—¿Eres una fábrica de bebés? ¿Cuántos hijos más piensas tener? —La madre de mi marido me lo soltó con sorna.

¿Eres una máquina de fabricar bebés? ¿Cuántos hijos más piensas tener? me preguntó con sarcasmo la madre de mi marido.

¡Hola para ti también, Pilar! Por favor, no seas tan mordaz. Aitor me dijo que lo de que esperamos otro bebé te ha disgustado, ¿verdad? le contesté con toda la educación posible, intentando no alterarme.

¡Por supuesto que sí! Después del tercer nieto ya te pedí que pararas de una vez. Pero parece que mis palabras de mujer sensata te entran por un oído y te salen por el otro. Por Reyes te regalé un paquete enorme de preservativos para que te cuidaras, ¡pero nada! refunfuñó, con esa voz áspera y autoritaria suya.

No puedo olvidar la vergüenza que pasé esa Noche de Reyes. Era el cumpleaños de mi hijo mayor, y Pilar nos entregó, así, delante de todos, aquella gigantesca caja de preservativos. Está claro que no le faltan recursos para dar a entender sus ideas, pero desde entonces me quedó claro que para ella era imprescindible que nos plantáramos.

Te hemos escuchado, Pilar, pero a veces la vida sigue su propio curso, le respondí, intentando mantener la paz.

¿Me tomas el pelo? Pues apáñatelas tú solita con tus hijos, porque yo ya no pienso ayudarte en nada empezó a soltar, pero justo en ese instante la llamada se cortó. No tuve ocasión de contestarle.

Dejé el móvil sobre la cama, suspiré y acaricié mi vientre, todavía plano, como intentando enviarle fuerzas al pequeño que viene en camino. Este cuarto embarazo es lo que hace que Pilar esté tan irritable conmigo, pero no soy capaz de entender por qué le molesta tanto.

Mi suegra nunca ha sido una abuela presente. De cuidar de sus nietos, nada de nada. Ayudarnos económicamente, tampoco. Hay meses que ni aparece, y cuando viene trae, como mucho, algún detalle por el cumpleaños o en Navidades. Claro que no me hace especial ilusión esa frialdad, pero prefiero callar y no crear más tensiones. Podría al menos traerles unas chuches a los niños, que medios le sobran. Pero nunca ha tenido ese interés, así que prefiero no comentárselo a Aitor. Mientras mis hijos estén sanos, bien vestidos y alimentados, lo demás lo sobrellevo en silencio.

Aitor tiene un buen sueldo y yo por mi parte hago lo que puedo desde casa, sacando adelante mi pequeño negocio. Cuando empezó a irme realmente bien, contraté a una chica que se ocupa de los niños durante unas horas, llevándolos al parque y entreteniéndoles; así puedo trabajar con tranquilidad.

Somos una familia muy feliz, al menos dentro de nuestra burbuja. Podría ser perfecta si no fuese por la actitud constante de Pilar, siempre dispuesta a pinchar la tranquilidad. Desde el primer día no terminó de aceptar que su hijo se casara conmigo, y cuando los niños llegaron uno tras otro empezó a dejar clara su incomodidad.

Cuando supe que esperaba a la tercera niña, Pilar me presionó para que abortara. Pero luego se encariñó con ella, y la situación se relajó un poco. Tan pronto como empezábamos a respirar de nuevo, llegó esta cuarta sorpresa. No era algo planeado, pero no me parece justo rechazar este regalo de Dios. Si nos ha tocado, será que podemos sacarlo adelante.

Por supuesto, la noticia no ha hecho ninguna gracia a mi suegra. Estoy bastante segura de que lo que más le preocupa es que Aitor, preocupado por sus propios hijos y los gastos que llegan, deje de mandarle dinero como cada mes. Mi marido nunca se olvida de ella: paga sus tratamientos dentales, le arregla el piso, y hasta la ha llevado alguna vez a la Costa Brava de vacaciones.

No estoy en contra de que mi marido ayude a su madre mientras podamos permitírnoslo, siempre que nuestros hijos no lo sufran. Por ahora el dinero nos basta, y le animo a seguir siendo tan generoso. Pero si mis sospechas son ciertas y el miedo de Pilar es económico, tendrá que adaptarse porque los cambios sólo han hecho empezar. No pienso permitir que, con su actitud, me amargue este embarazo.

Por supuesto, nada de lo que haga o diga hará que cambiemos de opinión. Aitor y yo hemos decidido seguir adelante y dar la bienvenida a este nuevo hijo. Lo único que me pregunto es con qué derecho mi suegra quiere decidir sobre cuántos hijos debemos tener. La respuesta, cada día, la tengo más clara: sólo nosotros debemos decidirlo.

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MagistrUm
—¿Eres una fábrica de bebés? ¿Cuántos hijos más piensas tener? —La madre de mi marido me lo soltó con sorna.