Esposa y Padre Carina solo fingía interés en conocer a los padres de Vadim. ¿Para qué le iban a servir? No pensaba convivir con ellos, y además, del padre de Vadim, que según decían tenía buena posición, solo podía esperar problemas y sospechas. Pero ya que se había decidido a casarse, había que continuar la farsa hasta el final. Carina se arregló, aunque de manera bastante sencilla, para aparentar ser una chica simpática y natural. El encuentro con los padres del novio siempre es una situación llena de trampas invisibles, y más aún si los padres son inteligentes: una prueba de fuego. Vadim pensó que Carina necesitaba ánimos: —No te agobies, Carina, de verdad, no te pongas nerviosa. Mi padre es serio, pero dialogante. No te van a decir nada terrible, ya verás. Te van a coger cariño. Mi padre es un poco raro, sí, pero mi madre es el alma de la familia —le aseguró justo antes de entrar. Carina simplemente sonrió, apartando un mechón de pelo del hombro. Así que el padre, taciturno, y la madre, el alma de la fiesta. Vaya dúo. Esbozó una sonrisa para sí. La casa no le impresionó. Ya había estado en domicilios mucho más lujosos. Nada más llegar, les abrieron la puerta. Carina no se puso especialmente nerviosa. ¿Para qué? Personas normales, como cualquiera. Había escuchado que Nina Petrovna, la madre, era ama de casa desde hacía años, casi nunca había trabajado y a veces viajaba con sus amigas, pero poco más. El padre, Valerio Alejandro, aunque decían que no era muy risueño, al menos era discreto. Pero su nombre le sonaba sospechosamente familiar… Les recibieron… Y Carina se quedó paralizada en la entrada, sin llegar a cruzar el umbral. Aquello era el final… No conocía a su futura suegra, pero al futuro suegro lo reconoció al instante. Ya se habían visto antes. Tres años atrás. No fue algo habitual, pero sí, muy beneficioso para ambos. En bares, hoteles, restaurantes. Por supuesto, ni la esposa ni el hijo de Valerio Alejandro supieron nunca de aquellos encuentros. Se acabó lo bueno. Valerio la reconoció también. Sus ojos brillaron con una chispa indescifrable: sorpresa, tal vez asombro, o quizás algo más oscuro, algún plan que ya estaría tramando. Pero mantuvo silencio absoluto. Vadim, ajeno a todo, la presentó con entusiasmo: —Mamá, papá, os presento a Carina. Mi prometida. Me ha costado traerla porque es muy tímida. Vaya… Valerio Alejandro le tendió la mano. Su apretón fue firme, casi duro. —Encantado, Carina —dijo, y en su voz flotaba una sutil nota… difícil de descifrar: ¿ira, advertencia o…? Carina solo pensaba cómo lograría salir de aquello, en cualquier momento esperando que Valerio revelara quién era ella en realidad. —El placer es mío, Valerio Alejandro —contestó Carina, intentando no descubrirse de inmediato. Le devolvió el apretón de manos, sintiendo cómo el impulso del momento le aceleraba el pulso. Ahora, ¿qué pasaría…? Pero… nada. Valerio, forzando algo parecido a una sonrisa, le acercó él mismo una silla para sentarse a la mesa. Seguro que pensaba dejarla en evidencia después… Pero nada ocurrió. Y entonces Carina se dio cuenta: él no lo contaría. Porque si la delataba, se delataba también a sí mismo delante de la esposa. En cuanto se relajaron, el ambiente fue distendido. Nina Petrovna relataba anécdotas de la infancia de Vadim y Valerio Alejandro parecía escuchar a Carina con fingido interés, haciéndole preguntas sobre su trabajo. Bah, él la conocía de sobra. Pero su fina ironía ya no le afectaba. Incluso bromeó un par de veces y, para sorpresa de Carina, ella se rió. Aunque en sus bromas había dobles sentidos solo comprensibles para ambos. Por ejemplo, cuando él, mirándola, comentó: —¿Sabe, Carina? Me recuerda muchísimo a una antigua… colega. Muy inteligente y siempre sabía cómo tratar a la gente. A cualquier persona. Carina no se inmutó: —Cada uno tiene sus talentos, Valerio Alejandro. Vadim, como buen enamorado, la miraba embelesado, sin captar ni pizca de los mensajes ocultos. De verdad sentía amor por ella. Y eso, quizá, era lo más importante. Y lo más amargo. Para él. Después, cuando la conversación derivó en viajes, Valerio Alejandro, lanzando una mirada cargada de intención a Carina, soltó: —A mí, por ejemplo, me gustan