**Viaje al Mar**
—Lucía, no lo permitiré, ¿me oyes? Solo tienes dieciocho. No lo entiendes… —Isabel elevó la voz una y otra vez. Llevaban horas discutiendo.
—Tú no lo entiendes. Todos se van, y a mí, como siempre, no me dejas —respondió Lucía, obstinada.
—¿Quién es “todos”? ¿Tu amiga Carla? A ella su madre le permite cualquier cosa… —Isabel calló de golpe, sintiendo que había ido demasiado lejos—. Escúchame, hija…
—¿Y tú me escuchaste cuando te dije que no quería nada con Javier? Ah, claro, la opinión de una niña no le importa a nadie. No me escuchaste e hiciste lo que quisiste. Dijiste que querías ser feliz. ¿Y qué? ¿Eres feliz, mamá? Ya no soy una niña, soy mayor de edad. Y yo también quiero ser feliz. Iré, te guste o no. No necesito tu dinero, por si te lo preguntabas. —Los ojos de Lucía brillaban de lágrimas.
—Yo solo quiero que seas feliz, de verdad. Podrías cometer un error del que te arrepientas toda la vida. Piensa, Lucía. Allí dependerás completamente de tu Daniel. ¿Estás segura de él? No lo conoces bien. No habrá nadie cerca…
—No te preocupes, no volveré con sorpresas —respondió Lucía con una sonrisa amarga.
—No nos escuchamos —Isabel, agotada, se dejó caer en el sofá.
Estaba cansada de justificarse. Su marido la había abandonado con Lucía de tres años, dejando solo una pensión y un vacío. Cuando conoció a Javier, no esperaba volver a amar ni a confiar en un hombre. Él había intentado ser un padre y un amigo para Lucía. Pero ella nunca lo aceptó.
Isabel recordaba cómo su hija había recibido a Javier con hostilidad la primera vez que visitó su casa. Después de que se marchara, Lucía preguntó:
—¿Va a vivir con nosotras?
—Sí. ¿Te molesta?
—¿A quién le importa lo que opine? Tú harás lo que quieras —refunfuñó la niña de doce años.
Isabel intentó explicarle que Javier era bueno, que ella lo entendería pronto.
—Es que no lo conoces. Ya verás, te caerá bien.
—Tu hija solo está celosa —le dijo una amiga—. No puedes dejarte manipular. En un abrir y cerrar de ojos crecerá, se casará, y te quedarás sola. Un hombre como Javier no aparece dos veces. No tienes que elegir entre él y Lucía. Todo se arreglará, dale tiempo.
Isabel intentó no descuidar a su hija. Pero no lo logró del todo. La atracción hacia Javier era fuerte, y Lucía luchaba por captar su atención. Isabel se sentía dividida. Cuando Lucía comprendió que su madre ya no era solo suya, se distanció. Y ahí estaba el resultado: ya no se entendían.
Ahora, Lucía se vengaba. Daniel era un chico agradable, educado, de buena familia. No tenía nada contra él. ¿Pero permitir que su hija viajara con él al sur?
Cuando un joven conoce a los padres de su novia, siempre muestra su mejor cara. ¿Quién era en realidad? Solo se veía la punta del iceberg.
Quizás los padres de Daniel lo tenían más fácil. Isabel solo tenía a su hija. Nunca se habían separado. Y ahora ella quería irse al sur con un chico. Sabía que habría vino, noches de pasión… Isabel la había criado sola, sobreprotegiéndola. Era difícil aceptar que su hija había crecido, que tenía novio, su propia vida.
Pero no podía retenerla para siempre. Javier también creía que debía darle libertad. «No es tonta, sabrá entender las cosas». Cuando Isabel le dijo que, si Lucía fuera su hija, no la dejaría ir al sur con un chico, él enrojeció pero calló. No quiso avivar la discusión. Claro que no la habría dejado ir. Isabel le agradeció su silencio. Él se apartó, dejando que madre e hija resolvieran solas.
Tal vez debió renunciar a Javier, olvidarse de su felicidad, dedicarse solo a Lucía. Pero, ¿cómo olvidarse de sí misma si apenas tenía treinta y tantos y anhelaba amor?
Ahora era su hija quien quería ser feliz. Y no escuchaba a su madre. ¿Qué hacer? Era fácil opinar cuando se trataba de los hijos ajenos. Pero cuando era su única hija, el sentido común callaba ante el amor y el miedo. Toda madre quiere proteger a su hija de errores. ¿Pero no era ese el mayor error?
Isabel suspiró, cansada, y entró en la habitación de Lucía. La joven estaba sentada en la cama, mirando su teléfono. «Se estará quejando con Daniel», supuso.
—Estoy cansada de pelear contigo. Es normal que tema por ti, que quiera evitarte errores. Solo tienes dieciocho… Ve. Pero prométeme que llamarás y no apagarás el teléfono.
Lucía miró sorprendida a su madre. No esperaba que cediera.
—Vale —dijo, seca.
«Antes se hubiera abrazado a mí, me habría llamado “mamá”. Ahora actúa como si me hiciera un favor». Isabel quiso decir algo más, pero calló y salió de la habitación. «Que se vaya. Al menos no nos separaremos como enemigas».
En la cocina, intentaba calmarse cuando Lucía asomó:
—¿Me llevo la maleta azul?
—Sí, claro. ¿Cuándo os vais?
—Esta noche, ya te lo dije.
«¡Ya! ¿Tan pronto?». No se había acostumbrado a la idea de dejar ir a su hija sola. «Dios mío, ¿qué hago aquí?». De repente, sacó dinero de su escondite y se lo dio.
—Toma, por si acaso. No le digas a Daniel que lo tienes. Si quieres volver, podrás comprar un billete cuando quieras.
—Gracias —Lucía lo cogió, y un gesto cercano a una sonrisa asomó—. Daniel vendrá a buscarme. Por favor, no me acompañes, ¿vale? —su tono fue más conciliador.
Isabel asintió y salió. «Gracias a Dios, al menos no nos separamos enojadas».
—Pensé que habría gritos, pero está tranquilo. ¿Al final la dejaste ir? —Javier entró en la habitación. Isabel lo abrazó.
—Qué bueno que viniste. No sé si hago bien… Me siento intranquila.
—Tranquila. No es tonta, sabrá cuidarse.
Daniel llegó a las diez y media.
—Eres responsable de ella. Llámadme, ¿de acuerdo? —Isabel contuvo las lágrimas. No quería soltar a su hija. Por un instante, vio duda en los ojos de Lucía, pero desapareció.
—Estoy lista —dijo Lucía, cortando el largo adiós. Daniel tomó la maleta.
—No se preocupe, volverá sana y salva.
Cuando la puerta se cerró, Isabel corrió a la ventana. Javier la rodeó con sus brazos.
—Se subieron al taxi… Dios, protégela…
—Vamos, tomemos algo —propuso Javier.
***
En el taxi, Daniel rodeó a Lucía y la besó.
—¡Basta! —se separó, mirando al conductor.
Daniel se enderezó, pero no quitó el brazo.
¿Habría sido un error pelear con su madre? Aún podía volverse atrás. Pero el taxi se detuvo y subieron Marcos y Carla. El ambiente se llenó de risas, y sus dudas se desvanecieron. En horas, estarían en Alicante, frente al mar.
Alquilaron dos habitaciones. Lucía supuso que dormirían por parejas, pero le daba miedo. En cuantoEn el silencio de la noche, mientras las olas rompían contra el muelle, Lucía entendió que el amor de su madre era el único puerto al que siempre querría regresar.







