¡Espérame, amiga!

—¡Espérame, Lucía Fernández!

El timbre sonó y los pasillos del instituto se fueron vaciando poco a poco. Los profesores entraban en sus aulas, apurando a los rezagados.

Fuera, las hojas jóvenes susurraban bajo el sol primaveral, que invitaba a quedarse en la calle. Lucía Fernández se detuvo frente a la puerta del aula. Como sus alumnos, ella también sentía el impulso de abandonarlo todo y pasear por la ciudad en flor. Respiró hondo y entró. Los estudiantes de segundo de la ESO se levantaron con alboroto.

—Buenos días. Siéntense, por favor.

Recorrió el aula con una mirada rápida.

—¿Quién falta hoy?

La alumna aplicada, Ana Martín, se levantó y respondió en inglés que faltaban Elena Ruiz y Carlos Montero. Siempre era la primera en hablar; su dominio del idioma era impecable. Un murmullo recorrió la clase.

—Miguel, ¿qué le pasa a Carlos? —preguntó Lucía en español.

Miguel Ramos, vecino de Carlos, se encogió de hombros. Todos sabían lo que ocurría en casa del chico: un padre que había salido de prisión, sin trabajo, borracho y violento con su mujer. Carlos llevaba moretones bajo la ropa, evitaba cambiarse en el gimnasio para que no los vieran. Lucía lo compadecía. Era un chico inteligente, maduro para su edad, pero el inglés se le resistía. Aun así, lo intentaba.

Lucía había vuelto a su antiguo instituto como profesora. Eligió quedarse en su ciudad, en lugar de marcharse a Madrid como otros compañeros. No quería dejar sola a su madre.

Al principio, los alumnos la probaron, pero con el tiempo la respetaron. Los chicos ocultaban su admiración tras bromas torpes; las chicas imitaban sus gestos. Este año, le habían asignado la tutoría de segundo de la ESO.

—Ayer su padre volvió a emborracharse —susurró Miguel—. Gritos, golpes… La ambulancia se llevó a su madre al hospital. Carlos llamó cuando su padre se durmió. La policía se lo llevó a él también, hasta encontrar a algún familiar.

—¡¿Cómo?! —Lucía palideció. La clase enmudeció, expectante.

—Después de clase iré a comisaría —dijo, conteniendo el temblor de su voz.

Un suspiro colectivo de alivio recorrió el aula.

En su mente, la imagen de Carlos: sus ojos oscuros, llenos de dolor. Las veces que le había ofrecido ayuda y él, asustado, negaba con la cabeza.

—Empecemos —dijo con falsa energía.

En el recreo, Lucía fue a ver al director.

—Antonio, lo de Carlos…

—Ya lo sé. La policía llamó. Si no encuentran familiares, irá a un centro. Su padre acabará entre rejas, y su madre… Bueno, sobrevivirá. Los centros no son un paraíso, pero quizá sea mejor que vivir con ese monstruo.

—Quiero ir a verlo.

—Como tutora, tienes derecho. Pero no te metas en líos. —El director bajó la mirada, señal de que la conversación había terminado.

La visita fue en una sala de paredes verdes clorofila, con muebles incómodos.

—¿Cómo está mi madre? —preguntó Carlos al instante.

Lucía se sintió torpe. No había preguntado por ella.

—En la UCI. Se pondrá bien. —Mintió con dulzura.

—¿Lo encerrarán? Ojalá. —Carlos apretó los puños. Lucía notó cómo se subía las mangas para ocultar los moretones.

—¿Tienes familia? Tíos, abuelos…

—No tengo a nadie. Gracias por venir, Lucía. —Su voz quebró—. ¿Puedo escribirte?

—Claro. —Le entregó un papel con su dirección y teléfono—. Llámame si necesitas algo.

—Eres buena. Me gustas. Mucho. Sé que soy pequeño, pero creceré. Espérame.

Lucía sintió una mezcla de ternura y pena. Quería abrazarlo, acariciarle el pelo rebelde, pero se contuvo. Podría malinterpretarlo.

Una policía asomó la cabeza.

—Disculpe, es la hora de comer…

—Cuídate, Carlos. —En la puerta, su voz se quebró—. Espérame.

Asintió y salió, con lágrimas en los ojos.

Dos días después, el director la llamó.

—Lucía, pasa.

El uso de su nombre la alertó.

—La madre de Carlos murió. La enterraron ya. No le dejaron verla. Pero hay algo bueno: llegó su abuela, la llevará a Toledo. Ya le dimos los documentos.

Lucía pensó enLucía miró por la ventana mientras el sol de la tarde doraba las fachadas, preguntándose si, en algún lugar de Toledo, Carlos estaría también recordándola.

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