los lugares apartados. Sin bullicio. Para estar tranquilo, reflexionar. Sobre todo si acompaña un buen libro. ¿Y a ti, Carina, qué sitios te gustan? Intentando pillarla. —A mí me gusta estar rodeada de gente, con jaleo y alegría —respondió Carina, sin dejarse provocar—. Aunque a veces los oídos de más pueden ser peligrosos. Quizá, por un segundo, Nina notó algo raro. Carina se fijó en un pequeño gesto de preocupación en el rostro de su futura suegra, que pronto olvidó. Valerio Alejandro sabía que Carina no era de las que buscan el silencio. Y sabía por qué. Al terminar la noche, y antes de irse a la cama, Valerio Alejandro abrazó a Vadim. —Cuídala, hijo. Ella… es especial. Sonó a cumplido y a burla a la vez. Aunque nadie, salvo Carina, lo captó. A Carina le invadió una repentina sensación de frío. “Especial”. Vaya elección de palabra. *** Por la noche, ya con la casa a oscuras, Carina apenas pudo dormir. Daba vueltas a la inesperada coincidencia y buscaba cómo sobrevivir a aquellas circunstancias. La perspectiva no era nada prometedora. Sospechaba que Valerio Alejandro, como ella, tampoco dormiría. Por la incomodidad de lo vivido, por todo, sinceramente. Se levantó en silencio, se puso encima una sudadera sobre la camiseta y los shorts de estar por casa y salió sin hacer ruido. Bajando las escaleras, se aseguró de que sus pasos se oyeran lo justo para que, si alguien estaba despierto, supiera que pasaba. Salió a la terraza, donde, como esperaba, pronto apareció Valerio Alejandro. No tuvieron que esperar mucho. —¿Tampoco puedes dormir? —preguntó él, acercándose por detrás. —No consigo conciliar el sueño —respondió Carina. Sopló una pequeña brisa. Notó a la perfección el aroma característico de su perfume. Él la examinó con atención. —¿Qué buscas con mi hijo, Carina? —en ese momento no quedaba rastro del hombre de antes—. Sé de lo que eres capaz. Sé cuántos como yo han pasado por tu vida. Y sé que siempre te han movido los intereses. Por lo menos, lo reconocías, aunque fuera con rodeos. ¿Qué te aporta Vadim? Si él no pensaba hablar del pasado, Carina tampoco iba a fingir. Respondió con una mueca: —Le quiero, Valerio Alejandro —entonó, melodiosa—. ¿Por qué no podría? Él no se tragó la respuesta. —¿Le quieres? ¿Tú? Es ridículo. Sé perfectamente de qué vas, Carina. Y se lo voy a contar a Vadim todo. Lo que eras. Quién eres en realidad. ¿Crees que se casaría contigo después de eso? Carina se acercó, quedando a menos de un brazo de distancia. Le sostuvo la mirada, con aire desafiante. —Cuéntalo, Valerio Alejandro —dijo, exagerando cada sílaba—. Pero entonces tu esposa también conocerá nuestro pequeño secreto. —Eso… —No es chantaje. Es reciprocidad. Si cuentas cómo nos conocimos, tendrás que explicar también todo lo que hicimos juntos. Créeme, no me callaré nada. —No es lo mismo… —¿No? ¿Se lo dirás así también a tu mujer? Valerio Alejandro se quedó helado. El intento de intimidar a Carina había fracasado. Comprendió que estaba perdido. Estaban atados el uno al otro. —¿Y qué piensas contarle? —No solo a ella. A todos. Incluso a Vadim. Les contaré qué clase de marido eres y a qué dedicabas aquellas supuestas horas extra. Lo contaré todo, ya no tendría nada que perder. ¿Quieres salvar a tu hijo de mí? Inténtalo. Una elección complicada. Desanimar a su hijo de casarse, era firmar su propio divorcio. —No te atreverás. —¿Ah no? —Carina estalló en una risa seca—. ¿Tú sí y yo no? No lo haré, si tú tampoco lo haces y no desvelas mi supuesto “interés” cuando tienes tanto que perder. Y Nina Petrovna… ella aprecia mucho la fidelidad. En cierta ocasión, borracho, él mismo le había confesado a Carina su remordimiento por sus infidelidades. Que Nina no merecía eso y él era un canalla. Nina no lo perdonaría jamás. Así que debía escoger muy bien. Sabía que Carina no iba de farol. —De acuerdo —dijo al fin—, no diré nada. Y tú tampoco hables. Nadie debe saber nada. Olvidemos lo que fue. Por eso Carina estaba tan tranquila. Él perdería mucho más que ella. —Como quieras, Valerio Alejandro. A la mañana siguiente, abandonaron la casa de los padres de Vadim. Bajo la mirada indignada del futuro suegro, Carina se despidió de su esposa, que ya la trataba como a una hija. A