, pero sí provechoso para ambos. En bares, en hoteles, en restaurantes. Naturalmente, ni la esposa de Valentín ni su hijo tenían idea de ese “conocimiento”. Se armó la marimorena. Valentín también la reconoció. En su mirada apareció un brillo que podía ser sorpresa, estupor o, tal vez, algo más siniestro, una amenaza que ya tramaba, pero guardó silencio. David, sin notar nada, presentó a Cristina felizmente a sus padres. —Mamá, papá, os presento a Cristina. Mi novia. Me habría gustado traerla antes, pero es tan vergonzosa… Ay, madre… Valentín Alonso le tendió la mano. Su apretón fue firme, incluso algo brusco. —Encantado, Cristina, —dijo, dejando traslucir en su tono una nota indefinible… Algo que Cristina no supo identificar al momento. ¿Rabia, quizás? ¿O una amenaza?… Cristina pensaba cómo iba a salir de esa, esperando que Valentín desvelase en cualquier instante quién era realmente ella. —Igualmente, Valentín Alonso, —le siguió el juego Cristina, deseando que no la delataran al instante. Sintió el subidón de adrenalina. ¿Qué iba a pasar…? Pero… nada. Valentín, forzando lo que casi fue una sonrisa, le acercó una silla a la mesa. Quizá aguardaba la mejor ocasión para humillarla después… Pero la espera se alargaba. Entonces a Cristina se le encendió la bombilla: él no la iba a delatar. Si lo hiciera, acabaría confesando también lo suyo ante su mujer. Cuando se relajó un poco, todo fluyó con naturalidad. Ana María contaba anécdotas de la infancia de David y Valentín Alonso, al parecer, escuchaba a Cristina con interés, haciéndole preguntas sobre su trabajo. Ja, si él sabía mucho más sobre ella… Pero su fina ironía ya no la incomodaba. Incluso bromeó un par de veces, y Cristina, sorprendida, acabó riendo de verdad. Eso sí, sus chistes iban cargados de dobles sentidos que solo ellos dos entendían. Por ejemplo, cuando mirándola, comentó: —¿Sabe, Cristina?, me recuerda mucho a una antigua… colega. También muy lista. Tenía un don especial para tratar con la gente. Con todo tipo de gente. Cristina no se achantó: —Hay talentos de todos los colores, Valentín Alonso. David, como buen novio enamorado, ya soñaba despierto. No se enteraba de los mensajes ocultos. Él de verdad la quería. Y eso quizás era lo más importante. Y lo más doloroso. Para él. Más tarde, cuando hablaron de viajes, Valentín Alonso, mirando a Cristina, lanzó: —A mí me gustan los lugares tranquilos, retirados. Sin agobios. Donde poder leer y pensar. ¿Y a ti, Cristina? ¿Qué tipo de sitios prefieres? Quería pillarla. —A mí me gusta la gente, el bullicio, el jaleo —respondió, no entrando al trapo—. A veces, oídos de más pueden ser peligrosos… Tal vez, durante un instante, pero Ana María pareció percatarse de algo. Cristina notó que la futura suegra fruncía el ceño, pero lo desechó al momento. Valentín Alonso sabía que Cristina no era de las que buscan tranquilidad. Y sabía por qué. Al acabar la jornada, antes de irse a dormir, Valentín abrazó a David. —Cuídala, hijo. Ella… es especial. Sonó a cumplido y a mofa. Aunque solo Cristina captó el doble sentido. Ella notó cómo caía la temperatura de la habitación. “Especial”. Menuda palabra había elegido… *** Por la noche, en silencio absoluto, Cristina no podía dormir. Daba vueltas en la cabeza a la inesperada coincidencia y a cómo manejar los nuevos acontecimientos. El panorama pintaba regular. Sospechaba que Valentín Alonso tampoco dormía. Él, por el susto de la coincidencia; ella, por la inminencia de la conversación. Y por todo, si era sincera. Se levantó en