Era un padre solo para una de sus dos hijas. Pero ¿acaso nuestra pequeña no tenía corazón?
Cuando me casé con Fernando, sabía que ya tenía una hija de su anterior matrimonio. Nunca lo ocultó; al contrario, desde el principio me dijo que jamás abandonaría a su niña y la ayudaría en todo lo posible. Lo respeté. Un niño no tiene la culpa de que sus padres no funcionaran. No protesté, no sentí celos, no me entrometí. Creí que un hombre responsable con su primera hija lo sería también con la que vendría.
Pero no fue así.
Cuando nació Lucía, pensé con alegría que ahora dividiría su amor por igual. Trabajaba mucho, hacía horas extras para mantenernos. Pero su atención… toda su atención iba hacia aquella otra familia. Cada domingo, partía a ver a su hija mayor. Regalos, paseos, cines, cafeterías, fotos en redes con hashtags como “la niña más maravillosa del mundo”. Y Lucía, ¿qué? Apenas hablaba con su padre. Parecía aburrirle la criatura. Se excusaba con el cansancio, decía que era muy pequeña, que luego, al crecer, jugarían, leerían, pasarían tiempo. Yo creí. Esperé. Aguardé.
Pero el tiempo pasaba y nada cambiaba.
Cuando la mayor comenzó el colegio, Fernando aumentó la manutención. Yo ya trabajaba, así que no afectaba al presupuesto. Pero luego llegaron las llamadas. La hija mayor empezó a pedir. Un iPhone, luego zapatillas de marca, después maquillaje, una tablet, viajes a la playa. Su exmujer, dicho sea de paso, nunca le exigía nada. No la culpo. Pero la chica entendió rápido cómo manejar a su padre. Y él lo permitía. Se sentía culpable. Por haber dejado atrás aquella vida. Y trataba de “comprar” su amor.
Su ex incluso le reñía. Le decía que malcriaba a la niña, que los regalos no sustituyen el cariño. Él solo respondía: “Es mi forma de compensarla”. Pero con Lucía, por algún motivo, no sentía esa culpa. Aunque apenas pasaba tiempo con ella.
Cada cumpleaños de la mayor era una fiesta. Globos, tartas, sesiones de fotos. Cada domingo, visita obligada. Nunca llevó a Lucía. Alegaba que su hermana sentiría celos, que no quería problemas. ¿Y los sentimientos de Lucía? ¿Por qué los suyos no contaban?
Callé. Pero mi corazón se encogía. No mostraba mi dolor a Lucía, pero ella lo veía. Crecía en una casa con un padre presente… solo en cuerpo. Estaba ahí, en el sofá, con el móvil, pronunciando dos frases al día. Pero ella anhelaba que la tomara de la mano, que le preguntara cómo le había ido, que le leyera un cuento antes de dormir.
Ahora la mayor tiene casi dieciséis años. Sus exigencias son desorbitadas. A veces, me quedo helada. Fernando nunca le niega nada: iPhones, cosméticos, ropa de diseñador, viajes al extranjero. Este año, ya dos. Y a nosotras ni siquiera nos lleva de vacaciones una vez al año. Siempre faltan euros. Está cansado. Tiene trabajo.
Este verano, Lucía se quedó en la ciudad mientras su hermana viajaba. Ahí perdí la calma. Por primera vez, lo solté todo. Sin gritos. Solo con dolor. Le dije que me dolía. Que me partía ver cómo olvidaba a su hija. Que quien viaja dos veces al año y estrena móviles no puede ser una “pobre niña desatendida”. Pero Lucía… llevaba tres años sin ver el mar. Nunca recibió un regalo sin motivo. Y, sin embargo, ama a su padre. Lo espera. Cree que algún día la mirará.
Y él está convencido de que las trata igual.
Cada vez pienso más que quizás solo un divorcio le abra los ojos. Que entonces entenderá que Lucía también siente. Que merece un padre, no una sombra en el sofá. Pero me da miedo. Porque aún le quiero. Aunque no soporto ver a mi hija crecer con un vacío en el pecho.