Valerio le tembló un ojo de la rabia. Él sufría por no poder advertir a su hijo de la verdadera Carina, pero no se atrevía a incriminarse. Perder a Nina sería perder a su mujer… y buena parte de su patrimonio. Ni hablar de irse con las manos vacías. Y su hijo tampoco se lo perdonaría. Pasaron otros días, y Carina y Vadim volvieron a alojarse con sus padres por dos semanas de vacaciones. Valerio Alejandro, siempre escurridizo, evitaba cruzarse con Carina poniendo mil excusas. Hasta que, un día quedándose solo en casa, la curiosidad malsana se apoderó de él. Decidió husmear en el bolso de Carina, buscando algo que le diera ventaja. Rebuscó cosméticos, agenda, una libreta… y entonces vio el objeto blanco y azul. Un test de embarazo. Dos líneas claras. —Y yo que creía que la catástrofe era que mi hijo se casara con… No, esto sí es una catástrofe —devolvió el test, pero no pudo cerrar el bolso a tiempo. Carina lo pilló con las manos en la masa. —No está bien remenar en cosas ajenas, ¿verdad? —le reprochó, sarcástica, aunque no parecía muy molesta. Valerio Alejandro tampoco se molestó en disimular. —¿Estás embarazada de Vadim? Carina se acercó despacio, tomó el bolso y, mirándole de frente, dijo: —Parece que le ha estropeado la sorpresa, Valerio Alejandro. Él estaba furioso. Ahora sí que Carina no dejaría escapar a su hijo. Ahora, si contaba algo… se hundirían ambos. Mejor era callar. Aunque dolía callar, sabiendo qué clase de trampa le esperaba a su hijo. *** Pasaron nueve meses… y medio año más. Vadim y Carina criaban juntos a Alicia. Valerio Alejandro procuraba no ir ni a verles. No quería ni pensar en el asunto. No consideraba suya a la nieta. Y Carina le daba miedo. Le aterraba su frialdad hacia Vadim y su oscuro pasado. Y otra vez la historia se repetía. Nina tenía pensado visitar a Vadim y Carina. —Valer, ¿vienes conmigo? —No, me duele la cabeza. —¿Otra vez? Empieza a ser preocupante. —Bah, estoy cansado. Ve tú sola. Ponía mil excusas para no ir. Hasta tomaba pastillas “por si acaso” y por dar más credibilidad. No podía ni verla. Y tampoco podía revelar la verdad. La tarde se le hizo larga. Micoseaba. Leía. Y entonces se dio cuenta de que Nina tardaba demasiado. Ya eran las once y nada. No cogía el móvil. Llamó a Vadim. —Vadim, ¿todo bien? ¿Se fue ya Nina? No ha llegado. —Papá, eres el último con el que quiero hablar ahora. Y colgó… Valerio se planteaba ir él mismo cuando vio aparcar el coche de Carina. Al verla, casi le dio un ataque. —¿Qué haces aquí? ¡Habla! ¿Qué ha pasado? Carina, aparentemente impasible, se sirvió una copa de vino. Bebió. Se acomodó en el sillón. —Ha pasado el desastre. —¿Qué desastre? —Nuestro. Común. Vadim encontró en la web de cierta cafetería unas fotos nuestras de hace cuatro años. De una fiesta en el “Oasis”, ¿recuerdas? Justo buscaba reservar para nuestro aniversario, y ahí estábamos… En todo nuestro esplendor. El dichoso fotógrafo lo colgó todo. Vadim está fuera de sí. Nina va a pedir el divorcio. Y yo, como deseabas, parece que también me separo de tu hijo. Valerio Alejandro se quedó atónito. Repasó mentalmente aquellos días, la fiesta, la advertencia de no sacarles fotos… Jamás pensó que todo acabaría así. Se hundió en el sofá, derrotado. —¿Y a mí qué se te ha perdido aquí? —Me apetecía huir unas horas —sonrió Carina—. Allí hay mucho jaleo. Alicia se ha quedado con la niñera. ¿Un vino? Le ofreció su propio vino. Bebieron en la terraza, con el único ruido de los grillos uniendo sus mundos. —Todo esto es culpa tuya —dijo Valerio Alejandro. Carina asintió, mirando el vaso. —Ajá. —Eres insoportable. —Qué más da. —Ni te da pena Vadim. —Me da pena, pero más pena me doy yo. —Solo te quieres a ti misma. —No lo niego. De repente él le agarró la barbilla, obligándola a mirarle. —Sabes que nunca te he querido —susurró. —Lo creo perfectamente. *** Por la mañana, al volver Nina Petrovna para intentar reconciliarse, aunque le costase medio alma, encontró a Carina y Valerio Alejandro juntos. Todavía dormidos. —¿Quién anda ahí? —murmuró Carina. —Soy yo —contestó Nina, contemplando cómo su mundo se desmoronaba. Carina, al verla, solo sonrió con calma. Valerio Alejandro despertó después, pero no fue detrás de su esposa.