silencio, se puso una sudadera por encima de la camiseta y los shorts, la ropa cómoda de casa, y salió de la habitación sin hacer ruido. Al bajar las escaleras, empezó a pisar un poco más fuerte, lo justo para que cualquiera que estuviera despierto lo notara, y se dirigió a la terraza, donde suponía que Valentín Alonso no tardaría en aparecer. No hubo que esperar mucho. —¿No puedes dormir? —preguntó él, acercándose. —No me viene el sueño —contestó Cristina. Sopló una ligera brisa. El familiar aroma de su colonia le envolvió. Él la examinó con atención. —¿Qué buscas de mi hijo, Cristina? —nada quedaba ya del antiguo tono—. Sé de lo que eres capaz. Sé cuántos como yo has tenido en tu vida. Y sé que siempre has ido solo a por dinero. Nunca lo ocultaste demasiado. Siempre dejabas claras tus condiciones, aunque maquilladas. ¿Qué quieres realmente de David? Ya que él no quería recordar el pasado, Cristina tampoco iba a ser amable. Le sonrió con desdén: —Le quiero, Valentín Alonso —entonó—. ¿Por qué no iba a quererle? Él no se lo tragó. —¿Tú? ¿Quieres a alguien? Es de risa. Sé perfectamente quién eres, Cristina. Y voy a contárselo todo a David. Tu pasado, lo que en verdad eres. ¿Tú crees que luego va a querer casarse contigo? Cristina se le acercó, quedando a la distancia de un brazo. Le miró detenidamente. Como si no le conociese ya de sobra… —Cuéntale, Valentín Alonso —dijo, alargando las palabras—. Pero entonces tu mujer también conocerá nuestro pequeño secreto. —Eso… —No es un chantaje. Es reciprocidad. Si vas contando por ahí cómo nos conocimos, tampoco podrás ocultar lo que hacíamos. Créeme, si hace falta, completaré la historia yo misma. —No es lo mismo… —¿No? ¿Eso mismo le dirías a tu esposa? Valentín Alonso se quedó paralizado. Había perdido el pulso. Comprendió que estaba acorralado. Los dos iban en el mismo barco. —¿Y tú qué le vas a decir? —No solo a ella. A todos. También a David. Le contaré qué clase de esposo eres y en qué “trabajillos” te entretenías fuera de casa. No me quedaré callada. Si quieres salvar a tu hijo de mí, adelante, sálvale. Dura elección. Si evitaba que su hijo se casase, se sentenciaría a él mismo a un divorcio. —No te atreverías. —¿No? —a Cristina le hizo gracia; ¿acaso él sí, y ella no?—. No lo haría si tú tampoco cuentas lo mío, como lo llamas, mi “ambición”, cuando tienes tanta basura propia que te puede costar el matrimonio. Y Ana María… ella sí aprecia la fidelidad. Alguna vez, borracho, él llegó a confesarle a Cristina lo traidor que era y cómo, mientras su mujer era ejemplar, él era un canalla. Ana María no lo perdonaría jamás. Así que el riesgo era real. Él sabía que Cristina no estaba de farol. —Vale —suspiró—. No diré nada. Y tú… tampoco. Nadie dirá nada. Olvidemos lo que pasó. Por eso Cristina no se preocupaba. Él tenía más que perder. —Como digas, Valentín Alonso. La mañana siguiente marcharon de la casa familiar. Bajo la mirada asesina del futuro suegro, Cristina se despidió de la esposa, que ya la llamaba “hija”. A Valentín casi se le escapa un tic en el ojo. Él sufría por no poder advertir a su hijo del peligro de aquella futura nuera, pero el miedo a quedarse solo era aún mayor. Si Ana María se enteraba, no se iría del matrimonio con las manos vacías. Y su hijo tampoco lo perdonaría tan fácil. Tiempo después, David y Cristina se quedaron en la casa de los padres durante dos semanas. Vacaciones familiares, que dicen. Valentín Alonso evitaba coincidir con Cristina con la excusa de mucho trabajo. Pero un día, estando solo en casa, la