¿Y cómo lo logras, tío? ¿Cómo puedes llevar tantos años con la misma mujer? ¿Cuál es el truco? mi hermano no dejaba de hacerme esa pregunta cada vez que venía a casa.
Amor y muchísima paciencia. Nada más le respondía yo siempre igual, con una sonrisa resignada.
Ese truco no es para mí. Todas las mujeres me gustan. Cada una es un enigma y vivir con un libro ya leído… ni hablar se reía mi hermano.
Mi hermano pequeño, Javier, se casó con apenas dieciocho años. Su novia, Lucía, le sacaba diez años. Una chica entrañable, entregada hasta el fondo a Javier desde el primer momento, mientras a él sólo le divertía la novedad.
Lucía se instaló formalmente en casa de Javier, donde además vivían otros siete familiares. Tuvo a su hijo, Samuel, y pensó que agarraba para siempre el pájaro de la felicidad. Les dieron a los tres una habitación diminuta al fondo del pasillo.
Lucía tenía una colección preciosa de figuritas de porcelana, rarísimas y con mucho valor para ella. Sus diez tesoros decoraban el aparador viejo del salón. Toda la familia sabíamos lo especial que era esa colección para Lucía. Podía pasarse ratos observando aquellas figuras, admirándolas con un cariño que se notaba en la mirada.
Por ese entonces yo aún buscaba pareja, tanteando entre las chicas del barrio con la esperanza de encontrar a la definitiva. Y mira, tuve suerte. Llevo ya más de cincuenta años casado con mi mujer.
Javier y Lucía sobrevivieron juntos una década. Poco tenía Lucía de lo que presumir en ese matrimonio; se desvivía por su marido y su hijo, era generosa, calmada y noble. Pero Javier… ¿qué echaba de menos?
Una noche llegó mi hermano a casa con unas copas de más. Algo en Lucía o su manera de hablar lo irritó, y empezó a meterse con ella, a hacerle bromas pesadas y a zarandearla. Lucía evitó el lío retirándose a la calle con Samuel, en silencio. De pronto, un estrépito: el horroroso sonido de porcelana hecha añicos. Lucía volvió corriendo, y allí estaban todas las figuras esparcidas por el suelo, hechas polvo menos una que, milagrosamente, había quedado entera. Lucía la recogió, la acarició, la besó, pero no dijo una palabra. Sus ojos, eso sí, eran dos mares rotos de lágrimas.
Desde entonces se abrió una grieta entre ellos. Lucía, aunque seguía cumpliendo en casa y siendo la esposa ejemplar, ya era otro asunto; todo lo hacía sin alegría, sin ganas.
Javier empezó a beber más, a rodearse de malas compañías y mujeres de moral distraída. Lucía, pacífica y callada, se encerró en sí misma. Poco a poco Javier desaparecía de su propia casa y olvidaba a su familia. Lucía entendió, con tristeza, que no se puede atrapar el viento. Al final terminaron divorciándose, sin gritos ni dramas: Lucía se mudó con Samuel a su ciudad natal, y la única figura que sobrevivió quedó solita, sobre el aparador, como un recuerdo de su paso por allí.
Javier, por su parte, se entregó a la fiesta. Era de enredarse con cualquiera, enamorarse rápido y desenamorarse aún más rápido. Se casó y divorció tres veces, siempre entre vino y juergas. Lo curioso es que Javier era un economista brillante en la Universidad Complutense de Madrid, lo llamaban de otras ciudades como asesor, incluso publicó un libro sobre economía que se estudió en toda España. A Javier le auguraban un porvenir de éxito, pero el vino y los excesos acabaron arruinándolo todo.
En un momento, pensamos que Javier, ya mayor, por fin se serenaba. Anunció boda con una mujer impresionante, y la familia acudió a la pequeña ceremonia. Ella tenía un hijo de diecisiete años que, desde el primer momento, vimos que no se llevaría bien con Javier. Pero él, cabezota, no quiso prestarle atención al asunto. Ese desencuentro acabó siendo la ruina del matrimonio: cinco años más tarde, estaban separados después de una pelea monumental con el muchacho.
Después hubo otras, fugaces: Lara, Inés, Sofía… Siempre convencido de que había encontrado a la definitiva, pero era la vida la que tenía otros planes.
A los cincuenta y tres años, Javier cayó gravemente enfermo. Ya no quedaba ninguna de las mujeres alrededor. Sólo estábamos mis hermanas y yo, cuidando de él mientras yacía en la cama.
Simón, bajo la cama tengo una maleta. ¿Me la acercas? pidió, casi sin poder moverse.
La saqué, cubierta de polvo, y al abrirla no me lo podía creer: estaba llena de figuritas de porcelana, cada una envuelta con cuidado.
Las reuní para mi Lucía. Nunca pude olvidar su mirada ese día, cuando rompí la colección sin querer. Vaya cruz que pasó conmigo. ¿Te acuerdas cómo recorría España con mis viajes de trabajo? Ahí aprovechaba y le compraba figuras en cada sitio. Saca el doble fondo, Simón. Ahí están mis ahorros. Llévaselos a Lucía. Ojalá me perdone. No nos volveremos a ver. Te lo suplico, prométemelo.
Te lo prometo, Javier yo casi no podía hablar, se me hacía un nudo en la garganta.
En el sobre bajo la almohada está su dirección me dijo sin mirarme ya más.
Lucía seguía viviendo en su ciudad, Salamanca. Samuel, según me contó una carta suya, estaba enfermo de algo raro; los médicos ni sabían darle diagnóstico, y le recomendaron, si podía, buscar ayuda en Europa. Por lo visto, aunque cortaron, Lucía y Javier no dejaron nunca de escribirse. Sólo ella, porque Javier jamás contestó.
Tras el funeral, cumplí la promesa. Llevé la maleta a Lucía, nos encontramos cerca de la estación. Cuando me vio, se le iluminaron los ojos y me abrazó.
Simón, ¡sois igualitos tú y Javier! De verdad, no puedo veros y no pensar en él.
Le entregué la maleta, le pedí disculpas, justo como me pidió mi hermano.
Lucía, perdona a ese hombre cabeza loca que fue Javier. Eso es para ti… hay dinero y algo más que él quería darte. Míralo luego con calma en casa. Para Javier, siempre fuiste su verdadera mujer. No lo olvides.
Fue la última vez que la vi.
Unos meses después, llegó su carta:
Simón, gracias a ti y a Javier por todo. Doy gracias a Dios por haber tenido a Javier en mi vida, aunque dolió. Vendimos las figuritas y conocimos a alguien que las apreció de verdad. No podía tenerlas en casa; cada una era un recuerdo. Con el dinero, Samuel y yo por fin pudimos mudarnos a Canadá, donde mi hermana llevaba tiempo invitándonos. Ya nada me ataba aquí, salvo el último deseo de que Javier nos llamara de vuelta. No lo hizo pero al menos sé que en su corazón me guardaba como a su esposa. Samuel está mejor aquí, se siente bien. No pongas remitente; no habrá respuesta. Un abrazo.
Eso fue lo último que supe de ella.