Diario de Lucía

Hoy, mirando hacia atrás, no dejo de sorprenderme de cómo llegué a esta situación. El día que acepté conocer a los padres de Álvaro, sabía que más que ilusión, llevaba una careta bien puesta. ¿Para qué necesitaba realmente a esos señores? No era con ellos con quienes pensaba compartir mi vida. Y su padre, Don Fernando, por muy adinerado que fuera, solo prometía problemas y secretos. Pero una vez decides casarte, hay que seguir adelante hasta el final del juego.

Me esmeré en arreglarme, pero sin exagerar; quería que me vieran como la chica dulce y sencilla de Valladolid. Encontrarse con los padres del novio siempre es un campo minado, pero si encima son inteligentes eso sí que da miedo.

Álvaro, pobrecillo, creyó que yo necesitaba cariño para sobrellevar el trance:

Tranquila, Lucía, no te pongas nerviosa. Mi padre es serio, pero en realidad deja hacer. Y mi madre ella te va a adorar. Es la que anima toda la casa me repitió mientras subíamos por el paseo arbolado de su chalet a las afueras de Salamanca.

Yo solo esbocé una sonrisa. Padres tan distintos, menudo cóctel. Reí para mis adentros.

Al llegar, nada me sorprendió. Había estado en casas más lujosas y con más arte en las paredes. Al minuto ya estaban ambos abriéndonos la puerta: doña Carmen, la típica matriarca castellana, ama de casa entregada y viajera ocasional con sus amigas; y don Fernando, alto, seco y reservado, como ya decía Álvaro. Su nombre, sin embargo, al pronunciarlo, me sonó inquietantemente familiar.

Fue verle y quedarme clavada en la entrada, sin decidirme a entrar. ¡Qué ironía! A la futura suegra no la conocía, pero a mi futuro suegro le bastó una mirada para reconocernos. Hacía tres años que nuestros caminos se habían cruzado, encuentros breves pero intensos, con intereses mutuos, siempre en lugares discretos, nunca con testigos conocidos. Nada que Carmen ni Álvaro supieran, por supuesto.

Menudo papelón.

Él también me reconoció. Se le escapó un destello extraño en los ojos, mezcla de sorpresa y amenaza, pero se esforzó en guardar silencio.

Ajeno a todo, Álvaro me presentó con todo el entusiasmo del enamorado:

Mamá, papá, ella es Lucía, mi prometida. No os la había traído antes porque es tímida, de verdad.

Vaya teatrillo

Don Fernando me ofreció la mano. El apretón, fuerte, casi brusco.

Encantado, Lucía dijo, con un tono que solo yo supe descifrar. ¿Advertencia? ¿Rencor? ¿Quizá una amenaza velada?

No sabía cómo iba a salir de esta. Esperaba de un momento a otro que don Fernando soltara alguna bomba y desvelara mi antigua vida.

Igualmente, don Fernando respondí, disimulando a la perfección. Sentí cómo me subía la adrenalina.

Pero nada ocurrió. Al contrario, con una falsa sonrisa, él mismo me acercó una silla.

Seguro que tenía otros planes, pensé.

Entonces lo comprendí. No iba a delatarme; hacerlo sería desvelar también su infidelidad a su esposa.

La velada transcurrió con aparente normalidad. Doña Carmen me contó anécdotas de la infancia de Álvaro, mientras don Fernando, con aparente curiosidad, me hacía preguntas de mi trabajo. Demasiado sabía él, claro. Entre broma y broma, se notaban pullas apenas disfrazadas, comprendidas solo por nosotros dos.

Lucía, ¿sabes? Me recuerdas a una antigua amiga de trabajo. Era muy lista, y siempre sabía cómo tratar a los demás, sin importar quién fueran dijo, cruzando su mirada con la mía.

Cada cual tiene sus talentos, don Fernando repliqué con una naturalidad nacida de la práctica.

Álvaro, como buen enamorado, no se daba cuenta de nada. Solo me miraba como si yo fuera el sol. Y eso parecía lo más cruel, por él, por su inocencia.

Más tarde, hablamos de viajes. Don Fernando volvió a la carga:

Yo prefiero los sitios tranquilos, sin nadie alrededor, donde poder reflexionar con un libro ¿y tú, Lucía? ¿Qué te atrae más?

Yo soy más de lugares animados, llenos de gente y movimiento contesté, desafiante. Aunque, a veces, demasiados oídos pueden dejarte con problemas.

Vi a doña Carmen fruncir el ceño por un segundo. Algo en su interior le saltó, pero enseguida lo enterró.

Don Fernando sabía que yo no buscaba el silencio. Sabía perfectamente el motivo.

Al terminar la noche, cuando tocó despedirse, don Fernando abrazó a Álvaro:

Cuídala, hijo. Es especial.

El tono era mitad burla, mitad piropo. Pero solo yo entendí lo que quería decir.

Fue como si se apagara la calefacción de golpe. Especial. Vaya palabra eligió el hombre.

****

Esa noche no logré pegar ojo. Repasaba mentalmente el desastre y cómo sobrevivir a tantas verdades a medias. Intuía que don Fernando tampoco dormiría. Los dos pendientes de una conversación que ninguno deseaba tener.

Me levanté tras muchas vueltas. Me puse una sudadera encima de la camiseta, y bajé despacio, asegurándome de hacer el suficiente ruido como para que el insomne de la casa pudiera enterarse, si estaba alerta. Salí a la terraza, a la espera; estaba segura de que él aparecería.

No tardó.

¿No puedes dormir? dijo acercándose por detrás.

No hay manera de pillar sueño contesté.

Una ráfaga de aire movió mi pelo y percibí su colonia. Me miró con detenimiento.