curiosidad pudo con él. Decidió registrar el bolso de Cristina buscando alguna prueba con la que doblegarla. Rebuscando, dio con un objeto blanco y azul. Un test de embarazo. Dos claras rayas. —Creí que la catástrofe era que mi hijo se casara con… No, esto sí que es una ruina —dejó el test en el bolso, pero no llegó a cerrarlo. Cristina lo sorprendió. —Mal está hurgar en lo ajeno —le soltó sarcástica, pero no parecía estar enfadada. Valentín Alonso ni intentó disimular. —¿Estás embarazada de David? Cristina se le acercó despacio, recogió su bolso y le miró: —Parece que le ha estropeado la sorpresa, Valentín Alonso. Él quedó fuera de sí. Ahora Cristina no dejaría fácilmente a su hijo. Y si lo contaba, caía todo. Mejor callar. Por difícil que fuese. *** Pasaron nueve meses… y medio año más. David y Cristina criaban a Alicia. Valentín Alonso evitaba ir a verlos. No quería ni verla. Ni pensar en el tema. No sentía a la niña como nieta. Cristina le inquietaba. Su desinterés por David, su pasado. Y, otra vez. Ana María planeaba visitar a David y Cristina. —Valentín, ¿vienes? —No, me duele la cabeza. —¿Otra vez? Eso ya es mucho. —No, solo cansancio. Ves tú. Siempre fingía migraña, gripe, lo que fuese. Incluso se tomó unas pastillas para disimularlo. No soportaba la presencia de Cristina. Pero tampoco podía contar nada. La noche fue lenta y pesada. Descansó. Leyó. Y entonces vio que Ana María se retrasaba mucho. A las once, nada de volver a casa. El teléfono apagado. Llamó a David. —¿Todo bien? ¿Ana María ya se fue? No ha llegado a casa. —Papá, eres la última persona con la que quiero hablar ahora. Y cortó… Valentín estaba ya saliendo hacia casa de su hijo cuando vio que llegaba un coche. El de Cristina. Se temía lo peor, pero al verla… casi se desmaya. —¿Qué haces aquí? ¿Qué ocurre? Cristina parecía inmune. Se sirvió vino, bebió, se acomodó. —Un desastre. —¿Qué desastre? —El nuestro. David ha visto en la web de una cafetería unas fotos nuestras, de cuatro años atrás. De aquella fiesta en el “Oasis”, ¿recuerdas? Quería reservar algo allí para nuestro aniversario, entró en la web… Y allí estábamos. Las fotos, bien visibles. El fotógrafo, qué cabrito… ¡colgó todo! Ahora David está fuera de sí. Ana María va a pedir el divorcio. Y yo, por cierto, como tú querías, seguramente también me divorcie de tu hijo. Valentín Alonso enmudeció. Le vino todo a la cabeza. Aquella web, la fiesta, las fotos… Había suplicado que nadie les grabara. Pero quién sabía que acabaría así. Se dejó caer junto a ella, en el suelo. —¿Y a mí para qué has venido? —Necesitaba huir un rato —sonrió Cristina—. Ahora mi casa es un caos. Alicia está con la niñera. ¿Quieres vino? Le ofreció su propio vino. Bebieron juntos en la terraza. Solo el canto de los grillos los unía. —Todo esto es por tu culpa —dijo Valentín Alonso. Cristina asintió, sin despegar la vista de la copa. —Ajá. —Eres insoportable. —Eso dicen. —Ni siquiera te da pena David. —Sí, pero me doy más pena yo. —Solo te quieres a ti misma. —Por supuesto. Él le cogió la barbilla y la giró hacia sí. —Sabes que nunca te he querido —susurró. —Lo sé. *** A la mañana siguiente, cuando Ana María volvió arrepentida, dispuesta a reconciliarse aunque le costara la salud, encontró a Cristina y Valentín Alonso juntos, todavía dormidos. —¿Quién es? —preguntó Cristina, despertando. —Yo —respondió Ana María, contemplando cómo se desmoronaba su vida. Cristina, al verla, solo sonrió con serenidad. Valentín Alonso despertó después, pero ya no salió a buscar a su esposa.