6 de mayo de 2024
Hoy ha sido uno de esos días en los que el apellido familiar parece pesar el doble, y necesito poner en orden mis pensamientos escribiendo en mi diario. El escándalo estaba servido desde el desayuno. Creo que es el fin. Al menos, eso he sentido cuando me he visto llorando en el salón, sujetando un pañuelo de batista lleno de gotas discretas. Mi marido, don Ignacio Estévez, me miraba sobresaltado detrás de su taza de café, con esa manera grave que solo tiene él.
¿Qué pasa, Lidia? ¿Otra vez las gotas?
¡Déjame en paz con tus gotitas, Nacho! ¿Es que no lo ves? ¡Es una vergüenza! ¡La familia entera deshonrada! ¡Solo tienes que mirarla! ¡Ni siquiera se arrepiente!
Por supuesto, me refería a nuestra hija, la única continuadora de la estirpe. Isabella Estévez no estaba para el drama. No era de las que se bañan en lágrimas o simulan grandes dolores de conciencia como en las antiguas novelas. Ni por asomo.
Allí estaba, sentada en la terraza, comiendo cerezas y lanzando el hueso con puntería a los rosales de la abuela. Sus piernas largas descansando sobre la barandilla, igualitas a las de su abuela Carmen antiguamente primera bailarina del Teatro Real, según decimos en la familia con cierto orgullo. Isabella cogía una cereza del cuenco pintado a mano, la degustaba y, como quien no quiere la cosa, lanzaba el hueso. Cada vez que lo hacía, se me partía el corazón y suspiraba como actriz en tragedia.
¡Isabella! ¡Basta! ¿Dónde está tu compostura? Tenemos que hablar en serio y tú tú
Abatida, me marché a la cocina, justificando mi retirada por mis supuestas gotas para el corazón. Nacho se quedó solo con la niña.
Isa, hija, ¿no estarás de broma?
Para nada, papá. Y díselo bien a mamá: sus intentos de seguir con esto del noviazgo están perdidos desde antes de empezar. No me casaré con Marcos, por mucho que insista.
¡Le estás destrozando el corazón!
¡Ni que fuera para tanto, papá!
¿Y si lo piensas mejor?
No hay nada que pensar. Ya le he dicho que no. Hablamos, lo aclaramos y ya está. Si no quedó claro repito: no, no habrá boda.
Desde el salón me llegaban unos sollozos tan profundos que Nacho fue enseguida a socorrerme, mientras Isabella se echaba otra cereza a la boca. Cuando regresé, no pude evitar la pregunta:
¿Y ahora qué diré a todos? El banquete encargado, las invitaciones enviadas
Mamá, yo no te pedí que las mandaras canturreó la niña tranquila. Decisión tuya, pues a afrontar las consecuencias tú sola.
¡Eso ha sido cruel! ¡Solo quería lo mejor para ti!
Y como siempre, ha salido al revés, ¿no, mamá? Isabella se estiró, como retándome. Tengo mis propios planes para mi vida. Qué contrariedad, ¿verdad?
Me di la vuelta, con las lágrimas asomando de nuevo.
Aquel día recordé de golpe mis primeros años como nuera, cuando Carmen Fernández, la abuela, era la gran protagonista en casa. Desde el principio, nuestro carácter chocó. Supuse que mi experiencia como odontóloga y mujer curtida me había dado tablas para merecer respeto, pero Carmen iba a su aire, y yo no era precisamente la nuera sumisa. Nunca olvidaré aquel viejo ritual suyo:
Lidia, hija, ¿qué perfume llevas?me susurraba, tapándose la nariz disimuladamente.
Es mi nuevo perfumerespondía yo, alzando la ceja.¿No le gusta?
Es pasable, pero no entiendo por qué te echas el frasco entero. Una gota en la muñeca y arreglado.
Y así era siempre. Sus comentarios, tan agudos como afilados, sacaban mi genio y provocaban discusiones con Nacho. La relación con mi suegra fue tensa hasta el día que, tras una función en el Auditorio, alguien me dijo:
¡Has llegado a ser una dama de verdad! Se nota que convives con Carmen Fernández. ¡Vaya clase! ¡Qué gusto vestido!
El cumplido me desarmó. ¿Acaso iba pareciéndome a Carmen? Desde entonces, aprendí a mantener la distancia y la cortesía. Cuando nació Isabella, la suegra lo olvidó todo: se le caía la baba con la niña y pasaba más tiempo en casa que en su piso en la Gran Vía.
Vivimos unos años apacibles en esa casa near el Retiro, rodeados de arte y cultura, menos yo, que siempre he sido, dicen, más práctica. Isabella creció mimada por la abuela y el padre, y yo perseguí siempre que tuviera una vida mejor que la mía.
De mi propio pasado nunca hablaba. Ni siquiera Nacho conoce los detalles. Supo lo básico, pero jamás lo quiso saber todo y se lo agradecí en el alma. Corté con raíz y me concentré en el presente.