¿Qué quieres de mi hijo, Lucía? Sé perfectamente de qué pie cojeas. Conozco a cuantos, como yo, has conocido. Sé que solo te mueven los euros, nunca lo has intentado esconder. Tu tarifa era clara, aunque discreta. ¿Por qué Álvaro?

Si él tiraba de franqueza dura, yo no pensaba dejarme intimidar. Sonreí con malicia:

Le quiero, don Fernando entoné canturreando. ¿Por qué no iba a poder?

No parecía convencido.

¿Amor? ¿Tú? No me hagas reír. Voy a contarlo todo, Lucía. Lo que eres, lo que has sido. Dudo que después de eso Álvaro siga queriendo casarse contigo.

Me acerqué, quedando frente a frente, y sostuve su mirada.

Adelante. Cuéntalo. Pero entonces tu mujer sabrá nuestro pequeño secreto.

Eso

No es chantaje, es justicia. Si cuentas cómo nos conocimos, tendrás que contar toda la historia. Créeme, no escatimaré detalles.

Son cosas distintas

¿Estás seguro? ¿Le dirás lo mismo a doña Carmen?

El titubeó. Sabía que no me achantaría. La única salida era pactar una tregua.

¿Y qué vas a contarle?

No solo a ella. A todos, incluso a Álvaro. ¿Quieres salvarle de mí? Hazlo, pero será a cambio de arruinar tu vida.

Difícil elección. Impedir nuestra boda era sentenciar su propio matrimonio.

No te atreverás.

¿No? ¿Tú sí y yo no? Si tú hablas, yo también. Y perderás mucho más de lo que crees. Doña Carmen menuda categoría le da a la fidelidad.

Una vez, en una noche de copas, me había confesado que su mujer era sagrada para él, pese a ser un pésimo marido. Sabía que Carmen jamás le perdonaría.

Entendió, por fin.

Está bien admitió en voz baja. No contaré ni una palabra. Y tú tampoco. Mejor olvidar lo que pasó.

Yo lo tenía claro. Él perdería mucho más que yo.

Como digas, don Fernando.

A la mañana siguiente, el adiós a los padres de Álvaro fue bajo la grieta muda de la hostilidad. Doña Carmen me trató como hija, y Fernando apenas podía mirarme. Su resentimiento era casi palpable; temía aquel secreto que amenazaba con dinamitar su familia y su cartera. Sin Carmen, no solo perdía esposa, sino la mitad del patrimonio.

****

Pasaron dos semanas y, por circunstancias, debimos volver a la casa familiar a pasar unos días libres de verano.

Don Fernando se excusó siempre con trabajo; me esquivaba, y yo lo prefería así. Pero la casas grandes hacen fácil espiar, y él, una tarde, presa de un impulso vil, rebuscó en mi bolso. Entre mis cosas, halló una prueba de embarazo. Positiva, por supuesto.

Creía que el verdadero desastre era la boda, pero ¡esto sí que lo es! devolvió el test al bolso justo cuando yo entraba.

Qué feo es revolver en lo ajeno le reproché irónica, más divertida que enfadada.

¿Estás embarazada de mi hijo?

Me acerqué, recogí mi bolso y sonreí:

Le ha estropeado usted la sorpresa, don Fernando.

El pánico le invadió. Ahora yo estaba atada a Álvaro por siempre. El silencio era su único refugio.

****

Pasaron nueve meses y medio año más.

Álvaro y yo criábamos a Clara.

Don Fernando ya casi no venía. Decía tener jaquecas, resfriados, problemas en la pierna todo para evitar verme. No reconocía a Clara como nieta, y mi presencia parecía helarle el alma. Pero tampoco se atrevía a romper el pacto.

Las tardes, en mi piso nuevo de León, pasaban lentas, con Clara gateando y Carmen, la abuela, de visita casi diaria. Hasta que una noche, Carmen se retrasó más de la cuenta. Ya era tarde, no respondía al móvil. Fernando, alarmado, llamó a Álvaro.

¿Todo bien, hijo? ¿Tu madre salió ya?

Papá, ahora mismo eres la última persona con la que quiero hablar.

Colgó airado.

Poco después, escuché el coche de Carmen. Pero no, era mi propio coche, con Fernando esperando en la puerta, nervioso.

¿Qué haces aquí? ¡Habla! gritaba, fuera de sí.

Yo, serena, serví una copa de vino y me senté.

Todo se ha ido al garete le dije.

¿Cómo que todo?

Nuestro secreto, Fernando. Álvaro encontró en la web de una cafetería unas fotos de hace años, de aquella fiesta en el “Patio Grande”. Quería reservar para nuestro aniversario y ahí estábamos. Juntos. El fotógrafo lo subió todo. Carmen quiere divorciarse. Yo supongo que me separaré de tu hijo también.

Fernando palideció y se dejó caer en una silla junto a mí.

¿Y por qué has venido aquí?

Porque necesitaba huir una tarde me encogí de hombros. En casa reina el desastre. Clara está con la niñera. ¿Brindamos?

Nos sentamos en silencio en la terraza, copa en mano, escuchando solo el canto de los grillos.

