ESE MARZO QUE NUNCA OLVIDARON
Marzo no es solo un mes; es una verdadera prueba anual de resiliencia mental.
Y más aún cuando tu amor es tan extraño como el clima de Madrid: por momentos parece primavera, luego casi un apocalipsis, o simplemente como si alguien hubiera derramado pintura gris sobre toda la ciudad.
El amor de Álvaro y Jimena comenzó precisamente en marzo, lo cual lo explicaba todo.
Otros se conocieron bajo un vals de pétalos de almendros, pero ellos dos se encontraron cuando Álvaro, sin querer, salpicó a Jimena con una charca; ella, en vez de llorar, le lanzó hábilmente un trozo de nieve medio derretido (el cual, según Álvaro, ocultaba un adoquín) contra el parabrisas de su coche.
Fue amor a primer rebote.
Marzo en Madrid es esa época en que el romanticismo sale a la calle con botas de agua y paraguas destartalados.
¿Salimos a dar una vuelta?
Álvaro susurraba dulcemente por teléfono.
Sin una barca no podremos hacerlo contestaba Jimena, con toda lógica.
Te llevo a caballito entonces.
Las citas entre ellos parecían maniobras de la Guardia Civil en una zona inundada, con Álvaro transportando heroicamente a Jimena sobre el lago de nieve derretida, mientras ella sujetaba el paraguas que intentaba volar hacia Albacete junto a sus esperanzas de mantener los pies secos.
¿Sabes?
decía Álvaro, arrastrando el pie derecho, ahí está la profundidad de nuestros sentimientos.
Somos como dos patos en el Retiro.
Los patos se marcharon al sur en octubre, Álvaro.
Somos más bien dos pingüinos despistados que han fallado el rumbo a la Antártida.
Su peculiar amor se manifestaba en los pequeños detalles.
En marzo, el verdadero afecto no es un anillo en una copa de cava (ya que seguro flota un trozo de hielo), sino la última pastilla de Frenadol, partida por la mitad.
Para ti declaraba solemnemente Álvaro, tendiéndole la mitad amarilla del sobre.
Te la doy de corazón.
¿Por qué está cubierta de pelos de gato?
Eso es un suplemento.
Refuerza las defensas.
Jimena lo miraba, con aquel gorro ridículo, la nariz enrojecida y el brillo loco en los ojos, y pensaba: esto es.
Ese error del universo que conecta a dos personas capaces de reírse aunque tengan fiebre (que, para un hombre, ya es casi tocar la puerta de San Pedro).
El momento más romántico llegó a finales de mes: el sol por fin apareció, mostrando todo lo que el invierno había ocultado bajo el manto blanco.
Madrid parecía un decorado de película sobre la rebelión de los servicios municipales.
En un puente, con el viento arrastrando la chaqueta de Álvaro, él intentó gritar por encima de la ventisca:
Jimena…
quería decirte…
Eres como…
como la primera flor que asoma bajo la nieve.
¿Igual de pálida y luchando por sobrevivir entre basura?
contestó Jimena, reajustando el pañuelo que le envolvía la cabeza por cuarta vez.
Álvaro dudó.
No, igual de resistente.
Con este maldito marzo, sigues aquí.
Incluso después del incidente con tu móvil y la montaña de nieve que resultó ser una charca.
Jimena lo miró, estornudó al mismo tiempo que pasaba un tranvía, y se rio.
Está bien, héroe primaveral, vámonos a casa.
He comprado un kilo de limones y tengo receta de vino caliente.
Si sobrevivimos este domingo, declaro nuestro amor como patrimonio histórico.
Cruzaron la calle esquivando pequeños icebergs en las aceras.
Era un amor profundo, profundidad de hasta media pierna justo la cantidad de agua que había en su edificio.
Pero no les importaba.
Porque ese marzo, lo importante no son los zapatos limpios, sino qué mano sujetas mientras ambos resbalan hacia el inevitable abril
Pasó un año, llegó otro marzo.
Madrid volvió a parecer el escenario de El mundo acuático, producido con tres euros.
Álvaro y Jimena estaban frente a una enorme charca en medio del patio.
Los vecinos apretados junto a las vallas, intentando pasar sobre el borde.
Un jubilado miraba al cielo, esperando, si no un helicóptero, al menos una paloma con ramita de olivo.
Álvaro dijo Jimena, mirando sus nuevas deportivas blancas, compradas por exceso de optimismo.
Somos adultos: tenemos hipoteca, trabajo, balance anual.
No podemos simplemente
Sí podemos interrumpió Álvaro.
Como mago, sacó de la espalda dos botas de lluvia amarillas decoradas con patitos sonrientes.
Las compré ayer.
Talla tuya.
Jimena suspiró.
Era ese tipo de amor profundo en el que tu pareja conoce no solo tu número de pie, sino tu grado de disposición para la decadencia.
Cinco minutos después ya estaban en el centro de la charca.
El agua salpicaba alegre, el sol reflejado en los trozos de hielo sucios, y los transeúntes los miraban como si fueran dos fugados de un convento de bondadosos pero peculiares.
¿Sabes?
Jimena saltó, levantando una columna de agua que mojó al vecino con gorro de visón.
Así debería empezar la primavera.
Es el protocolo Patito amarillo respondió Álvaro serio.
El sistema del universo intentó hundirnos en la tristeza, pero nosotros tenemos talones impermeables.
Quedaban allí, en medio de ese caos primaveral: absurdos, mojados, pero completamente sincronizados.
Un amor extraño, solo comprendido por quienes saben encontrar fondo donde otros solo ven suciedad.
Álvaro la abrazó, y en ese instante, el sol calentó tanto que sus chaquetas soltaron una ligera nube de vapor.
Estamos que ardemos comentó Jimena.
No sonrió Álvaro.
Solo hemos alcanzado la temperatura adecuada.
Ese marzo entendieron lo esencial: cuando la vida te regale charcos, compra las botas más alegres y aprende a bailar en ellos.
Porque la felicidad es compartir cada resbalón, cada gota y cada locura del camino con quien te acompaña, hasta el mes que haga falta.