No tenía relación con mi madre. Demasiado dolor. Lo que pasó cuando era joven fue demasiada herida para removerla. Solo conservo una medalla en mi cuello, con la foto de mi pequeño niño de rizos, al que nunca superé perder. Se fue un verano caluroso en Valencia, por un descuido absurdo de mi madre, que me cuidaba al niño mientras yo estudiaba para un examen en la Complutense. Cuando volví, nada fue igual. El padre, arqueólogo, ni siquiera llegó a tiempo de decirle adiós. Me separé prontotres años juntos, pero la vida no nos unía ya.
De ahí, la maleta y el salto sin mirar atrás, Madrid como tabla de salvación. Durante años viví con esa sensación de tener cenizas en el alma y no ser ni la sombra de la mujer que fui.
Hasta que apareció Nacho.
Entró en mi consulta con dolor de muelas. Tan sencillo.
¿Desde cuándo le duele?
Una semana sufriendodecía él, con humor.
Pareces un niño, de verdadle solté, entre seria y frustrada.
Un destello en su sonrisa me paró los pies y perdí el hilo por completo, algo inaudito en mi consulta. Me sonrojé de tal forma que él desvió la mirada para no cohibirme más.
Después de aquello, Nacho venía a buscarme a la clínica. Andábamos juntos, hablando poco. Pero la compañía era suficiente. Y un día me pidió matrimonio.
Estoy bien contigo pero no sé si podría hacerte felizle confesé.
¿Por qué lo dudas?
No quiero tener más hijos.
¿Por qué?
Cuando confíe en ti te lo contaré, sin detalles. Y si después decides irte, te entenderé.
Entonces Nacho habló con su madre, por fin. Carmen, retirada del ballet, reina de los círculos madrileños, escuchó sin juzgar y finalmente le preguntó sencillamente:
¿La quieres?
Sí.
Pues ya no hay nada que pensar. El amor es un tesoro y lo que cueste siempre será poco.
Carmen me aceptó en la familia, llevándome a su modista en el barrio de Salamanca y regalándome las joyas de la familia:
Eres de los nuestros, y debes llevarlas con cabeza. Recuerda que no se va a El Rastro con diamantes, menos que seas de Cádiz, y aún así para que las pescaderas mueran de envidia.
Y con esas bromas y esa cercanía, aprendí a reír un poco.
Cuando supe que por fin iba a ser madre de nuevo, lo primero que hice fue contárselo a Carmen.
Te veo algo pálida, Lidiadijo con su ojo clínico.¿Vas a tenerlo con Sofía? Es la mejor ginecóloga de Madrid.
Tengo miedo. No sé si resistiré
No seas tonta. Da gracias a quien quieras, pero tira hacia adelante. Yo cuidaré de ti y de la niña todo lo que haga falta.
Isabella llegó puntual, sana y gritona. Carmen la recibió en la puerta de la clínica, levantó la sábana y exclamó:
Obra maestra, hija mía.
Ni la mejor niñera del mundo hubiera hecho lo que hizo Carmen. Venía hecha un pincel, dejaba abrigos de visón y lavaba a mano los pañalessiempre con jabón Lagarto, que decía que era mejor que cualquier detergente modernoy luego le besaba los piececitos a la niña, diciendo:
¡Mi tesoro! ¡Que nunca te falte salud!
Así se esfumaron los rencores y rescaté mi sueño de familia tranquila.
Lo de mi hijo perdido nunca lo olvidé, claro. Dos veces al año, Nacho me llevaba de vuelta a Valencia, ciudad que no pisé nunca más que para ir al cementerio. Siempre me alojaba en un pequeño hostal y deseaba volver a Madrid cuanto antes.
Todo siguió igual hasta los diez años de Isabella, cuando recibí una carta de mi madre. Fui a pedir consejo a Carmen.
Ve, cariño. No puedes olvidar ni perdonar, pero es tu madre. Recuerda lo bueno, si hubo algo, y ten esa conversación pendiente. No para ella, para ti, para que Isabella no herede tu miedo y culpa. Yo te apoyo siempre.
Viajé, me despedí de Nacho y dejé a Isa con Carmen. La charla con mi madre fue breve. Un apretón de manos, un perdóname en un susurro Regresé a casa y Carmen me abrazó:
Hiciste lo correcto.
Pero la paz no duró mucho. El miedo volvió, pegajoso, irracional, hasta el punto de que Nacho me pidió serenidad:
Lidia, sobreproteges demasiado a Isa. Ya no es una niña y necesita alas. Con mamá, papá y abuela basta hasta cierto punto.
No entiendo qué quieres decir.
Que dejes de controlarlo todo, que le des espacio.
¿Tú, pidiéndome esto? ¿No te importa lo que le pase?
¡Por supuesto que me importa! Pero no podemos vivir con miedo. No soportarías otra pérdida, pero eso no justifica encerrar a Isa.