Esto es culpa tuya musitó Fernando.

Puede.

Eres insoportable.

Tal vez.

Ni siquiera te duele por Álvaro.

Me duele, pero más por mí.

Solo te quieres a ti misma.

Nunca lo he negado.

Me agarró el rostro y me miró fijamente.

Jamás te quise susurró.

Lo sé.

****

Por la mañana, cuando Carmen apareció por casa dispuesta a perdonar a Fernando aunque fuera a costa de su salud mental, nos sorprendió a los dos juntos, aún dormidos en el sofá del porche.

¿Quién anda ahí? balbuceé medio dormida.

Yo respondió Carmen, observando su vida hacerse añicos.

La miré y le sonreí. Fernando no tuvo valor para ir tras ella.

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MagistrUm
Esposa y Padre Carina solo fingía interés en conocer a los padres de Vadim. ¿Para qué le iban a servir? No pensaba convivir con ellos, y además, del padre de Vadim, que según decían tenía buena posición, solo podía esperar problemas y sospechas. Pero ya que se había decidido a casarse, había que continuar la farsa hasta el final. Carina se arregló, aunque de manera bastante sencilla, para aparentar ser una chica simpática y natural. El encuentro con los padres del novio siempre es una situación llena de trampas invisibles, y más aún si los padres son inteligentes: una prueba de fuego. Vadim pensó que Carina necesitaba ánimos: —No te agobies, Carina, de verdad, no te pongas nerviosa. Mi padre es serio, pero dialogante. No te van a decir nada terrible, ya verás. Te van a coger cariño. Mi padre es un poco raro, sí, pero mi madre es el alma de la familia —le aseguró justo antes de entrar. Carina simplemente sonrió, apartando un mechón de pelo del hombro. Así que el padre, taciturno, y la madre, el alma de la fiesta. Vaya dúo. Esbozó una sonrisa para sí. La casa no le impresionó. Ya había estado en domicilios mucho más lujosos. Nada más llegar, les abrieron la puerta. Carina no se puso especialmente nerviosa. ¿Para qué? Personas normales, como cualquiera. Había escuchado que Nina Petrovna, la madre, era ama de casa desde hacía años, casi nunca había trabajado y a veces viajaba con sus amigas, pero poco más. El padre, Valerio Alejandro, aunque decían que no era muy risueño, al menos era discreto. Pero su nombre le sonaba sospechosamente familiar… Les recibieron… Y Carina se quedó paralizada en la entrada, sin llegar a cruzar el umbral. Aquello era el final… No conocía a su futura suegra, pero al futuro suegro lo reconoció al instante. Ya se habían visto antes. Tres años atrás. No fue algo habitual, pero sí, muy beneficioso para ambos. En bares, hoteles, restaurantes. Por supuesto, ni la esposa ni el hijo de Valerio Alejandro supieron nunca de aquellos encuentros. Se acabó lo bueno. Valerio la reconoció también. Sus ojos brillaron con una chispa indescifrable: sorpresa, tal vez asombro, o quizás algo más oscuro, algún plan que ya estaría tramando. Pero mantuvo silencio absoluto. Vadim, ajeno a todo, la presentó con entusiasmo: —Mamá, papá, os presento a Carina. Mi prometida. Me ha costado traerla porque es muy tímida. Vaya… Valerio Alejandro le tendió la mano. Su apretón fue firme, casi duro. —Encantado, Carina —dijo, y en su voz flotaba una sutil nota… difícil de descifrar: ¿ira, advertencia o…? Carina solo pensaba cómo lograría salir de aquello, en cualquier momento esperando que Valerio revelara quién era ella en realidad. —El placer es mío, Valerio Alejandro —contestó Carina, intentando no descubrirse de inmediato. Le devolvió el apretón de manos, sintiendo cómo el impulso del momento le aceleraba el pulso. Ahora, ¿qué pasaría…? Pero… nada. Valerio, forzando algo parecido a una sonrisa, le acercó él mismo una silla para sentarse a la mesa. Seguro que pensaba dejarla en evidencia después… Pero nada ocurrió. Y entonces Carina se dio cuenta: él no lo contaría. Porque si la delataba, se delataba también a sí mismo delante de la esposa. En cuanto se relajaron, el ambiente fue distendido. Nina Petrovna relataba anécdotas de la infancia de Vadim y Valerio Alejandro parecía escuchar a Carina con fingido interés, haciéndole preguntas sobre su trabajo. Bah, él la conocía de sobra. Pero su fina ironía ya no le afectaba. Incluso bromeó un par de veces y, para sorpresa de Carina, ella se rió. Aunque en sus bromas había dobles sentidos solo comprensibles para ambos. Por ejemplo, cuando él, mirándola, comentó: —¿Sabe, Carina? Me recuerda muchísimo a una antigua… colega. Muy inteligente y siempre sabía cómo tratar a la gente. A cualquier persona. Carina no se inmutó: —Cada uno tiene sus talentos, Valerio Alejandro. Vadim, como buen enamorado, la miraba embelesado, sin captar ni pizca de los mensajes ocultos. De verdad sentía amor por ella. Y eso, quizá, era lo más importante. Y lo más amargo. Para él. Después, cuando la conversación derivó en viajes, Valerio Alejandro, lanzando una mirada cargada de intención a Carina, soltó: —A mí, por ejemplo, me gustan los lugares apartados. Sin bullicio. Para estar tranquilo, reflexionar. Sobre todo si acompaña un buen libro. ¿Y a ti, Carina, qué sitios te gustan? Intentando pillarla. —A mí me gusta estar rodeada de gente, con jaleo y alegría —respondió Carina, sin dejarse provocar—. Aunque a veces los oídos de más pueden ser peligrosos. Quizá, por un segundo, Nina notó algo raro. Carina se fijó en un pequeño gesto de preocupación en el rostro de su futura suegra, que pronto olvidó. Valerio Alejandro sabía que Carina no era de las que buscan el silencio. Y sabía por qué. Al terminar la noche, y antes de irse a la cama, Valerio Alejandro abrazó a Vadim. —Cuídala, hijo. Ella… es especial. Sonó a cumplido y a burla a la vez. Aunque nadie, salvo Carina, lo captó. A Carina le invadió una repentina sensación de frío. “Especial”. Vaya elección de palabra. *** Por la noche, ya con la casa a oscuras, Carina apenas pudo dormir. Daba vueltas a la inesperada coincidencia y buscaba cómo sobrevivir a aquellas circunstancias. La perspectiva no era nada prometedora. Sospechaba que Valerio Alejandro, como ella, tampoco dormiría. Por la incomodidad de lo vivido, por todo, sinceramente. Se levantó en silencio, se puso encima una sudadera sobre la camiseta y los shorts de estar por casa y salió sin hacer ruido. Bajando las escaleras, se aseguró de que sus pasos se oyeran lo justo para que, si alguien estaba despierto, supiera que pasaba. Salió a la terraza, donde, como esperaba, pronto apareció Valerio Alejandro. No tuvieron que esperar mucho. —¿Tampoco puedes dormir? —preguntó él, acercándose por detrás. —No consigo conciliar el sueño —respondió Carina. Sopló una pequeña brisa. Notó a la perfección el aroma característico de su perfume. Él la examinó con atención. —¿Qué buscas con mi hijo, Carina? —en ese momento no quedaba rastro del hombre de antes—. Sé de lo que eres capaz. Sé cuántos como yo han pasado por tu vida. Y sé que siempre te han movido los intereses. Por lo menos, lo reconocías, aunque fuera con rodeos. ¿Qué te aporta Vadim? Si él no pensaba hablar del pasado, Carina tampoco iba a fingir. Respondió con una mueca: —Le quiero, Valerio Alejandro —entonó, melodiosa—. ¿Por qué no podría? Él no se tragó la respuesta. —¿Le quieres? ¿Tú? Es ridículo. Sé perfectamente de qué vas, Carina. Y se lo voy a contar a Vadim todo. Lo que eras. Quién eres en realidad. ¿Crees que se casaría contigo después de eso? Carina se acercó, quedando a menos de un brazo de distancia. Le sostuvo la mirada, con aire desafiante. —Cuéntalo, Valerio Alejandro —dijo, exagerando cada sílaba—. Pero entonces tu esposa también conocerá nuestro pequeño secreto. —Eso… —No es chantaje. Es reciprocidad. Si cuentas cómo nos conocimos, tendrás que explicar también todo lo que hicimos juntos. Créeme, no me callaré nada. —No es lo mismo… —¿No? ¿Se lo dirás así también a tu mujer? Valerio Alejandro se quedó helado. El intento de intimidar a Carina había fracasado. Comprendió que estaba perdido. Estaban atados el uno al otro. —¿Y qué piensas contarle? —No solo a ella. A todos. Incluso a Vadim. Les contaré qué clase de marido eres y a qué dedicabas aquellas supuestas horas extra. Lo contaré todo, ya no tendría nada que perder. ¿Quieres salvar a tu hijo de mí? Inténtalo. Una elección complicada. Desanimar a su hijo de casarse, era firmar su propio divorcio. —No te atreverás. —¿Ah no? —Carina estalló en una risa seca—. ¿Tú sí y yo no? No lo haré, si tú tampoco lo haces y no desvelas mi supuesto “interés” cuando tienes tanto que perder. Y Nina Petrovna… ella aprecia mucho la fidelidad. En cierta ocasión, borracho, él mismo le había confesado a Carina su remordimiento por sus infidelidades. Que Nina no merecía eso y él era un canalla. Nina no lo perdonaría jamás. Así que debía escoger muy bien. Sabía que Carina no iba de farol. —De acuerdo —dijo al fin—, no diré nada. Y tú tampoco hables. Nadie debe saber nada. Olvidemos lo que fue. Por eso Carina estaba tan tranquila. Él perdería mucho