No sabía qué hacer, ni cómo romper ese terror.
Otra vez, Carmen fue la luz.
Que Isa haga baile, Nacho. Es lo que necesita. Nada de más clases, solo algo para disfrutar y soltarse.
Así comenzó la época de Isa en las clases de baile deportivo, donde la pusieron de pareja con Marcos, un chico torpón que llevó su abuela el primer día. Nadie imaginaba la pareja que formarían.
Ganaron su primer trofeo a los tres años y, después, fueron habituales en todos los concursos de España.
Marcos dejó de ser el patoso gordito. Se volvió guapo y serio y todos juraban que Isa y él tenían algo más que química en la pista. Isa reía traviesa, sin confirmar nada, sin decir tampoco que no.
Hasta que yo la madre previsora, decidí que debía planear su boda. Isabella, tras su graduación, me soltó:
Ya lo tengo decidido. Voy a estudiar Medicina.
Siempre fue brillante y nada indecisa, pero esperaba el momento de comunicármelo.
Hija, pensábamos que tuvieras otros planesdije, intentando sonreír.
¿Qué planes respondió ¿Qué he dicho yo?
Bueno, que hablé con Marcos y sus padres tres meses para la preparación, boda en otoño; hablo con tu abuela y organizamos una celebración preciosa
¿Boda? Isa entornó los ojos.¿Quién se casa? ¿Marcos?
Claro, hija. Sois perfectos juntos, no solo en el baile, también en la vida.
¿Y a mí no me preguntas nada?
Daba por hecho que todo estaba claro, cielo.
¡No me llames cielo! Isa cogió el bolso y salió. A la noche me enteré por Carmen de que estaba en su casa.
Carmen lo tuvo claro:
¿Qué pensabas, Lidia? ¿Que tu hija es una muñeca a la que vestir de blanco sin preguntar? ¡No la reconozco! Lidia, siempre fuiste sensata.
Es mi hija. Solo quiero que sea feliz. Marcos la adora.
¿Y ella a él? se burló Carmen. Ni la has escuchado. Ella quiere ser cirujana, y me parece un sueño admirable. ¿Por qué oponerte?
¡Porque quiero que esté segura, con un marido que la cuide!
Eso que tú quieres es una jaula, aunque sea dorada.
La boda será, diga quien diga.
Pues mal vamos si no conoces a tu hija.
Isa demostró su carácter. Se mudó a casa de su abuela, y yo me sentí traicionada. No respondía a mis llamadas ni visitas, y del éxito en el MIR y el ingreso en la universidad me enteré por Nacho.
Lidia, ¿no crees que es mejor abrazar a Isa que llorar con su almohada? No lo estás llevando bien.
No le importo, seguro.
¡Lidia! Por primera vez, Nacho me habló fuerte.Tu hija es parte de ti. Tanto la esperaste, tanto la deseaste ¿Qué ha cambiado? Te duele perderla y a la vez la alejas. Explica por qué.
¡No lo sé! No sé cómo arreglar esto. Me siento tan vacía sin ella Es como cuando perdí a mi niño. Siento oscuridad.
¡Lidia, basta ya! Isa está viva y te espera. Vístete, vamos a verla.
No sé si fue el carácter de Nacho o su razonamiento, pero cedí.
La reconciliación fue en la habitación de Carmen. Lo que hablamos Isa y yo quedará entre nosotras. Nacho sólo supo de nuestro encuentro porque salimos con narices rojas de tanto llorar y dándonos besos como si fuéramos dos niñas.
La vida, sin embargo, nos tenía reservada una última sorpresa. Isa, firme y convencida, avanzaba a su sueño, hasta que el destino abrió otra puerta.
Doctora Estévez, hay un caso de apendicitis urgente.
Allá voy. ¡A ver! Y me encontré de frente con Marcos, sufriendo y haciendo bromas como siempre.¿Me dejas en tus manos? Sí, claro
Y así, tres años después, Isa aparecería por el jardín de casa, dejando en el porche a nuestro nieto.
A ver, Pablo, corre a los brazos de la abuela Carmen.
El pequeño gritaría contento y saldría corriendo hacía sus brazos abiertos.
¡Mi tesoro! ¡Qué ilusión verte!
Hola, mamá. ¿Y la abuela?
Se ha ido a Marbella, querida. ¡Nuevo amorío!
Ay, esa abuela. ¿Con quién anda ahora?
Un artista. Un escultor o algo así. Ni me preguntes, te lo contará por WhatsApp. ¿Y Marcos?
Aparcando.
Genial. La carne está casi lista y tu padre saca la tarta del horno. Lavaos las manos y a comer. Yo acuesto a Pablo y bajo.
¡Te conozco! Aprovecharás para cantarle nanas.
¿Es un crimen? le sonrío.
¡Es lo mejor del mundo, mamá!