más que ella. —Como quieras, Valerio Alejandro. A la mañana siguiente, abandonaron la casa de los padres de Vadim. Bajo la mirada indignada del futuro suegro, Carina se despidió de su esposa, que ya la trataba como a una hija. A Valerio le tembló un ojo de la rabia. Él sufría por no poder advertir a su hijo de la verdadera Carina, pero no se atrevía a incriminarse. Perder a Nina sería perder a su mujer… y buena parte de su patrimonio. Ni hablar de irse con las manos vacías. Y su hijo tampoco se lo perdonaría. Pasaron otros días, y Carina y Vadim volvieron a alojarse con sus padres por dos semanas de vacaciones. Valerio Alejandro, siempre escurridizo, evitaba cruzarse con Carina poniendo mil excusas. Hasta que, un día quedándose solo en casa, la curiosidad malsana se apoderó de él. Decidió husmear en el bolso de Carina, buscando algo que le diera ventaja. Rebuscó cosméticos, agenda, una libreta… y entonces vio el objeto blanco y azul. Un test de embarazo. Dos líneas claras. —Y yo que creía que la catástrofe era que mi hijo se casara con… No, esto sí es una catástrofe —devolvió el test, pero no pudo cerrar el bolso a tiempo. Carina lo pilló con las manos en la masa. —No está bien remenar en cosas ajenas, ¿verdad? —le reprochó, sarcástica, aunque no parecía muy molesta. Valerio Alejandro tampoco se molestó en disimular. —¿Estás embarazada de Vadim? Carina se acercó despacio, tomó el bolso y, mirándole de frente, dijo: —Parece que le ha estropeado la sorpresa, Valerio Alejandro. Él estaba furioso. Ahora sí que Carina no dejaría escapar a su hijo. Ahora, si contaba algo… se hundirían ambos. Mejor era callar. Aunque dolía callar, sabiendo qué clase de trampa le esperaba a su hijo. *** Pasaron nueve meses… y medio año más. Vadim y Carina criaban juntos a Alicia. Valerio Alejandro procuraba no ir ni a verles. No quería ni pensar en el asunto. No consideraba suya a la nieta. Y Carina le daba miedo. Le aterraba su frialdad hacia Vadim y su oscuro pasado. Y otra vez la historia se repetía. Nina tenía pensado visitar a Vadim y Carina. —Valer, ¿vienes conmigo? —No, me duele la cabeza. —¿Otra vez? Empieza a ser preocupante. —Bah, estoy cansado. Ve tú sola. Ponía mil excusas para no ir. Hasta tomaba pastillas “por si acaso” y por dar más credibilidad. No podía ni verla. Y tampoco podía revelar la verdad. La tarde se le hizo larga. Micoseaba. Leía. Y entonces se dio cuenta de que Nina tardaba demasiado. Ya eran las once y nada. No cogía el móvil. Llamó a Vadim. —Vadim, ¿todo bien? ¿Se fue ya Nina? No ha llegado. —Papá, eres el último con el que quiero hablar ahora. Y colgó… Valerio se planteaba ir él mismo cuando vio aparcar el coche de Carina. Al verla, casi le dio un ataque. —¿Qué haces aquí? ¡Habla! ¿Qué ha pasado? Carina, aparentemente impasible, se sirvió una copa de vino. Bebió. Se acomodó en el sillón. —Ha pasado el desastre. —¿Qué desastre? —Nuestro. Común. Vadim encontró en la web de cierta cafetería unas fotos nuestras de hace cuatro años. De una fiesta en el “Oasis”, ¿recuerdas? Justo buscaba reservar para nuestro aniversario, y ahí estábamos… En todo nuestro esplendor. El dichoso fotógrafo lo colgó todo. Vadim está fuera de sí. Nina va a pedir el divorcio. Y yo, como deseabas, parece que también me separo de tu hijo. Valerio Alejandro se quedó atónito. Repasó mentalmente aquellos días, la fiesta, la advertencia de no sacarles fotos… Jamás pensó que todo acabaría así. Se hundió en el sofá, derrotado. —¿Y a mí qué se te ha perdido aquí? —Me apetecía huir unas horas —sonrió Carina—. Allí hay mucho jaleo. Alicia se ha quedado con la niñera. ¿Un vino? Le ofreció su propio vino. Bebieron en la terraza, con el único ruido de los grillos uniendo sus mundos. —Todo esto es culpa tuya —dijo Valerio Alejandro. Carina asintió, mirando el vaso. —Ajá. —Eres insoportable. —Qué más da. —Ni te da pena Vadim. —Me da pena, pero más pena me doy yo. —Solo te quieres a ti misma. —No lo niego. De repente él le agarró la barbilla, obligándola a mirarle. —Sabes que nunca te he querido —susurró. —Lo creo perfectamente. *** Por la mañana, al volver Nina Petrovna para intentar reconciliarse, aunque le costase medio alma, encontró a Carina y Valerio Alejandro juntos. Todavía dormidos. —¿Quién anda ahí? —murmuró Carina. —Soy yo —contestó Nina, contemplando cómo su mundo se desmoronaba. Carina, al verla, solo sonrió con calma. Valerio Alejandro despertó después, pero no fue detrás de su esposa.